—… ¿Un paseo?
Seong-jin asintió ante la pregunta de Masain.
—Sí. Un paseo. Solo quiero subir hasta por allí.
Seong-jin había decidido no poner a prueba, por el momento, los nervios de aquel caballero que se había vuelto tan susceptible. Fuera adonde fuera, primero le avisaría e intentaría llevarlo consigo siempre que fuera posible.
Si volvía a escabullirse una sola vez más, parecía dispuesto a vigilarlo sin siquiera dormir. Por supuesto, Seong-jin tampoco tenía todavía suficiente de aquella dichosa ‘fe’ como para engañar a un caballero de alto rango que lo custodiaba de cerca.
—Quiero contemplar bien el paisaje nevado. Últimamente me he sentido agobiado de estar siempre dentro del carruaje.
Una ceja de Masain se alzó con un ligero espasmo. Era evidente que estaba pensando: ‘¿Y ahora qué se trae entre manos?’.
—Todavía es peligroso andar por ahí. Las tierras demoníacas están cerca y no sabemos cuándo podría aparecer una bestia demoníaca. Estos últimos días se han oído constantemente aullidos de lobos por los alrededores.
—Basta con que tú me escoltes, ¿no?
—Es que… yo tampoco tengo experiencia suficiente enfrentándome a bestias demoníacas, así que no sé qué imprevistos podrían surgir…
Pero Hermann, que estaba escuchando a su lado, intervino en favor de Seong-jin sin captar el ambiente.
—No tiene por qué preocuparse por eso, lord Masain. Los lobos pasan el verano cerca del territorio de Sigsmund y se marchan al norte de Ortona antes de que llegue el otoño. Seguramente los aullidos que ha oído pertenecen a un ejemplar que se ha quedado rezagado de su manada.
—…
—Ya que nos hemos detenido, podríamos almorzar temprano aquí antes de continuar. Los preparativos llevarán un rato, así que aprovechar para despejarse un poco con el príncipe sería una buena… ¿Eh? ¿Qué sucede?
Hermann se interrumpió al advertir, demasiado tarde, la expresión amenazadora de Masain. Entonces el comandante Bruno le dio unas palmadas en el hombro en silencio, con una mirada llena de condolencia.
—¿Eh? ¿Eh?
Mientras Hermann empezaba a sudar frío al percibir aquel ambiente inquietante, Seong-jin le sonrió con satisfacción.
Hermann. No olvidaré tu sacrificio.
Conseguir que me den ganas de rebajar voluntariamente el precio de las mercancías… Eres realmente increíble.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
Cras, cras.
Las pisadas se iban grabando en la nieve, semejante a una hoja de dibujo blanca.
Las altas coníferas permanecían inmóviles, conteniendo el aliento bajo un manto de límpidas flores de hielo. Seong-jin miró a su alrededor, embargado por la emoción.
“Nieve… ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde la última vez?”.
Después de la invasión de Gehenna, la Tierra había sufrido alteraciones climáticas y quedado sometida durante todo el año a temperaturas tan elevadas como las de pleno verano. Por eso no había vuelto a verse nieve en décadas.
Seong-jin, que sin darse cuenta se había puesto a admirar sinceramente el paisaje, pronto volvió en sí y concentró sus sentidos en el motivo por el que había ido allí.
“Esa mirada…”.
La mirada que lo había seguido de forma intermitente empezó a alejarse cuando logró acercarse hasta cierta distancia, manteniendo ahora una separación constante entre ambos.
Solo entonces el Rey Demonio también advirtió aquella presencia inusual.
—[Creo que empiezo a entender a qué te refieres, pero no estoy seguro. Es demasiado tenue.]
—“¿Sí?”.
—[Pero ¿cómo te has dado cuenta tú? Está tan lejos que ni siquiera puedo ver bien su alma.]
Buena pregunta. ¿A qué se debería?
Y, por cierto, ¿no habría alguna forma de alcanzar al dueño de aquella mirada? Aunque quisiera salir corriendo tras él, resultaba difícil hacerlo con la nieve hundiéndosele hasta las rodillas a cada paso.
Seong-jin volvió la cabeza y miró a Masain y a Orden, que lo seguían unos pasos más atrás.
Masain, que se había opuesto rotundamente al paseo, solo había cedido a regañadientes cuando Orden, que tenía mucha experiencia exterminando bestias demoníacas, se ofreció a acompañarlos. Por supuesto, incluso ahora seguía mostrando una expresión de profundo descontento.
Orden, en cambio, parecía tan despreocupado como si realmente hubiera salido a dar un simple paseo.
“No, espera. ¡Sus pasos son ligeros de verdad!”.
A diferencia de Masain, que apartaba la nieve a cada paso y dejaba tras de sí un largo surco, Orden pisaba suavemente sobre ella y avanzaba sin esfuerzo.
La nieve se hundía de forma amplia y poco profunda alrededor de sus pisadas, dejando unas marcas tenues parecidas a las de unas raquetas de nieve.
Vaya, parecía de lo más curioso y cómodo. ¿Sería algo parecido a aquello de lo que solo había oído hablar, cómo se llamaba… ‘caminar sobre la nieve sin dejar huellas’?
—Joven maestro. ¿Cómo haces eso?
Orden se detuvo un instante y miró sus propios pies.
—Ah, esto se llama ‘Shunishuhe’. 1 Es una antigua técnica de entrenamiento del aura que se transmite únicamente en el territorio de Sigsmund. No podemos ponernos y quitarnos las raquetas cada vez que cambia el camino.
En pocas palabras, para recorrer rápidamente las tierras demoníacas heladas, tenían que correr alternando entre caminos de tierra, hielo y nieve.
Por eso los caballeros del territorio de Sigsmund aprendían a utilizar el aura como un calzado adaptado a cada situación.
En la nieve, manejaban el aura con suavidad para ampliar la superficie de sus pisadas; sobre el hielo, la utilizaban de forma áspera y sin refinar para obtener una fricción semejante a la de unos clavos.
—¿Y cómo se hace exactamente? ¿Puedo aprenderlo yo también?
—No lo sé. No es una técnica que pueda dominarse en poco tiempo. Si tuviera que explicar la clave de su manejo, se parece a Desplegar una pequeña cortina de espada, la quinta forma del cuarto estilo de Banahas. Solo que se envuelven los pies con ella en lugar de las manos.
—Mmm.
Seong-jin intentó manejar el aura mientras repasaba paso a paso el cuarto estilo de Banahas. Sin embargo, no resultaba fácil trasladar directamente a los pies un estilo que se ejecutaba sosteniendo una espada.
Mientras fruncía el ceño y hundía los pies una y otra vez en la inocente nieve, algo parecido a una sonrisa fugaz cruzó el rostro de Orden.
—Por ahora no podrá hacerlo, Su Alteza. A diferencia de limitarse a proyectar energía externa sobre una espada, tiene que crear un circuito que haga circular el aura fuera del cuerpo y la devuelva a su interior. Hace falta bastante tiempo de entrenamiento para llegar a ejecutarlo inconscientemente mientras camina sobre la nieve.
—¿Ah, sí?
Seong-jin se sintió algo decepcionado, pero de pronto se le ocurrió algo.
Un momento. ¿Era realmente necesario seguir desde el principio el método de entrenamiento de Banahas? ¿No complicaba innecesariamente el manejo del aura?
¿No sería más sencillo limitarse a extenderla ampliamente a los lados de los pies?
Una vez concebida la idea, no había motivo para vacilar antes de ponerla a prueba. ¿Acaso el Santo Emperador no se lo había dicho aquella vez en la [Brecha]?
«Cuando la intención se concreta, puede llegar a adquirir una existencia real de esta manera».
Seong-jin se esforzó por recordar con la mayor viveza posible aquella sensación. Concentraría toda el aura de su cuerpo en los pies y se movería imaginando que llevaba unas raquetas de nieve amplias y ligeras.
El aura circularía por las raquetas redondas y regresaría al cuerpo a través de una red de aura entrelazada.
Pof. Pof. Pof.
Orden observaba con cierta diversión cómo el príncipe, con los ojos cerrados, tanteaba inútilmente la nieve con los pies.
Pero aquello duró poco. Sus ojos, que rara vez mostraban sorpresa, se fueron abriendo cada vez más.
—¡¿…?!
A medida que pasaba el tiempo, los pies del príncipe se hundían menos, hasta que, poco después, llegó a correr sin dificultad sobre la nieve. Era una escena difícil de creer incluso viéndola directamente.
—¡Ja, ja! ¡Mira esto, lord Masain!
Ahora las huellas que dejaba el príncipe eran más tenues y amplias que las de Orden. Con el aura envolviéndole ambos pies, el príncipe echó a correr cuesta arriba, entusiasmado.
—¡Su Alteza!
Lord Masain, alarmado, avanzó rápidamente abriéndose paso entre la nieve, pero el príncipe ya se encontraba bastante lejos.
Orden, que contemplaba atónito a los dos, murmuró en voz baja:
—… ¿Un genio?
Quién le habría dicho que él, aclamado desde pequeño como un genio de la espada, llegaría a decir aquello de otra persona.
“No, pero…”.
Había algo sutilmente distinto.
Sin duda, proyectaba energía externa con una forma determinada, pero no parecía seguir ningún método específico. A juzgar por las marcas que dejaba en la nieve, el punto de origen de cada proyección era diferente.
Además, aunque no la manejaba creando un circuito externo, el aura circulaba por sí sola y regresaba a su cuerpo.
¿Podía explicarse aquello simplemente con la palabra ‘genio’?
—¡Su Alteza!
Mientras tanto, Seong-jin, que había seguido corriendo entusiasmado dejando atrás el llamado de Masain, tuvo de pronto una buena idea.
¿Qué pasaría si manejara el aura con mayor suavidad para reducir la fricción y estrechara su anchura al máximo?
La imagen concreta que había concebido se materializó enseguida en el aura. Poco después, Masain se horrorizó al ver que el príncipe, que había subido hasta bastante lejos, descendía deslizándose por la nieve a toda velocidad.
—¡¿Su Altezaaa?!
—¡Ja, ja, ja!
¡Fiuuu!
Seong-jin pasó fácilmente junto a Masain y Orden, pero, hacia la mitad de la ladera, no consiguió reducir la velocidad y terminó rodando por la nieve.
Había imaginado algo parecido a unos esquís, pero, a la hora de utilizarlos como tales, controlarlos no resultaba tan sencillo.
—¡Ah! ¡¿Su Alteza?!
—¿Se encuentra bien?
Los dos, que estaban a punto de correr cuesta abajo hacia Seong-jin con el rostro desencajado, se detuvieron un instante. El príncipe ya se había levantado de un salto y volvía a correr ladera arriba, esparciendo nieve en polvo.
Auuuu.
Desde algún lugar llegó el aullido de un lobo, pero ya nadie le prestaba atención.
Tap, tap, tap, tap.
Mientras Masain vacilaba sin saber si perseguirlo hacia un lado o hacia el otro, Seong-jin lo adelantó en un instante y alcanzó enseguida la cima de la lejana ladera.
—Su…
Y, antes de que Masain pudiera terminar de llamarlo…
¡Fiuuu!
Seong-jin descendió por la pendiente como una flecha, sobre unos esquís de aura que habían adquirido todavía más velocidad que antes.
Iba tan deprisa que el viento le golpeaba el rostro con tal fuerza que apenas podía mantener los ojos abiertos.
¡Y, sin detenerse, pasó junto a Masain y Orden y desapareció en un instante al otro lado de las lejanas coníferas!
—¿…?
—…
Los dos se quedaron mirando, completamente atónitos, en la dirección por la que había desaparecido el príncipe. Solo cuando comprendieron tardíamente la situación reaccionaron con horror.
—¡Cielos! ¡¿Su Alteza?!
—¡¡Su Altezaaa!!
Con los rostros pálidos, ambos echaron a correr precipitadamente hacia el bosque en busca de Seong-jin.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
Para sorpresa suya, la carrera de Seong-jin no duró demasiado.
Al deslizarse hacia el interior del bosque, se encontró con unas coníferas bastante densas que le obstruían el paso.
Se esforzó por evitar los choques, pero había adquirido tanta velocidad que no conseguía controlarse bien.
¡Bam!
Al final, Seong-jin chocó violentamente contra un enorme tronco y rodó por el suelo, incapaz de controlar su cuerpo durante un rato a causa del impacto.
Para colmo, del árbol cayó un gran montón de nieve que lo dejó convertido de repente en un muñeco de nieve. Seong-jin optó por tomárselo con calma y quedarse tendido en el suelo, enterrado bajo ella.
—Uuugh…
Al parecer, se había entusiasmado demasiado con la técnica que acababa de aprender.
Pum, pum.
Mientras se frotaba con una mano la cabeza, que le daba vueltas y le palpitaba de dolor, el rey demonio lo llamó de pronto con una voz muy tensa.
—[…Oye, Lee Seongjin.]
—“¿Sí?”.
—[Reacciona de una vez y mira delante de ti.]
—“… ¿Qué?”.
Seong-jin respondió con aquella pregunta, pero enseguida abrió mucho los ojos al percibir una presencia inquietante justo frente a él.
Grrrr…
En efecto, junto a su cabeza había una enorme bestia. Era un gigantesco lobo gris, casi del tamaño de un ternero.
Al encontrarse con la mirada desapasionada del animal, que parecía examinarlo, Seong-jin estuvo seguro.
“… ¡Así que era este!”.
Era el que había estado rondando al grupo y aullando durante los últimos días.
El mismo que había observado constantemente a Seong-jin desde lejos.
Tap, tap.
Cuando el lobo se acercó lentamente, Seong-jin buscó por reflejo a Cascanueces, que llevaba sujeto a la cintura.
Sin embargo, decidió no desenvainar todavía y observar en silencio lo que hacía el animal. En aquellos ojos negros, impropios de un lobo, brillaba una inteligencia tan evidente que resultaba difícil considerarlo una simple bestia.
Finalmente, cuando el lobo se acercó tanto que su aliento casi le rozaba la punta de la nariz…
—[¿Quién es usted y por qué me persigue?]
Una clara onda de pensamiento le habló directamente dentro de la cabeza.
—¿…?
Seong-jin parpadeó.
¿Un lobo que hablaba?
Pero su desconcierto duró poco. Si la otra parte estaba dispuesta a conversar, no había motivo para negarse.
Esforzándose por ocultar su sorpresa, Seong-jin le devolvió la pregunta:
—¿Y quién eres tú, que llevas todo este tiempo vigilándome?
—[Sentí cerca la presencia de uno de los míos y vine a comprobarlo, pero…]
—¿Uno de los tuyos?
Los ojos negros, en los que no entraba ni un punto de luz, observaron a Seong-jin durante un instante.
—[Ahora que lo veo de cerca, su energía es más tenue de lo que esperaba. Parece que no lo es.]
—…
—[Pero, al volver a mirarlo, también parece que se le asemeja…]
¿Qué has dicho, cabrón?
Incapaz de seguir escuchándolo, Seong-jin estalló.
—¡Entonces, ¿soy uno de los tuyos o no?!
El lobo arrugó el hocico y dejó al descubierto los colmillos superiores.
Grrrr.
—[¿Por qué me culpa a mí de que usted sea extraño? Todo esto es culpa suya.]
—¿Culpa mía?
—[Así es. Si mezclaran heno y paja y le pidieran que adivinara si se trata de forraje o de material de relleno, ¿podría responder fácilmente? Es algo que depende por completo de la intención de quien los haya mezclado.]
Vaya, aquel ejemplo era extrañamente concreto.
Mientras pensaba en ello, Seong-jin sintió de pronto que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.
Una vez apaciguada la excitación momentánea, la nieve que lo rodeaba estaba robándole rápidamente el calor corporal.
Al verlo tiritar ligeramente, el lobo ladeó la cabeza y preguntó:
—[¿Tiene frío incluso llevando tantas capas de ropa de piel? ¿Con toda esa aura que posee?]
Vaya. Ya había pensado que no era un lobo corriente, pero ¿acaso podía detectar incluso la actividad del aura?
—Pero piénsalo. Utilizar el aura para mantener el cuerpo caliente de forma continua es la misma estupidez que decir que hay que superar el frío haciendo ejercicio…
No, mejor dejarlo.
¿Qué demonios estaba haciendo, discutiendo con un lobo?
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