La sangre en la piel ya había comenzado a coagularse. Feng Nuoyi estaba sentado en la silla, sus cuatro extremidades como si se hubieran desprendido de su cuerpo, sin ninguna sensación.
—Él no tiene ni pizca de sentido moral —dijo Zhou Shiyu—. ¿Crees que no se le ocurrió que Songzhu podría morir? Lo tenía calculado desde el principio, desde el momento en que hizo de intermediario.
—Eso es demasiado disparatado —dijo Feng Nuoyi—. ¿Cómo iba a saber él, en aquel entonces, que tú cambiarías de trabajo?
—Para tenerlo por si acaso, supongo —dijo Zhou Shiyu—. O tal vez simplemente quiso hacer un experimento. Con esa psicología suya, tan retorci|da, ¿quién puede saberlo con certeza?
—Parece que tú no tienes derecho a hablar de los demás, ¿no?
Zhou Shiyu apretó de golpe su mano herida, con una fuerza tal que parecía querer triturarle los huesos. El rostro de Feng Nuoyi se deformó de dolor —no debería haber provocado a un secuestrador que se encontraba en un estado de frenesí.
—¿Crees que esa apariencia suya, tierna y afable de todos los días, era real? —Zhou Shiyu soltó una risa despectiva—. Solo la fingía para que tú la vieras.
Feng Nuoyi pensó: ¿y tú no estabas fingiendo también?
¿Era él quien había sido demasiado ingenuo, o es que todas las personas de este mundo tienen varios rostros? Incluso de su amante, con quien había estado inseparable durante más de medio año, nunca había llegado a conocer su verdadero carácter.
Zhou Shiyu no continuó con el siguiente movimiento; con misericordia lo soltó, retrocedió unos pasos y abrió el computador. Luego soltó una risa fría:
—Con que sí, al final llamaste a la policía.
Feng Nuoyi lo miró conmocionado. Entonces Zhou Shiyu giró la pantalla del computador hacia él: en ella se veían las grabaciones en tiempo real de nueve cámaras, tres de las cuales parecían estar en cierta intersección.
Zhou Shiyu volvió a tomar el teléfono y marcó una llamada. Del otro lado contestaron de inmediato:
—Ya casi llego.
—Zheng Moyang, no pensarás que soy tan estúpido como para no notar que llamaste a la policía, ¿verdad? —Zhou Shiyu rió con frialdad dos veces—. Diles que se detengan de inmediato, o mato al rehén ahora mismo.
Al otro lado hubo una pausa, y luego dijo:
—No te alteres.
—He colocado más de diez cámaras en las intersecciones alrededor de la casa. Si veo cualquier movimiento sospechoso, mataré al rehén en el acto, ¿entendiste? —Zhou Shiyu alzó la voz, y luego añadió, con un tono bastante burlón—: Ya te había advertido que no llamaras a la policía. Parece que tampoco te importa tanto él. ¿O es que en realidad tienes miedo de morir, y por eso no te atreves a venir solo?
La razón le decía a Feng Nuoyi que llamar a la policía había sido, de hecho, una decisión sensata, pero en su mente no dejaba de susurrar una voz: ¿de verdad conoces a ese que llamas tu novio? ¿De verdad puedes confiar en que arriesgará su vida para salvarte?
Mientras hablaba, Zhou Shiyu no dejaba de mirarlo con ojos de satisfacción, algo que le ponía los pelos de punta.
—Subiré solo —dijo Zheng Moyang.
—Bien —Zhou Shiyu miró la hora—. Te espero.
Colgó el teléfono y lo arrojó al suelo sin más; la pantalla emitió un sonido nítido al quebrarse. Luego tomó el cuchillo de frutas que estaba sobre la mesa y, con el rostro inexpresivo, caminó hacia Feng Nuoyi.
—¿Qué vas a hacer? —la figura reflejada en las pupilas de Feng Nuoyi se agrandaba cada vez más—. No hagas nada impulsivo, la policía ya está en camino, hoy no hay forma de que puedas escapar. Detente, ¿qué ganas de verdad con matarme?
—¿Qué gano? —Zhou Shiyu pareció sorprendido de la ingenuidad de esa pregunta—. Él sufrirá, eso es lo que gano. Yo dije que no llamara a la policía; fue él quien rompió el trato primero, fue él quien te llevó a la muerte. Abrirá la puerta con el corazón puesto en salvarte, y entonces verá tu cadáver… qué expresión pondrá en ese momento, la verdad es que lo espero con muchas ganas.
Zhou Shiyu no estaba bromeando.
Al darse cuenta de esto, Feng Nuoyi comenzó a forcejear con todas sus fuerzas. La cuerda de nailon se le hundía en la carne, pero su mente, sumida en el caos, ya no podía sentir el dolor.
Entonces, el metal helado se posó lentamente contra su cuello.
Mantuvo los ojos abiertos, sintió el dolor de la piel al desgarrarse, y frente a él estalló una nube de sangre que lo cubrió todo. Aquella hoja afilada se hundía poco a poco en su arteria carótida; la sangre que brotaba le inundó las vías respiratorias, haciéndolo toser con violencia.
De verdad tenía mucho miedo al dolor.
El tiempo entre el inicio del sufrimiento y la oscuridad frente a sus ojos fue tan largo que le alcanzó para mirar hacia atrás, cada segundo del año pasado. Recordó aquel giro que vio al borde del acantilado junto al mar, y sintió el corazón desgarrarse como si un cuchillo lo atravesara.
Me arrepiento. Me arrepiento de haberte conocido.
Como en un flashback de película, al segundo siguiente de perder la conciencia, una luz deslumbrante caía desde arriba, brillante. Estaba sentado en la silla giratoria del dormitorio, respirando agitadamente, la frente cubierta de sudor frío, la mirada sin enfocar.
En ese momento, alguien de repente le dio unas palmaditas en el hombro. Se sobresaltó y se puso de pie de un salto, encontrándose con un rostro lleno de confusión.
—¿Estás bien? Llevo un rato llamándote y no me respondes —Lin Xiao rasgó un poco más la bolsa de papas fritas que tenía en la mano y se la ofreció—. ¿Quieres?
Feng Nuoyi lo miró fijamente durante diez o más segundos y, de repente, extendió los brazos y lo abrazó con fuerza, papas fritas incluidas.
Lin Xiao le dio unas palmaditas:
—¿Qué pasa? ¿Tan mal te está yendo con el repaso?
Él dijo, sin ton ni son:
—Voy a cancelar el viaje.
—¿Qué?
—El viaje después de los exámenes—. En cuanto lo dijo, Feng Nuoyi lo soltó y se recostó contra el respaldo de la silla por su cuenta, comenzando a quedarse absorto. Lin Xiao lo miró desconcertado, sin entender por qué, después del Año Nuevo, su compañero de cuarto había cambiado tan de repente de temperamento.
Al contemplar la escena frente a él, Feng Nuoyi sintió una especie de aturdimiento, como el leñador de la leyenda que, tras ver una partida de ajedrez de los inmortales, regresa y descubre que el mango de su hacha se ha podrido por el paso del tiempo.
Al final, no fue a aquella isla del sur.
La vida siguió avanzando, poco a poco, en la monotonía cotidiana, y él fue recuperando gradualmente su antiguo carácter optimista y alegre. De vez en cuando veía a Zhou Shiyu donde el tutor; este lo saludaba con entusiasmo, como si todavía fueran senior y junior que se apoyaban mutuamente. Aunque en esta línea temporal nada de aquello había ocurrido, no podía librarse del recuerdo, teñido de sangre, que había vivido en aquella silla.
Si ese recuerdo solo lo tenía él, entonces no podía considerarse un hecho real. Pero para él resultaba demasiado imposible de olvidar, y eso lo hacía sufrir. Pensaba que quizás algún dios había querido castigarlo, arrastrándolo a este juego solitario.
El primer año, el día del enfrentamiento entre la Universidad Politécnica y la Universidad R, se quedó sentado todo el día en el dormitorio, sin hacer nada. Diez años después, comprendería que aquel fue el inicio del cambio de línea temporal: al perder el partido por un margen mínimo, Zheng Moyang se había encontrado con Yao Menglin al borde de la cancha, y no consigo mismo corriendo a llevarle agua.
El tercer año, tras no conseguir la admisión directa al posgrado, estaba en el dormitorio navegando por la página oficial de Weihang. Lin Xiao se acercó chupando una paleta de hielo y preguntó, con cierta incredulidad:
—No pensarás ir a una startup de esas, ¿verdad?
—Las startups a veces dan acciones de la empresa —Feng Nuoyi cerró la página—. No voy a ir, pero eso no tiene nada que ver con que sea una empresa pequeña.
—Si no vas a ir, ¿para qué la miras?
—Para ver cómo le va a un viejo conocido —respondió.
—¿Tienes algún amigo en esa empresa? —preguntó Lin Xiao—. ¿Qué tal le va?
Feng Nuoyi esbozó una sonrisa apenas perceptible:
—Le fue bien. Tuvo éxito.
El amor era como una herida cicatrizada: por fuera lucía lisa y como nueva, pero bastaba una sola noticia de una ronda de financiamiento exitosa para volver a desgarrarla, igual que un hueso que alguna vez se fracturó y que vuelve a doler sordamente cuando cambia el clima de golpe. Sabía que no debía seguir mirando, pero no podía evitarlo.
El tiempo transcurría lentamente, entre este desgarrarse y cicatrizar una y otra vez.
El quinto año, durante el aniversario de la Universidad T, regresó al campus, en plena floración, junto con los demás egresados. Aquel lugar guardaba su juventud, con su parte de felicidad y su parte de dolor.
Alzó la mirada hacia los cerezos ya deshojados, y detrás de él una voz le preguntó:
—Compañero, ¿sabes dónde queda el nuevo comedor?
Se dio la vuelta y vio a una persona en traje formal, pero con la cabeza empapada en sudor y aspecto un tanto desaliñado, que lo miraba con esperanza.
Le causó cierta alegría que lo confundieran con un estudiante:
—No soy estudiante de aquí, yo también volví de visita; no sabía que había un comedor nuevo. —Después, hizo una pausa y preguntó, con verdadero interés—: ¿Se come bien en ese comedor?
—Dicen que es bastante bueno, tiene muchos platos de trigo del noroeste, y también arroz envuelto en hoja de loto —el otro sacó el teléfono y abrió una publicación de la cuenta oficial de la universidad—. Mira.
Apenas llegó a ver la tercera foto cuando ya había decidido, sin dudarlo, seguir a aquella persona en busca de comida. En el comedor, convencieron a un par de estudiantes actuales de que les prestaran sus tarjetas, y pidieron una mesa llena de carbohidratos.
—Ya se me había olvidado que en este mundo existían cosas tan buenas y tan baratas —suspiró.
Después se enteró de que el otro era un senior, cuatro promociones mayor que él, y que ahora dirigía una empresa de videojuegos que había publicado varios juegos móviles poco conocidos pero muy bien valorados dentro de la industria. Intercambiaron contactos y luego se pusieron a quejarse juntos de las rarezas de los profesores del departamento.
—¿El profesor Gao sigue recitando poemas después de clase? —el otro todavía recordaba varios pareados de Año Nuevo que el profesor había compuesto él mismo.
—Sigue recitando —dijo Feng Nuoyi, limpiándose el aceite de la boca—. Al menos hasta nuestra promoción todavía lo hacía.
—El sueño literario nunca muere, ¿eh? —comentó el otro, en tono de broma.
Fue entonces cuando Feng Nuoyi se dio cuenta, sobresaltado, de que hacía mucho que no escribía nada. No era de extrañar: el trabajo lo tenía demasiado ocupado, no le quedaba tiempo para pulir palabras, y las pocas vacaciones que le quedaban también quería dedicarlas a descansar de verdad. Muchas de las ideas que en su momento había querido poner por escrito ya se habían desvanecido en su memoria.
Después de aquella comida, de vez en cuando chateaban en línea. Un mes más tarde, el otro lo invitó al lanzamiento de un nuevo videojuego, y allí se le declaró. Feng Nuoyi guardó silencio largo rato, sin dar ninguna respuesta.
—Puedes rechazarme directamente— le recordó el otro con amabilidad—. No pasa nada, espero que podamos seguir siendo amigos.
—No es eso, me gustas mucho —dijo—. Puede que suene a excusa trillada, pero mi relación anterior no terminó bien, así que durante mucho tiempo me ha dado un poco de miedo formar intimidad con otra persona.
—¿Quién sería capaz de hacerte daño? —el otro decía cumplidos con un tono muy llano, casi neutro; esa capacidad suya de conmover a la gente sin proponérselo era lo que más le gustaba de él—. No lo entiendo.
—La primera vez que lo conocí, sentí que era perfecto, casi hasta el punto de parecer falso —dijo Feng Nuoyi—. Fue una sensación parecida a ganar el premio mayor la primera vez que compras un billete de lotería, así que hice todo lo posible por proteger esa relación. Por desgracia, al final no terminó bien.
—¿Fue muy dolorosa la ruptura?
Feng Nuoyi sonrió y negó con la cabeza:
—Te aseguro que no existe un final más trágico que ese.
El otro pensó un momento y dijo:
—No me atrevo a decir que pueda ayudarte a salir de la sombra del pasado, pero haré todo lo posible por proteger esta relación. ¿Puedes confiar en mí?
Feng Nuoyi lo miró largo rato y asintió:
—Puedo.
El sexto año, una noche muy tarde se desplomó en su puesto de trabajo y una ambulancia del 120 lo llevó directo a urgencias. Al despertar en la UCI, presentó su renuncia a la empresa, se mudó del piso en la capital y regresó a Jingkou, donde vivía la familia de su bisabuelo. Antes de partir, le propuso a su novio terminar la relación.
No era que no creyera en las relaciones a distancia; simplemente, en aquel momento crítico entre la vida y la muerte, se dio cuenta de algo: puedo confiar en él, pero no lo amo.
El décimo año, sin encontrar inspiración para una obra nueva, decidió viajar al sur para despejarse. Quizás por obra del destino, al comprar el boleto de avión, como poseído por alguna fuerza, eligió el mismo destino de diez años atrás.
En el mismo promontorio, a la misma hora, bajo el mismo atardecer, se encontró con la misma persona.
La rueda del destino terminó por cerrarse sobre sí misma como una cinta de Möbius, dando inicio a una nueva vuelta de la historia.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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