Anaklet se giró para decir unas palabras a los dos compradores de Oriente Medio y luego se volvió:
—Primero salgamos de aquí.
En cuando dio la orden, varios de los guardaespaldas de la familia Geoffrey lo siguieron inmediatamente. Era evidente que, en los momentos críticos, las órdenes de Anaklet prevalecían sobre las del propio heredero, Geoffrey.
Sin embargo, el tiempo apremiaba y nadie tenía ánimos para detenerse a analizar esa cuestión.
Todos se apresuraron a salir por el pasadizo de metal. Apenas habían entrado en el túnel cuando se oyó una explosión en el exterior; los militares estaban forzando la entrada principal.
William, de pie junto a la entrada, introdujo un código en el panel y la puerta del túnel quedó sellada. Claramente, había dejado atrás a un montón de gente que trabajaba para él para que le cubrieran las espaldas. Pero todos los presentes eran magnates despiadados, y a nadie le pareció mal esa acción tan cruel por su parte.
—Alteza, ¿adónde conduce este pasadizo? —preguntó Anaklet, mientras los guardaespaldas colocaban en el centro del grupo a Geoffrey, a los dos compradores y a él mismo, protegiéndolos por delante y por detrás.
Crazy William resopló:
—¡A un lugar seguro, en resumidas cuentas!
Apenas terminó de hablar, sintió un cañón de pistola presionando contra su sien. Sus asistentes inmediatamente apuntaron también a los hombres de la familia Geoffrey.
—¡¿Qué pretendes?! —exclamó William, furioso.
Anaklet respondió con frialdad:
—Alteza, soy de esas personas a las que no les gustan las cosas ambiguas. Normalmente, cuando pregunto, necesito una respuesta clara.
De repente, su tono se volvió más duro, lo que hizo que todos echaran un vistazo instintivo a la composición del grupo dentro del túnel. En ese momento, había dieciséis personas en el pasadizo.
Además de Andrew, Pequeño Ye, William, Geoffrey, Anaklet y los dos hombres de Oriente Medio, estaban los pocos guardaespaldas que Andrew había traído, que ahora solo le quedaban dos, y los asistentes de William, en su mayoría rezagados, de los cuales solo tres los habían seguido.
En cambio, Anaklet contaba con seis guardaespaldas. Es decir, la familia Geoffrey ocupaba exactamente la mitad del grupo en ese túnel.
—Una cueva subterránea. Atravesando un río subterráneo se llega al Lago de la Media Luna, en medio del gran desierto —respondió William, esta vez con sensatez.
Anaklet sonrió:
—Magnífico… Como era de esperar del Rey del Desierto.
William, algo irritado, dijo:
—¡Ya lo sabes, puedes bajar el arma, ¿no?!
—Lo siento. En un entorno como este, debo velar por la seguridad de mi joven amo. Así que, Alteza, tendré que pedirle que se someta —respondió Anaklet cortésmente.
A pesar de que repetía “mi joven amo” a cada momento, en ningún momento había actuado consultando la opinión de Geoffrey. William resopló con sordina y no tuvo más remedio que seguir adelante, con un arma apuntándole a la cabeza.
Geoffrey, por su parte, se mostraba sorprendentemente callado. Solo apretó ligeramente los labios, sin mostrar ni rechazo ni aprobación.
El grupo, tal como se esperaba, llegó pronto al final del pasadizo. William respiró hondo y, con el rostro sombrío, se dispuso a introducir el código en el panel.
Andrew preguntó en voz baja a Pequeño Ye:
—Por lo que conoces de William, ¿lo has visto alguna vez dispuesto a salir perdiendo de esta manera?
Pequeño Ye lo miró de reojo y respondió:
—Claramente, no lo conozco tan a fondo como tú…
Su tono era desapasionado, pero sus movimientos fueron extremadamente ágiles. De repente se agachó, cubriéndose la boca y la nariz. Casi al mismo tiempo, de las paredes circundantes comenzó a emanar un humo espeso e irritante.
—¡Tírense al suelo! —exclamó Anaklet, cambiando de expresión, pero ya era demasiado tarde.
En un instante, todos los presentes cayeron como bolos, desplomandose en el suelo. Incluso el propio Anaklet no fue la excepción.
La puerta del pasadizo se abrió, pero casi todos los que estaban dentro yacían en el suelo. Solo dos personas permanecían en pie: William y… Geoffrey.
Geoffrey, de su impecable traje azul marino de moda, sacó unos guantes blancos y, con una sacudida, se los colocó en las manos sin expresión alguna. Luego tomó la pistola del guardaespaldas de Andrew que yacía a su lado y, sin dudarlo, disparó a los dos hombres de Oriente Medio, matándolos en el acto.
Los ojos verde esmeralda de Anaklet reflejaron conmoción. Con dificultad, balbuceó:
—Geoffrey… tú…
Geoffrey se inclinó, tomó el maletín que estaba junto a uno de los hombres de Oriente Medio, y solo entonces se incorporó para decir:
—Mira… Ahora el diseño del convertidor vuelve a estar en nuestras manos, ¿no es así?
—¡Así que todo esto era… una conspiración tuya! —los labios de Anaklet temblaban mientras hablaba.
Su cabello rubio estaba algo desordenado; en ese momento, ya no quedaba rastro de la elegancia del gran mayordomo, solo se veía a un hombre acorralado.
—¿Conspiración? —los finos labios de Geoffrey se curvaron ligeramente en una sonrisa sarcástica—. Gran mayordomo, ¿acaso ha olvidado que quien me obligó a recuperar los planos fue usted?
—Geoffrey, cálmate. Piensa en las consecuencias de lo que estás haciendo… —dijo Anaklet.
Geoffrey, con total despreocupación, respondió:
—Ya lo he pensado. Aunque perder clientes daña la reputación, el hecho de que nuestro Gran mayordomo de la familia Geoffrey también haya perdido la vida por ello debería ser una explicación aceptable. Tranquilo, haré todo lo posible por satisfacer a los clientes y conseguir nuevos pedidos lo antes posible. Pero… Lo importante es que, a partir de ahora, usted ya no tendrá que preocuparse por nada.
Geoffrey continuo:
—Le diré a todos que usted murió en un tiroteo con Andrew defendiendo el honor de la familia. —Levantó el arma y disparó dos veces, directo al pecho de Anaklet.
Anaklet tosió sangre por la comisura de los labios y esbozó una sonrisa amarga:
—Por fin te has graduado, Geoffrey… aunque nunca creí en ti.
Apenas terminó de decir esas palabras, Geoffrey disparó otros dos tiros más. Anaklet finalmente inclinó la cabeza y dejó de respirar.
Geoffrey se agachó de nuevo, recogió otra pistola y apuntó a las demás personas en el suelo. Los guardaespaldas exclamaron consternados:
—¡Joven amo Geoffrey, somos leales a usted!
Geoffrey sonrió con frialdad:
—Lo que necesito es lealtad absoluta. Para mí, una lealtad insuficiente es traición.
Dicho esto, apretó los labios y, uno por uno, fue disparando a los que yacían en el suelo, sin dejar a nadie con vida. Solo entonces Geoffrey cerró ligeramente los ojos y exhaló un largo suspiro. Luego los abrió y volvió a escudriñar los cadáveres esparcidos por el suelo. De repente, se quedó ligeramente perplejo.
Pero antes de que pudiera reaccionar, sintió una mano que se posaba sobre su cabeza y, acto seguido, alguien descendió ágilmente desde arriba. Una fría sensación metálica se presionó contra su cuello: era el cañón de una pistola.
—¡Eh, Andrew! —exclamó William desde la entrada, con un tono más bien alegre.
Andrew saltó desde lo alto, se sacudió el polvo de la ropa y dijo con aire siniestro:
—Bien, Geoffrey. Así que cooperabas conmigo para usarme como tu chivo expiatorio.
Geoffrey permaneció inmóvil. Alguien detrás de él le apuntaba directamente a la nuca. Inhaló profundamente y dijo:
—Ye Yuzhen, qué bien representas tu papel.
La voz detrás de él era clara y fría, pero agradable al oído. Dijo con desdén:
—Me halagas. Tú tampoco lo haces mal.
Crazy William casi dio un salto:
—¡No eres un imitador, eres el auténtico!
—Lo siento, decepcionarte —respondió Ye Yuzhen con total indiferencia. El rostro de Crazy William se llenó al instante de frustración.
Geoffrey suspiró profundamente:
—Ya debería haberlo sabido. Por mucho que Lin Long te conozca, por mucho que se esfuercen en crear un doble perfecto, jamás podrá igualarte. Si no, ¿para qué iba a tomarse tantas molestias y empeñarse en tenerte a ti?
Andrew levantó sus amplios párpados y, con una sonrisa ligeramente malvada, comentó:
—Oh, ahora tiene una segunda oportunidad para considerar si aceptar o no la copia que él mismo creó.
Geoffrey volvió la mirada hacia él:
—También te admiro a ti. Ahora entiendo por qué Ye Yuzhen te eligió a ti…
—Porque yo siempre le doy la opción de elegir—. Andrew extendió las manos y sonrió—. Si mataba o no a su propio colega, eso tenía que decidirlo él. Yo nunca tomo decisiones por los demás, ni hago estupideces como cargar con la culpa.
Ye Yuzhen resopló ligeramente. Andrew se giró entonces y saludó amistosamente a William:
—Hola, William. Creía que solo te gustaban los dramas de terror, pero veo que también disfrutas con los dramas de corte. Tu gusto últimamente es tan variado que me sorprende.
William lanzó una mirada rencorosa a Ye Yuzhen, torció la cabeza y dijo con malicia:
—Lástima que el que se llevaron fuera el imitador. Lin Long me prometió que no me decepcionaría. Si Ye Yuzhen hubiera caído en sus manos, quizás estaríamos ante un drama de terror con un clímax tras otro.
Andrew soltó una risa ligera. De repente, levantó su pistola y apuntó a la cabeza de William que resopló:
—Andrew, todo esto era por el negocio. Tu tesoro es demasiado peligroso, mejor regalarlo…
—Qué considerado eres —sonrió Andrew. De pronto, asestó una patada en el abdomen de William, lanzándolo hacia atrás con violencia hasta estrellarse contra la pared.
William, con el rostro congestionado, se levantó con dificultad y dijo furioso:
—Andrew, me acordaré de esto.
Andrew levantó su barbilla ligeramente cianótica y sus ojos color hielo se posaron en William, lo que hizo que este sintiera un escalofrío involuntario recorrerle el cuerpo.
William apretó los dientes y dijo:
—Andrew, mi muerte no te beneficiaría en nada. No olvides…
Pero no pudo terminar la frase. Andrew, de repente, alzó la mano y le apretó el cuello, cortándole la respiración.
Geoffrey observó cómo el rostro de William se enrojecía cada vez más. Inhaló profundamente. Si Andrew no iba a perdonar ni siquiera a William, entonces era seguro al cien por cien que no desaprovecharía la oportunidad de matarlo a él también.
—Superintendente Ye, ¿va a permitir que alguien asesine a otro delante de sus ojos? —los ojos azules como un lago de Geoffrey se desviaron hacia atrás, y preguntó con sequedad—. Siempre creí que era usted una persona íntegra.
Ye Yuzhen esbozó una leve sonrisa y respondió con parsimonia:
—Oh, entonces me sobrestima. Para mí, la muerte de Crazy William es una buena noticia. Después de todo, a nadie le gusta que haya alguien buscándole problemas a todas horas. Y, como sabe, estoy muy ocupado. No me importaría tener un par de días festivos más en el futuro.
—Además —Ye Yuzhen bajó ligeramente la mirada—, no soy de los que actúan según el guion de los demás.
Al oír esto, Andrew aflojó los dedos. William, frotándose el cuello, tosió ruidosamente y dijo con furia:
—¿Ves como tenía razón? Tu tesoro es caro y peligroso.
Las pupilas de Geoffrey se contrajeron violentamente:
—William… tú y Andrew… están confabulados.
Andrew sacó un pañuelo del bolsillo de su traje Armani, se limpió la mano y, con sus amplios párpados sonrientes, dijo:
—No te lo tomes tan a pecho, Geoffrey. William siente un cariño genuino por cada personaje de su guion. Pero tiene una perspectiva divina y le gusta demasiado modificar el libreto. Ya te lo advertí… no te sumerjas demasiado en el guion de William.
Geoffrey inhaló profundamente y luego exhaló todo ese aire viciado.
Andrew levantó la muñeca y echó un vistazo a su reloj de edición limitada, valorado en un millón:
—Nos quedan veinte minutos. Antes de eso, esa puerta podría ser derribada. Así que… hablemos de las condiciones.
Geoffrey respiró hondo y notó que el frío cañón detrás de él se movía. Ye Yuzhen se colocó a un lado.
—¿Cómo quieres negociar, Andrew? —preguntó Ye Yuzhen con frialdad.
—Mira, al final, yo soy el único que ha salido perdiendo —Andrew extendió las manos—. El anticipo lo recibí yo. Ahora los de Oriente Medio no tienen la mercancía y además han perdido los mil millones de adelanto. No creo que vayan a ser tan caballerosos como yo.
Geoffrey apretó ligeramente los labios:
—Ese dinero lo asumo yo.
Andrew sonrió:
—Pero tendrías que estar vivo para pagar la cuenta. Si mueres, la familia Geoffrey se sumirá en el caos, y yo me quedaría como el único traficante de armas en toda Europa. Podría ganar mucho más dinero. ¿No sería un mal negocio para mí dejarte con vida?
Geoffrey inhaló profundamente y dijo:
—Si yo muero, Andrew, te enfrentarás a las presiones de toda la familia Geoffrey. No será tan bueno como imaginas.
Andrew esbozó una sonrisa:
—Las grandes fortunas se logran con riesgos. Si no fuera por esa máxima, quizás yo aún estaría recogiendo basura en las calles del norte de Europa.
Geoffrey bajó ligeramente los párpados:
—Hablemos claro. ¿Qué es lo que quieres?
Andrew señaló el maletín que tenía en la mano y sonrió:
—Primero, dame eso. Sería una lástima destruirlo… y no creo que la familia Geoffrey sea especialmente hábil en ingeniería inversa. En cuanto al resto, aún no lo he decidido. El joven amo Geoffrey es un negocio muy valioso; siempre hay que poner un precio adecuado.
—Andrew, quizás deberías preguntarle al Superintendente Ye si está de acuerdo en que te entregue esto —dijo Geoffrey con sarcasmo—. No olvides que, según creo, el Superintendente Ye está aquí precisamente por esto, ¿verdad, Superintendente Ye?
Andrew levantó sus amplios párpados y sonrió:
—Oh, Yuzhen estará de acuerdo. Él sabe que soy un traficante de armas responsable… y que, comparado con la familia Geoffrey, tengo más aspiraciones y también amo más la paz. Además, en términos generales, cuenta con mi apoyo. Él sabe que respeto mucho sus opiniones… Claro, todos somos adultos y sabemos que en este mundo solo existe la perfección relativa. ¿No les parece?
Geoffrey rió entre dientes y, girando ligeramente la cabeza hacia Ye Yuzhen, dijo:
—Yuzhen, ahora entiendes que elegiste al socio equivocado. Crees que es un perro, pero es un lobo que devora incluso a su dueño. Quizás aún no sea tarde para que consideres cooperar conmigo.
Ye Yuzhen exhaló suavemente y el arma que apuntaba a la cabeza de Geoffrey se deslizó lentamente hacia abajo.
Se oyeron pasos en la entrada del túnel. Una fila de mercenarios fuertemente armados apareció de repente en la abertura. Andrew sonrió:
—Geoffrey, es evidente que Yuzhen comprende mejor que tú la obsesión de nuestro Príncipe Mansouri por perfeccionar sus guiones.
Andrew sonrió:
—Como socios, siempre hemos actuado con una sincronización perfecta, ¿verdad, Alteza?
Crazy William resopló. La llegada de los mercenarios alivió un poco su tensión, pero la ferocidad de Andrew de hace un momento aún le hacía temblar. Ya no sabía si Andrew estaba simplemente interpretando su papel con realismo o si realmente había tenido la intención de matarlo.
Geoffrey se inclinó y colocó el maletín que llevaba en la mano en el suelo. Andrew lo tomó personalmente.
Los mercenarios entregaron dos pares de esposas. Andrew se acercó y, con sus propias manos, esposó a Ye Yuzhen por la espalda.
—¿Desde cuándo lo sabías con certeza?… Aunque sé que nunca confiaste en mí —preguntó Ye Yuzhen.
Andrew rió suavemente, mirándolo fijamente.
—Querido, no necesito certezas. Desde el primer momento en que te vi, supe qué clase de persona eras… Claro, también alimenté alguna esperanza, pero conozco bien a Ye Yuzhen: no cambia por nadie, y por eso es Ye Yuzhen—. Dirigió la mirada hacia los labios pálidos de Ye Yuzhen—. Aunque todavía tengo una pequeña duda: ¿cómo lograste enviar el mensaje? He revisado cada centímetro de tu cuerpo.
Ye Yuzhen volvió la cabeza sin responder. Pero las cejas pobladas de Andrew se movieron ligeramente; bajó la vista hasta el collar que colgaba del pecho de Ye Yuzhen: un collar de la serpiente vengadora.
Originalmente era un amuleto protector de Ye Yuzhen, pero Andrew, tras arrebatárselo con artimañas, lo llevaba colgado al cuello como si fuera el único regalo que Ye Yuzhen le hubiera hecho jamás.
—Ese gesto de llevarte la mano al pecho hace un momento fue realmente cautivador… pero no parecía propio de ti —dijo Andrew mientras se quitaba el collar, lo tiraba al suelo y lo pisaba con fuerza. El collar se rompió, dejando ver los componentes electrónicos en su interior.
Andrew observó aquellos elementos y asintió. Sus ojos plateados se fijaron en Ye Yuzhen: —Qué previsión tan a largo plazo, Yu Zhen.
Ye Yuzhen bajó los párpados. Andrew le retorció los brazos con fuerza detrás de la espalda y, casi pegando sus labios a su oído, susurró:
—Ahora, Yu Zhen, soy yo quien lleva la voz cantante. Tú pones la apuesta. Piensa bien: esta vez, ¿qué puedes ofrecer a cambio?
Dicho esto, arrastró a Ye Yuzhen sin miramientos hacia la entrada de la cueva.
Crazy William, al otro lado, mostraba cierto regocijo, pero al recordar la expresión de Andrew, sintió de nuevo un escalofrío, y por una vez se abstuvo de hacer comentarios burlones.
Una vez fuera de la cueva, nadie habría imaginado que bajo el desierto existía un laberinto de cuevas acuáticas con múltiples recovecos. Nadaron a través del río subterráneo y, tal como había dicho William, emergieron por un lago en pleno desierto.
Cuando Andrew sacó a Ye Yuzhen del agua, este vio que alrededor del lago había militares marroquíes por todas partes, y sintió un sobresalto. Pero notó que los hombres de William salían del agua con total naturalidad y que los soldados marroquíes en la orilla incluso les tendían una mano para ayudarles a subir.
Comprendió entonces que aquello debía ser parte del plan. Aunque él no hubiera avisado a nadie, ellos ya habrían preparado un grupo de falsos militares marroquíes y agentes de la Interpol.
Ye Yuzhen respiró hondo.
El grupo se dirigió hacia un helicóptero estacionado junto al lago. Sin duda, era un helicóptero armado de las fuerzas marroquíes. William subió con ellos sin ningún reparo y despegaron directamente, alejándose de la zona con toda tranquilidad.
A juzgar por el equipo que portaban, Ye Yuzhen incluso llegó a sospechar que tal vez se trataba de una unidad regular del ejército marroquí, bajo la protección de la familia real, lo cual era sin duda una de las bazas que permitían a William moverse con total impunidad por el desierto del Sáhara.
Con las manos atadas a la espalda, Ye Yuzhen dirigió la mirada hacia el maletín que descansaba junto a Andrew. Aunque había impedido la transacción de las armas, su misión aún no estaba completa.
Mientras aquellos dos dispositivos centrales siguieran en manos de ellos, con la capacidad de William, en apenas dos meses podría ayudar a Andrew a reconstruir dos lanzadores de rayos tierra-aire.
La única forma realmente segura de deshacerse de un arma es… destruirla.
Ye Yuzhen levantó la mirada y se encontró con que Andrew lo observaba con atención. Desvió la cabeza.
Claramente, William no podía llevarlos a su guarida principal, pero en el Sáhara, para William, casi cualquier lugar era su territorio. Después de volar unos cuatro o cinco minutos, William ordenó que les vendaran los ojos a Ye Yuzhen y a Geoffrey.
—El método natural siempre requiere dedicación —Andrew se sentó y sacó su pitillera con una sonrisa—. Además, él no es como tú. Tú eres un objeto de uso; tu valor está en ser utilizado. Él es una pieza de colección; su valor está en ser contemplado… y la contemplación siempre exige más tiempo.
William se llenó de ira, pero no tardó en olvidar el insulto. Dio una palmada y uno de sus asistentes trajo una bandeja con una jeringa.
—¿Qué es eso? —preguntó Andrew con el ceño fruncido.
—Es un nuevo fármaco saludable de mi laboratorio. Inocuo, sin efectos tóxicos —dijo William, con el rostro radiante de satisfacción.
—Un fármaco saludable, inofensivo… —Andrew tomó un cigarrillo y sonrió—. Eso es algo muy poco común en ti. Sería como ver a un gran tiburón convertirse en pez dorado.
—Claro que tiene un efecto secundario: hace que tu compañero de cama desarrolle dependencia de tu esperma —dijo William con malicia—. Piensa: tu pieza de colección, si pasa tres días sin recibir tu atención, empezará a sentir picazón por todo el cuerpo.
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