—[Arrepentíos. Arrepentíos.]
Seong-jin prestaba atención a una voz que llegaba de algún lugar.
Era la voz de un hombre que canturreaba con cierta cadencia. Estaba terriblemente ronca y quebrada, pero, aun así, poseía una fuerza capaz de penetrar profundamente en el interior de las personas.
Betela.
Como si respondieran a aquella voz, varias personas se unieron a ella y recitaron una breve invocación.
“…¿Qué demonios es ese sonido?”.
En cuanto Seong-jin le prestó atención, la voz comenzó a acercarse poco a poco, de manera extraña.
—[Todos somos pecadores.]
Betela.
—[Así pues, arrodillaos aquí mismo y arrepentíos de todos vuestros pecados.]
Betela.
“Betela…”.
Seong-jin repitió mentalmente aquella invocación, aturdido.
No le resultaba del todo desconocida. ¿Acaso no se la había oído a alguien hacía poco?
Probablemente había sido aquel holgazán de Rohan, ¿no?
Mientras Seong-jin pensaba en ello, el hombre continuó hablando.
—[Escuchad. Nacimos en esta tierra desgarrando el vientre de nuestras madres y la pisoteamos bebiendo la sangre de nuestros padres. ¡Y eso no es todo! Para respirar unos días más, debemos sacrificar sin reparos otra vida de igual valor. Nuestra mera existencia causa daño al mundo. ¡Qué pecadores tan abominables somos!]
Betela.
—[Hasta el más leve aliento que exhalamos, hasta una sola palabra, no serán más que inmundicias que ensucian el mundo. Ah, ¿cómo podemos permanecer impasibles ante ello? ¡¿Cómo podemos soportarlo sin arrepentirnos?!]
Entonces, muchas voces se unieron a él, entonando una melodía en voz baja.
~Ah, Dios Supremo. Todos somos pecadores. Castigad nuestros pecados como merecemos~.
—[Entonces, hermanos, ¡hermanos de penitencia! ¿Cómo os arrepentiréis de tan profundos pecados?]
La gente respondió a la pregunta del hombre.
—Nos entregaremos a la mortificación para castigarnos.
—Confesaremos sin cesar nuestros pecados en medio del dolor.
—Lavaremos todo mal con nuestra sangre.
Ahora Seong-jin no solo los oía: también los veía directamente ante sus ojos.
Dentro de una enorme caverna, cientos de personas rezaban arrodilladas sobre el frío suelo de piedra.
“… ¿Es un sueño?”.
Sin embargo, aquellas imágenes eran demasiado vívidas para considerarlas un simple sueño.
Todos estaban tan escuálidos que daban lástima, y sus rostros y las extremidades que asomaban entre los raídos hábitos estaban cubiertos de innumerables cicatrices y heridas.
En el centro, sobre una plataforma de la caverna hacia la que todos alzaban la mirada, había un hombre.
Él también estaba delgado, igual que los fieles, y tenía el cuerpo cubierto de heridas recientes.
Pese a ello, su porte mientras los contemplaba desde arriba era imponente y majestuoso. Su espesa barba y su cabello alborotado y sin arreglar se agitaban de un lado a otro como la melena de un león.
—[¡Así es! Todo se vuelve claro únicamente a través de nuestro sufrimiento. ¡Solo una penitencia sin fin nos permitirá conocer nuestros pecados!]
La voz atronadora del hombre resonó en la caverna y sacudió las almas de los fieles.
Como hechizados, repitieron sus palabras.
Betela.
—Solo una mortificación sin fin.
[¡Solo el dolor absoluto os ayudará a arrepentiros!]
Betela.
—Solo el dolor absoluto.
—[El dolor, solo el dolor será la verdadera forma de arrepentirse.]
Al contemplar aquella escena, Seong-jin pensó, incrédulo: Oye, al menos diles que tendrán riquezas y gloria si creen. O promételes la vida eterna en el paraíso.
“Por muy secta que sea, ¿cómo puede convencer a la gente una predicación tan desquiciada?”.
Bien, aceptemos, siendo sumamente generosos, que todos los seres humanos son pecadores.
En ese caso, busquen una forma más productiva de arrepentirse.
¿Acaso hacerlos sufrir no es una mera satisfacción personal que no ayuda en nada al mundo? Al final, ustedes también se limitan a consumir un montón de oxígeno y a expulsar dióxido de carbono a lo loco.
«¡Si tienen las fuerzas para castigarse, al menos cultiven un campo y aporten algo al mundo! Y si aun así no se pueden perdonar, dejen de molestar y lárguense a dormir en un rincón”.
Seong-jin pensó aquello con un resoplido burlón.
Pero ¿acaso había escuchado sus pensamientos? El hombre de la plataforma se volvió de repente hacia él.
“…¡¿?!”
En cuanto sus miradas se encontraron, el horror apareció en los ojos del hombre.
—[¡¿■■■ ■■?!]
“¿Qué?”.
—[¿Qué estás haciendo ahí ahora…?]
¿Quién eres? ¿Me estás hablando a mí?
¿Cómo puedes verme? ¿Cómo me acabas de llamar?
En ese momento, una voz familiar resonó en su mente.
—[Regresa, ‘Morres’.]
… ¿Padre?
De pronto, fuuu.
La escena que tenía ante los ojos se alejó, y la conciencia de Seong-jin salió disparada hacia algún lugar.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
Tocotoc, tocotoc.
Seong-jin abrió los ojos al sentir que su cuerpo se balanceaba de vez en cuando.
La amortiguación y las vibraciones le resultaban familiares. Al parecer, estaba tumbado dentro de un carruaje en movimiento.
—¿Ha recobrado el conocimiento, Su Alteza?
—… ¿Lors Masain?
Seong-jin giró la cabeza hacia la voz, pero no pudo verlo.
—¿…?
Ya le había parecido extrañamente oscuro todo cuanto lo rodeaba: tenía algo enrollado alrededor de los ojos.
Intrigado, intentó tocarlo, pero una mano se lo impidió.
—Déjelo como está, Su Alteza. No sé si lo recuerda, pero sufrió una lesión grave en los ojos.
—Una lesión…
Solo entonces los recuerdos del día anterior pasaron rápidamente por la mente de Seong-jin.
La aparición del enorme árbol demoníaco, la compañía mercantil Milo aniquilada, el espectáculo de colores brillantes que se había desplegado ante sus ojos al tomar prestados los sentidos del Rey Demonio.
Y el dolor de cabeza que le carcomía la nuca, junto con el ardor que le abrasaba ambos ojos.
Una punzada.
Solo de pensarlo sentía que regresaba aquel dolor de cabeza. Seong-jin desistió de seguir recordándolo y relajó todo el cuerpo.
—¿Hasta cuándo tengo que llevar esto?
—El sacerdote Gustav considera que sería conveniente que evitara la luz durante un tiempo. El territorio de Sigsmund no está lejos, así que creo que lo mejor será retirarlo después de que un médico lo examine debidamente allí.
—Mmm.
Palpó las vendas, pero no sintió ningún dolor particular en los ojos.
“Parece que estoy bien…”.
Aun así, Seong-jin decidió obedecer a Masain sin protestar.
Aunque deseaba comprobar cuanto antes si su vista estaba bien, sería mejor seguir las recomendaciones del sacerdote. No perdía nada por ser precavido.
“Además, lord Masain está dando una impresión bastante inquietante”.
Percibía en él una tensión precaria, como si estuviera reprimiendo algo con todas sus fuerzas.
Esto no me da buena espina.
Tenía la sensación de que, si intentaba hacer algo por su cuenta, el sello se rompería de inmediato y de su boca brotaría una reprimenda atronadora.
—Lors Masain. ¿Cuánto tiempo he dormido? ¿Qué hora…?
Apenas comenzó a hablar con cautela, el carruaje se detuvo con una sacudida.
—Ha dormido toda la mañana, Su Alteza. Pronto será la hora del almuerzo.
Masain se levantó y habló con voz monótona.
—Bien, ahora que he confirmado que ha despertado sin problemas, me retiraré. Su doncella personal vendrá a servirle la comida, así que le ruego que no se la salte, Su Alteza.
Entonces abrió la puerta del carruaje y salió sin más.
Sin darle la menor oportunidad de preguntar por lo ocurrido el día anterior o por el árbol demoníaco.
“¡No, espera un momento!”.
¡Al menos quería preguntar cómo había salido ileso después de cortar el núcleo de crecimiento y caer desde semejante altura!
Tras permanecer tumbado, aturdido, Seong-jin sacudió la cabeza y le habló al Rey Demonio.
—“Vaya, creo que lord Masain está enfadadísimo”.
—[…]
—“… ¿Rey demonio?”.
Pero el tipo no respondió.
¿Acaso no sentía claramente que seguía metido en un rincón de su cabeza?
—“Oye, ¿qué te pasa a ti ahora? ¿Por qué no dices nada? ¿Ha ocurrido algo?”.
Entonces sintió una pequeña vibración que se agitaba en su mente.
—[Snif…]
¿Eh?
Oye, ¿estás llorando? ¿Por qué?
—[… ¿Quién está llorando? Estoy cansado y necesito descansar, ¡así que no me hables durante un rato!]
Después de espetarle aquello, el Rey Demonio guardó silencio.
“… ¿Eh? ¿Qué les pasa a todos?”
Estaba tan desconcertado que, hasta que Edith llegó con la comida, permaneció sentado como un idiota, abriendo y cerrando la boca.
Entretanto, Bruno, que acababa de percibir que el príncipe se movía, se encontró con lord Masain cuando este salía del carruaje y le preguntó:
—Lord Masain. ¿Su Alteza ha despertado sin problemas?
—Sí.
—Me alegro.
Bruno suspiró aliviado.
Hubo un momento en que realmente no supo qué iban a hacer, pero, por fortuna, todo se había resuelto favorablemente.
La noche anterior…
Aquella presencia sagrada que descendió de repente sobre el lugar donde se encontraban dispersó de golpe la energía demoníaca que rodeaba al príncipe Morres y purificó por completo incluso los restos del árbol demoníaco.
A continuación, el cuerpo del príncipe quedó envuelto en una luz blanca y sagrada. La hemorragia de sus ojos cesó al instante, y hasta los pequeños rasguños repartidos por su cuerpo sanaron por completo.
Fue, literalmente, un milagro aparecido de repente.
—¡Dios Primordial!
Tras levantarle ligeramente los párpados y comprobar que ambos ojos estaban intactos, lord Masain se dejó caer al suelo con una expresión que lo hacía parecer diez años mayor.
El milagro no terminó ahí. Incluso algunos caballeros que comenzaban a mostrar indicios de corrosión se recuperaron por completo.
Hasta lord Masain, cuya corrosión había sido tan intensa que le habían aparecido manchas negras por distintas partes del cuerpo, sanó sin que quedara una sola marca.
Gracias a ello, los Caballeros del Lobo, que habían estado murmurando sobre la energía demoníaca que rodeaba al príncipe, cerraron la boca de inmediato.
La presencia sagrada desapareció justo después, pero el grupo, encabezado por el sacerdote Gustav, dedicó un buen rato a elevar voluntariamente oraciones de agradecimiento al Dios Primordial.
—¿No habrá sido el alma de Su Majestad la que se manifestó?
Eso les había dicho dama Sharon cuando recuperó el conocimiento más tarde.
Desde luego, el Santo Emperador que Bruno conocía tan bien era más que capaz de obrar semejante milagro.
Sin embargo, como hasta entonces nunca lo había visto realizar un milagro así únicamente con el alma, Bruno seguía un poco aturdido.
—Bien, tengo algo que hacer, así que me retiraré.
Lord Masain pronunció aquellas palabras con voz apagada y se dirigió hacia el campo, aferrando con fuerza su espada. Al parecer, pensaba aprovechar el breve descanso para entrenar otra vez.
“Debería tomárselo con más calma, sin precipitarse…”.
Bruno se acarició el bigote mientras observaba la espalda del caballero, que parecía inquieto.
Sabía que últimamente se estaba esforzando aún más en su entrenamiento.
Y aquel día, en particular, parecía casi fuera de sí: desde el amanecer, blandía la espada como un poseso en cuanto tenía ocasión.
No era que Bruno no pudiera imaginar la terrible impotencia que lord Masain había sentido la noche anterior.
Pero ahora le correspondía aspirar al décimo nivel de aura. Era el momento de adoptar una actitud algo más serena y examinar su interior, en lugar de limitarse a entrenar sin pensar.
—¡Comandante Bruno!
En ese momento, la exorcista llegó corriendo desde el otro lado mientras lo llamaba.
La noche anterior se había desplomado por una sobrecarga durante la canalización, pero ahora parecía encontrarse perfectamente, como si se hubiera recuperado por completo.
—Ah, dama Sharon. ¿Se encuentra mejor?
—Estoy bien… ¡No, eso no importa ahora!
Ante la pregunta de Bruno, ella respondió con expresión seria.
—Algo no va bien. ¡El canal sigue cerrado! Así que, por favor, explíqueme con más detalle lo que ocurrió ayer.
—¿Cómo? ¿A qué viene eso de repente?
Cuando Bruno preguntó, desconcertado, dama Sharon exclamó con una inquietud poco habitual en ella:
—¡Hablo del canal de Su Majestad! ¡Por más que lo llamo, no responde!
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
En aquel momento, Nate se encontraba en una especie de ‘grieta’, en forma de alma.
Alguien había utilizado su potestad para invocar directamente su alma hasta allí.
Por supuesto, aquel lugar era distinto de las grietas inestables que los señores de otros mundos abrían por la fuerza para invadir.
Era un espacio con un dueño claramente establecido y una estructura espaciotemporal relativamente estable. Un lugar donde, de vez en cuando, se celebraba el ‘Consejo de los Seis’ que protegía la dimensión.
“Tatiana seguramente dirigirá bien la reunión de asuntos de Estado de esta mañana, y Katrina se las arreglará para dar alguna excusa sobre mi situación. Todavía tengo margen”.
Un vasto espacio donde fragmentos de espacio-tiempo completamente detenidos permanecían congelados aquí y allá, teñidos de un gris desvaído.
Mientras flotaba por el centro, preocupado por unos asuntos y otros, Nate sintió que la irritación comenzaba a crecer.
“Si por mí fuera, lo cortaría ahora mismo…”.
Romperlo por la fuerza y regresar no le costaría nada, pero afrontar las consecuencias resultaría complicado por varios motivos.
Por eso estaba esperando al dueño del espacio, reuniendo la escasa paciencia que le quedaba.
—[¿Hasta cuándo piensa hacerme esperar así? Sea una reunión o una audiencia, ¿no podría darse prisa?]
Finalmente, Nate habló al agotarse su paciencia.
Cuando su voz se propagó con una suave vibración, los espacios congelados temblaron y emitieron crujidos de fricción.
—[¿O pretende manifestar así su descontento? Si de todos modos no va a ayudarme, no me haga perder el tiempo inútilmente. Como sabe, soy una persona muy ocupada.]
Al final, cuando Nate acariciaba a Salmón junto a su cintura, y empezaba a plantearse seriamente partirlo todo de un tajo…
—[…No habrá reunión.]
Oyó una voz profunda que le resultaba bastante familiar.
Un anciano alto había aparecido a su espalda sin que se diera cuenta y lo observaba en silencio. Vestía una sencilla túnica gris ceniza.
Tenía unas facciones tan definidas y afiladas que, de haber sido joven, probablemente habría dado una impresión bastante susceptible.
Sin embargo, aquellos contornos, suavizados poco a poco por el paso de muchos años, se combinaban con su mirada penetrante y provocaban un extraño vértigo en quien lo contemplara.
—[He logrado convencerlos. ¿Y bien? ¿Ya te has calmado un poco?]
En los ojos dorados del anciano, fijos en Nate, las pupilas se estrecharon hasta convertirse en largas hendiduras verticales.
—[…Anciano.]
Nate apartó la mano de su cintura y dejó escapar un leve suspiro.
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