A la mañana siguiente, William y Geoffrey estaban frente a su tienda dorada, observando cómo Andrew y Ye Yuzhen se acercaban.
Parecía que William sentía una profunda incomodidad con solo ver a Ye Yuzhen. Dijo con sarcasmo:
—Al Superintendente Ye, ciertamente, le sienta bien el riego natural. Hoy te ves mucho más lozano que ayer.
Ye Yuzhen, tomando los guantes blancos que le ofrecía un mercenario, respondió con toda naturalidad mientras se los ponía:
—Buenos días, William.
William había golpeado un saco de algodón. Lleno de rencor, no encontraba por dónde desahogarlo, y parecía un hombre cubierto de pulgas, a punto de saltar de impaciencia.
Geoffrey, en ese momento, sintió una extraña mezcla de incredulidad y ganas de reír.
Ye Yuzhen abrió el maletín que tenía delante y examinó su contenido con atención. Andrew sonrió:
—Mira bien, Yuzhen. Aunque quisiéramos, no tenemos tiempo para hacer copias. Es absolutamente auténtico.
Geoffrey miró a Andrew, que estaba a su lado, y dijo en voz baja:
—Si no supiera que eres un malhechor sin escrúpulos, Andrew, hasta dudaría y pensaría que eres colega del Superintendente Ye. Le entregas estas dos cosas a Ye Yuzhen, y la verdad es que no veo qué beneficio sacas tú.
Andrew sacó su pitillera, miró a Ye Yuzhen y sonrió:
—¿Sabes cómo se consigue un acuerdo en el que todos ganan? Intercambiando los intereses secundarios de cada uno para obtener los intereses principales que cada cual desea. Si no ves qué gano yo, solo demuestra que tú y yo valoramos cosas distintas.
—Ah, pues la verdad es que no sé qué valora más el señor Pastern —Geoffrey soltó una risa fría—. No me digas que es el propio Ye Yuzhen. No te creía tan apasionado y leal como para sacrificar tanto por tu amante.
—¿Sacrificio? —Andrew negó con la cabeza—. Oh, no, no. Yo soy un hombre de negocios, nunca hago negocios a pérdida. Esas cosas que te hunden y de las que no puedes recuperarte, jamás las haría. La palabra “sacrificio” no va conmigo.
Los hermosos labios de Geoffrey dibujaron una sonrisa burlona:
—¿No es suficiente pérdida haber tirado por la borda un negocio de cuarenta mil millones de dólares? ¿Usar algo que podría amenazar tu propia posición para engrandecer la carrera de tu amante, y a eso no lo llamas sacrificio?
—¡Estás de broma! —Andrew puso una expresión de sorpresa—. En primer lugar, ¿cómo que he perdido cuarenta mil millones? El que lo ha perdido es la familia Geoffrey. Yo solo lamento no haber podido ayudar. En cuanto a mi posición…
Andrew sonrió:
—Cuento con el fuerte respaldo del heredero de la familia Geoffrey. ¿Cómo podría tambalearse mi posición? Es como tú, que cuentas con mi apoyo. Por muchos primos que tengas, no debes temerles, ¿verdad?
Se puso un cigarro puro en la boca y sonrió:
—Comparado con Lin Long, yo soy más adecuado para aliarme contigo. Después de todo, ambos somos tiburones que nadan en el mismo estanque. Por muy feroz que sea el tigre del bosque vecino, aparte de rugir un par de veces para animarte, ¿qué más puede hacer?
Geoffrey respiró hondo y dijo:
—No me extraña que Ye Yuzhen rechazara mi propuesta de colaboración y te eligiera a ti, Andrew. Tienes una capacidad de persuasión realmente impresionante. ¿Sueles lavarle el cerebro a todo el que sin querer sube a tu barco pirata?
—Geoffrey, ¿cómo puedes llamar “lavado de cerebro” a un simple intercambio de ideas? —Andrew ladeó la cabeza y encendió su cigarro.
Geoffrey frunció el ceño:
—Detesto el olor a tabaco.
—Mm —Andrew asintió, pero exhaló un anillo de humo directamente hacia Geoffrey, y dijo con sorna—: Como futuro socio importante, hacer alguna pequeña concesión a sus aficiones también contribuye a una buena comunicación.
Al otro lado, Ye Yuzhen ya se había quitado los guantes y asintió levemente, confirmando que el contenido era auténtico.
Geoffrey miró a Ye Yuzhen y dijo:
—Felicidades, Superintendente Ye. Con solo llevarse esto, añade otra hazaña a su gloriosa carrera. Si algún día llegara a Jefe de Departamento, no me sorprendería en absoluto.
William intervino con malicia:
—Será, probablemente, el Jefe de Departamento con la trayectoria más peculiar en la historia de la Interpol… ¿verdad, Ye Yuzhen? Porque a ti, con bajarte los pantalones, ya te hace el trabajo el bandido más sinvergüenza de la historia.
Andrew levantó sus amplios párpados y miró a William con advertencia:
—William, espero que ese “bandido más sinvergüenza de la historia” no sea un elogio hacia mí.
William, rebosante de resentimiento, no estaba dispuesto a ceder. Continuó con veneno:
—¿Acaso lo niegas? Ye Yuzhen, ¿cuántos de tus honores y logros los has conseguido gracias a bajarte los pantalones?
Ye Yuzhen, sin embargo, solo miraba fijamente el maletín que tenía delante. No se sabía qué estaría pensando, pero permaneció en silencio un buen rato. William, que nunca antes había asestado un golpe tan contundente a Ye Yuzhen, no pudo evitar sentirse enormemente satisfecho.
—Un arma, Andrew —dijo Ye Yuzhen de repente, alzando la mano.
William se asustó y retrocedió tres pasos de inmediato. Sus guardaespaldas se agolparon a su alrededor. Andrew miró a Ye Yuzhen, luego desenfundó su pistola, dio unos pasos y se la entregó.
—¡Andrew! —exclamó William, aterrado.
Ye Yuzhen tomó el arma, pero no se volvió hacia William. En lugar de eso, observó los convertidores dentro del maletín. Entonces levantó la mano, giró ligeramente el cuerpo y, sosteniendo la pistola con ambas manos, adoptó una postura de tiro perfecta.
Geoffrey frunció el ceño, pero apenas empezó a arrugarlo, el arma de Ye Yuzhen resonó. Bajo una densa lluvia de disparos, el primer sistema de armas láser de largo alcance jamás desarrollado en el mundo se hizo añicos.
Si se continuaba su desarrollo, podría incluso alterar el equilibrio de poder militar entre naciones, trastocar por completo la posición de todos los traficantes de armas. ¿Cuántos agentes secretos de cuántos países habrían dado cualquier cosa por él? ¿Cuántos traficantes de armas habrían sentido palpitar sus corazones?
Geoffrey y William se quedaron con la boca abierta. Vieron cómo, disparo tras disparo de Ye Yuzhen, innumerables piezas saltaban por los aires, convirtiendo los dos convertidores en dos montones de chatarra.
El sol naciente del Sáhara se reflejaba en el corto cabello negro de Ye Yuzhen. Sus pálidos dedos, con cada presión del gatillo, acertaban con precisión en los dos convertidores. Ni una sola vez parpadeó. Apretó el gatillo con serenidad hasta agotar todas las balas. Cada disparo impactó con exactitud en los puntos clave, sin desperdiciar una sola bala.
Andrew bajó la cabeza y soltó una risa suave, rascándose sus espesas cejas.
—… Ye Yuzhen —exhaló Geoffrey un largo suspiro.
William, por fin, reaccionó. Corrió hacia el maletín, se quedó mirando boquiabierto por un instante y luego chilló:
—¡Ye Yuzhen, ¿cómo has podido destruirlo?! ¡Estás destrozando una obra de arte!
Ye Yuzhen accionó el seguro del arma y respondió:
—¿Ah, sí? Deberías alegrarte. Por fin hemos encontrado algo en común.
William jadeaba, rechinando los dientes:
—No te hagas el gallito, Ye Yuzhen. Tarde o temprano te haré pagar por esto.
—Bueno, William, no te enfades tanto —terció Andrew en tono conciliador—. Deberías alegrarte de que Yuzhen no sea Nobel, porque si no, igual aún estarías apreciando el arte de las armas blancas.
Aquello no tranquilizó a William. Replicó con rencor:
—¿Por qué no se va a vivir como un hombre de las cavernas? Con un taparrabos de piel tendría de sobra para sus necesidades.
—Bueno, los pacifistas, hasta cierto punto, son antitecnología —respondió Andrew, ya con cierto fastidio—. William, deja de buscarle las cosquillas a Ye Yuzhen. Sabes que lo hago por tu bien.
William casi dio un salto:
—¡Andrew, si no fuera por ese mínimo respeto que te tengo, en estos dos días lo habría matado cien veces!
No había terminado la frase cuando sintió un cañón de pistola presionando su sien. William miró de reojo a Ye Yuzhen y dijo con sorna:
—¿Me amenazas con un arma descargada?
—No creo —respondió Ye Yuzhen, y disparó junto a su sien. La bala impactó en el pilar de la puerta, detrás de él.
El estampido dejó a William con un zumbido en los oídos. Preguntó con dificultad:
—¿De dónde… de dónde has sacado el cargador?
—Se lo quité ayer a uno de tus mercenarios —respondió Ye Yuzhen.
William, con el rostro hinchado, resopló. Ye Yuzhen le presionó la cabeza con la pistola y William gritó:
—¡Andrew, no olvides que aún necesitas mi ayuda!
Andrew se rascó las cejas y dijo:
—¿Ahora entiendes por qué, durante todos estos años, he tenido que gastar gran parte de mi crédito personal para mantener con vida a este importante aliado?
—William, no te he buscado las cosquillas hasta ahora por respeto a mi superior. ¡No me provoques! —Ye Yuzhen apretó los labios—. Esta es la última vez que le hago ese favor. Si vuelvo a saber que ayudas a Lin Long a buscarme problemas…
Apretó el gatillo.
¡Bang!
William lanzó un alarido. Había imaginado muchas muertes románticas o extrañas, pero jamás pensó que moriría a manos de su persona más odiada.
¡No, no podía morir a manos de Ye Yuzhen! ¡Mil y una veces se negaba!
Empapado en sudor, abrió los ojos de golpe. Vio a Ye Yuzhen arrojar la pistola a Andrew, levantar la mano y mostrar el cargador entre sus largos dedos. Luego, sonriendo, se lo lanzó a un mercenario cualquiera.
William contuvo la respiración. Estaba a punto de estallar de ira cuando Geoffrey intervino oportunamente:
—Bueno, ya hemos hablado de todo lo que había que hablar. ¿Podemos irnos ya?
—El helicóptero ya está preparado —dijo William, respirando hondo con el rostro sombrío.
Andrew sonrió:
—Qué amable, pero mejor iremos en coche. En Tarfaya tenemos nuestro propio avión.
Bromeaban. Habían ofendido tan gravemente a William que subir a su helicóptero sería como buscarse la muerte.
William torció la cabeza y sonrió, sin poner objeción alguna.
Andrew eligió el vehículo: el mejor todoterreno militar para el desierto.
En cuanto escogieron el medio de transporte, William, con un “¡fu!” dio la orden de levantar el campamento. En cuestión de instantes, no quedó ni rastro en aquella extensión de desierto.
Andrew, de pie a un lado, se despidió amigablemente con la mano. Pero en cuanto William se marchó, se volvió hacia Ye Yuzhen y juntos comenzaron a inspeccionar el vehículo.
Geoffrey, al ver cómo Andrew y Ye Yuzhen revisaban minuciosamente el coche de arriba abajo, no pudo evitar preguntar:
—Andrew, si William no tuviera verdadera intención de cooperar con nosotros, podría habernos dejado marchar sin más.
—Por supuesto que su intención de cooperar es genuina… —Andrew levantó el capó delantero.
Ye Yuzhen se sentó al volante, revisó de nuevo los instrumentos, arrancó el motor y, cogió las gafas protectoras del desierto del espejo retrovisor y se las colocó.
Con el dedo, acarició suavemente el espejo retrovisor para asegurarse de que no hubiera sido manipulado.
Geoffrey, viendo tanta cautela, preguntó desconcertado:
—Entonces, ustedes…
Andrew saltó al vehículo, se volvió y dijo con una sonrisa:
—Porque sus ganas de matarnos también serán genuinas.
Geoffrey exhaló un largo suspiro.
Ye Yuzhen puso el vehículo en marcha y salió rápidamente del campamento. Preguntó:
—Andrew, ¿cuándo retuviste a Jian Yi? No me digas que fue algo improvisado.
—Oh… desde que decidí traerte a Tarfaya —admitió Andrew con franqueza—. Debo decir que no fue una buena idea, pero sí muy efectiva. El que sigamos vivos se lo debemos a haber tenido a tu superior unos días como invitado.
—Es imposible que supieras la agenda de mi superior con tanta antelación. Los planes operativos de la Interpol no superan las veinticuatro horas —dijo Ye Yuzhen, mirándolo a través de las gafas protectoras.
—Mmm… —Andrew hizo una mueca—. ¿Y si fui yo quien contactó a Jian Yi y él accedió a cooperar?
—¡Andrew! —Ye Yuzhen se enfadó, y justo en ese momento el vehículo chocó contra un pequeño montículo de arena, haciendo que el coche diera un bote.
—¡Cuidado! —exclamó Andrew—. ¡Esto es el desierto! Aunque tu conducción sea de primera, siempre existe el peligro de toparte con arenas movedizas.
—¡Lo has metido en un lío! —se indignó Ye Yuzhen—. Aunque fuera para colaborar con la tarea de otro grupo, ha violado decenas de normas. ¡Seguro que tenía una misión! Abandonar un objetivo de vigilancia crucial en un momento tan importante, ¡solo eso ya es motivo de sobra para expulsarlo!
Andrew se encogió de hombros con indiferencia:
—¿Y qué? Para un agente con pocas posibilidades de ascenso y sin un futuro brillante, ¿crees que unas penalizaciones o un castigo son más importantes que la vida de su querido compañero?
—¡Es incomprensible! —Ye Yuzhen respiró hondo y murmurando en voz baja.
—Yuzhen, que tu superior accediera a colaborar conmigo demuestra que nuestros valores no son tan distintos —sonrió Andrew—. Debes entender que ambos somos humanos…
Geoffrey intervino con frialdad:
—No me interesa comprender sus valores, pero sé una cosa: nunca coincidiré con Ye Yuzhen en el Sáhara. Porque ahora entiendo por qué Crazy William está empeñado en matarlo.
—Ah, eso es un poco complicado —suspiró Andrew—. Para escribir la historia de su enemistad, se necesitaría una saga entera.
De repente, la radio del vehículo sonó. Tanto Andrew como Ye Yuzhen mostraron una expresión de alerta. Ye Yuzhen aceleró, mientras Andrew, observando los alrededores, cogió el receptor.
—Hola, Alteza Mansouri. ¿Tan rápido me echaba de menos?
La voz de William llegó a través del comunicador:
—[Andrew, de repente he recordado que olvidé hacerte un regalo].
—Su Alteza siempre es tan generoso —comentó Andrew con una sonrisa melancólica—. Cuando regrese, enviaré a alguien especialmente para recoger su obsequio.
—[Oh, después de regalarme una docena de bofetadas y casi estrangularme dos veces, si no te correspondiera, ¿cómo iba a poder dormir tranquilo?] —la voz de William destilaba malicia—. [Pensaba decírtelo en cuanto encendieras la radio, pero quién iba a imaginar que hablarías tanto. Para ahorrarme gastos de envío internacional, he elegido un misil para ti… ]
—¡Salten del coche! —en cuanto William dijo “misil”, Andrew gritó la orden.
Los tres se lanzaron instintivamente fuera del vehículo en movimiento.
Aunque estaban entrenados y cayeron sobre la relativamente blanda arena del desierto, Geoffrey sintió como si todos sus huesos se hubieran roto contra el suelo.
Mientras aún rodaban por el suelo, el misil que William les había enviado llegó a su destino. Dio de lleno en el coche.
¡Boom!
El vehículo estalló en mil pedazos.
Los tres se aferraron al suelo, enterrándose en la arena. Geoffrey aún pudo sentir la onda expansiva de la explosión, y los fragmentos ardientes pasaron zumbando sobre su cabeza.
Podía imaginar lo que habría pasado si Ye Yuzhen, en lugar de mantener el coche a toda velocidad, hubiera reducido la marcha o se hubiera detenido.
En toda su vida, Geoffrey nunca había estado tan cerca de la muerte. La amenaza de muerte que Ye Yuzhen le había hecho en el túnel no era nada comparado con esto.
Andrew levantó la cabeza, escupió la arena que tenía en la boca, respiró hondo y, cogiendo el comunicador, dijo:
—Tu regalo ha llegado. William, tanta cortesía no beneficia nuestra cooperación.
—[¡Oh, sigues vivo!] —la voz de William sonaba alegre—. [¡Ahora sí que podemos cooperar!]
Dicho esto, colgó.
—¿Qué demonios quiere decir? —preguntó Geoffrey.
—Que estamos a salvo —Andrew esbozó una sonrisa.
Ye Yuzhen se levantó y movió las articulaciones. Al saltar del coche en marcha, era inevitable sufrir algunas rozaduras, siempre que no hubiera huesos rotos.
Geoffrey movió el tobillo que se había torcido y preguntó:
—¿Y ahora qué hacemos?
Andrew levantó el comunicador y dijo:
—¿Que William nos envíe otro coche?
—¡Ni hablar! —respondió Geoffrey de inmediato.
Andrew sacó su teléfono satelital del bolsillo, lo sopesó y, mirando a Ye Yuzhen con una sonrisa, dijo:
—Si lo enciendo ahora, la Interpol podrá localizarnos. Entonces podríamos pedir a los helicópteros militares marroquíes que vengan a recogernos. Eso sí, habría que ver cuánta inmunidad diplomática puede conseguirnos el Superintendente Ye…
Ye Yuzhen respondió con indiferencia:
—Vámonos.
—¿Vámonos? —Geoffrey miró el vasto desierto—. ¡Esto es el Sáhara!
Andrew puso cara de sufrimiento:
—¿Otra vez a pie…?
—¡Deja de decir tonterías! —le espetó Ye Yuzhen sin miramientos—. Si no, búscate la vida por tu cuenta.
—Vale, vale —Andrew se quitó el reloj—. Que un Superintendente me acompañe en este suplicio, ¿qué más puedo pedir? —pulsó unos cuantos botones y señaló hacia el norte—. Vaya, vaya, a setenta y seis kilómetros exactos del pueblo más cercano.
Ye Yuzhen ya se había puesto en marcha en la dirección que Andrew había señalado. Andrew guardó el reloj y, dirigiéndose a Geoffrey con una sonrisa, le preguntó:
—¿Necesitas que te preste un hombro?
—¡No hace falta! —rechazó Geoffrey.
Antes solo había oído que era peligroso negociar con un tigre. Pero ahora comprendía que negociar con un oso podía serlo aún más. El oso tiene cara de bonachón, pero un apetito mucho mayor.
Andrew se encogió de hombros y echó a andar tras la silueta de Ye Yuzhen.
Geoffrey exhaló un largo suspiro. Cojeando, comenzó a seguirles. A cada paso, sentía un dolor punzante.
Veía cómo Andrew y Ye Yuzhen se alejaban cada vez más, y el sudor en su frente aumentaba sin cesar.
Suspiró y se sentó en la arena. Contempló el horizonte infinito y, de repente, sintió una sensación de insignificancia. Era una sensación extraña para él, acostumbrado a controlar la vida de los demás.
Controlar vidas ajenas genera fácilmente la ilusión de estar por encima de todo. Ahora, Geoffrey empezaba a comprender que, frente a la naturaleza, el hombre no es nada.
Alzó la vista al cielo. Sin una sola nube, el sol abrasador provocaba vértigo. De repente, oyó pasos. Bajó la mirada y vio a Ye Yuzhen acercándose. La intensa luz le nublaba la vista y por un momento dudó si no sería una alucinación.
Ye Yuzhen se agachó a su lado, le quitó el zapato y, moviendo el tobillo torcido hacia un lado y hacia el otro, de repente, con un movimiento seco y firme, lo reubicó.
El dolor punzante e instantáneo hizo que Geoffrey soltara un grito. Pero desapareció al momento. El tobillo se sentía mucho más aliviado.
Ye Yuzhen sacó su pañuelo, lo rasgó por la mitad, anudó las dos tiras formando una venda y se la enrolló alrededor del tobillo.
Geoffrey observó el cabello negro de Ye Yuzhen, inclinado frente a él. Este hombre, capaz de matar a su propio compañero para cumplir una misión, también se agachaba para curar a un enemigo. No sabía muy bien qué tipo de sensación le producía aquello, era algo sutil.
—Ye Yuzhen, ¿en qué pensabas cuando lo mataste? —Geoffrey rompió de repente el silencio—. ¿Pensabas que así salvarías a más gente? ¿Buscabas una excusa para justificarte?
—Nunca busco excusas —respondió Ye Yuzhen mientras ataba hábilmente el vendaje.
—Entonces tu interior no debe de estar tan tranquilo como aparentas —insistió Geoffrey—. Si uno no busca excusas, suele sufrir.
—Eso es cosa mía —Ye Yuzhen se levantó—. Ahora te resultará más fácil caminar.
Geoffrey levantó la vista hacia él y de repente volvió a preguntar:
—Ye Yuzhen, ¿con qué has negociado esta vez con Andrew? ¿Qué te queda… para negociar con él?
—Eres demasiado curioso —Ye Yuzhen lo miró, sus ojos negros sobre blancos eran nítidos—. Si yo fuera tú, pensaría más en cómo salir vivo del Sáhara.
Geoffrey soltó una risa leve:
—Ye Yuzhen, ustedes son gente muy pragmática.
Se levantó de la arena y comprobó que, efectivamente, su tobillo estaba mucho mejor. Lo movió un par de veces y siguió a Ye Yuzhen, preguntando:
—Ye Yuzhen, ¿los chinos como ustedes son todos realistas? Por eso la mayoría no se arrodillan ante Dios, pero se doblan con facilidad ante el beneficio.
—Cada uno de nosotros es diferente —respondió Ye Yuzhen con frialdad—. Así que no podrás conocerme a mí a través de otros, ni conocer a otros… a través de mí.
Geoffrey se quedó sin palabras.
Pero Ye Yuzhen no aminoró el paso y en un instante se había alejado bastante. Geoffrey solo pudo respirar hondo y apresurarse a seguirle.
Aquellos dos días fueron inolvidables para Geoffrey. Durante el día, un calor abrasador, sudando sin parar; por la noche, envuelto en ropa pegajosa, metido en agujeros en la arena, tiritando de frío. El hambre era lo de menos, lo peor era la sed, una sed insoportable. Cuando por fin llegaron al pequeño pueblo del desierto, estaban casi irreconocibles.
Cuando Geoffrey finalmente subió a su avión privado, sintió como si hubiera vuelto de otro mundo.
—Joven amo —se acercó un guardaespaldas y dijo en voz baja.
La mirada del joven amo Geoffrey se posó en su rostro y, de repente, exclamó sorprendido:
—¡John, ¿tú todavía estás en Marruecos?!
John respondió con el rostro lleno de vergüenza:
—Alguien se llevó… el cadáver.
—¿Quién? —Geoffrey se levantó de golpe, casi instantáneamente, y preguntó con severidad—: ¿¡Quién fue!?
John apretó los dientes y dijo:
—La gente de Andrew. Apenas habíamos sacado el cuerpo de la tienda, cuando fuimos atacados por sorpresa. No solo se llevaron el cadáver, sino que nos encerraron. Nos acaban de liberar ahora.
Si no hubiera sido porque jamás imaginaron que los hombres de Andrew se lanzarían a robarles un cadáver, ¿cómo podrían haber sido derrotados por esa gentuza?
Y pensar que ellos, los escoltas de una familia tan prestigiosa, habían sido vencidos por la banda de Andrew. John sentía que era un trago difícil de pasar.
—Joven amo, si usted lo aprueba, ¡vayamos ahora mismo a demostrarles de qué somos capaces! —propuso John.
Pero Geoffrey, no se sabía por qué, se quedó abstraído. Solo cuando John lo llamó de nuevo, soltó una risa leve y respondió, sin venir a cuento:
—Una buena puntería.
Dicho esto, apuró de un trago el vino tinto de su copa y ordenó con frialdad:
—Despegue.
—¿¡Joven amo!?
Geoffrey explicó:
—Ya que has dicho que es un cadáver, si Andrew lo quiere, que se lo quede. No vale la pena crear otro conflicto por esto.
—Pero al regresar…
Geoffrey miró la pista de aterrizaje a través de la ventanilla y dijo:
—Diles a los que tengan dudas que, de mi parte, este asunto ha terminado… Para siempre, hasta aquí.
Un hombre vestido de negro colocó respetuosamente una taza de café frente a Ye Yuzhen, que estaba leyendo el periódico. Ye Yuzhen levantó la vista, guardó el periódico con una sonrisa y dijo:
—Gracias.
—No hay de qué —respondió el hombre de negro con humildad—. Estamos a su disposición cuando lo desee.
Ye Yuzhen esbozó una sonrisa, levantó la taza y dio un sorbo de café. Entonces el hombre de negro se giró y, con la bandeja, se inclinó para servir una copa de vino a Andrew.
Andrew removió la copa en su mano y preguntó al hombre de negro:
—¿Qué opinas de seguir con vida?
El hombre de negro respondió con respeto:
—He visto la luz. Infinitamente agradecido.
Andrew arqueó sus espesas cejas y preguntó:
—¿Cómo es eso?
—Estoy vivo porque mi jefe aún quiere que lo esté. Por eso, mi deber es estar infinitamente agradecido —respondió el hombre de negro con los ojos bajos y tono humilde.
Ye Yuzhen respiró hondo. Andrew, por su parte, dio un sorbo a su vino y dijo:
—No está mal esa explicación. Lárgate.
El hombre de negro se apresuró a retroceder con la bandeja hasta salir del avión. Una vez fuera, exhaló un largo suspiro. Pensó que, independientemente del motivo del enfado de su jefe, por el momento parecía haber desistido de la idea de enviarlo a reunirse con sus tres predecesores en el fondo del Atlántico.
Pero, ¿cuál sería el motivo de su enfado?
Disimuladamente, levantó una esquina de la cortina y escuchó lo que decía su jefe a Ye Yuzhen en el interior:
—Yuzhen, ¿qué tal si te cuento un chiste?
Ye Yuzhen respondió con frialdad:
—A ver, cuéntalo…
Andrew, que siempre aprovechaba cualquier ocasión para acercarse, se levantó de inmediato y se colocó junto a Ye Yuzhen.
El hombre de negro dejó caer la cortina de inmediato y volvió a exhalar un largo suspiro. Acto seguido, añadió una nueva máxima a su manual personal para salvar el pellejo: *Jamás intentes parecer más ingenioso que tu jefe*.
Pequeño Ye abrió los ojos. Lo primero que vio fue una lujosa lámpara de cristal… Él debería estar en una tienda de campaña. Lo último que recordaba era un fuerte golpe en la nuca.
Se sobresaltó y se incorporó de golpe en el sofá. No lejos de él, un apuesto joven estaba sentado, frío e impasible, en un sillón individual.
—¡Ah! —exclamó Pequeño Ye, sin poderlo evitar. ¿No se suponía que quien debía ser enviado de vuelta era Ye Yuzhen? Y él… ¿no se suponía que debía estar en el Sáhara, esforzándose por distraer a Andrew, ocupando su lugar?
—Jefe… —Pequeño Ye comprendió por fin. Andrew no había caído en la trampa. Al contrario, había hecho que el verdadero Ye Yuzhen ocupará su lugar.
¿Por qué? Pequeño Ye no salía de su asombro.
En aquella situación, Ye Yuzhen era quien corría más peligro. ¿No era la mejor opción que él lo sustituyera?
—He fracasado… —Pequeño Ye bajó la cabeza.
Lin Long desvió la mirada y dijo:
—No te desanimes. No se puede decir que hayas fracasado.
Pequeño Ye no salía de su asombro. Andrew les había tomado el pelo de forma descarada. ¿Cómo podía decirse que no había sido un fracaso?
Lin Long dijo con parsimonia:
—Tu mera existencia es la mayor afrenta para Ye Yuzhen. Conociendo a Andrew, lo que debería haber devuelto era un cadáver…
Pequeño Ye, al escuchar el tono pausado y enfático de Lin Long, sintió un escalofrío inexplicable.
Una mueca de sarcasmo cruzó los labios de Lin Long:
—Pero tú has vuelto vivo y sin un rasguño. Eso demuestra que Andrew no te es indiferente. Él, que te ha dejado vivir llevando el rostro de Ye Yuzhen… Está claro que le has conmovido de algún modo.
—Entonces… —preguntó Pequeño Ye—, ¿qué debo hacer?
—Vuelve a ver a Andrew —sonrió Lin Long—. Quizás, dentro de no mucho, Andrew descubra que Ye Yuzhen tampoco es insustituible…
Pequeño Ye reflexionó un instante y, con cierto cuidado, preguntó:
—Si Ye Yuzhen no es insustituible para Andrew, entonces…
Se detuvo ahí. Lin Long continuó por él:
—¿Por qué para mí sí lo es? Porque…
Lin Long soltó una risa leve. Mirándose en un antiguo espejo de la esquina, dijo:
—Yo no solo lo amo, también lo odio. Lo que hace único a alguien en este mundo no es, en realidad, ser el amado, sino… ser el enemigo.
El regreso de Ye Yuzhen provocó en la comisaría un revuelo similar, cuando menos, al del escándalo de las fotos íntimas de antaño.
Hubo quienes se sorprendieron, quienes se indignaron y, por supuesto, quienes se alegraron, como la división británica de Ye Yuzhen.
—¡Qué realista ha sido la actuación del jefe! —alabó Tom.
—Sin el más mínimo resquicio. Sobre todo la parte de Lin Long. ¿Quién iba a imaginar que nuestro jefe estaba fingiendo? —comentó Linda, de su mismo departamento.
—¿Tan exagerada era su actuación? ¿Desde cuándo empezaron a fingir? ¡Casi sospecho que desde lo de las fotos íntimas! —cuchicheaban en la sala de descanso los de otros departamentos.
—Imposible, ¿no? Eso fue un escándalo. Sobre todo para el agente Ye.
—A él no le importa, tiene con qué. ¡Tú, a ver si te atreves a enseñar!
—Yo creo que lo más humillante fue lo de las fotos. ¡Eso sí que fue un reality show en toda regla!
—A mí me parece que lo de las fotos íntimas fue real. Lo de después… ¡Sería el agente Ye ajustando cuentas por su cuenta!
—Chis… Ye Yuzhen —susurró alguien.
Ye Yuzhen, vestido con una gabardina y una bufanda negra, pasó junto a la ventana de la sala de descanso. Se había ido a finales del verano y regresaba ya en otoño.
En la sala de descanso se comentaba el tema con gran animación, pero él, como si no oyera nada, pasó de largo sin aminorar ni acelerar el paso.
—¿Hoy viene a la central? —preguntó alguien en voz baja.
—A reincorporarse, supongo. Ha hecho un gran servicio, ¡pero el escándalo lo protagonizó en la Unidad 1!
—Yo creo que en la Unidad 1 no lo van a dejar así. Hoy mismo he oído que, al margen de todo, siguen investigando la relación del agente Ye con los traficantes.
—Va a haber guerra…
—¡Yuzhen! —Miguel lo esperaba en la puerta, sonriente—. Justamente te estaba esperando.
Ye Yuzhen asintió a modo de saludo y entró. Miguel cerró la puerta tras de sí y también bajó las persianas, aislando por completo las miradas curiosas de la sala exterior.
—¿Cómo has descansado?
—Bastante bien —respondió Ye Yuzhen—. Pero hoy he venido a pedir más días.
—¿Más días? —Miguel se detuvo un instante—. Claro, se entiende. Esta misión ha sido especialmente dura para ti. Pero… creía que venías a reincorporarte.
Ye Yuzhen esbozó una sonrisa:
—Oh… solo quiero tomarme un poco más de tiempo para recuperarme. Además, tengo algunos asuntos personales que resolver.
Miguel asintió:
—De acuerdo. Por cierto, el periodo de consulta psicológica…
—Acudiré puntualmente al psicólogo —Ye Yuzhen se levantó—. Si no hay nada más, me retiro.
Cuando Ye Yuzhen llegaba a la puerta, Miguel dijo:
—Estamos pensando en organizar una negociación entre tú y Lin Long. ¿Qué te parece?
—No es necesario —Ye Yuzhen se volvió—. Entre nosotros no cabe un apretón de manos y hacer las paces.
—No es un apretón de manos —aclaró Miguel—. Es que nos preocupa que, por lo ocurrido antes, puedan surgir nuevos conflictos entre ustedes. Tememos seriamente que intente hacerte daño.
—Lo esperaré —respondió Ye Yuzhen con frialdad. Dicho esto, abrió la puerta y se marchó.
Miguel observó su silueta alejarse y, con cierta resignación, exhaló un leve suspiro.
Al salir del edificio, Ye Yuzhen descubrió que volvía a llover. El viento soplaba con fuerza. Se subió ligeramente la bufanda que llevaba al cuello. En ese momento, el teléfono en su bolsillo comenzó a sonar.
—[ …Ye Yuzhen, ¿no crees que ya va siendo hora de cumplir lo prometido?] —la voz del hombre al otro lado de la línea sonaba perezosa—. [He oído que los niños que nacen en primavera tienen más vitalidad].
Ye Yuzhen cerró los ojos un instante y respondió:
—Tranquilo, cumplo mi palabra.
—[Reconocer la derrota y asumir las consecuencias es una virtud].
Ye Yuzhen escuchó la risa del hombre. De repente, se giró. A sus espaldas, un coche negro se había detenido. Con la ventanilla bajada, Andrew le sonreía.
El conductor bajó del vehículo y abrió la puerta. Ye Yuzhen oyó la voz que salía del teléfono:
—¡Sube!
Ye Yuzhen miró la puerta del coche. Guardó el teléfono, se metió las manos en los bolsillos de la gabardina y se dirigió al vehículo. Agachando la cabeza, se sentó en el interior.
El conductor cerró la puerta. En un instante, el coche desapareció entre la lluvia y el viento.
⋆˚☆˖°⋆。° ✮˖ ࣪ ⊹⋆.˚<Fin de la novela>⋆˚☆˖°⋆。° ✮˖ ࣪ ⊹⋆.˚
Nota traducción y edición.- Gracias por llegar hasta aquí. Esperamos que hayan disfrutado de estas “aventuras tan locas”, así como de sus personajes. Dentro de poco estaremos subiendo a Pabellón otras novelas de la misma autora. Esperamos leerlas ahí.
Aprovecho para pedri perdon por los errores de numeracion de capítulos en algún momento. Intente arreglar lo que pude y si algo más encuentran, me avisan, please!!!
Gracias. 🌈🌹(❀❛ ֊ ❛„)♡
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