Después de secarse el cabello, Andrew también se recostó y abrazó a Ye Yuzhen por la espalda. Ye Yuzhen apenas se resistió un poco; al no lograr soltarse, simplemente dejó que Andrew lo sostuviera.
A las 17:15, Andrew echó un vistazo al reloj de pulsera de Ye Yuzhen. Aún faltaba una hora…
Ye Yuzhen parecía haberse quedado dormido.
Si Ye Yuzhen realmente hubiera venido como infiltrado, Andrew tenía que admitir que admiraba su valor. Probablemente nadie podría dormir con tanta tranquilidad antes de ser descubierto como él lo hacía.
Tal vez… de verdad no había venido a infiltrarse.
Andrew tuvo que reconocer que, aunque aquello le provocaba una pequeña decepción, en el fondo le producía mucha más alegría.
A nadie le gusta ser traicionado, y menos aún por alguien que considera importante. Andrew no era una excepción.
Al pensar que, en el futuro, Ye Yuzhen podría vivir con él como marido y marido, Andrew no pudo evitar dejar volar la imaginación. Quizá podrían hacer una luna de miel alrededor del mundo… aunque, por supuesto, Sudáfrica quedaría excluida.
Pensó en todos los lugares del mundo, en todo tipo de camas enormes: en los hoteles ultralujosos de Dubái, o en alguna playa desierta de una isla en las Maldivas. Allí podría poseer a Ye Yuzhen por completo, sin tener que devanarse los sesos cada año para inventar algún método nuevo con el que obligarlo a mantener esa relación.
Andrew tuvo que admitir que la idea era demasiado tentadora. Casi sentía que estaba adelantando el disfrute de esos hermosos años por venir. No pudo evitar deslizar la mano dentro del albornoz de Ye Yuzhen y pegarse más a él.
Ye Yuzhen percibió el cambio en el hombre que estaba detrás. Al principio lo toleró, pero cuando la mano descendió hasta la altura del cinturón, finalmente abrió los ojos y dijo con frialdad:
—Andrew, como la población de la Tierra es demasiado grande, supongo que Dios no tuvo más remedio que hacer que te gustaran los hombres. Porque si hubieras nacido caballo, probablemente habría más caballos que personas en el mundo.
Andrew se apoyó sobre un codo, chasqueó la lengua y respondió:
—Personalmente creo que Dios simplemente me tiene cierto cariño… por eso permitió que alguien tan retorcido como tú terminara durmiendo en mi cama.
Ye Yuzhen le apartó la mano de dentro de su albornoz y volvió a cerrar los ojos. Pero Andrew soltó apenas una risa y, con gesto juguetón, introdujo un dedo en la boca de Ye Yuzhen, moviéndolo suavemente dentro de su cavidad.
En cuanto los dientes de Ye Yuzhen se movieron un poco, Andrew murmuró junto a su oído, con una leve risa:
—Si tú no te mueves, yo tampoco. Pero si me muerdes… cambiaré de método.
Aquel sinvergüenza hablaba muy en serio, y Ye Yuzhen lo sabía bien. En realidad, tener un dedo en la boca no era gran cosa; lo incómodo era que ese gesto hacía inevitable pensar en otras cosas. Con alguien como Andrew, incluso el contacto más común terminaba evocando ese tipo de situaciones… y más aún un gesto tan sugerente como aquel.
Ye Yuzhen mantuvo el dedo de Andrew entre los labios y volvió a mirar el reloj.
17:45.
Quedaba poco más de media hora.
Andrew, fiel a su palabra, no hizo nada más aparte de dejar el dedo en la boca de Ye Yuzhen. Sin embargo, permanecía pegado a él.
Su cabeza descansaba junto al cuello de Ye Yuzhen, y cada vez que respiraba el aliento tibio rozaba la piel de su nuca, provocando un leve cosquilleo.
Al principio ese cosquilleo solo estaba en la parte posterior del cuello, pero poco a poco pareció extenderse por todo su cuerpo, y después, lentamente, hasta su interior. Sobre todo con el dedo de Andrew aún en su boca: aquella postura tan extraña hacía imposible no pensar en ciertas imágenes, más aún cuando hacía apenas un momento habían tenido un encuentro apasionado.
Andrew observó cómo la base de las orejas de Ye Yuzhen empezaba a enrojecer. Entonces deslizó el brazo derecho bajo la almohada de Ye Yuzhen, de modo que él quedó recostado sobre su brazo. Movió ligeramente el dedo dentro de su boca mientras miraba cómo el rostro de Ye Yuzhen se volvía cada vez más rojo. Estaba convencido de que, con un pequeño empujón más, Ye Yuzhen terminaría dejándose arrastrar por el deseo.
Pero en ese momento llamaron a la puerta.
Andrew frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Soy John, el jefe de los guardaespaldas del señor Geoffrey.
Ye Yuzhen entreabrió ligeramente los ojos, aunque enseguida volvió a cerrarlos, limitándose a hacer un gesto como si quisiera apartar a Andrew.
Aquello bastó para que Andrew se molestara. Se levantó de la cama y, con el rostro sombrío, abrió la puerta.
—¿Qué pasa?
John respondió con cortesía:
—El señor Geoffrey quiere saber a qué hora bajarán a cenar.
—¿Cenar? —bufó Andrew—. ¿Geoffrey ya tiene hambre otra vez? Dile que salga a la calle y busque una rana francesa o un rizado español para comerse. Total, todos son mestizos germánicos; quizá así deje de sentir hambre. Y de paso dile también que yo coopero con él, no estoy aquí para obedecer sus órdenes. Que no se equivoque. Ahora lárgate de aquí.
Nota Traducción: 法国青蛙 (rana francesa): apodo despectivo hacia los franceses por comer ancas de rana.
西班牙卷毛 (rizado español): referencia despectiva basada en un estereotipo físico (posiblemente el cabello rizado o el vello corporal).
日耳曼的杂种 (mestizos germánicos): Andrew, siendo de origen germánico, usa esto para burlarse de que tanto franceses como españoles son “mezclas” inferiores dentro de lo que él considera su propia estirpe.
Es un insulto racista de Andrew hacia Geoffrey, no un juego de palabras con doble sentido oculto.
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Por muy profesional que fuera, el rostro de John no pudo evitar ensombrecerse. Aun así, no dijo nada. En realidad, ni siquiera tuvo tiempo de decir nada: Andrew ya había cerrado la puerta de un portazo.
La comisura de los labios de Ye Yuzhen se curvó levemente.
El carácter de Andrew solía ser astuto… siempre y cuando su cerebro no estuviera siendo gobernado por lo que tenía entre las piernas.
Cuando Andrew se volvió, vio que Ye Yuzhen ya se estaba poniendo la camisa. Había vuelto a vestirse con pantalones negros y camisa. Alzó una ceja espesa.
—Creía que no te gustaba cenar con Geoffrey.
—¿No íbamos a cooperar? —respondió Ye Yuzhen mientras abrochaba los botones con sus largos dedos, con una calma deliberada—. No olvides que en este negocio de armas me corresponde el treinta por ciento. No quiero que una simple cena arruine nada.
Andrew lo miró con una expresión extraña.
—Nunca supe que fueras tan amante del dinero.
Ye Yuzhen soltó un suave «oh».
—Entonces has reaccionado un poco tarde. ¿No querías saber siempre dónde terminó la caja con cuatro mil millones en diamantes? (véase Rainforest).
Los párpados de Andrew se alzaron.
—¿Dónde está?
Ye Yuzhen ya había terminado de ajustarse los gemelos. Al pasar junto a Andrew lo miró de reojo; sus ojos, claros y oscuros al mismo tiempo, brillaban con serenidad.
—Me la quedé.
—Así que por fin lo admites —dijo Andrew, como si aquello le resultara difícil de creer.
Ye Yuzhen sonrió, mostrando unos dientes blancos impecables. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y dijo con calma:
—Me conoces demasiado poco, Andrew…
Después abrió la puerta y le dijo a John, que estaba fuera:
—Vamos.
Andrew cruzó los brazos y observó su espalda mientras se alejaba. Entrecerró los ojos y dejó escapar una leve risa.
En apenas una tarde, los hombres de Geoffrey habían logrado preparar una cena típicamente europea bastante decente. El vino tinto acababa de abrirse para que respirara, y en el aire flotaba el aroma del enebro del gin.
Probablemente aquello estaba pensado para agasajar a Andrew… aunque quedaba por ver si Andrew lo apreciaría.
Cuando el hombre vestido de negro vio acercarse a Ye Yuzhen, se apresuró a retirarle la silla. Ye Yuzhen se sentó; aquel era el asiento a la izquierda de Geoffrey, quien naturalmente ocupaba la cabecera de toda la mesa.
El plato principal consistía en pan francés con foie gras, acompañado de un poco de salmón asado. Ye Yuzhen pidió una copa de gin.
Geoffrey lanzó una mirada a Ye Yuzhen. Evidentemente acababa de ducharse; su cabello negro, aún ligeramente húmedo, parecía todavía más oscuro. En su cuello se distinguía claramente una marca de beso.
Ye Yuzhen no parecía tener intención de ocultarla: el cuello alto de la camisa estaba abierto, dejando la señal completamente visible. Al verla, las pupilas verde esmeralda de Geoffrey se contrajeron de repente.
—Siempre me ha parecido algo curioso, Ye Yuzhen… —dijo Geoffrey mientras desplegaba la servilleta—. Una persona como tú, ¿tiene realmente algún rumbo? Vives una vida que no te gusta, sigues a gente que no te agrada. Piénsalo: si ni siquiera tienes dirección, ¿cómo podrías tener sentido de la justicia? ¿Será que obedecer ciegamente es una característica de tu raza?
Los largos dedos de Ye Yuzhen llevaron tranquilamente un trozo de salmón a su boca. No respondió.
Geoffrey sonrió con sarcasmo.
—¿Qué pasa? ¿Te resulta difícil contestar a esa pregunta?
Ye Yuzhen bebió un sorbo de alcohol antes de hablar.
—Lo siento. Mi educación dicta que en la mesa no se debe charlar ociosamente. De lo contrario, sería una falta de etiqueta.
Geoffrey no pudo evitar quedarse momentáneamente sin palabras.
En ese momento entró Andrew. Se había cambiado a un traje Armani gris plateado, incluso con corbata estampada. Con su alta estatura, visto desde lejos, tenía un aire bastante elegante.
Caminó directamente hasta el lado de Ye Yuzhen, apartó una silla y se sentó a su lado mientras desplegaba la servilleta.
—No hay remedio. Su raza tiene miles de años de historia —dijo—. Geoffrey, ya sabes: cuanto más antigua es una raza, más reglas tiene.
Luego ladeó la cabeza hacia uno de los hombres de negro que escuchaba atentamente la conversación.
—Ven y sírveme un trago. Maldición, mi raza tampoco es precisamente joven; también tenemos nuestras normas.
El hombre de negro se sobresaltó y se apresuró a acercarse para servirle el gin.
Geoffrey respiró hondo. Aquel gamberro ni siquiera sabía cuántos años tenía su propio padre, y aún así hablaba de “su raza”. Naturalmente, palabras tan groseras eran algo que Geoffrey no podía decir en voz alta, de modo que tuvo que tragárselas, lo que lo dejó aún más irritado. Además, Andrew había decidido provocarlo sin motivo aparente, lo que lo fastidiaba todavía más.
Miró de reojo la marca de beso en el cuello de Ye Yuzhen.
En sus labios de forma elegante apareció de nuevo una sonrisa llena de desprecio.
Antes de que Geoffrey pudiera decir nada más, alguien entró apresuradamente desde fuera. Se inclinó junto a él y le susurró unas palabras al oído; vagamente se oía que mencionaba algo sobre un conjunto de señales.
El párpado de Geoffrey se crispó ligeramente y preguntó de inmediato:
—¿Desde el teléfono de quién se envió?
El hombre miró de reojo a Ye Yuzhen y a Andrew antes de responder en voz baja:
—De David.
El rostro de Geoffrey se volvió un poco sombrío. Ye Yuzhen levantó la cabeza y preguntó:
—Señor Geoffrey, ¿ha ocurrido algo por su lado?
Andrew también frunció el ceño.
—Geoffrey, por nuestra parte puedes investigar lo que quieras. Pero no será que lo tuyo sí lo vas a ocultar, ¿verdad?
Geoffrey respiró hondo y lanzó una mirada al hombre que había traído la noticia.
—Hemos descubierto que alguien ha enviado al exterior un mensaje bastante peculiar.
Andrew replicó enseguida:
—¿Quién es David?
El rostro de Geoffrey se volvió extremadamente desagradable, y contestó de mala gana:
—Uno de mis guardaespaldas.
Ye Yuzhen soltó una risa fría.
—Señor Geoffrey, me vigila usted tan de cerca… y resulta que, al final, quien tiene problemas de limpieza es su propio entorno. Pasa el día buscándome problemas; ¿no será que quiere que cargue con la culpa?
Geoffrey dijo con el rostro rígido:
—No te preocupes. Yo, Geoffrey, siempre separo claramente lo que es uno de lo que es dos. Si no eres tú, no te acusaré injustamente.
Luego miró con severidad a John.
—Encuentra a David. Y si lo dejas escapar… ya sabes cuál es el castigo de la casa.
John respondió de inmediato:
—Sí, señor.
Justo cuando se daba la vuelta para irse, Ye Yuzhen dijo:
—Un momento.
Se levantó de la silla y añadió:
—No quiero morir algún día sin saber por qué. Iré con ustedes a buscar.
—¿No confías en mí? —las pupilas de Geoffrey se contrajeron bruscamente.
Ye Yuzhen respondió con calma:
—No es que nos conozcamos mucho.
Geoffrey volvió a respirar hondo y miró a Andrew. Este estaba degustando tranquilamente la comida con modales dignos de la realeza. Alzó la mirada y sonrió con frialdad.
—Bien. Entonces te dejaré verlo con tus propios ojos.
Luego se volvió hacia John.
—El joven maestro Ye es un “ex” superintendente de la Interpol, un profesional de verdad. Aprovechen para aprender de su experiencia.
Al pronunciar la palabra ex, Geoffrey puso especial énfasis, cargándola de ironía. Sin embargo, Ye Yuzhen pareció no darse por aludido. Dejó la servilleta sobre la mesa y se dio la vuelta para dirigirse hacia el interior del local.
Geoffrey observó a Andrew, que degustaba con toda calma las huevas de salmón, y dijo:
—¿De verdad confías tanto en él?
Andrew pinchó un trozo de pescado con el tenedor y respondió:
—¿Has oído ese proverbio chino que dice que no hay enemigos eternos… ni amigos eternos? Esa frase demuestra que son pragmáticos. Confiar o no confiar no es lo importante; lo importante es estar seguro de que puedes satisfacer sus intereses.
Geoffrey le lanzó una mirada fría y soltó una sonrisa despectiva.
—Me temo que quizá ni siquiera entiendas cuáles son sus verdaderos intereses.
Andrew ladeó ligeramente la cabeza, se frotó la barbilla oscura y respondió con despreocupación:
—Ya sabes que, incluso para alguien como yo, con un trasfondo cultural internacional, los conflictos culturales son inevitables. Por eso la tolerancia, la comprensión… y mejorar la propia educación son cosas muy importantes.
Aquello fue demasiado para Geoffrey. Por mucho apetito que tuviera, ya no podía seguir comiendo. Tiró la servilleta sobre el plato.
—Andrew, yo creía que tu única forma de resolver conflictos culturales era llenar los ríos de Siberia con gente. Parece que me equivoqué.
Tras decir eso, como si no quisiera escuchar la respuesta de Andrew, se levantó y se marchó a grandes zancadas.
Andrew levantó apenas los párpados y miró hacia el interior del local; luego volvió a bajarlos y siguió comiendo con la misma tranquilidad, saboreando la mesa llena de manjares.
Cuando Ye Yuzhen llegó a la planta baja, extendió la mano.
—Dame un arma.
John respondió con cortesía:
—Señor Ye, el joven maestro Geoffrey no ha autorizado que se le entregue un arma. Si considera que la situación no es segura, también puede abstenerse de participar en la búsqueda.
Su tono era educado, pero su expresión no dejaba lugar a discusión.
Ye Yuzhen lo miró un instante, bajó la mano y subió las escaleras sin decir nada. Detrás de él, John hizo un leve gesto con la cabeza a los demás y lo siguió.
Todo el hotel había sido tomado por los hombres de Geoffrey. La ventaja era que todas las habitaciones estaban vacías; la desventaja, que el área de búsqueda se volvía mucho mayor.
Una vez en el piso superior, se dividieron en grupos de dos y se dispersaron para registrar cada habitación. John eligió ir con Ye Yuzhen. Aunque había más de una docena de guardaespaldas, el hotel tenía tres plantas, así que al repartirlos entre los pisos tampoco quedaban tantos en cada uno.
Ye Yuzhen subió directamente hasta el tercer piso. John caminaba a su lado. Para ser sinceros, como miembro de la familia Geoffrey, estaba lejos de ser un desconocido respecto a los asiáticos orientales. Aquello se debía, en gran parte, a la peculiar mezcla de odio y curiosidad que su joven señor sentía hacia esas personas de piel amarilla. También tenía relación con un antiguo caso de espionaje de Asia Oriental que había sacudido a toda la familia.
Había que admitir que aquel espía dejó una profunda impresión en John. Esas personas quizá no parecían tan altas ni imponentes, ni particularmente feroces. Pero si uno llegaba a creer que eran fáciles de derrotar… entonces se volvían mortales.
Esa era precisamente la razón por la que John había decidido formar equipo personalmente con Ye Yuzhen. Sus muchos años de experiencia profesional le habían hecho percibir una sensación de peligro como nunca antes.
Ye Yuzhen inspeccionaba cada habitación con cautela y profesionalismo, mientras John lo observaba con una mirada inquisitiva.
Cualquiera que viera a Ye Yuzhen por primera vez pensaría lo mismo: con su cabello corto y negro, su piel clara, sus extremidades largas y elegantes, y esa camisa entallada hecha a medida combinada con pantalones sencillos pero refinados… resultaba fácil imaginarlo como una joven promesa de algún banco internacional o de una gran corporación multinacional.
Alguien graduado de una universidad prestigiosa, capaz de hablar con fluidez al menos tres idiomas. La alta sociedad parecía estar abriéndole las puertas… o quizá ya provenía de ella.
Su trayectoria vital parecía tan clara que casi se podía prever una vida llena de éxitos.
Lo que nadie imaginaría… es que esa suposición estaba completamente equivocada.
Él era Ye Yuzhen, superintendente de la Interpol. Uno de los enemigos más temidos del hampa europea. Había sido el principal artífice del mayor enfrentamiento entre bandas ocurrido en Europa en la última década, y gracias a él se había establecido el nuevo equilibrio entre el mundo criminal y las fuerzas del orden. Incluso había viajado solo al desierto del Sahara para sabotear una nueva transacción de drogas con potencial revolucionario.
Ye Yuzhen… era una figura casi legendaria.
John se obligó a recordar firmemente ese hecho.
—Tener un arma y aun así esconderse detrás de otros… ¿Es ese el entrenamiento especial de la familia Geoffrey? —dijo Ye Yuzhen con frialdad.
Solo entonces John se dio cuenta de que, absorto en sus pensamientos, había quedado varios pasos detrás de Ye Yuzhen. Bajó la cabeza y carraspeó levemente.
—En este pasillo solo quedan las habitaciones del joven maestro Geoffrey… Las suyas y las del señor Andrew.
Ye Yuzhen se dirigió primero hacia la habitación de Geoffrey. John no tuvo más remedio que seguirlo. Cuando llegaron a la puerta, Ye Yuzhen se apoyó a un lado y dijo con tono indiferente:
—Tú conoces bien a David, ¿verdad?
John se recostó contra la pared. En ese momento aún no se oía ningún movimiento desde los dos pisos inferiores, lo que significaba que había muchas probabilidades de que David estuviera escondido en una de esas dos habitaciones. Bajó la voz.
—Señor Ye, ahora no es momento para hablar.
Ye Yuzhen sonrió ligeramente.
—Claro que tengo que preguntar. Si David está dentro de una de estas habitaciones, tarde o temprano lo atraparán. ¿Qué prisa hay? Pero si aparece alguien más afuera para ayudarlo a escapar… yo no pienso morir sin saber por qué.
John se sobresaltó. Desde el incidente del espía, la familia Geoffrey vivía en constante alerta. Y si ahora David también resultaba implicado… no era imposible que toda la guardia de seguridad de la familia tuviera que someterse a otra investigación general.
—Señor Ye, le ruego que mida sus palabras —dijo John frunciendo el ceño tras un breve momento de vacilación.
Ye Yuzhen continuó con calma:
—Hagamos esto: solo quedan dos habitaciones. Cada uno registra una. Te dejo elegir primero; la que quieras revisar tú, yo revisaré la otra.
—¡No! —rechazó John de inmediato—. Señor Ye, las órdenes del joven maestro son que usted solo observe. Si cree que es peligroso, puede retirarse a un lado.
Ye Yuzhen lo miró un par de segundos. Luego dio un paso atrás y, efectivamente, se apartó a un lado.
Al ver que Ye Yuzhen realmente pensaba quedarse observando, John no tuvo más remedio que respirar hondo y empujar lentamente la puerta para entrar.
Geoffrey ocupaba la única gran suite del hotel, así que el espacio incluía una sala de estar, un dormitorio y un enorme baño.
John avanzó con cautela, revisándolo todo. Llegó incluso hasta el gran cuarto de baño, y seguía sin encontrar nada. Instintivamente soltó un suspiro de alivio.
De pronto, desde fuera se oyó un golpe seco, seguido inmediatamente por un disparo.
John se quedó helado.
Sabía perfectamente que Ye Yuzhen no llevaba armas. Eso significaba que…
Ni siquiera se atrevió a continuar el pensamiento. Si algo le había ocurrido a Ye Yuzhen, ni siquiera quería imaginar cuál sería su propio destino.
Sin pensarlo más, corrió hacia la puerta. Apenas la abrió, tropezó con un cubo de basura redondo del hotel que alguien había dejado atravesado frente a la entrada.
—¡Maldita sea!
Apoyándose para levantarse, corrió apresuradamente hacia la otra habitación: la de Ye Yuzhen y Andrew.
La puerta estaba abierta de par en par.
Ye Yuzhen estaba de pie junto a la ventana, con un arma en la mano.
John primero suspiró aliviado y luego se acercó rápidamente para mirar hacia abajo. Bajo la ventana del hotel yacía una figura boca arriba. De su pecho brotaba lentamente la sangre.
Era David, el desaparecido.
Ye Yuzhen lanzó el arma hacia John y dijo con calma:
—Su pistola.
John sostuvo el arma. David había atacado a Ye Yuzhen… y el resultado había sido que Ye Yuzhen le arrebató la pistola y lo mató. Respiró profundamente.
El rostro de Geoffrey estaba ligeramente sombrío mientras escuchaba a John relatar lo ocurrido.
En el suelo del salón yacía el cadáver de David, que estaba siendo examinado por el médico de la familia Geoffrey.
Ye Yuzhen estaba sentado a un lado, bebiendo café con calma. Andrew, con los brazos cruzados, se sentaba en un sillón individual de estilo occidental, frunciendo el ceño mientras miraba alternativamente a Geoffrey y a Ye Yuzhen.
—Muerte por disparo… un solo tiro, letal —dijo el médico al levantarse y quitarse los guantes.
Otro guardaespaldas se acercó y entregó un teléfono.
—Joven maestro, lo encontramos. El mensaje lo envió David, efectivamente.
Ye Yuzhen dejó la taza de café y dijo con parsimonia:
—Geoffrey, trajiste a un montón de hombres para vigilarnos, y resulta que el espía estaba entre los tuyos. ¿Cómo se llama eso… ladrón que grita “¡al ladrón!”?
—No hables demasiado pronto —replicó Geoffrey tras respirar hondo. Bajó la mirada hacia el teléfono y luego dijo con frialdad—: Llama a los que fueron a recoger a Nissen.
—Sí, señor—. Alguien a un lado marcó de inmediato el número. Tras un momento, dijo—: Joven maestro… Nissen está muerto.
Geoffrey miró fijamente a Ye Yuzhen y soltó una risa fría.
—¿No te parece curioso? ¿Por qué iba a mandar mi propia gente a matar al hombre que traía un mensaje para mí? —Su rostro se endureció mientras añadía—: ¿No se parece esto mucho a uno de sus proverbios… ese que dice “aquí no hay plata enterrada”?
—¿Por qué? —respondió Ye Yuzhen con calma—. Eso deberías preguntárselo a tu propia gente.
Geoffrey se levantó de golpe.
Andrew alzó las cejas.
—Vamos, Geoffrey. Tal vez en la carta de Lin Long no había nada importante. Si la Interpol hace esto, probablemente sea solo para sembrar discordia. Si prefieres creer en su trampa antes que admitir que tienes un traidor entre tus hombres, adelante, sigue buscándole problemas.
Hizo una pausa y añadió con franqueza:
—Pero puedo decirte algo con toda claridad: hay mucha gente que quiere buscarle problemas a Ye Yuzhen… pero muy pocos consiguen que salga perdiendo.
Ye Yuzhen lanzó una mirada indiferente hacia Andrew. Los ojos verde esmeralda de Geoffrey se clavaron en él. Tras un momento, dijo con tono frío:
—Bien… Ye Yuzhen. Por hoy lo dejaremos así.
—¿Lo dejarás así? —Ye Yuzhen alzó ligeramente los párpados y dejó escapar una breve risa—. Geoffrey, uno de tus hombres puso en peligro mi seguridad, y aún no he dado mi opinión.
—¿Y qué quieres hacer? —preguntó Geoffrey con frialdad.
—Tú y tus perros… manténganse bien lejos de mí.
Aquella frase provocó que todos los hombres de Geoffrey lo miraran con furia.
—Ye Yuzhen… no te emociones demasiado —dijo Geoffrey con una sonrisa fría. Curiosamente, no parecía tan enfadado como cabría esperar. Luego se dio la vuelta y se marchó.
En cuanto él se fue, sus guardaespaldas, el médico y el resto de su gente lo siguieron rápidamente, dejando el lugar casi vacío.
La reacción de Geoffrey no había sido tan explosiva como se esperaba. Ye Yuzhen miró su espalda mientras se alejaba, y un pensamiento fugaz cruzó por su mente.
Cuando volvió la cabeza, descubrió que Andrew lo estaba observando. Sus pesados párpados estaban ligeramente entornados, como si lo estuviera estudiando.
—¿Y ahora qué te pasa? —dijo Ye Yuzhen. Su corazón dio un pequeño salto. En rigor, aquel sinvergüenza era mucho más peligroso que Geoffrey.
Andrew habló con calma:
—Yuzhen… eres realmente impresionante.
Tras decir eso, se puso de pie. Apoyó ambas manos en los reposabrazos de la silla de Ye Yuzhen, quedando inclinado sobre él, como si lo encerrara dentro de sus brazos desde arriba.
Ye Yuzhen no tuvo más remedio que reclinarse un poco hacia atrás.
—Si tienes algo que decir, dilo sin rodeos. La delicadeza no es precisamente tu estilo.
Andrew bajó la cabeza y rió durante un momento. Luego alzó la vista y dijo:
—Ye Yuzhen, sabes que cuando hago negocios nunca salgo perdiendo. Este asunto era claramente mi negocio, pero ahora parece que tú y Geoffrey se han convertido en los protagonistas.
Ye Yuzhen respondió con calma:
—Te estás impacientando… No hace falta. Siempre necesito a alguien que haga el trabajo sucio.
Con gesto educado, Andrew dejó la taza de café que tenía en la mano a un lado. Luego sujetó la muñeca de Ye Yuzhen con una mano y tiró de él con fuerza, sacándolo de la silla de un tirón, para arrastrarlo hacia las escaleras.
Su mano era como un aro de hierro alrededor de la muñeca de Ye Yuzhen. No le quedó más remedio que seguirlo mientras subían a grandes zancadas.
Cuando llegaron a la habitación, Andrew lo empujó y lo hizo caer sobre la cama. Después lo miró y dijo:
—Yuzhen, fíjate: siempre hemos cooperado bastante bien. Como matón, no me usas mal. Aunque tu paga siempre llega con retraso, soy una persona generosa, así que en general estoy bastante satisfecho.
Con alguien tan descaradamente desvergonzado, Ye Yuzhen no sabía si debía enfadarse o reír.
Tomó con naturalidad una carpeta que estaba sobre la mesita y sonrió.
—Entonces, ¿qué tal si hacemos un contrato a largo plazo?
Aquella carpeta había estado sobre la mesa desde que entraron en la habitación. Ye Yuzhen siempre había pensado que no era más que una trampa sin importancia. Andrew era como un oso astuto: parecía tosco, pero era cuidadoso. No era el tipo de persona que dejaría a la vista algo que no debiera verse. Por eso ni siquiera se había molestado en tocarla.
—Esto… ¿Qué es? —preguntó Ye Yuzhen, frunciendo ligeramente el ceño.
Andrew sacó tranquilamente una pluma dorada del bolsillo de su traje y, sonriendo, respondió:
—Un contrato de compromiso. Firma aquí, Ye Yuzhen.
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