«… En fin, por culpa de ese viejo, durante un tiempo se puso de moda algo así. Decían que, si repetías diez mil millones de veces el corte básico, alcanzarías algún tipo de iluminación y te volverías increíblemente fuerte, o algo por el estilo.»
— «La Grieta», Tercer comandante, Imai Kazuki
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El Médico Divino del Olvido Absoluto, Cheongheo.
Era difícil encontrar dentro de «Caos» a alguien que no hubiera oído rumores sobre él. Era el único ser capaz de realizar el «Corte del Difunto» dentro de Caos. Probablemente no existiera en este mundo un médico al que el título de Olvido Absoluto le sentara mejor que a él.
Por supuesto, no era únicamente como médico que gozaba de semejante reputación.
—Dicen que el poder marcial del Médico Divino es comparable al de un Señor de la Fortaleza de las Diez Facciones de Caos.
Los misteriosos orígenes de Cheongheo eran material más que suficiente para alimentar las habladurías de quienes recorrían Caos.
—Dicen que era uno de los «Poderosos del Abismo».
—He oído que antes pertenecía a «La Grieta».
—También se rumorea que conquistó la Torre del Gran Maestro.
Naturalmente, nadie conocía la verdad.
Cheongheo jamás había hablado públicamente sobre sí mismo. Por esa razón, con el paso del tiempo, los rumores sobre él fueron reduciéndose a simples anécdotas sin importancia.
Que era un viejo excéntrico que solo sabía blandir la espada.
Que era un anciano mujeriego que únicamente aceptaba tratar a mujeres.
Que, en realidad, el «Olvido» de Médico Divino del Olvido Absoluto provenía de que siempre anhelaba algo con desesperación… 1
—¡El Médico Divino está desesperado!
Al ver a Cheongheo arrodillado, el oficial médico confirmó una vez más que aquel rumor era cierto. El comandante del Cuerpo Exterminador de Demonios sostuvo a Cheongheo y preguntó:
—¡Médico Divino! ¿Qué ocurrió con el Señor de la Fortaleza? ¿Por qué ha venido hasta aquí?
—¡Hay una belleza a punto de morir! ¿Y tú todavía vienes con lo del Señor de la Fortaleza?
—¿Qué…?
Dejando atrás al desconcertado comandante del Cuerpo Exterminador de Demonios, Cheongheo dirigió una mirada feroz hacia Jaehwan.
—¡Oye! ¿Qué piensas hacer ahora? ¡Por tu culpa arruinaste por completo el «Corte de la Salvación»! ¡Y encima mi espada terminó en este estado…!
La espada de Cheongheo estaba hecha añicos.
El «Corte de la Salvación» de Cheongheo solo podía ejecutarse mediante una espada de grado Cuatro Cuernos o superior.
Fue entonces cuando la expresión de él cambió.
—¡Oh! ¡Muchacho! ¡Tienes algo muy bueno! —En un instante se abalanzó sobre él con los ojos brillantes—. El Cuerno de un Garnak.
Una espada impregnada con el poder de un Garnak. Una bestia de cinco cuernos.
No era la primera vez que veía una espada fabricada con un cuerno de Garnak, sin embargo, era la primera vez que veía una cuya vaina también hubiera sido hecha enteramente con el cuerno de uno.
Después de todo, Garnak era una bestia cornuda extraordinariamente poderosa y feroz. Sin pedir permiso, Cheongheo extendió la mano hacia la espada.
—Vaya, vaya… qué muchacho.
Observando cómo su muñeca había sido detenida en pleno aire, Cheongheo sonrió con amargura.
Ya sabía que aquel joven no era alguien común desde que había bloqueado su «Corte Ordinario». Pero su habilidad superaba incluso lo que había imaginado.
—Si me prestaras esta espada…
—¿Eh?
—Si me prestaras esta espada…
—¿Podría salvar a esa mujer?
Cheongheo parpadeó.
—¡Por supuesto! ¡Si soy yo, claro que puedo!
Sin decir una palabra, Jaehwan le entregó Dokbul, aún dentro de su vaina Y Cheongheo se sorprendió ligeramente.
Era la primera vez que se encontraban Y aún así, ¿iba a entregarle tan fácilmente su arma?
Solo alguien con absoluta confianza en sus propias habilidades sería capaz de hacer algo así.
Aunque, pensándolo bien… Ahora mismo eso era lo de menos.
—…Es una buena espada, pero realmente se parece a su dueño.
Mientras sostenía la espada al revés para observarla, Cheongheo soltó una risita.
A Dokbul parecía no agradarle el tacto del anciano, pues dejó escapar un zumbido grave.
Buuuum…
Poco después, el blanco de los ojos de Cheongheo comenzó a teñirse lentamente de un blanco puro. Como si estuviera trazando un boceto, la espada del anciano empezó a dibujar lentamente en el aire.
Todo cuanto había en el lugar comenzó a sumirse en un profundo silencio.
Jaehwan contempló aquel mundo que se iba tiñendo como una hoja de papel en blanco.
“¿Es la misma ilusión de antes?”
Cada vez que la espada del anciano se movía, más blancura se añadía al paisaje del mundo. Después de observar aquella escena durante un buen rato, Jaehwan comprendió algo.
“No”.
Aquello no era una simple ilusión de bajo nivel.
“Era el mundo que el anciano veía”.
Sobre un lienzo completamente blanco se encontraba Mino, cuyas líneas comenzaban a desvanecerse. El anciano la contemplaba como un maestro pintor.
En sus ojos no había la incomodidad de la duda ni la excelencia de la comprensión. Solo una mirada que permanecía fija sobre ella.
La observaba desde un lado. Luego desde el otro y finalmente, el anciano sostuvo a Dokbul como si fuera un pincel.
Y comenzó a volver a dibujar las líneas de Mino.
Movimientos elegantes.
Como si hubiera dedicado cientos de años a pintar un único cuadro, sus manos se movían con absoluta naturalidad.
Mientras observaba aquellos movimientos, Jaehwan se vio invadido por una extraña sensación.
Era una mano suave y, al mismo tiempo, firme.
A veces violenta, otras veces pausada, pero jamás perdía el filo.
El alma de Mino comenzó a grabarse nuevamente en el mundo. Cada nuevo trazo que el anciano añadía hacía estremecer el corazón de Jaehwan.
Toda una vida dedicada únicamente a dibujar un solo trazo permanecía acumulada, capa tras capa, en aquellas delicadas líneas.
Era una historia que recordaba a la vida que él había recorrido. Y, sin embargo, seguía un camino completamente distinto.
La mano del anciano volvió a moverse.
El trazo dibujó la nariz de Mino.
Después sus labios y cuando llegó el momento de delinear las curvas de su pecho, sus movimientos se volvieron aún más cuidadosos.
Siguiendo la danza del anciano, aquel mundo blanco también parecía bailar.
Parecía una canción.
No era una melodía capaz de conmover profundamente, pero bastaba con verla y escucharla para sentir consuelo.
Antes de darse cuenta, la danza del anciano se acercaba a su final.
Entonces, al instante siguiente… El anciano dejó escapar a Dokbul y cayó de bruces.
—Ay… Ya no puedo más. Estoy demasiado cansado.
Cheongheo, que hasta hacía un momento había danzado como poseído, quedó tendido en el suelo con los brazos y las piernas extendidos.
—Maldita sea… Me falta poder espiritual.
El repintado de Mino seguía siendo inestable. Incluso Jaehwan podía darse cuenta de que solo faltaba un poco más para completar la obra.
Sin embargo, el anciano ya no parecía tener fuerzas ni siquiera para levantarse.
—Maldito Señor de la Fortaleza… Si no fuera por ese desgraciado…
El mundo estaba temblando.
Instintivamente, Jaehwan comprendió que, si aquel cuadro no llegaba a completarse, el «Corte de la Salvación» jamás se haría realidad.
Observó los agotados ojos del anciano y vaciló durante un instante.
“Yo no sé ejecutar ese corte, pero… Aunque solo pueda imitarlo”.
Jaehwan recogió a Dokbul en lugar del anciano.
A su alrededor comenzaron a oírse gritos.
Exclamaciones de asombro y los intentos de detenerlo. Todo era ruido sin sentido.
“Qué molestos”.
Jaehwan cerró los ojos.
La mente que siempre había dudado del mundo… Y el alma que siempre había anhelado comprenderlo… Guardaron silencio.
El corazón que había permanecido rígidamente cerrado comenzó a aflojarse lentamente.
“Ya veo… ¿Así se siente?”.
Cuando volvió a abrir los ojos, ante él se extendía un mundo completamente blanco, como un lienzo vacío.
Frente a él estaban Cheongheo, con una expresión de absoluto desconcierto… Y Mino, profundamente dormida.
“Qué tranquilidad”.
Por primera vez… Empuñó una espada para salvar a alguien.
El mundo blanco lo aceptó.
Sentía que, dentro de aquel espacio, podía dibujar cualquier cosa.
Como si estuviera pintando un delicado puntillismo, Dokbul fue marcando el aire.
Pensó en Mino.
Apenas hacía unos días que la conocía, pero durante ese tiempo ella le había contado muchas cosas.
Era una persona juguetona y testaruda.
Una persona débil, a pesar de ser una asesina. Alguien que no traicionaría a los demás.
Una persona que lo detestaba, pero sobre todo…
“Una persona que confiaba en los demás”.
Sin tomar una sola bocanada de aire, Jaehwan continuó moviendo la mano. Como si temiera que, durante ese breve instante, desapareciera la Mino que él conocía.
¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces?
Parecía estar terminado. Y, sin embargo, sentía que aún faltaba algo.
De pronto, Jaehwan recordó una cosa.
Algo que nunca había visto con sus propios ojos, pero que había llegado a conocer por casualidad.
Entonces dibujó un pequeño lunar sobre el lado derecho del pecho de Mino.
La falta de oxígeno hacía que su visión se oscureciera. Respirando lentamente para recuperar el aliento, Jaehwan parpadeó con dificultad.
—… ¿Y cuándo fue que vio algo así?
Mino estaba de pie frente a él, sonriendo con luminosidad. Al contemplar aquella mirada, Jaehwan pensó, aunque solo fuera por un instante…
“Quizá”.
“Quizá exista una forma de destruir el mundo sin que nadie tenga que morir”.
Pero enseguida negó con la cabeza.
“No puede existir un método así.
Cuando volvió a abrir los ojos, Jaehwan llegó a pensar que todavía no había salido de aquel mundo blanco. Porque todos a su alrededor permanecían en silencio.
James se frotaba los ojos.
Los miembros del equipo médico temblaban mientras sostenían los instrumentos de medición.
Claire observaba a Mino completamente atónita.
Las venas negras iban desapareciendo poco a poco y entonces alguien gritó:
—¡La transformación en Olvidado se ha detenido!
—¡L-la tasa de contaminación está disminuyendo!
Y el Médico Divino del Olvido Absoluto, Cheongheo, tenía el rostro completamente conmocionado.
—¿Cómo demonios…?
El «Corte de la Salvación» de Cheongheo no era una técnica que pudiera aprenderse con solo verla una vez.
Porque no era una habilidad.
Incontables Adaptadores habían acudido a él en busca de enseñanza, pero ninguno había logrado dominar aquella técnica.
Eso era el «Corte de la Salvación».
—Parece que esa actitud mezquina tuya ha desaparecido un poco.
Mientras observaba atentamente a Jaehwan, Cheongheo murmuró para sí.
La presencia agresiva que antes sobresalía de Jaehwan como las púas de un erizo se había suavizado ligeramente. Sin duda, lo sucedido hacía unos momentos había transformado algo en su interior.
—Aunque, pensándolo bien, apenas parece que un niño de cinco años se haya convertido en uno de diez—. Cheongheo torció los labios, como si siguiera sin agradarle del todo—. En cualquier caso… ¿quién demonios eres? ¿Y cómo has podido usar ese corte?
Al llegar hasta ahí, Cheongheo rectificó sus propias palabras.
Porque, hablando con propiedad, el movimiento que Jaehwan había mostrado antes no había sido exactamente el de un corte.
—No… Supongo que debería llamarlo «Estocada de la Salvación». Sea como sea, ¿dónde aprendiste algo así?
Al escuchar aquello, el comandante del Cuerpo Exterminador le preguntó sobresaltado:
—¿Lo que ese hombre utilizó es realmente el mismo «Corte de la Salvación»?
—Aunque me fastidie admitirlo… sí.
—¡Entonces eso significa…!
Al ver al comandante del Cuerpo Exterminador, la mirada de Cheongheo se volvió compleja.
El comandante era uno de los hombres más leales de toda la Fortaleza Gorgona.
Cheongheo había vivido más de mil años. Por eso, comprender lo que pensaba un joven comandante que aún no llegaba al siglo de vida no suponía ninguna dificultad.
—Comandante, cálmate. Aún ni siquiera conocemos la identidad de ese hombre.
—¡Pero usted mismo lo dijo, Médico Divino! ¡Que, si existiera una persona más capaz de utilizar el Corte de la Salvación, también podríamos salvar al Señor de la Fortaleza!
—Eso es… —Cheongheo frunció el ceño con expresión de incomodidad.
Era cierto que había dicho algo así.
Pero jamás imaginó que aquella observación hecha al pasar siguiera grabada en la memoria de alguien.
“¿Quién habría pensado que realmente existiría otra persona capaz de utilizar el Corte de la Salvación?”
El comandante del Cuerpo Exterminador de Demonios endureció el rostro.
—Médico Divino, no hay nada más importante que la vida del Señor de la Fortaleza.
Al oír mencionar la vida del Señor de la Fortaleza, Cheongheo vaciló por un instante y, finalmente, dejó escapar un suspiro.
Después movió ligeramente los labios.
—[Comandante, sabes que soy un Despertado, ¿verdad? Aunque no sea una forma completa…]
Despertado.
Al escuchar aquella palabra, el cuerpo del comandante del Cuerpo Exterminador de Demonios se tensó.
¿Existía alguien en «La Gran Tierra» que desconociera el significado de ‘Despertado’?
Eran existencias que habían escapado a las reglas del Sistema, seres fuera de toda norma que habían obtenido un poder inmenso al rechazar la adaptación.
Incluso en toda «La Gran Tierra», los conocidos como Despertados eran muy pocos.
A lo sumo, algunos de los superpoderosos que recorrían los Doce Distritos, y ciertos comandantes de «La Grieta», organización catalogada como grupo peligroso por el ‘Big Brother’.
Sin embargo, el comandante sabía que existían algunos Despertados más.
Por ejemplo… El anciano que se encontraba justo delante de él.
Aunque estuviera un escalón por debajo de los soberanos de los Doce Distritos o de los comandantes de «La Grieta», un Despertado seguía siendo un Despertado.
El simple hecho de que Cheongheo, el Médico Divino del Olvido Absoluto, residiera en la Fortaleza Gorgona bastaba para impedir que las demás fortalezas se atrevieran a atacar Gorgona con ligereza.
—[¿Y qué piensas hacer si ese hombre también resulta ser un Despertado?]
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