En el fondo, el Tío Yuan le tenía auténtico pavor a La Impermanencia.
Por un lado, se debía a ese instinto temeroso que tienen los fantasmas frente a él. Por el otro, al haberse acostumbrado tanto a seguir a Yu Qing, temía que cualquier día La Impermanencia apareciera de la nada y dictaminara: “Los fantasmas no pueden merodear por aquí tanto tiempo”. Y acto seguido, con un par de ruidosos sorbos se lo tragaría, o simplemente lo reduciría a cenizas.
Pero claro, la peculiar manera en que Yu Qing reaccionaba a La Impermanencia le picaba la curiosidad a niveles insospechados, disparando sus ansias de cotillear hasta el cielo.
Al principio de trabajar para Yu Qing, el Tío Yuan se comportaba como un colaborador anónimo del “Diario Rosa”, metiendo las narices en todo y tanteando la línea del peligro con un descaro absoluto.
Por ejemplo, la primera vez que no pudo contenerse, se asomó por la puerta y le preguntó: —Señor, ¿usted y La Impermanencia se conocen?
En ese instante, Yu Qing se estaba acomodando al gatito esqueleto en el hombro, a punto de salir. La pregunta del Tío Yuan fue tan repentina, soltada a quemarropa y sin preámbulos, que Yu Qing ni siquiera tuvo tiempo de poner su habitual cara de hielo, y solo se quedó atónito.
Y el Tío Yuan, con sus excepcionales dotes de hombre de mediana edad experto en chismes, tenía bastante talento para captar detalles ocultos. Al ver esa fracción de segundo de desconcierto en el rostro de Yu Qing, tomó nota mental al instante:
Claramente se conocen, y parece que no se llevan del todo mal.
Pero justo cuando terminaba de sacar esa conclusión, vio a Yu Qing dirigirle una mirada fulminante y responder con frialdad: —¿Y a qué viene hablar de él?
Dicho esto, cerró la puerta de un portazo y se marchó con su pequeño esqueleto sin mirar atrás.
El Tío Yuan, dándose palmaditas en el pecho por el susto, murmuró: —Casi me clava unos carámbanos, qué frío.
A continuación, tachó de sus notas mentales el “parece que no se llevan del todo mal” y lo cambió por “pésimo”.
Con el tiempo, el Tío Yuan le daba vueltas al asunto cuando no tenía nada que hacer, pensando: Si su relación hubiera sido mala desde el principio, con lo orgulloso que es Yu Qing, ni siquiera habría mostrado ese asomo de desconcierto.
Y así, el Tío Yuan empezó a buscar oportunidades para poner a prueba su teoría.
En la ciudad isleña, siempre había algunos días al año en los que parecía no haber estación. Caía una lluvia fina y el clima no era ni cálido ni frío, por lo que era muy fácil perder la noción del tiempo.
Un día, Yu Qing, rompiendo su costumbre, le hizo una pregunta de lo más extraña: —Tío Yuan, ¿en qué mes estamos?
Desconcertado, el Tío Yuan respondió: —En mayo.
—¿Y qué pasa con que sea mayo? ¿Hay que hacer alguna labor especial? Si yo trabajo todos los días… —Murmuraba el Tío Yuan como solía hacer, dándole a la lengua.
Conociendo lo poco que le gustaba a Yu Qing hablar por hablar, el Tío Yuan empezó a contar con los dedos mientras refunfuñaba, repasando si tenían algo importante pendiente en la agenda. De no ser así, ¿a qué venía ese repentino interés de la “estatua de hielo” por la fecha?
Eso no cuadraba nada con él.
Y entonces, Yu Qing soltó algo aún más impropio de él: —Cuando dices ‘un par de meses’, ¿a cuántos meses te refieres exactamente?
El Tío Yuan: —¿Ah?
¿Qué clase de trabalenguas era ese?
Pero como mayordomo todoterreno y diligente, su deber era responder a todo, aunque no tuviera ni idea. —Eh… ¿Tres, cuatro, cinco o seis meses?
Yu Qing se le quedó mirando con su inexpresividad de siempre.
Sintiendo la presión, el Tío Yuan se sinceró: —Bueno, cada persona lo usa de forma distinta. Pero, por lo general, si pasa de seis meses, ya se dice ‘medio año’, y si pasa de los diez meses, se dice ‘casi un año’.
Aún seguía haciendo sus cálculos mentales cuando de repente vio que Yu Qing alargaba el brazo y tomaba el móvil que estaba al lado del sofá.
—¿Eh?
El Tío Yuan sintió como si hubiera visto un fantasma.
Porque Yu Qing nunca miraba el móvil.
Solo estaba ahí gracias a su esmero como mayordomo; él se encargaba de mantenerlo siempre en su base de carga inalámbrica junto al sofá, asegurándose de que estuviera listo en caso de que su señor quisiera usarlo.
Pero el móvil seguía exactamente en el mismo lugar donde lo ponía; Yu Qing jamás lo había tocado.
El Tío Yuan a menudo pensaba que ese móvil no era más que un adorno inútil, sin contactos guardados. Si no, ¿cómo era posible que en todo ese tiempo no hubiera recibido ni una llamada ni un mensaje?
Sin embargo, a juzgar por la situación, parecía que no estaba tan vacío como creía…
Al menos había algo capaz de despertar el enojo de alguien.
Yu Qing verificó la fecha, abrió lo que parecía ser una conversación, deslizó el dedo un par de veces y luego, sin inmutarse, tiró el teléfono a un lado con cara de hastío.
En realidad, su expresión apenas había cambiado, pero el Tío Yuan ya lo conocía lo suficiente para notar que estaba muy, muy enfadado.
Por pura experiencia, el Tío Yuan sabía que en un momento así no debía preguntarle: —¿Qué te pasa?
Porque lo más probable era que Yu Qing no le contestara.
El joven señor Hua Pi era de pocas palabras y bastante frío. Si algo no se podía explicar en un par de frases, simplemente prefería no decirlo. Así que se guardaba muchas cosas, poniendo a prueba a su recién contratado mayordomo.
A veces, el Tío Yuan refunfuñaba en silencio: “Si no suelta prenda, ¿cómo espera que le haga la pelota? ¡Acaso cree que leo la mente!”
Pero, a fin de cuentas, había desarrollado sus propios trucos para sonsacarle un par de palabras a Yu Qing: como, por ejemplo, sacar un tema que no viniera a cuento y soltar algo evidentemente erróneo para que Yu Qing no tuviera más remedio que corregirle.
Era la técnica perfecta para ese momento, y además ayudaría a distraer al malhumorado Yu Qing.
¡Qué genio soy!
Con esa idea en mente, el Tío Yuan se acercó a recoger el móvil que Yu Qing había tirado en la esquina del sofá. Mientras lo colocaba de nuevo en la base de carga, preguntó con tono casual: —Por cierto, señor, su relación con La Impermanencia solía ser bastante buena, ¿verdad?
Como era de esperar, la respuesta fue un silencio sepulcral.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Al girar la cabeza, se encontró con los ojos oscuros e insondables del dios fantasmal Hua Pi clavados en él.
El Tío Yuan: …
Se le paró el corazón. Si ya estaba muerto, seguro que esta vez moría del todo.
—¿Qu-qué pasa? —balbuceó el Tío Yuan con una risa nerviosa— ¿Acaso he preguntado algo que no debía?
Dado que, para hacer que Yu Qing hablara, solía hacer preguntas impertinentes, sintió la necesidad de enfatizar que esta vez se trataba de algo “especialmente” impertinente.
Antes de que Yu Qing pudiera decir algo, a su dedo tembloroso se le escapó un roce y… la pantalla del móvil se encendió.
Como el móvil de Yu Qing no tenía contraseña, con un simple roce se desbloqueó, dejando a la vista la última aplicación que había estado usando.
A pesar de ser un cotilla, en los más de dos meses que llevaba como mayordomo, siempre había respetado la privacidad de Yu Qing y jamás había mirado su móvil.
Así que esta vez, de verdad fue un accidente.
Al encenderse la pantalla sin querer, vio lo que Yu Qing había dejado abierto:
Era una conversación con alguien, con una foto de perfil y un intercambio de mensajes.
El Tío Yuan era un cotilla, pero no tenía malas intenciones y, sobre todo, era un cobarde. En el instante en que la pantalla se encendió, cerró los ojos con fuerza y, para demostrar su lealtad, le mostró sus ojos bien apretados a Yu Qing.
—No vi nada, señor, le juro que no vi nada…
Es cierto que no vio el contenido de los mensajes ni la foto de perfil del contacto. Pero no dejaba de temblar, porque le pareció haber visto el nombre guardado en la parte superior…
Era La Impermanencia.
Quizás al ver que temblaba como una hoja, Yu Qing se apiadó de él y solo dijo: —Ya me di cuenta.
Solo entonces el Tío Yuan abrió los ojos, sintiendo que le perdonaban la vida. Aunque en realidad Yu Qing no había hecho nada, el susto fue tal que se desplomó sin fuerzas en el otro lado del sofá.
Mucho rato después, de repente se secó unas lágrimas inexistentes y confesó: —Esto… la verdad es que sí vi el nombre del contacto.
Yu Qing: …
Años después, al recordar aquella escena, el Tío Yuan seguía sintiendo un escalofrío y a menudo agradecía el milagro de haber sobrevivido hasta la actualidad.
Pero en aquel entonces, el Tío Yuan no logró contener del todo su curiosidad.
Pensaba para sí: Si el nombre de La Impermanencia sigue en los contactos de Yu Qing, eso definitivamente no es una relación de ‘solo conocidos’. Es más que evidente que en el pasado fueron muy cercanos.
Así que el Tío Yuan llegó a su propia conclusión: Estos dos sin duda fueron grandes amigos por un tiempo.
Más adelante intentó sonsacarle algo a Yu Qing con esas mismas suposiciones. ¿El resultado? Recibió una vez un “silencio”, dos veces unas miradas asesinas y una vez una negación sutil y fría.
Con su vasta experiencia, el Tío Yuan sabía que su señor solía decir lo contrario de lo que pensaba: una negación equivalía a una confirmación, y un silencio equivalía a aceptar los hechos.
De esta manera, uniendo piezas, fue descifrando la relación entre el Hua Pi y La Impermanencia, tejiendo una historia de amigos que se enemistaron y terminaron ignorándose por completo.
Durante mucho tiempo, al Tío Yuan le fascinó desenterrar esos detalles. Quizás porque era solo en esos momentos que Yu Qing dejaba asomar un atisbo de emoción humana, aunque fuera puro enfado.
A finales del año en que el Tío Yuan comenzó como mayordomo, el rumor de “la misteriosa desaparición de La Impermanencia” ya se había propagado en innumerables versiones por la ciudad isleña. Algunos contaban historias fantásticas, otros juraban haberlo visto, y unos pocos, más directos, afirmaban que “simplemente había desaparecido y no volvería”.
El Tío Yuan, tras escuchar chismes en cada rincón, hilvanó su propia versión definitiva y regresó a casa ansioso por contársela a Yu Qing.
En aquel momento, el invierno ya se había instalado en la ciudad isleña y solo faltaban un par de días para el Año Nuevo.
Yu Qing, con el ceño fruncido y expresión lánguida, miraba por la ventana, donde la lluvia de invierno mezclada con fina nieve ya cubría el alféizar. Observó cómo el crepúsculo envolvía lentamente la ciudad y, tras un largo silencio, se giró para interrumpir el colorido relato del Tío Yuan con frialdad: —Lo que le pase a él no me importa.
A partir de entonces, las historias sobre La Impermanencia que contaba el Tío Yuan fueron disminuyendo año tras año.
Hasta que, finalmente, dejaron de mencionarse.
Y Yu Qing tampoco volvió a preguntar cosas como “¿En qué mes estamos?”.
Frente a la puerta del apartamento número 1019, en el barrio de viviendas económicas de la zona baja de la ciudad.
Tal vez por el regreso inesperado de La Impermanencia, y porque la espera se le hacía eterna, el mayordomo Yuan se perdió en un torbellino de recuerdos para matar el tiempo.
Y justo cuando estaba inmerso en su propia imprudencia pasada y en lo bondadoso que en realidad era su señor, escuchó un fuerte ruido proveniente de aquel viejo apartamento.
En el clímax de la Misión de Vínculo de Shou Gong, todos los jugadores se habían zambullido en el lago profundo, y la salida de la instancia no había sido nada convencional. Por eso, cuando Yu Qing y Mi Xiaobai aparecieron en la sala de espera, estaban empapados de pies a cabeza.
Además, como la flotabilidad del agua desapareció de golpe y sin amortiguación alguna, no lograron mantener el equilibrio, y entre tirones y abrazos, dieron un par de pasos tambaleantes.
Esa habitación era demasiado estrecha. Para evitar que Yu Qing se golpeara con la esquina de la mesa, Mi Xiaobai no tuvo más remedio que tirar de él, empujándolo contra la puerta metálica.
De ahí que el fiel y obediente Tío Yuan escuchara ese estruendoso «¡BAM!» proveniente del otro lado.
Su corazón dio un salto; rápidamente se pegó a la puerta, intentando espiar a través de la estrecha ranura del buzón de correspondencia.
Sin embargo, lo único que vio fue una maraña de cuatro largas piernas que le bloqueaban parcialmente la vista de la ranura.
El Tío Yuan: ¿?
Sintiendo que la edad le jugaba una mala pasada, se apartó unos centímetros, se frotó los ojos con fuerza y volvió a asomarse.
Pues no, no había visto mal. En la habitación había, en efecto, cuatro piernas correspondientes a dos personas, y ambos estaban a milímetros de la puerta de metal.
Su primer diagnóstico fue que, quizás, aquel golpe sordo y el subsiguiente sonido de palmas apoyándose bruscamente contra la puerta, había sido producto de un tropiezo mutuo.
Pero, a juzgar por la posición, parecía más bien que uno tenía al otro acorralado contra la puerta.
Desde su limitada y confusa perspectiva de mayordomo agachado, le era imposible determinar si aquella escena era intencional o un mero accidente.
Lo más seguro es que fuera un accidente, ¿verdad?
Aun así, el mayordomo se llevó una mano a la cabeza, sintiendo que el cielo se le venía abajo.
Porque, a juzgar por el color y la tela de los pantalones, la persona con la espalda pegada a la puerta parecía ser su propio señor: el dios fantasmal Hua Pi, Yu Qing.
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