El anciano había protegido la dimensión de Delcross desde un pasado remoto.
Había presenciado el ocaso de la era de los tres dragones ancestrales; después de que se celebrara el [Acuerdo Primordial] , había realizado numerosas hazañas como guardián de la dimensión y, tras la fundación del Sacro Imperio de Delcross, había creado y dirigido personalmente el ‘Consejo de los Seis’.
Aunque había vivido tantos años y presenciado tantas cosas, incluso para él, el joven que tenía delante era un ser sumamente enigmático.
Un muchacho extraordinario que la anterior Oráculo había dejado atrás a costa de su vida. Un muchacho que había nacido con innumerables talentos, como si acaparara todo el amor de Dios.
Al principio, solo había pretendido recibir un poco de ayuda de aquel muchacho. Sin embargo, cuando quiso darse cuenta, ya se había convertido en un enorme pilar capaz de sostener por sí solo toda una dimensión.
Incluso había alcanzado los confines de la potestad divina que ni siquiera el anciano había logrado vislumbrar.
“…Y, aun así, este niño es humano”.
Por desgracia, las limitaciones humanas del joven eran evidentes. No lograba mantener la neutralidad que cabía esperar de un ser trascendente y no vacilaba lo más mínimo en emplear su poder para fines personales.
Era natural que el ‘Consejo de los Seis’, incapaz de seguir tolerando sus repetidos incidentes, hubiera decidido ponerle las riendas, aunque fuera mediante un [Acuerdo].
Pero lo ocurrido esta vez habría dejado todo claro.
Si aquel peligroso joven se lo proponía, podía arrugar el [Acuerdo] como una simple hoja de papel, aun a costa de asumir sin reparos las consecuencias adversas.
Al final, al sabio anciano no le quedaba más remedio que mantener la situación actual apaciguando con cuidado tanto al Consejo de los Seis como al joven.
—[¿Se puede saber qué has hecho? Perseus está fuera de sí. Exige que convoquemos al Consejo y te despojemos de inmediato de todas tus atribuciones.]
Sin embargo, pese a la mesurada reprimenda del anciano, Nate mantuvo una expresión hosca.
—[Si pudiera hacerlo, ese individuo habría actuado sin decir una sola palabra. ¿Acaso no recurre a la autoridad del Consejo precisamente porque le resulta imposible?]
—[No se trata solo de Perseus. Tus actos imprevistos tienen inquietos a todos los miembros.]
—[¿Ah, sí?]
—[Así es. Cada vez son más las voces que proponen designar ahora mismo a tu sucesor. Dicen que, aunque no pueda ejercer la potestad del rey, sería preferible a dejar que sigas causando incidentes a tu antojo. Cuánto mejor habría sido que hubieras tenido en cuenta sus temores desde un principio.]
Mientras hablaba, las pupilas alargadas del anciano se detuvieron por un instante en la corona dorada que resplandecía sobre la cabeza de Nate.
Al advertir aquella mirada, en el rostro del joven apareció una leve mueca de burla.
—[Qué interesante. ¿Por qué no lo intentan? Por mi parte, no podría desear nada mejor.]
—[… Escucha, Nate.]
—[Convoquen al Consejo y designen a mi sucesor. En ese mismo instante cederé mi puesto de guardián y abandonaré esta dimensión con mis esposas y mis hijos. Si lo desean, también dejaré la [Calamidad] suelta en el mundo.]
—[…….]
—[Todos volverán a reunirse aquí, como la última vez, para limitarse a contemplar impotentes cómo se extingue una dimensión. ¿Qué les parece si brindan juntos? Sería la ocasión perfecta para abrir un poco de ese licor clandestino del que tanto presume Mitra.]
Ante aquella respuesta mordaz, el anciano suspiró en silencio.
Cuando se encontraba con Nate en su cuerpo físico, este mostraba un aire sereno y distante. Rara vez dejaba entrever sus verdaderas intenciones y mantenía una actitud impasible, sin mostrar siquiera la menor perturbación.
Ni siquiera el anciano, con todos sus años de vida, lograba adivinar fácilmente lo que pensaba aquel humano.
Sin embargo, la situación cambiaba cuando se encontraba en estado espiritual. Después de todo, un alma no podía ocultar sus emociones ni sus pensamientos. Por eso el anciano procuraba reunirse con él en estado espiritual siempre que le era posible. Aunque, por supuesto, junto con la expresión sincera de sus sentimientos, también debía soportar su cinismo y sus sarcasmos sin filtros.
—[Permítame decirle algo, venerable anciano.] —Nate levantó las comisuras de los labios en una sonrisa torcida—: [Si respondí a su llamado y esperé en silencio, fue únicamente por respeto a todo lo que ha hecho por este mundo hasta ahora. Ni más ni menos.]
Probablemente, al convocar allí a Nate, el anciano había pretendido demostrarles a los miembros del ‘Consejo de los Seis’ que aún conservaba su influencia sobre él.
Su intención había sido tranquilizarlos primero y luego hacerle una pequeña advertencia a Nate, de modo que todo quedara bien ante los demás.
Si hubiera estado en su cuerpo físico, tal vez habría fingido ceder y lo habría dejado pasar. Sin embargo, en su estado actual, Nate no podía ocultar su rechazo, ni tenía intención de hacerlo.
—[También acepté ese [Acuerdo], repleto de restricciones absurdas, porque usted me aseguró que, aunque fuera en esas condiciones, la continuidad del Consejo de los Seis beneficiaría en algo a la dimensión de Delcross. Pero ¿cuál fue el resultado? Cuando se desató la [Calamidad], ¿qué decidió y qué hizo exactamente el Consejo de los Seis?]
—[…….]
—[Si hubiera sabido que iban a obstaculizarme absolutamente en todo…]
Al ver al joven expresar su pura ira hacia el Consejo de los Seis, el anciano pensó que había llegado el momento de empezar a calmarlo.
—[¿Acaso no era una cuestión demasiado grave en aquel entonces? Ahora todos saben que tu decisión fue la correcta.]
Lo que decía el anciano era cierto.
Cuando la [Calamidad] se descontroló, Nate fue el único que propuso separar por la fuerza las dos dimensiones que estaban resonando entre sí, una propuesta que provocó la indignación de los demás miembros.
Como era de esperar, se encontró con una oposición feroz, pero aquel joven temerario declaró que no había tiempo para convencerlos y la impuso directamente por la fuerza.
Así, solo Delcross logró escapar por poco de la destrucción conjunta y sobrevivió con una precaria barrera incompleta.
Ahora todos comprendían que no había existido otra solución. Aun así, el problema era que, en aquel momento, Nate había sofocado fácilmente la resistencia de los miembros con su inmenso poder.
Aquel recuerdo había permanecido como una gran amenaza para los integrantes del Consejo de los Seis.
—[Pero aquello fue entonces, y esto es ahora. En estos momentos has caído en las artimañas de seres impíos y estás siguiendo un camino claramente equivocado. Por eso todos los miembros están preocupados por tus actos imprevisibles.]
El anciano trató de hacerlo entrar en razón con calma y paciencia.
—[También hay que saber dejar ir a quienes ya se han marchado. Pero ¿qué ocurre con ‘eso’ que tanto atesoras ahora? Ha quebrantado el orden natural y, lo mire quien lo mire, no es más que un mal para este mundo.]
—[…No toleraré que siga hablando así, ni siquiera si se trata de usted.]
—[Por favor, serénate un poco y contempla las consecuencias de tus actos. ¡Mira lo que está haciendo ‘eso’ que has dejado suelto en el mundo a tu antojo! Según he oído, incluso abrió en la capital imperial una puerta que comunica con el mundo demoníaco.]
—[…….]
—[Lo mismo sucede con este incidente. ¡Los árboles demoníacos no aparecen todos los días! ¿Cómo puedes ignorar que una compañía mercantil entera se vio involucrada sin tener culpa alguna?]
Entonces, en los ojos de Nate, que miraban ferozmente al anciano, apareció por un instante un extraño destello plateado.
—[¿Está hablando de causalidad delante de mí? En ese caso, se lo diré con toda claridad: dónde habría echado raíces ese árbol del mundo demoníaco y cuántas vidas habría arrebatado si ese niño no hubiera provocado que germinara antes de tiempo.]
—[Eso…]
—[A diferencia de ustedes, que permanecen de brazos cruzados ante una calamidad inminente, al menos los pasos que da ese niño contribuyen en algo al bienestar del mundo.]
El anciano cerró la boca.
Tenía delante al Oráculo de quien se decía que había osado robar los ojos de los dioses. No habría el menor error en sus palabras.
—[…Todo eso es juzgar las cosas por sus resultados. Que se hayan salvado más personas no significa que podamos consentir el sacrificio de otras. No podemos reducir las vidas a un juego de números, ¿no crees? Además, eso no cambia el hecho de que ‘eso’ sigue alterando innumerables relaciones de causalidad del mundo.]
Al final, el anciano solo pudo esgrimir aquella pobre objeción basada en principios generales. Pero la reacción de Nate siguió siendo fría.
—[Si va a decirme cosas tan inútiles, permítame regresar de una vez. No tiene por qué preocuparse. Es lo mismo que aquella vez. Al final, haga lo que haga por ese niño, la causalidad del mundo no tendrá más remedio que aceptarlo. Usted lo sabe, ¿verdad?]
Sus ojos, fijos en los del anciano, emitieron un resplandor gélido:
—[Después de todo, no puede existir un mundo en el que ese niño no respire.]
El anciano comprendió de inmediato el aterrador significado de aquellas palabras.
Aquello sí que era juzgar las cosas por sus resultados.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
El Santo Emperador no abrió los ojos hasta bien entrada la tarde.
—¡Su Majestad!
—¡Su Majestad! ¿Ha recuperado el conocimiento?
La consorte imperial Melody, que había permanecido angustiada junto a la cama, le tomó la mano con evidente alivio.
—… ¿Melody?
El Santo Emperador parpadeó, aturdido, y miró a su alrededor.
Detrás de ella vio a Lewis, cuyo rostro estaba lleno de preocupación, y al ayudante Francis, que parecía algo descontento.
Francis entornó los ojos mientras observaba al Santo Emperador y enseguida presentó su informe con actitud profesional.
—Por fin ha regresado, Su Majestad. Gracias a que ha dormido hasta tan tarde, la comandante Katrina está tomándose la molestia innecesaria de vigilar la entrada de la sala de oración junto con los caballeros. Oficialmente, usted todavía se encuentra allí.
No era ninguna novedad que aquel ayudante, incapaz de soportar que su comandante pasara por la más mínima dificultad, protestara de aquel modo. El Santo Emperador dejó escapar un pequeño suspiro.
—Está bien. Hazle llegar mi agradecimiento a Katrina por sus esfuerzos.
—Sí. Entonces, con su permiso, iré a ver a la comandante para poner fin a esta representación inútil.
El ayudante se acomodó las gafas, hizo una breve reverencia y salió de la habitación con aire aliviado. Ahora que el Santo Emperador había recobrado el conocimiento, seguir protegiéndolo carecía prácticamente de sentido.
—Su Majestad la emperatriz ha concluido sin contratiempos la reunión de gobierno. La audiencia oficial se está prolongando un poco, pero ha dicho que vendrá en cuanto termine todos sus compromisos.
Ante el informe de Lewis, el Santo Emperador cerró los ojos sin responder. Sin embargo, Melody, que lo conocía desde hacía mucho tiempo, no dejó pasar el tenue alivio que cruzó su rostro.
Durante unos instantes, reinó el silencio entre ellos.
No sabía exactamente cómo lo hacía, pero seguramente, como siempre, estaba recibiendo diversos informes y dando instrucciones mediante algún procedimiento que ella desconocía.
Mientras él atendía los asuntos urgentes, Melody extendió la mano y le acarició la cabeza mientras seguía acostado. Era una costumbre suya, algo que también hacía a menudo con su hija cuando estaban juntas.
—¿Ha ocurrido algo? Estaba muy preocupada.
Cuando por fin abrió los ojos y se incorporó, Melody le hizo aquella pregunta con cautela.
—Todo se ha resuelto sin contratiempos. No hacía falta que tú también permanecieras aquí pendiente de mí.
—Casi nunca se había ausentado durante tanto tiempo sin avisar, ¿verdad? Todos estábamos preocupados por usted.
Quizá percibió algo en su voz, porque el Santo Emperador levantó lentamente un brazo y le rodeó los hombros.
Aquel brazo la había sostenido con firmeza en cada momento de crisis desde que lo conoció. Melody sintió cómo hasta el último rastro de inquietud se derretía como la nieve y apoyó suavemente la cabeza en uno de sus hombros.
—¿Los seres impíos han vuelto a causar problemas? De verdad que nunca se cansan.
—…
—Por mucho que se esfuerce, Su Majestad, no parece haber un final a la vista. Siempre estoy intranquila cuando Sisley parte de visita pastoral. A este paso, me pregunto si algún día podremos salir de la capital imperial y viajar a nuestro antojo…
El Santo Emperador no respondió. Sin embargo, al sentir que el brazo que le rodeaba los hombros se estrechaba un poco más, Melody comprendió la respuesta.
—Je, je. No se preocupe. No es culpa suya.
—… Te prometí que algún día te mostraría la ciudad de los canales.
—No se preocupe. De verdad, está bien.
Melody lo decía de corazón.
El Palacio Esmeralda, donde residía, contaba con un enorme jardín al que se había dedicado más cuidado que al de cualquier otro palacio secundario. Allí se había construido el invernadero más grande del recinto imperial, y había un hermoso estanque cuyos pequeños canales serpenteaban y se entrelazaban como un laberinto.
Aquel hermoso jardín, ampliado poco a poco, era la prueba de que el Santo Emperador no había olvidado su antigua promesa. Melody pensaba que, por el momento, aquello bastaba para hacerla feliz.
—Se lo confieso ahora, pero en aquel entonces, en realidad, las promesas sobre la ciudad de los canales o los viñedos me daban igual.
Después de aquella pequeña confesión, Melody soltó una risita. Era una sonrisa que, en cierto modo, se parecía muchísimo a la de Sisley.
—En realidad, no me enamoré de aquella promesa, sino de su rostro, Su Majestad.
—…
Y también era idéntica a su hija a la hora de asestarle un golpe inesperado.
Melody sonrió dulcemente y acarició con suavidad el cabello del Santo Emperador, que parecía algo desconcertado.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
A aquella misma hora, en el Palacio Rubí se produjo un pequeño alboroto inesperado.
Por alguna razón, la consorte imperial Lizabeth había salido de su habitación con una quemadura grave en la mano.
—¡Su Alteza Lizabeth! ¡¿Cómo ha podido ocurrir esto?!
—¿Se encuentra bien?
—¡Llamaré de inmediato al médico imperial!
Sin embargo, la consorte negó con la cabeza sin mostrar ninguna expresión.
—No informen a Su Majestad. Hagan venir discretamente a un médico de fuera del palacio imperial.
—Pero…
—¿Me has entendido? No quiero causarle preocupaciones.
Ante sus palabras tajantes, la jefa de las damas de compañía inclinó la cabeza en silencio.
Después de que esta se retirara y mientras su doncella personal iba a buscar agua fría, la consorte regresó a su habitación y permaneció un rato mirando en silencio la mesa.
Sobre ella yacía el pequeño san Aurelio, con la mitad de la cabeza quemada. Era la pequeña estatuilla que aquel ser desconocido le había enviado poco antes.
Después de contemplar con dureza la pequeña figura, chamuscada y maltrecha, Lizabeth apartó la mirada y cerró los ojos en silencio.
Si ya no había vuelta atrás, al menos debía llegar hasta el final.
Probablemente, aquella sería la única forma de expiación a su alcance.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.