Siguiendo la dirección de la mirada de Bai Sheng, vio con claridad a la figura que hablaba con Shen Ruzhen: ¡era la mismísima bruja de Italdo!
Pero no se parecía en nada a la bruja que conocieron veintitrés años después.
La mitad derecha de su rostro —esa que en el futuro estaría reducida a hueso y venas expuestas— lucía intacta. El cabello rojo oscuro le caía en rizos hasta la cintura, y un arnés metálico cubría su cuerpo, cruzado por antiguas y misteriosas runas que descendían desde la mejilla hasta su brazo izquierdo, largo y musculoso. En la espalda llevaba dos enormes armas, envueltas en capas y capas de sellos. No se distinguía su forma, pero incluso a distancia se percibía la presión abrumadora que emanaba.
Aunque solo era una proyección espiritual, imponía como una valquiria herida y hermosa, de una fuerza terrible.
—Soy una carcelera venida de las profundidades del cosmos —dijo la bruja.
Sus ojos, rojos como la sangre, miraban serenamente a Shen Ruzhen. Su conciencia, vasta, antigua y melancólica, se proyectó de inmediato en la mente de Bai Sheng, que se encontraba al otro lado de la puerta.
—A miles de millones de años luz de aquí, en mi planeta natal, estalló una guerra evolutiva sin precedentes. La raza extrema que quiso dominar el planeta fue derrotada; sus cuerpos, destruidos; sus almas, arrancadas y desterradas al vacío del universo. Y yo… fui la única carcelera que los acompañó en su exilio.
—Mi deber era encerrar sus espíritus en la prisión de la causalidad, para asegurarme de que jamás escaparan de su destierro eterno. Pero el viaje fue demasiado largo: mi alma se debilitó con el paso de los eones, hasta rozar la disolución. Fue entonces cuando el más fuerte y peligroso de los prisioneros rompió las cadenas. Escapó y llegó a la Tierra. Ustedes lo conocen como el Espíritu 001.
Los investigadores, incapaces de recibir su transmisión mental, solo veían cómo el sistema traductor proyectaba líneas y líneas de texto en la pantalla, reflejadas en los ojos atónitos de Shen Ruzhen.
—Sea cual sea el trato que hayan hecho con él, deben romperlo de inmediato —advirtió la bruja—. El propósito real del Espíritu 001 no es ayudar a la humanidad a evolucionar, sino convertir la Tierra en una colonia del espacio profundo, una isla prisión donde buscar anfitriones humanos para los más de diez mil criminales espirituales restantes… y tomar sus cuerpos por la fuerza. Para lograrlo, intentará seleccionar los mejores genes entre ustedes. Pero si el proceso evolutivo comienza, repetirán nuestro destino: una guerra sin fin que reducirá a cenizas miles de años de civilización, tal como ocurrió en mi mundo.
La bruja apoyó una mano en su pecho y se inclinó ligeramente: un gesto solemne de disculpa.
—Mi vida se acerca a su final. Lamento profundamente haber permitido que ese criminal llegara a la Tierra. Si los humanos cooperan conmigo, usaré lo que me queda de fuerza para destruirlo… incluso si eso me cuesta el alma—. Hizo una pausa, la mirada grave—. Les ofrezco mis más sinceras disculpas. Gracias.
El silencio cayó sobre la sala. Bai Sheng estaba paralizado. Rara vez lo sorprendía algo, pero en ese instante se quedó sin aliento. Finalmente, la voz ronca y temblorosa de Shen Ruzhen rompió el silencio:
—Pero… ¿por qué habríamos de creerte?
La bruja extendió su mano hacia ella, con la palma abierta, en señal de invitación.
Su cuerpo espiritual reflejaba fielmente su estado físico: la piel expuesta estaba cubierta de cicatrices antiguas, un mapa de heridas cruzadas que hablaban de incontables batallas.
—Le mostraré lo que ocurrió en mi planeta —dijo—. Verá con sus propios ojos el horror del genocidio, y cómo, solo a un costo inimaginable, logramos revertir el curso del destino y borrar aquella falsa evolución.
Una luz psíquica comenzó a brillar en su palma, reflejándose en sus ojos, rojos y profundos como la sangre:
—Si aún hay tiempo, deseo que la humanidad no repita nuestra tragedia.
Bai Sheng se inclinó hacia adelante, ansioso por saber qué imágenes mostraba la bruja a Shen Ruzhen. Pero justo entonces, unos pasos apresurados resonaron detrás de él: dos guardias armados entraron corriendo.
—¿Otra vez te escapaste, pequeñín? —le dijeron al niño.
El edificio entero estaba bajo vigilancia constante, sobre todo el núcleo del laboratorio. Tan pronto como Shen Zhuo —el pequeño Shen— se colaba, lo atrapaban enseguida. Los agentes lo alzaron en brazos, despeinaron su cabeza confundida y comentaron en voz baja:
—Seguro vino a buscar a su mamá.
—¿Lo llevamos de vuelta a la zona segura?
—Sí, luego avisamos a la profesora Shen.
Bai Sheng miró atrás varias veces, pero no pudo hacer nada. Lo sacaron del área restringida y regresó con el niño a la zona segura, donde lo vio acurrucarse en la cama como una pequeña sombra.
Solo entonces el asombro se hizo completo, vibrando en su mente como un eco interminable.
Ahora todo tenía sentido: por qué Shen Ruzhen y los investigadores de primera generación habían decidido exterminar a Rong Qi.
Bai Sheng lo había sospechado desde hacía tiempo. Sabía que, durante la ausencia de Cameron, algo había ocurrido en el laboratorio, algo que encendió la mecha de todas las tragedias futuras. Pero jamás imaginó que aquella chispa sería la bruja de Italdo, veintitrés años atrás.
Según su relato, aún quedaban más de diez mil prisioneros espirituales encerrados. No era de extrañar, entonces, que Rong Qi hiciera lo imposible por acelerar la evolución humana. Si la proporción de individuos de nivel S entre los evolucionados era de uno entre cinco mil u ocho mil, en una población mundial de cien millones de evolucionados surgirían unos veinte mil S. Justo la cantidad perfecta de cuerpos anfitriones para los fugitivos del cosmos.
Shen Zhuo lo había advertido: si estallaba una guerra evolutiva, el concepto de “nación” desaparecería. Los territorios serían gobernados por S demente tras S demente, los de nivel A serían su servidumbre, y los 7.800 millones restantes quedarían reducidos a alimento y esclavitud.
Tenía razón. Lo único que no había previsto era esto: que los verdaderos amos no serían humanos, sino los espíritus invasores que ocuparían los cuerpos de los S.
Rong Qi quería transformar la Tierra en su reino colonial.
Bai Sheng se sentó junto al niño, lo abrazó y le acarició la espalda, una y otra vez. Pero de pronto, un pensamiento helado le recorrió la columna.
¿Por qué Cameron no sabía nada sobre la visita de la bruja de Italdo?
En ese momento Cameron estaba en Washington, en una reunión secreta del Consejo. Shen Ruzhen no tenía motivo alguno para ocultar una información tan grave. Solo había una explicación: no tuvo tiempo de hacerlo. En aquella época, las comunicaciones cifradas eran lentas, llenas de protocolos; enviar un mensaje así requería al menos uno o dos días.
Eso solo podía significar una cosa: la masacre de los investigadores de primera generación no había ocurrido “hace tiempo”. Estaba ocurriendo ahora mismo. Rong Qi bañaría el laboratorio en sangre… como muy tarde, al día siguiente.
Bai Sheng miró al pequeño Shen Zhuo, que dormía encogido como un muñeco de vidrio, frágil y silencioso.
—¿Por eso tu poder me trajo justo al día anterior a la tragedia? —susurró.— Porque aunque la memoria había sido borrada, en el fondo tú ya lo sabías. Ya presentías que el origen de todo estaba aquí.
La noche se extendió larga y muda. El segundero del reloj avanzaba con un tic tac regular. En la zona segura reinaba un silencio inmenso, bajo la luz pálida de una luna que descendía lentamente hacia el oeste.
Shen Zhuo no durmió.
Mantuvo la misma postura toda la noche, como si ya hubiera comprendido su destino. En sus pupilas, el vacío se abría infinito.
Al caer la tarde del día siguiente, la alarma estalló de pronto, cortando la calma como una hoja. Y así, el destino cambió para siempre.
Todo ocurrió tal como Bai Sheng ya había visto: Cameron, herido por la radiación, irrumpió en el laboratorio para encontrarse con un infierno de cadáveres; el profesor He Yin, agonizante, salvó a su hijastro y le entregó su arma antes de morir.
Y entonces, Shen Ruzhen, poseída por el Espíritu 001, irrumpió en la zona segura. Estaba bañada en sangre, fuera de sí, y avanzó paso a paso hacia su pequeño hijo, que se acurrucaba en la esquina, temblando.
—¡Bang!
El disparo resonó detrás de ella. Cameron había llegado justo a tiempo. La bala impactó en su madre.
Con un golpe sordo, Shen Ruzhen cayó de rodillas. La sangre le brotó de la boca mientras sus ojos, por última vez, reflejaban el rostro pálido de su hijo. Luego, se desplomó hacia adelante.
Su cabello ensangrentado rozó la mejilla del niño al pasar, y en ese instante, Bai Sheng escuchó las últimas palabras que salieron de sus labios:
—No…
—…evoluciones.
Shen Zhuo quedó petrificado.
El Espíritu 001 abandonó el cuerpo de su madre y, reuniendo las últimas reservas de energía, se lanzó sobre él desde el aire.
Millones de ondas cerebrales rugieron como un océano de fuego:
—Déjame habitar tu cuerpo. Te concederé el poder de la evolución…
—¡No…! —la voz del niño estalló en un grito desgarrador—. ¡Vete! ¡Vete!
Las fuerzas mentales chocaron en una batalla invisible, liberando una luz majestuosa. La energía estalló como un cataclismo primigenio.
El alarido de Shen Zhuo alcanzó un tono insoportable. El Espíritu 001 se fragmentó, se disipó, y fue expulsado de la Tierra.
En la nada, Bai Sheng lo sostuvo con fuerza, empapado en sangre, y comprendió al fin por qué su mente había quedado destrozada y lo habían declarado incapaz de despertar jamás. No fue solo la radiación. Fue el estallido de su poder mental, más allá de los límites humanos. En pocos segundos, había soportado un dolor inimaginable.
Había sacrificado su vida entera en aquella batalla.
Cayó junto al cuerpo sin vida de su madre, y la memoria se disolvió en blanco.
Pero Bai Sheng ya lo sabía todo.
El caso HRG conmocionó al mundo. Solo dos sobrevivientes fueron hospitalizados. Shen Zhuo fue diagnosticado como vegetal. Cameron recibió una invitación para unirse a un proyecto secreto en la base del Consejo en Washington.
Y el niño fue abandonado en un hospital. Solo. En silencio.
Bai Sheng permaneció a su lado, esperando, sabiendo que algo más estaba por ocurrir.
No tuvo que esperar mucho.
Una noche, la habitación estaba sumida en la oscuridad. Solo el monitor cardíaco emitía un pitido débil y constante. Bai Sheng, sentado junto a la cama, acariciaba suavemente al niño cuando, de pronto, pequeños puntos de luz comenzaron a reunirse en el aire.
De ellos emergió una figura translúcida, respirando con dificultad.
Era la bruja de Italdo.
La bruja había sufrido heridas gravísimas: el lado derecho del rostro estaba completamente desfigurado, y la mitad de su cuerpo, destrozada. La piel y los músculos se habían disuelto por completo, dejando al descubierto un esqueleto ensangrentado. Ya había tomado la forma aterradora que tendría veintitrés años después, pero su expresión seguía siendo solemne y serena. Sus ojos, de un rojo profundo, se posaban sobre el pequeño Shen Zhuo, ahora reducido a un vegetal.
—…Lo siento —su voz, profunda y triste, se expandía en ondas dentro del vacío—. Lo siento…
El pequeño Shen Zhuo no podía darle respuesta alguna; permanecía inmóvil, sentado en la oscuridad.
—Ha regresado a la jaula de la causalidad —continuó ella—. Se ha fusionado con los más de diez mil cuerpos espirituales, volviéndose inconmensurablemente poderoso. Forzó la ruptura de sus grilletes… ya no soy rival para él. Todo está perdido. La fuente de evolución liberada se dirige ahora hacia la Tierra a una velocidad alarmante; dentro de unos años caerá desde el cielo…
Hizo una pausa. Su voz tembló.
—He luchado hasta el límite. De verdad, ya no puedo más.
Una tristeza sofocante, como una marea, inundó los sentidos. Pasó un largo momento antes de que Bai Sheng comprendiera que la bruja estaba llorando.
Ella extendió su mano derecha. La punta temblorosa de sus dedos rozó la mejilla fría de Shen Zhuo.
—Ya ni siquiera tengo poder para curarte —susurró—. Solo queda un último modo de reparar tu código genético… aunque tal vez no sea el mejor camino para el futuro.
El rostro de Bai Sheng se contrajo. Comprendió de inmediato cuál era ese “último modo”.
—Evoluciona —dijo la bruja, poniéndose lentamente de pie.
Nadie más podía verlo, pero desde las profundidades del universo, una civilización extraterrestre observaba a aquel frágil niño humano con una tristeza insondable en los ojos.
—Conviértete en el primer ser evolucionado de la Tierra —ordenó—. Enfrenta la guerra y el porvenir con la fuerza más poderosa.
A su espalda se cruzaban dos armas gigantescas y extrañas. Con un gesto, desenvainó la del lado derecho; las capas que la envolvían se desintegraron de inmediato, dejando que un resplandor azul eléctrico cayera como una cascada. Era… una lanza.
La energía estalló en todas direcciones, magnífica y devastadora. La bruja, herida de muerte, reunió sus últimas fuerzas, apretó los dientes y hundió la lanza, de arriba abajo, en el pecho del niño.
Una corriente torrencial de energía lo envolvió. Shen Zhuo cayó hacia atrás, y sus pupilas dilatadas reflejaron un último destello antes de que la lanza se transformara en pura luz, envolviendo su cuerpo por completo.
La bruja retrocedió medio paso, exhausta, con una mirada perdida y dolida.
—Haré lo posible por recordarlos… recordar que alguna vez existió una humanidad como la suya. Te lo dejo a ti.
Y, sin fuerzas para sostenerse, su cuerpo se disolvió en incontables partículas de luz que se desvanecieron en el vacío.
El pequeño Shen Zhuo yacía en la cama del hospital, rodeado por una energía invisible y abrasadora. En sus pupilas dilatadas brillaba un azul intenso que Bai Sheng reconoció de inmediato: era la fuente de evolución.
En la lanza que había dejado la bruja residía una energía más colosal que la de un meteorito. Quería usarla para reparar el ADN dañado del niño, e incluso forzar una evolución instantánea.
Pero… ¿por qué Shen Zhuo siguió siendo un ser humano normal? ¿Acaso el proceso falló?
—…No… —susurró Bai Sheng.
Con horror, volvió la vista hacia la cama. En medio del resplandor, el pequeño Shen Zhuo se encogía sobre sí mismo, emitiendo un sollozo agudo, casi moribundo.
Aun cuando lo hubiera olvidado todo, esa súplica estaba grabada en su alma: era la última advertencia que su madre le había dejado antes de morir, y también la clave que había destruido al Espíritu 001.
—¡No evoluciones!
La energía colosal se contrajo de golpe, condensándose en un punto de luz que se hundió en sus ojos antes de desaparecer por completo.
La evolución había sido rechazada por el propio huésped, y quedó suspendida.
El pequeño Shen Zhuo, encogido sobre la cama, jadeaba sin voz, con el cuerpo sacudido por espasmos. Bai Sheng se arrodilló a su lado, lo miró a los ojos —vacíos, abiertos—, y lo abrazó con fuerza desde el aire, estrechando ese cuerpecito empapado de sudor frío.
Pasó un largo rato antes de que escuchara un sollozo tembloroso proveniente de sus brazos.
El tiempo pasó; las estrellas giraron, los años volaron.
Tres años después, el niño que había sido declarado con muerte cerebral despertó milagrosamente y fue dado de alta.
Nadie sabía que en lo más profundo de su alma dormía un arma alienígena cuya energía había reparado sus genes. Sin embargo, aquel poder no se manifestaba en absoluto.
Shen Zhuo creció como un joven común, casi el reflejo de su padre en la juventud. A los dieciocho años obtuvo su primer doctorado y comenzó a enseñar en el Instituto Central de Investigación. Poco a poco, el Proyecto HRG de segunda generación tomó forma. Luego viajó al extranjero para ampliar sus estudios, y justo antes de regresar, una lluvia de meteoros iluminó el cielo.
La fuente de evolución había cruzado el vasto universo. Finalmente, había llegado a la Tierra.
Esa noche, mientras los meteoros descendían, Shen Zhuo acampaba en las montañas junto a varios profesores. Detrás de él, el fuego crepitaba, y se oían las risas y pasos de sus colegas ajustando los instrumentos de observación. Terminaba de clavar una estaca cuando alzó la vista: una estrella fugaz cruzó el cielo y cayó en las montañas cercanas.
Entonces, una vibración recorrió sus nervios, como si algo ancestral despertara en su interior.
Evoluciona, susurró una voz profunda desde lo más hondo de su espíritu.
Conviértete en el más fuerte. Enfrenta la guerra y el porvenir.
Su mente quedó en blanco. Miró el firmamento, hipnotizado, y dio un paso hacia adelante sin pensarlo.
Pero justo cuando una energía interna parecía a punto de romper las cadenas y surgir, otra voz, grabada en su sangre, lo contuvo.
No evoluciones.
Un recuerdo perdido y una pena olvidada cruzaron el tiempo como un viento ensangrentado que rozó su oído.
Jamás debes evolucionar.
—¡Profesor Shen! —gritó un colega desde la distancia—. ¡La lluvia de meteoros ha comenzado!
Shen Zhuo volvió en sí, aturdido.
¿En qué estaba pensando? ¿Acaso me quedé absorto?
Sonrió con ironía, negó con la cabeza y, alejándose del cielo estrellado, regresó hacia el grupo.
Detrás de él, la primera oleada de meteoros de la gran evolución iluminó la noche.
—¡Cof, cof, cof!
En la oficina del Departamento de Supervisión de la Ciudad de Shenhai, Shen Zhuo se dobló sobre el sillón, tosiendo con fuerza.
—Tranquilo, tranquilo —Bai Sheng se apresuró a sujetarle la nuca, dándole palmadas en la espalda—. Ya pasó. Todo terminó.
Salir de golpe del mundo mental era como caer en un torbellino. Aturdido, Shen Zhuo bebió un sorbo de agua con la ayuda de Bai Sheng y, al recobrar el aliento, lo agarró del borde de la chaqueta.
—Llama… llama a la bruja de Italdo.
—Ya lo sé, ya lo sé… —respondió Bai Sheng, preocupado.
Shen Zhuo se apretó el pecho. Aún le dolía el lugar donde la lanza lo había atravesado. Y por primera vez en su vida, comprendió lo que significaba “increíble”:
—¿Así, sin más? Me clava una lanza y se va sin decir palabra. ¿Ni siquiera pensó en pulsar un botón de emergencia? ¿Y si me moría ahí mismo?
Hizo una pausa, indignado.
—¿Y esa lanza? No me digas que todavía está ahí, clavada dentro de mí, porque ella se olvidó de sacarla…
Nota de la autora:
La bruja: ¿Qué? ¿Los niños humanos se mueren solo porque los atraviesen con una lanza?
Impresiones sobre el capítulo completo.
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