—Andrew, esa carta no existe, ¿verdad? —dijo Ye Yuzhen con calma—. Primero: Lin Long jamás escribiría en una carta que nuestra enemistad es falsa. Nuestra enemistad es real. Lo juro por el cielo: si tuviera la oportunidad de matarlo, no dudaría ni un instante. Segundo: si los Gambino enviaran una carta para Geoffrey y terminara en tus manos, Andrew… entonces esos dos probablemente tendrían que saltar al océano Pacífico.
Andrew lo miró durante un momento y luego estalló en carcajadas. Abrió la puerta de par en par y dijo con pereza:
—¿Qué te parece? ¿Estás satisfecho?
Geoffrey, con su cabello rubio claro, estaba de pie con las manos en los bolsillos del pantalón. Su expresión era terrible. Miró a Ye Yuzhen, respiró hondo y dijo:
—Eres muy inteligente.
Ye Yuzhen levantó el vaso de cristal que tenía en la mano.
—Al menos yo no utilizo métodos estúpidos para poner a prueba a los demás. Eso solo hace perder el tiempo… tanto a otros como a uno mismo.
Geoffrey habló con calma:
—Pero lo que acabas de decir no es del todo correcto…
Sonrió ligeramente.
—Realmente enviaron una carta para mí, esa carta viene en el próximo avión. Mis hombres la están trayendo desde Londres. Tal vez esta noche podamos leerla juntos.
Geoffrey recorrió con la mirada la habitación y soltó una risa fría.
—Que tengas dulces sueños, Ye Yuzhen.
Ye Yuzhen miró su reloj: 14:34.
Le quedaban menos de cuatro horas.
Levantó el vaso y se lo llevó a los labios. El líquido ligeramente frío ayudó a calmar la sangre que parecía hervirle en las venas.
Al final… había subestimado la advertencia de Lin Long.
Ese loco…
Ye Yuzhen apretó el vaso con fuerza. No podía quedarse esperando la muerte.
De repente percibió un leve olor a tabaco.
En el instante siguiente, alguien lo rodeó con los brazos.
Era Andrew.
Ese abrazo… con un olor que rechazaba, pero del que tampoco podía liberarse.
Andrew le abrió la camisa y deslizó los dedos de abajo hacia arriba por su espalda lisa. Las yemas ásperas rozaban la piel como si fueran plumas acariciando la superficie del agua; sin apenas esfuerzo, levantaban ondas invisibles.
Andrew pudo sentir cómo, allí por donde pasaban sus dedos, la piel de Ye Yuzhen se erizaba en pequeños escalofríos. Su mano pasó de la espalda al frente, rozando los puntos sensibles del pecho.
Ye Yuzhen ya no podía controlarse: atrapó la mano de Andrew y, apretando los dientes, dijo:
—Aún es por la tarde.
—¿Y qué? —respondió Andrew con una sonrisa.
Bajo la presión de la mano de Ye Yuzhen, sus dedos seguían jugueteando con aquel punto sensible, como si fuera Ye Yuzhen quien guiara su mano en un gesto íntimo.
Ye Yuzhen intentó apartar esos pensamientos incómodos y presionó la mano de Andrew bajo la camisa.
—Pero si esta mañana ya…
No.
No quería hacerlo allí, en ese mismo lugar. En aquella habitación donde, tiempo atrás, había vivido tanta desesperación y dolor… no quería acabar jadeando de placer.
—¿Esta mañana? Eso fue hace muchísimo tiempo —murmuró Andrew, hundiendo la cabeza en el cuello de Ye Yuzhen.
Aspiró profundamente el aroma que desprendía su piel calentada por la cercanía. Era un olor que recordaba al de la hierba fresca.
Para la mayoría de las personas, ese aroma evocaría simplemente una sensación agradable, relajante.
Pero Andrew era una bestia.
Para él, ese olor solo evocaba praderas abiertas donde correr libremente, conquistar… o reclamar un territorio como propio.
—Antes decías que no había tiempo. Ahora tenemos cuatro horas… —susurró Andrew—. No es mucho, pero debería bastar. O quizá prefieras esperar a tener toda la noche…
La actitud de rechazo de Ye Yuzhen solo provocó que Andrew se volviera más insistente.
—Al fin y al cabo, esta llama la encendiste tú —dijo con un resoplido—. Así que ahora tendrás que cargar con las consecuencias.
¿Cuántas horas habían pasado ya? Aquello era un argumento completamente absurdo.
Ye Yuzhen quiso replicar, pero la sensación eléctrica que recorría su cuerpo cada vez que Andrew tocaba aquellos puntos sensibles le robaba todas las fuerzas.
Sabía muy bien que, cuando Andrew quería llevarlo a la cama, podía inventar mil razones en un instante. Y, de cualquier forma, aquello era inevitable. Aunque lograra evitarlo al mediodía… ¿qué pasaría por la noche?
Ye Yuzhen cerró los ojos.
Detrás de él, Andrew seguía respirando profundamente en su cuello. El aliento cálido se deslizaba sobre su piel, provocando una leve incomodidad… y, al mismo tiempo, dejándolo sin salida.
Porque las manos de Andrew seguían moviéndose, y cada gesto hacía que su mente se nublara un poco más.
Una de las manos de Andrew ya había descendido, desabrochando el cinturón de Ye Yuzhen, el botón metálico… y luego, muy despacio, fue bajando la cremallera. Andrew nunca tenía prisa para ese tipo de cosas: lo que quería era que Ye Yuzhen se hundiera cada vez más profundamente en el deseo.
¿Fortalecer la comunicación espiritual con alguien tan complicado como Ye Yuzhen? Claro, eso también era necesario… pero ¿por qué iba a renunciar a su punto fuerte para usar el débil?
Andrew era un hombre práctico. Conseguir que el corazón de Ye Yuzhen reaccionara ante él era muchísimo más difícil que provocar una reacción en su cuerpo.
Observar cómo, entre sus manos, Ye Yuzhen se abría poco a poco al deseo era como contemplar una rosa que florece lentamente. Si se abría por ti… ¿Qué importaba para quién había querido florecer antes?
Lo siento mucho, pero Andrew jamás había pensado en convertirse en uno de esos románticos melancólicos.
Su mano se deslizó lentamente por la abertura del pantalón y tocó el calor que encontraba dentro. La palma entera se cerró sobre ello con calma. Para entonces, Ye Yuzhen ya había abandonado toda lucha interior: medio apoyado contra él, respiraba con dificultad.
Andrew lo levantó en brazos y lo depositó sobre la cama.
Igual que cinco años atrás.
En aquel entonces, había colocado en esa misma cama al joven hermoso que, confundido por el deseo y borracho, había perdido el control. El mismo lugar, la misma cama. Aquello había sido, sin duda, el golpe oportunista más brillante y valioso de toda su vida.
El cabello negro y corto de Ye Yuzhen se extendía algo desordenado sobre las sábanas blancas. Andrew lo observó desde arriba. Se arrodilló a horcajadas sobre su cuerpo y, con ambas manos, empezó a desabrochar lentamente los botones de su camisa. Luego se inclinó y rozó con la lengua uno de los puntos sensibles de su pecho, mientras sus piernas aprisionaban las caderas de Ye Yuzhen.
Ese día Ye Yuzhen llevaba vaqueros. El hermoso contorno de sus caderas ya había provocado en Andrew oleadas de impaciencia, pero aunque el botón y la cremallera estaban abiertos, el pantalón seguía firmemente puesto, lejos de la facilidad con la que solían quitarse los pantalones de vestir.
La punta de su lengua descendió y comenzó a trazar círculos sobre el vientre desnudo de Ye Yuzhen, que no pudo evitar dejar escapar un gemido.
Como si aquel sonido lo hubiera despertado de repente, trató de incorporarse. Andrew se abalanzó sobre él de inmediato, atrapando sus muñecas y volviendo a presionarlo contra la cama con la rapidez de un tigre que se lanza sobre su presa.
Ye Yuzhen y Andrew se miraron fijamente.
Durante un instante, no parecían amantes desnudos compartiendo la misma cama, sino dos bestias salvajes enfrentadas, observándose con ferocidad, como si cada una quisiera devorar a la otra.
Pero solo fue un instante.
Al final, Ye Yuzhen apartó la mirada y giró el rostro hacia un lado.
Andrew se inclinó lentamente y cubrió los labios de Ye Yuzhen con los suyos.
Hacían el amor con frecuencia, pero en realidad se besaban muy pocas veces. La razón principal era que Ye Yuzhen lo rechazaba y no le gustaba; por su parte, Andrew, siempre pragmático, tampoco quería que un “aperitivo” arruinara el “plato principal”.
Pero esta vez Andrew selló los labios de Ye Yuzhen y lo besó con una intensidad casi violenta, como una tormenta desatada. Lo succionó con tal ímpetu que a Ye Yuzhen le resultó difícil incluso respirar.
Sobre todo porque el aliento de Andrew, llenándole la nariz y la boca, hacía que su cuerpo reaccionara casi por instinto.
La droga especial que Andrew le había inyectado entonces… Aunque dentro de la organización internacional contaban con buenos recursos médicos militares, cuando Ye Yuzhen buscó tratamiento solo pudo hablar de ello de manera vaga y ambigua. Por eso, a pesar de haber pasado por varios tratamientos, nunca logró curarse del todo.
Incluso en esta habitación, en esta cama que una vez lo había llenado de humillación, seguía siendo incapaz de resistirse al olor de Andrew. Para él, aquel olor era el mejor afrodisíaco imaginable (nota: para más detalles, véase Mar del Deseo).
Andrew finalmente lo soltó antes de que llegara a asfixiarse por completo. Para entonces, Ye Yuzhen ya no tenía fuerzas para oponer resistencia y solo pudo dejar que Andrew le quitara los vaqueros y la ropa interior.
Cuando el lubricante frío y familiar llenó el espacio entre sus muslos, no pudo evitar que un pensamiento cruzara por su mente:
¿Aquella noche… Andrew realmente había terminado acostándose con él solo porque, en su confusión, lo retuvo creyendo que era Zeng Yusen?
Si en aquel entonces Ye Yuzhen, al acostarse por primera vez con otro hombre, estaba todavía confundido e inexperto, después de cinco años de intimidad con aquel canalla ya entendía demasiado bien ciertas cosas.
Aquella noche, Andrew lo había preparado muy bien.
De lo contrario, después de una noche entera, habría sido imposible que no resultara herido.
Entonces… ¿de dónde había salido el lubricante?
Andrew no podía llevar algo así encima todo el tiempo. Eso solo demostraba que, si no había decidido aprovecharse de la situación desde el momento mismo en que lo sostuvo para ayudarlo, entonces lo había pensado cuidadosamente en esa misma habitación antes de hacerlo.
En otras palabras, había salido a buscar lubricante con toda intención.
¿Dónde quedaba entonces aquello que había llamado “un hermoso error”?
Por un instante, el corazón de Ye Yuzhen se llenó de amargura. De verdad quería despedazar a ese hombre que hacía lo que quería con su cuerpo.
Pero apenas surgió aquel odio, la sensación entumecida y eléctrica que recorrió su interior, como una corriente súbita, disipó rápidamente la furia que acababa de nacer.
El odio requiere mucha fuerza. Y Ye Yuzhen, después de cinco años de enredos con Andrew, hacía tiempo que ya no tenía fuerzas para algo así.
Andrew separó las piernas de Ye Yuzhen y le sonrió levemente. Por un instante fugaz, Ye Yuzhen incluso creyó ver un atisbo de ternura en su expresión.
Pero esa supuesta ternura no le dio tiempo a reflexionarla, porque en cuanto Andrew rozó con la lengua su miembro, la oleada de placer que inundó su mente lo devolvió al momento en que, en la pequeña isla de Ciclades, se dio cuenta por primera vez de que había caído en el abismo del deseo.
Con cada movimiento de Andrew, Ye Yuzhen sentía que la última pizca de razón en su mente se desvanecía por completo.
Gemidos imposibles de contener, escapaban una y otra vez de sus labios. Y aunque sabía muy bien que Andrew, con los dedos, lo estaba preparando lentamente por detrás, su cuerpo se abría por sí solo, separando las piernas para seguir el ritmo de sus movimientos.
Justo cuando Ye Yuzhen estaba a punto de alcanzar el clímax, Andrew detuvo de repente sus movimientos. Aquello no era lo habitual. Normalmente Andrew procuraba satisfacerlo al máximo, pero ese día se detuvo justo cuando el deseo se volvía más intenso e insoportable.
La frente de Ye Yuzhen estaba cubierta de un fino sudor. Maldijo en voz baja:
—Maldito bastardo…
Andrew levantó sus caderas y rozó la piel de Ye Yuzhen con su propia erección, poderosa y firme.
—Yuzhen… voy a entrar —dijo.
Ye Yuzhen respondió con un vago murmullo afirmativo. Pero ese desgraciado todavía añadió:
—Aún no has dicho si te parece bien.
Hace cinco años no preguntaste… y ahora vienes a preguntar, pensó Ye Yuzhen con los dientes apretados de rabia, aunque al final no tenía forma de lidiar con alguien como él.
Andrew bajó la cabeza y besó el interior de sus muslos.
—Yuzhen… sigo esperando tu respuesta.
Aquellos malditos estímulos lo empujaban cada vez más al límite. Ye Yuzhen dejó escapar un gemido que casi parecía un sollozo y, apretando los dientes, gritó:
—¡Sí!… te dejo entrar, maldito bastardo.
Los ojos de Andrew se iluminaron de pronto. Aquellas pupilas de color pardo plateado parecían las de un oso polar que, tras una larga espera en la nieve, por fin ha visto aparecer a su presa.
Se incorporó. Al ver su imponente físico, Ye Yuzhen se encogió instintivamente, pero Andrew no le dejó espacio para retroceder. Lo sujetó con firmeza y comenzó a avanzar dentro de él, empujando poco a poco. La sensación de ser llenado mezcló dolor y placer en una extraña y confusa oleada.
La habitación se llenó con el sonido de los cuerpos chocando, entremezclado con los gemidos que Ye Yuzhen no podía contener, mientras aquel ritmo continuaba, sostenido por un deseo aún lejos de quedar satisfecho.
Ye Yuzhen ya no tenía posibilidad alguna de pensar. Solo podía dejarse llevar por el deseo, subiendo y bajando con él como una lenteja de agua en medio de la lluvia, sin rumbo ni destino, sacudida una y otra vez por las gotas que caían.
Nota Traducción: La “lenteja de agua” es una planta acuática diminuta que flota libremente sobre la superficie de estanques y aguas tranquilas. No tiene raíces que la anclen al fondo: va donde la lleva la corriente o el viento.
El significado metafórico: la disolución de la capacidad de pensar y decidir, la entrega pasiva al deseo, y la sensación de estar siendo zarandeada por algo más grande que uno mismo, sin dirección ni propósito. Es una metáfora de la pérdida de agencia y de la sumisión a una fuerza instintiva que anula la conciencia.
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15:56.
Ye Yuzhen echó un vistazo al reloj.
Casi había pasado una hora y media… ¿cómo era posible que ese hombre todavía no hubiera terminado?
Para entonces, el avión seguramente ya estaría sobrevolando el océano Pacífico. Al pensar en la persona que llevaba la carta secreta de Lin Long, todo su cuerpo se tensó ligeramente.
Andrew dejó escapar un leve gruñido de placer y murmuró junto a su oído:
—Debo admitir que hoy te has esmerado mucho, cariño.
Este maldito canalla…, pensó Ye Yuzhen, con el impulso de darle una patada para apartarlo.
Pero Andrew había presionado todo su corpulento cuerpo sobre él, atrapándolo por completo bajo su peso, como si lo encerrara de pies a cabeza.
—Casémonos —soltó Andrew de repente.
Muchos amantes, al escuchar una propuesta de matrimonio, sienten una oleada de sorpresa o felicidad. Pero también hay quienes sienten puro espanto… especialmente cuando sus muñecas todavía están sujetas por la otra persona.
Sin duda, Ye Yuzhen pertenecía a este segundo grupo.
Aquella frase de Andrew casi logró interrumpir por completo todos los planes que Ye Yuzhen había estado elaborando en su mente. Su cabeza quedó en blanco.
Siempre había pensado que la relación que tenían ahora, algo que parecía una relación de amantes, pero que en realidad no lo era del todo, ya era el límite de lo que podían llegar a ser.
A lo largo de los años, desde el rechazo inicial hasta la resignación con la que había terminado aceptando ese vínculo, Ye Yuzhen había luchado durante muchísimo tiempo.
¿Casarse?
Ye Yuzhen miró el rostro de Andrew, tan cerca del suyo. En aquellos ojos pardo plateados se escondía una frialdad cruel; los párpados hundidos y anchos dejaban traslucir un leve aire perverso. No importaba lo dulces que fueran las palabras que salieran de su boca: aquella mandíbula cuadrada, de un tono ligeramente azulado por la sombra de la barba, anunciaba claramente a un hombre dominante y posesivo…
En resumen, no había ni un solo rasgo que coincidiera con el gusto estético de Ye Yuzhen.
—¿Qué dices? —continuó Andrew con un tono dulce—. Cariño, en este mundo no hay mucha gente que te quiera tanto como yo…
Siguió diciendo cosas por el estilo durante casi diez minutos.
Ye Yuzhen frunció el ceño y miró su reloj. La aguja acababa de pasar las 16:00.
A Andrew le gustaba desempeñar el papel de amante dulce… pero, evidentemente, no durante mucho tiempo. O quizá sabía que, para alguien como Ye Yuzhen, actuar como un “cariño” simplemente no funcionaba.
Por eso, su siguiente papel siempre era el del villano: golpear con dureza, hacer que Ye Yuzhen comprendiera que no tenía demasiado margen para resistirse. Claro que Andrew sabía que ese papel tampoco resultaba precisamente agradable.
Tal vez Ye Yuzhen tampoco soportaba al amante dulce, pero al menos no lo enfurecía.
En cambio, un villano…
Hay que recordar que el instinto natural de Ye Yuzhen era enfrentarse a los villanos. Así que Andrew tampoco pensaba quedarse demasiado tiempo interpretando ese papel.
Ye Yuzhen estaba esperando el último papel de Andrew: el del hombre de negocios.
A su oído, Andrew seguía todavía interpretando al amante dulce.
Ye Yuzhen lo criticaba en silencio mientras, al mismo tiempo, calculaba el tiempo con creciente ansiedad. La situación tenía algo de ridículo; en cierto modo, incluso disipaba un poco el pesimismo y el desprecio que sentía hacia sí mismo ante el enfrentamiento final con Andrew.
Andrew liberó una de sus manos y le sujetó la barbilla a Ye Yuzhen, examinándolo con atención. Sus anchos párpados descendían ligeramente sobre los ojos mientras decía:
—Ye Yuzhen, sé en qué estás pensando. Estás pensando en ese chico de apellido Zeng que está en África, ¿verdad? Qué lástima… En su corazón, ni siquiera vales lo que pesa un solo cabello de ese pequeño idiota.
El papel del villano había comenzado.
Ye Yuzhen apartó la mirada hacia un lado.
Andrew apretó con más fuerza su barbilla, obligándolo a mirarlo de frente.
—Ye Yuzhen, hablando en serio, si me caso contigo también es considerando tu situación. Según las tradiciones de tu gente… después de todo, tu primera vez fue conmigo. Parece que también debería asumir cierta responsabilidad.
La sangre de Ye Yuzhen pareció subir de golpe al pecho. Por muy sereno que intentara mantenerse, no pudo evitar responder:
—Lo siento si te resulta una carga. En realidad, no necesitas inclinarse ante una costumbre anticuada del siglo pasado de una “raza” como la nuestra. Nosotros mismos llevamos mucho tiempo abandonándola.
Andrew chasqueó la lengua y torció la boca con desagrado.
—¿Cómo puede ser eso? Parece que las investigaciones de Geoffrey están bastante atrasadas… Aunque, pensándolo bien, es sorprendente: por fin oigo hablar de una buena costumbre de una raza como la tuya y resulta que también es del siglo pasado. A ver, dime… ¿Qué buenas costumbres conservadoras todavía tienen? ¿Eh? Frialdad en la cama, frialdad fuera de la cama, vanidad, orgullo, falsa cortesía… Con excepción de tu propia familia, no son amables con nadie. Se creen superiores, se aíslan solos…
Los finos labios de Ye Yuzhen se curvaron ligeramente.
—Vaya, parece que has aprendido bastante de Geoffrey.
—Un joven distinguido, rico y apuesto, doctorado de una universidad prestigiosa, comisario de policía… —Andrew lo miró desde arriba y añadió con calma—. Pero… ¿y qué? Ahora mismo, probablemente todos tus colegas, todo el departamento de la Interpol, saben que yo, Andrew, me acosté contigo. Cada uno tiene una copia de las pruebas. Dime… ¿Con quién crees que podrás tener un futuro después de esto?
(Para más detalles, véase Beast City ).
Por un momento, la vista de Ye Yuzhen se oscureció. Incluso después de tantos años, seguía subestimando la capacidad de aquel hombre para ser un verdadero villano.
Alzó la cabeza, apretó los dientes y dijo:
—Andrew, que yo no tenga un futuro… no significa que mi futuro tenga que ser contigo.
Andrew supo detenerse a tiempo. Se inclinó y besó suavemente a Ye Yuzhen, luego dijo:
—Cariño, ¿qué tal si hablamos de condiciones?
Ye Yuzhen miró su reloj. Ya habían pasado de las 16:30, y una fina capa de sudor apareció en su frente. Sin embargo, no podía mostrar en el rostro ni el más mínimo rastro de ansiedad por el paso del tiempo.
—¿Qué condiciones quieres discutir?
Andrew levantó el dedo índice y, con su habitual tono perezoso, respondió:
—Oh, no, no, cariño. Siempre te he respetado, así que esta vez las condiciones las pones tú. Pero recuerda… últimamente lo único que me interesa es nuestro compromiso de matrimonio.
Ye Yuzhen lo miró un instante, confirmando que aquel canalla había terminado su discurso. Entonces levantó la mano y lo empujó con fuerza. Se levantó de la cama, se puso directamente los vaqueros y caminó hacia el baño.
16:40.
Ye Yuzhen abrió el grifo. El agua salió con fuerza. Estaba un poco fría, pero aquello era una ciudad costera y la temperatura solía ser alta, así que tampoco resultaba insoportable.
Las huellas de la pasión sobre su cuerpo eran las de siempre.
A Andrew le encantaba dejar todo tipo de marcas en él. De hecho, ya lo había sabido antes incluso de ver aquellas fotografías. (Para más detalles, véase Rainforest ).
El mismo lugar. El mismo baño.
Pero ni siquiera tenía tiempo para sentir tristeza.
Cuando terminó de ducharse y salió, Andrew seguía sentado en el borde de la cama, completamente desnudo, jugando con su teléfono móvil. Últimamente se había aficionado a todo tipo de minijuegos y disfrutaba especialmente recomendárselos a Ye Yuzhen, aunque este último prefería mil veces leer “Guía de plantas del río Amazonas”.
Ye Yuzhen se secó el cabello con una toalla blanca y dijo:
—Por favor, o te duchas o te sales. Quiero descansar un rato.
Andrew, con expresión aún insatisfecha, lanzó el teléfono sobre la cama. Bajó de la cama descalzo, completamente desnudo. Ye Yuzhen no pudo evitar decir:
—¿No podrías al menos ponerte los pantalones?
—¿Tú te duchas con ropa? Si igual hay que quitársela, ¿para qué ponérsela solo para caminar unos pasos? —chascó la lengua Andrew—. ¡La gente de tu raza es realmente complicada!
Ye Yuzhen respiró hondo. Ahora por fin entendía por qué alguien tan quisquilloso como Geoffrey, esa especie de refinado perro aristocrático inglés, podía llevarse bien con este oso nórdico.
Probablemente, en el fondo ambos eran del mismo tipo: odiosos chauvinistas raciales.
Lo que Andrew no sabía era que, en el breve instante de ese pensamiento, Ye Yuzhen ya los había degradado mentalmente: de un perro y un oso relativamente respetables… a simples cerdos de baja estofa.
Cuando la puerta del baño se cerró, Ye Yuzhen dejó suavemente la toalla blanca. Miró el teléfono que parpadeaba sobre la cama; parecía ejercer una atracción irresistible. Entonces se acercó y lo tomó.
Al cabo de un momento, Ye Yuzhen sonrió levemente, se dio la vuelta y llamó a la puerta del baño.
Andrew abrió con la cabeza llena de espuma y una expresión de sorpresa en el rostro.
—¿Vienes a darte un baño conmigo? —preguntó, encantado.
Ye Yuzhen levantó la mano. Entre sus largos dedos estaba el teléfono de Andrew.
—Olvidaste esconder tu móvil —dijo con una sonrisa.
Andrew se echó a reír, aspiró por la nariz y respondió:
—No importa. No puede llamar a ningún lado. Ese teléfono solo se conecta con el vehículo de comunicaciones de Geoffrey.
Los dos se miraron, sonriendo. Andrew se apoyó en el marco de la puerta y preguntó:
—¿Seguro que no quieres entrar?
Ye Yuzhen respondió con una sonrisa:
—Te sugiero que pienses bien tu propuesta. De lo contrario, temo que después de casarte conmigo podrías arrepentirte. Al fin y al cabo, tener a un agente de inteligencia en casa… también puede ser bastante problemático.
—¿Por ti? —Andrew apoyó la barbilla en la mano—. Creo que no sería tan grave. Sé que eres muy tímido, así que tienes cuidado con los videos… pero cosas como el audio, no me importa que mucha gente sepa que nuestra relación es bastante… armoniosa.
La comisura de los labios de Ye Yuzhen se contrajo involuntariamente. Cerró la puerta con un golpe y, pulsando al azar un botón de llamada, levantó el teléfono y soltó una risa.
—Geoffrey, ¿de verdad tienes tantas ganas de escuchar mi vida privada? ¿O es que ya estás tan desesperado que te has vuelto un pervertido?
En cuanto terminó de hablar, arrojó el teléfono con fuerza contra el suelo.
Al otro lado, Geoffrey llevaba toda la tarde escuchando. El teléfono había permanecido en silencio durante horas, y de repente la primera frase que oyó fue precisamente esa, seguida del chirrido agudo del aparato al romperse. Su rostro elegante casi se deformó de la rabia. Se quitó rápidamente los auriculares y, con el rostro lívido, apretó los dientes:
—¡Ye Yuzhen!
Mientras tanto, Andrew abrió el grifo silbando alegremente. Dentro del baño se oía el ruido del agua cayendo.
Ye Yuzhen se inclinó, recogió un trozo de la carcasa de plástico del teléfono y lo partió con la mano hasta darle forma de un triángulo alargado. Lo ocultó en la palma y luego abrió la puerta.
Fuera estaba un guardaespaldas.
A Ye Yuzhen le bastó una mirada para saber que era uno de los hombres de Geoffrey: frío, profesional.
Los guardaespaldas de Andrew, después de convivir con Ye Yuzhen apenas un par de días, ya aprendían algo importante sobre él.
¿Cómo describirlo? A primera vista parecía alguien de buen carácter: educado, tranquilo, que no buscaba problemas ni provocaba conflictos. Pero en realidad tenía muy buena memoria para los agravios. Lo que más detestaba aquel joven señor era encontrar gente apostada frente a la puerta de su dormitorio. Y si, por casualidad, alguien escuchaba algo que no debía y además dejaba escapar una expresión inapropiada… Tal vez Ye Yuzhen no le buscaría problemas de inmediato, pero tarde o temprano sí se los encontraría.
Así que, cuando los hombres de Geoffrey se ofrecieron tan amablemente para encargarse de aquella tarea poco agradable, los guardaespaldas de Andrew aceptaron con gusto cederles el puesto.
En cuanto Ye Yuzhen apareció, el guardaespaldas adoptó una postura de alerta, con la mano sobre el comunicador. Sin embargo, Ye Yuzhen solo sonrió y ladeó la cabeza, haciéndole un gesto para que entrara.
El guardaespaldas dudó un instante. Sabía perfectamente que Andrew también estaba dentro. Cuando cruzó el umbral, bajó la guardia de forma instintiva. Al entrar y ver la cama desordenada, no pudo evitar imaginar ciertas escenas insinuantes.
Aquella distracción apenas duró dos o tres segundos.
Pero esos dos o tres segundos bastaron para que pagara un precio terrible.
Cuando percibió el peligro, apenas tuvo tiempo de levantar el brazo. Ye Yuzhen ya le había asestado una patada precisa en la articulación. El hombre cayó de rodillas involuntariamente. Lo último que sintió fue un dolor en la parte posterior del cuello. Ni siquiera fue muy intenso… porque enseguida dejó de sentir cualquier cosa.
Ni siquiera pudo gritar.
De pronto recordó una película que había visto tiempo atrás: en ella, un hombre oriental mataba a alguien con una simple aguja. Aquella escena fue la última imagen que cruzó su mente.
El agua del baño seguía corriendo con un sonido constante.
Ye Yuzhen sostuvo el cuerpo con un gesto cuidadoso para amortiguar la caída. El guardaespaldas se desplomó en el suelo con apenas un golpe sordo.
Ye Yuzhen puso el comunicador del hombre en modo silencioso. Luego sacó rápidamente su teléfono y envió un mensaje a un número guardado. En ese momento, el sonido del agua en el baño disminuyó. Ye Yuzhen devolvió el móvil al bolsillo del guardaespaldas y, con un movimiento del pie, empujó el cadáver bajo la cama.
Cuando Andrew salió del baño, Ye Yuzhen parecía estar descansando con los ojos cerrados. Llevaba un albornoz blanco, que contrastaba con su corto cabello negro aún ligeramente húmedo.
Después de cinco o seis años, parecía no haber cambiado en absoluto. Seguía teniendo ese aspecto joven… una juventud que incluso transmitía cierta inocencia.
Y eso hacía que Andrew sintiera el impulso de consentirle cualquier cosa.
Pero consentirlo todo a Ye Yuzhen… Andrew sabía mejor que nadie que eso jamás le permitiría obtenerlo.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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