Después de recobrar el conocimiento en el carruaje, Seong-jin tuvo que soportar durante un rato la frustración de no poder averiguar bien en qué situación se encontraba el grupo.
Tenía los ojos completamente vendados, lo que le dificultaba moverse, y el desgraciado del Rey Demonio, por algún motivo, estaba tan enfurruñado que se había encerrado en su cabeza.
Y, en cuanto a lord Masain, apenas había comprobado su estado antes de salir bruscamente; ahora blandía la espada cerca del carruaje, como si estuviera manifestando su descontento.
“Esta vez parece que sí está enfadado de verdad…”.
Debía de estar muy alterado, porque incluso Seong-jin podía percibir el flujo desordenado de su aura, que no lograba controlar bien.
¿Acaso quería darle un puñetazo, pero se contenía porque era un príncipe?
“Pero ¿no se están pasando todos? ¡Hice lo mejor que pude en esas circunstancias!”.
¡Pum!
Sintiéndose injustamente tratado, Seong-jin descargó una fuerte patada contra el asiento del carruaje, que no tenía culpa de nada.
Por suerte, poco después pudo escuchar un breve resumen de lo sucedido gracias a Edith, que le llevó el almuerzo.
—Se decidió dividir el grupo en dos. El primogénito de Sigsmund partió con nosotros hacia el condado, mientras que la comandante Ilma y la mayoría de los Caballeros Lobo permanecieron en el lugar.
—¿Dividirlo en dos? ¿Por qué?
—Según me dijeron, el primogénito propuso que lo mejor sería llevarlo cuanto antes a un médico del territorio de Sigsmund, Su Alteza. Seguramente los demás aún no han podido partir porque siguen ocupándose de las consecuencias del incidente.
Con razón le había parecido extraño percibir muchas menos presencias entre el grupo.
Hasta había pensado que quizá hubiera habido víctimas.
—¡Ah, por cierto, Su Alteza! ¡He oído que desempeñó un papel fundamental para abatir a esa criatura demoníaca!
Edith continuó hablando mientras le daba personalmente cucharadas de estofado a Seong-jin, que tenía los ojos cubiertos.
—¡Todos los caballeros están revolucionados con esa historia! ¡Dicen que el príncipe Morres creó una hoja de aura y cortó de un solo tajo el enorme tronco del árbol demoníaco!
Seong-jin pensó con incomodidad mientras masticaba.
“…Pero si yo solo me esforcé en trepar al árbol”.
¿Cuánto habían exagerado lo ocurrido para que la historia terminara así? ¿A qué venía de repente lo de una hoja de aura?
Y, por cierto, Edith, ¿de verdad te lo crees tal cual, aunque me ves entrenar todos los días?
—Dama Claudia, en particular, no dejaba de presumir de usted. Decía que Su Alteza siempre había sido un genio y estaba tan orgullosa… Vamos, abra la boca, Su Alteza.
Antes de que pudiera responder, otra cucharada de estofado entró en su boca. Seong-jin masticó la comida, completamente desconcertado.
Dama Claudia debería saberlo mejor que nadie. ¿Por qué se dejaba arrastrar también por semejantes exageraciones?
—Y ese señor Laurent… Parece que quedó muy impresionado al escuchar sus hazañas, Su Alteza. ¡Dijo que le había llegado la inspiración para una canción y lleva encerrado con su lira desde anoche!
—¡…!
Seong-jin se horrorizó.
¿Qué? ¿Ahora iban a convertir aquella sarta de disparates en una canción para inmortalizarla? ¿Y, para colmo, aderezada con el pésimo gusto de Laurent?
—Je, je. ¿No siente curiosidad por saber qué obra maestra nacerá de todo esto, Su Alteza? ¡Vamos, abra la boca!
—…
¿Un príncipe que acababa de iniciarse en el aura había abatido de un solo tajo, con una hoja de aura, a una criatura demoníaca que ni siquiera la comandante de los Caballeros Lobo había podido cortar?
¿Una canción tan absurda iba a resonar por toda la capital imperial?
“¡Cualquiera que la oiga se partirá de risa y dirá que es propaganda exagerada para ensalzar al príncipe!”.
¡Qué vergüenza! ¿No era un castigo demasiado cruel por haberse metido de lleno en el asunto para reducir al máximo las pérdidas de los suyos?
Desanimado, Seong-jin perdió por completo el apetito.
Aun así, Edith siguió ofreciéndole estofado y charlando de todo un poco sin que nadie se lo pidiera.
Según ella, justo después de que Seong-jin cortara el núcleo de crecimiento, el árbol demoníaco había sido devuelto al mundo demoníaco sin que, afortunadamente, ocurriera ningún otro imprevisto.
Aparte de Seong-jin, que había sufrido heridas graves en los ojos, no solo no había heridos de gravedad, sino que ni siquiera había una sola persona contaminada por energía demoníaca. Por lo visto, el esfuerzo había merecido la pena.
—Por desgracia, parece que la compañía mercantil Milo fue aniquilada. He oído que los caballeros se quedaron para recoger sus restos y recuperar las mercancías que se habían conservado. Sir Valery, el inquisidor, también permaneció con ellos por si surgía cualquier imprevisto.
—Mmm…
Pero él había visto con sus propios ojos que el jefe de la compañía seguía vivo.
Al parecer, Giacomo Milo había aprovechado el combate para desaparecer.
En cualquier caso, ya había escuchado lo esencial. Cuando Seong-jin estaba a punto de dar por terminado el almuerzo, alguien llamó a la puerta del carruaje.
—Su Alteza. Soy Orden. ¿Cómo se encuentra?
—Estoy bien. ¿Qué ocurre?
—Si se encuentra en condiciones, hay un asunto importante que quisiera consultar con usted.
—Sí, pasa.
Entonces Orden y su subordinado Hermann abrieron la puerta y entraron. Cuando ambos se sentaron frente a Seong-jin, Edith dejó los utensilios donde estaban y, comprendiendo la situación, salió.
En cuanto se cerró la puerta del carruaje, Orden se dirigió primero a Seong-jin con una respetuosa inclinación.
—Antes que nada, quisiera expresarle mi agradecimiento, Su Alteza. Habría sido difícil enfrentarnos al árbol demoníaco solo con nuestros Caballeros Lobo y, aunque hubiéramos logrado derrotarlo, habríamos tenido que asumir grandes pérdidas. Una vez más, estamos en deuda con usted.
Mmm. Como esta vez todos se habían visto envueltos en el incidente, ni siquiera había pensado en ello, pero aquel tipo tan simple parecía empeñado en contraer deudas por su cuenta y acumular intereses diligentemente.
Era una situación de lo más conveniente.
—Bien, ¿cuál es ese asunto importante?
—Se trata de la investigación que realizaremos a partir de ahora.
La denuncia que Orden había presentado inicialmente ante la Unidad Especializada en Monstruos consistía en que la compañía mercantil Milo, en connivencia con una secta oscura, estaba distribuyendo un té de origen desconocido por el territorio, y solicitaba que se tomaran medidas.
Sin embargo, lo sucedido había vuelto el caso un poco ambiguo.
La compañía mercantil Milo, causante de todo, había sido aniquilada por el árbol demoníaco. Por eso Orden se preguntaba si aquello no daba por concluido el asunto.
Pero Seong-jin negó con la cabeza.
—Todavía no, joven maestro. Ayer por la tarde vi claramente a Giacomo Milo, el jefe de la compañía. No tuve ocasión de decirlo porque el árbol demoníaco era más urgente.
—… ¿Es eso cierto?
—Sí. Parecía haber escapado ileso. Si sigue vivo, todavía no ha terminado nada.
Orden pareció algo sorprendido, pero no dio muestras de dudar especialmente de las palabras de Seong-jin.
—Si eso es cierto, lo más probable es que el jefe de la compañía Milo haya regresado a Regina.
Hermann habló a su lado mientras ordenaba los utensilios con un leve traqueteo.
—¿Todo ese camino él solo? ¿Es posible?
—No creo que sea imposible. Su Alteza, ¿no dijo anteriormente que sospechaba que ese hombre había firmado un contrato con un demonio?
Así había sido.
Era algo que había averiguado a través de Schmidt, el responsable de la sucursal del centro de distribución. El propio Rey Demonio había revisado incluso el registro de demonios, así que probablemente era cierto.
Por eso Seong-jin había advertido al respecto a varias personas relacionadas con la investigación, entre ellas Dasha.
—Hasta ahora se había contenido porque estaba pendiente de nuestras reacciones, pero, ahora que ha perdido toda su caravana, probablemente ya no tenga nada que lo frene. He oído que, cuando alguien que ha firmado un contrato con un demonio empieza a recurrir de verdad a su poder, puede hacer cosas que una persona corriente ni siquiera imagina.
Seong-jin asintió y preguntó:
—Entonces, ¿en qué te basas para decir que habrá regresado a Regina?
—En que el centro de distribución está allí. Allí se conservan todos los registros aduaneros y también puede obtener ayuda provisional de los fondos de la Unión de Comerciantes. Como es el lugar donde confluyen todas las mercancías del norte del continente, tampoco le resultaría imposible conseguir lo que necesita con urgencia y organizar una caravana provisional.
Aunque había sufrido grandes pérdidas en aquel incidente, la compañía mercantil Milo seguía existiendo mientras su jefe continuara vivo. Además, era una compañía lo bastante sólida como para no tambalearse por el fracaso de una sola expedición comercial.
Por lo tanto, la compañía Milo seguía teniendo la obligación de suministrar a tiempo los artículos de primera necesidad al territorio de Sigsmund, con el que había firmado un contrato de exclusividad.
Hermann explicó además que, fuera lo que fuera lo que estuviera tramando contra el territorio de Sigsmund, no abandonaría, así como así un plan al que había dedicado al menos varios años.
—Es decir, que si esperamos en el territorio mientras realizamos las investigaciones pertinentes, Giacomo Milo vendrá a Sigsmund por su propio pie. Ni siquiera tendremos que molestarnos en averiguar su paradero.
—Sí. Eso parece lo más probable.
Sumido en sus pensamientos, Seong-jin aceptó distraídamente la cucharada de estofado que le acercaron a la boca.
Masticó y masticó.
—Y, Su Alteza, en realidad hay otro asunto más importante que quisiera consultar con usted.
Orden, que había permanecido callado hasta entonces, pareció comprobar durante un momento las presencias a su alrededor antes de hablarle en voz baja.
Al escuchar sus palabras, Seong-jin dio un respingo y preguntó:
—¿Hay supervivientes?
—Sí. Sorprendentemente, encontramos a varias personas con vida debajo del árbol demoníaco.
¿En un lugar donde una persona corriente sufriría una rápida corrupción con solo entrar en contacto? ¿Cómo era posible?
“… ¡Ah, ahora que lo pienso!”.
Seong-jin recordó que, cuando compartió por primera vez la visión espiritual del Rey Demonio, había echado un vistazo general a la estructura del árbol demoníaco.
En aquel momento había visto claramente unas sombras bajo el árbol que supuso que eran almas de personas vivas.
Después habían pasado tantas cosas que lo había olvidado por completo.
—Los Caballeros Lobo se quedaron no solo para recoger los restos y recuperar las mercancías de la compañía, sino, ante todo, para garantizar que esos supervivientes quedaran bajo custodia.
—…
A juzgar por aquella actitud cautelosa, no debían de ser supervivientes de la compañía mercantil.
Si los habían encontrado justo debajo del árbol demoníaco, quizá fueran los responsables de haberlo invocado.
Dama Sharon había dicho que el árbol demoníaco también recibía el nombre de ‘Árbol de la Penitencia’, y la secta sospechosa de estar confabulada con la compañía Milo era precisamente la Secta de la Penitencia.
En ese caso…
—¿Acaso son remanentes de la Secta de la Penitencia?
Hermann, a su lado, respondió con admiración.
—¡Sí, exactamente, Su Alteza! ¡Por su aspecto y las circunstancias, sospechamos que pertenecen a la Secta de la Penitencia!
Y, como si fuera una recompensa, otra cucharada de estofado se deslizó en su boca.
Morres masticó.
¿Qué pasaba? Había algo extraño desde hacía un rato.
Pero, antes de que pudiera pensarlo, Orden añadió:
—Eso es precisamente lo que quería consultar con usted, Su Alteza. Lo apropiado sería interrogarlos para investigar la invocación del árbol demoníaco y su relación con la compañía Milo, pero llevarlos directamente al territorio de Sigsmund entrañaría varios riesgos.
—¿Riesgos?
—Sí. Existe el peligro de que alguien dentro del territorio… los intercepte por el camino, o de que ellos… escapen…
Aunque Orden comenzó a titubear de repente, Seong-jin comprendió exactamente lo que le preocupaba.
Estaba considerando la posibilidad de que el conde fronterizo obstaculizara los interrogatorios o incluso los dejara en libertad sin cargos.
Además, si los llevaban abiertamente al territorio y luego ocurría algo semejante, el Tribunal de la Inquisición podría llegar a sospechar que estaban relacionados con una secta oscura.
—… Así que esa es la razón por la que sir Valery, el inquisidor, se quedó con ellos.
Seguramente estaba buscando una manera de mantenerlos bajo el control de la inquisidora, al menos en apariencia, y retenerlos fuera del territorio o introducirlos en él en secreto.
—Es usted realmente perspicaz. No sabe cuánto facilita las cosas que, al consultarle cualquier asunto, no sea necesario explicárselo todo al detalle.
Junto con aquel elogio risueño de Hermann, algo volvió a deslizarse en su boca.
Masticó de nuevo.
—… ¿Eh?
De pronto, Seong-jin comprendió el origen de la extraña sensación que había estado experimentando y dejó de masticar inconscientemente.
En ese momento oyó a su lado el tintineo de los utensilios. Justo después, por el movimiento que percibió, comprendió que volvían a acercarle algo a la cara.
—…Pero, Hermann, ¿qué estás haciendo?
—Ah, ¿se ha dado cuenta, Su Alteza? —Hermann soltó una risa afable y continuó—: No tengo excusa. Es que había dejado casi toda la comida. Sin darme cuenta, me salió una vieja costumbre…
Entonces explicó, como si le diera algo de vergüenza:
—La verdad es que, desde pequeño, muchas veces les daba de comer a mis hermanos menores porque mis padres estaban ocupados. Con los niños, lo más eficaz es distraerlos por completo hablando de otra cosa e ir dándoles cucharadas a escondidas. Sin enterarse de nada, terminan vaciando el plato.
—… ¿Hermann? ¡¿Qué demonios le estás haciendo a Su Alteza?!
A su lado resonó la voz desconcertada de Orden. Al parecer, él también había estado tan concentrado en la conversación que no había notado nada extraño.
¿Acaso aquel tipo sabía lo peligroso que era meterle cualquier cosa en la boca a un miembro de la familia imperial?
Seong-jin se quedó con la boca abierta, tan atónito que no sabía qué decir. Entonces oyó el raspar de la cuchara contra el fondo del recipiente de estofado.
—Vamos, con una cucharada más habrá terminado, Su Alteza.
No se rendía hasta el final.
Hermann. Resultaba ser un tipo bastante peculiar.
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