—¿C… cómo nos alcanzó? ¿Cómo pudo llegar hasta aquí? —El conductor, presa del pánico, intentó activar su poder, pero el todoterreno permaneció inmóvil, como si estuviera soldado al suelo. Desesperado, golpeó el volante y rugió—: ¡Maldita sea, de todas formas moriremos! ¡Abran paso, saldremos matando!
Con un estruendo ensordecedor, el vehículo estalló. La onda expansiva se desplegó como un millar de flechas invisibles. Su Jiqiao extendió la mano y materializó en el aire una daga corta, blandiéndola con una fuerza que partía el cielo en dos, directa al cuello de Bai Sheng.
Su Jiqiao, al entrar en combate, no tenía nada de frágil. Era una tormenta. El suelo tembló, las rocas se hicieron polvo; en un parpadeo había lanzado más de diez golpes, veloces como relámpagos. Bai Sheng, sin embargo, permanecía impasible. Bajó apenas la mirada, y con dos dedos atrapó la hoja en pleno vuelo. Un leve gesto bastó.
Crac.
El metal se partió con un sonido limpio. La hoja rota giró por el aire como una estrella fugaz, atravesando a los varios combatientes que se habían lanzado hacia Bai Sheng sin pensar.
Un instante después, la sangre estalló en el aire como un campo de flores carmesí. Los cuerpos cayeron al suelo con un estrépito húmedo, y chorros de sangre salpicaron con furia.
Pero —clac— un chasquido suave cortó el caos: Bai Sheng alzó la mano y un escudo transparente se levantó de la nada, extendiéndose justo delante de Shen Zhuo, protegiéndolo de aquella lluvia carmesí.
Era una demostración abrumadora de poder.
Su Jiqiao comprendió que no tenía salida. Sus pensamientos se aceleraron: Fatal Strike. Hilos de luz roja se enroscaron en sus dedos; su mano se alzó, dispuesta a tocar el entrecejo de Bai Sheng…
Pero se detuvo. Sus pupilas se dilataron de horror.
Detrás de Bai Sheng se alzaba una sombra colosal: el Rey Lobo del Infierno, cuyos ojos rojos atravesaban el vacío como faros de una deidad sangrienta.
Tirano 2.0.
Su poder devastador se había duplicado, volviéndose inmune a toda agresión mental.
El ataque de tipo mental de nivel S se hizo trizas. Los hilos rojos se disolvieron en una lluvia de puntos de luz, desapareciendo sin dejar rastro.
Entonces la figura de Bai Sheng volvió a ocupar su mirada. Su voz era tan tranquila que helaba la sangre.
—¿Eso es todo lo que tienes?
Su Jiqiao apretó la mandíbula. Con un movimiento relámpago, lanzó cuatro dedos directos al cuello de su enemigo. Pero Bai Sheng respondió con un puñetazo tan pesado como un rayo. El impacto en el abdomen resonó con el sonido inconfundible de los órganos al romperse.
¡Boom!
Su Jiqiao salió despedido como una bala de cañón y se estrelló contra la ladera de la montaña, que se vino abajo con un estrépito. Árboles enteros cayeron, rocas se desmoronaron como una lluvia de metralla. La explosión levantó una nube de polvo visible a kilómetros de distancia.
Suspendido en el aire, Bai Sheng extendió la mano. Una luz gélida se condensó en su palma, transformándose en una espada larga y afilada, que reflejaba el brillo cortante de sus ojos.
—Le prometí a Shen Zhuo que te despellejaría y te arrancaría los tendones —dijo con voz de acero—. Pero temo ensuciarme las manos. Hacerte pedazos servirá igual.
El metal tintineó. Bai Sheng apuntó con la hoja al cuerpo maltrecho de Su Jiqiao.
—Muere.
—No… —Una voz ronca lo interrumpió.
Tras el campo protector, Shen Zhuo se incorporó con dificultad. Tenía la mano ensangrentada sobre la sien; su camisa blanca, empapada y arrugada, colgaba como un trapo. Alzó la vista, desorientado, hacia Bai Sheng.
—No… no lo lastimes. No lastimes a Su Jiqiao… ¿Quién eres tú?
Por primera vez, algo se movió en la mirada de Bai Sheng.
—¿Shen Zhuo? —pronunció su nombre, incrédulo.
Si hubiese allí otro telépata, habría visto el caos absoluto dentro de la mente de Shen Zhuo: sonidos, imágenes y sensaciones giraban en un torbellino distorsionado. Bai Sheng se multiplicaba en su retina en una docena de sombras superpuestas. No lograba distinguir nada.
¿Quién es este hombre? La pregunta se formó confusa en su mente.
Debería sentir repulsión —lo sabía—. La combinación de químicos y energía psíquica de nivel S despertaba en él un rechazo visceral, como un reflejo compulsivo, una orden grabada en sus nervios que lo empujaba al odio.
Pero, justo cuando estaba a punto de ceder a ese impulso, algo más profundo se agitó en su subconsciente: una punzada, como un anzuelo enterrándose en carne viva, trayendo consigo un dolor insoportable.
No… algo está mal.
Esto no debería ser así.
—¿Quién eres? —jadeó Shen Zhuo, el pecho agitado por el esfuerzo.
Un zumbido le llenaba los oídos. A través de él, percibía que el hombre se acercaba despacio, repitiendo su nombre una y otra vez con una paciencia infinita. Shen Zhuo cerró los ojos, buscando en su mente algún recuerdo, algún rastro de esa voz. Pero cada intento era castigado por un rayo de dolor que le atravesaba el cráneo.
—No lo hieras… No te acerques… —retrocedió tambaleante, con el rostro lívido—. ¡Vete! ¡No quiero verte!
Bai Sheng se detuvo. Su mirada era oscura e impenetrable.
—Ya no te recuerda —dijo Su Jiqiao desde el suelo, con voz entrecortada y eufórica—. Verte solo le causa más dolor.
Tenía medio cuerpo sepultado bajo las rocas. Tosió sangre, pero una sonrisa enfermiza se abrió paso entre sus labios.
—La sugestión de Fatal Strike no se puede revertir. ¿Sabes cuánto te odia ahora?
Bai Sheng guardó silencio.
—El hechizo de inversión de amor y odio es permanente —continuó Su Jiqiao, la voz temblando de delirio—. No desaparece ni siquiera con la muerte del lanzador. Solo se vuelve más fuerte con el tiempo. Así que, vamos, mátame frente a él. Adivina qué pasará después.
Su risa, salpicada de sangre, era pura locura.
—¡Me recordarás para siempre, Shen Zhuo! —gritó—. En tu corazón, mi nombre será eterno, símbolo de amor y nostalgia, mientras que él… él solo será el rostro de tu odio.
Era una maldición pronunciada con júbilo, una condena vestida de satisfacción. Cada palabra helaba el alma.
Bai Sheng le dio la espalda. Su rostro permanecía oculto, inexpresivo.
—¿De verdad? —dijo por fin, con una calma terrible.
Su Jiqiao, recostado sobre el charco de sangre, levantó débilmente una mano hacia Shen Zhuo.
Este se llevó la mano al pecho, como si quisiera sostener su propio corazón que se deshacía. Retrocedió, temblando, hasta que una fuerza invisible lo atrapó por la cintura y lo arrastró violentamente hacia los brazos de Bai Sheng.
—S… suéltame… —jadeó Shen Zhuo.
El hechizo se reactivó, desgarrando su mente con una agonía indescriptible. Quiso empujarlo, pero Bai Sheng lo sujetó con fuerza, una mano presionando su nuca.
—¿Me odias? —preguntó en voz baja—. Porque yo… te amo.
Shen Zhuo, con la nariz presionada contra el cuello de Bai Sheng, aspiró aquel olor tan familiar que le resultaba insoportablemente agradable, a pesar de provenir de alguien a quien creía odiar. Su piel desprendía una fragancia limpia, serena, casi adictiva, como la vastedad del mar que todo lo envuelve.
Dolor.
Sus manos temblorosas se aferraron con fuerza al cuerpo de Bai Sheng, buscando respirar como quien emerge de un naufragio. Pero cuanto más se dejaba arrastrar por aquel aroma que lo atraía, más lacerante se volvía el dolor que le atravesaba el cráneo y el pecho.
—Suéltame… —jadeó con dificultad—. No te conozco… no debería conocerte.
El sufrimiento lo cercaba sin salida, lo arrastraba a un abismo. En un arrebato de desesperación, Shen Zhuo hundió los dientes en el cuello de Bai Sheng, con tanta fuerza que el calor de la sangre manó al instante, empapando el cuello de su camisa.
Pero Bai Sheng no se inmutó. Ni un gesto de dolor cruzó su rostro. Solo pasó una mano, una y otra vez, por la espalda de Shen Zhuo, con una calma infinita. Luego, bajó la cabeza y besó su cabello empapado de sudor.
—No temas —murmuró—. Aguanta un poco más. Pronto terminará todo.
A lo lejos, algunos de los evolucionados, malheridos, se arrastraban entre gemidos. Bai Sheng sostuvo a Shen Zhuo entre sus brazos, giró el cuerpo y los miró sin emoción alguna.
—¡Bai, maldito! —rugió uno de ellos con la voz quebrada—. ¡Tú no mereces evolucionar! ¡Algún día el señor Rong te hará…!
El grito se quebró antes de terminar. Bai Sheng levantó la mano y trazó un arco en el aire.
Un sonido seco retumbó: ¡bang, bang, bang! Los cuerpos estallaron, los huesos y las vísceras se convirtieron en una nube roja, en polvo que el viento arrastró sin dejar rastro.
Solo Su Jiqiao seguía con vida, bañado en sangre, respirando con dificultad. Sus ojos seguían fijos en la espalda de Shen Zhuo. De pronto, con un chasquido metálico, desenvainó su cuchillo, dispuesto a levantarse.
Pero la voz de Bai Sheng lo detuvo al instante.
—¿De verdad crees que existe algún poder en este mundo que sea “irrevocable” ante mí?
Su Jiqiao abrió los ojos de par en par.
—¿Qué… qué dijiste?
—Solo existe una fuerza realmente imposible de revertir —respondió Bai Sheng, con una calma glacial—: la ley de causalidad.
Un escalofrío recorrió la espalda de Su Jiqiao.
—Un arma de causalidad completa puede alterar la entropía del universo —continuó Bai Sheng, su voz resonando como un eco sin emociones—. Puede invertir la línea temporal, cortar la cadena evolutiva o incluso destruir civilizaciones de dimensiones inferiores. Pero lo que yo manejo es solo una fracción: la capacidad de borrar el primer nivel de causa y efecto.
»Cuando alguien es eliminado por la ley de causalidad estando vivo, todo lo que haya creado, todo daño que haya infligido e incluso sus descendientes desaparecen con él. Eso significa que tu Fatal Strike dejará de existir. Tu ataque mental contra Shen Zhuo será completamente disuelto.
»Él no recordará el dolor, ni el odio, ni a ti. Para él, no significarás nada. Ni amor, ni rencor. Solo un poco de vacío.
Su Jiqiao sintió cómo su sangre se helaba.
—Imposible… —susurró, con incredulidad.
—Evito usar la ley de causalidad sobre seres vivos —dijo Bai Sheng, levantando lentamente la mano—. Felicidades. Eres el primero.
El viento aulló. Su Jiqiao, desesperado, cargó con el cuchillo alzado, pero ante Bai Sheng no tenía la menor posibilidad. En un estallido de sangre fue lanzado contra la montaña; el pecho se le hundió, los huesos estallaron, las rocas se pulverizaron. Con un último acto de locura, giró el arma contra su propia garganta, queriendo morir antes de que la ley se activara.
No lo logró.
El aire se solidificó en una lluvia de flechas invisibles que lo atravesaron de pies a cabeza, clavándolo contra la roca como a una marioneta rota.
—Adiós, desconocido —dijo Bai Sheng con frialdad.
Entonces, como una estrella fugaz cruzando el cielo, abrazó con fuerza a Shen Zhuo y saltó hacia atrás, elevándose miles de metros. Una línea de luz helada destelló entre sus dedos.
Lo que yo no permita, no existirá.
La claridad pura de la ley de causalidad devoró la montaña.
Un radio de tres mil metros se convirtió en una tierra muerta, sin vida alguna. Lo último que se vio fue el rostro pálido de Su Jiqiao, mirando a lo lejos a Shen Zhuo con una locura que se disolvía en la nada.
El poder S de Reversión de amor y odio se extinguió.
Un hilo de luz roja y venenosa escapó de la frente de Shen Zhuo. Con ella se desvanecieron para siempre la angustia, la obsesión y la desesperación de Su Jiqiao, disueltas en el vacío eterno.
En lo alto, el viento silbaba con furia. Shen Zhuo, recostado sobre el hombro de Bai Sheng, parecía despertar de un sueño absurdo. Sus pestañas, aún manchadas de sangre, se alzaron con esfuerzo.
Su mente seguía confusa, trastornada. Parecía reconocer a ese hombre llamado Bai Sheng… y al mismo tiempo no sentir nada.
Su mano temblorosa se alzó y, con la punta de los dedos, rozó la nariz afilada del otro, dejando una tenue marca de sangre.
Bai Sheng tomó esos dedos entre los suyos, los llevó a sus labios y besó las frías articulaciones.
—Duerme —susurró—. Ya hablaremos cuando despiertes.
Pero Shen Zhuo no oyó nada. Estaba demasiado cansado. Cerró los ojos y se hundió en un sueño profundo y oscuro.
Al mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia.
Bajo la cruz de una iglesia, flotaba en la palma de Rong Qi un pequeño espejo de superficie ondulante. La imagen se desvaneció entre destellos de luz blanca, consumida por la ley de causalidad.
Rong Qi exhaló despacio y dejó que el espejo se disipara en el aire.
—¿Su Jiqiao… está muerto así, sin más? —preguntó Noda Yoko, incrédula, y luego estalló en rabia—. ¡Pero si él tenía un trato con usted! ¡Prometió devolvernos al inspector Shen, él…!
—No me sorprende —respondió Rong Qi con frialdad—. En el momento en que apuñaló a tu hermano, supe que esta misión estaba condenada. Sin un poder de transporte espacial, sus posibilidades de escapar de Bai Sheng eran menores al uno por ciento.
Las pesadas puertas de madera del templo se cerraron tras ellos. Rong Qi bajó los escalones, seguido de más de una decena de evolucionados. En la plaza, la primera luz del amanecer se reflejaba en sus ojos.
—¿El señor Presidente ha regresado a su sitio? —preguntó.
—Sí —respondió uno de sus hombres—. Lo devolvimos por el mismo camino. No nos traicionará.
Rong Qi asintió en silencio.
Noda Yoko seguía sin entender.
—Pero él es solo un burócrata común. ¿Por qué tanta cortesía? ¿Por qué no simplemente obligarlo a entregar la llave…?
—Porque necesitamos cooperación voluntaria —replicó Rong Qi, deteniéndose ante la puerta del coche—. Necesitamos que comprendan de verdad de qué lado deben estar. Shen Zhuo ya conoce la verdad sobre Fu Chen; tarde o temprano intuirá nuestras intenciones. Y entonces, la vigilancia humana será más estricta que nunca.
Sus ojos se entornaron, mirando hacia el horizonte.
—Después de todo —dijo en voz baja—, conseguir un recipiente de doble tipo S que soporte la ley de causalidad… no es tarea sencilla.
»Y dispersar un alma como la suya siempre conlleva cierto riesgo.
El amanecer se extendía sobre la plaza de piedra, el viento largo barría las calles y la ciudad despertaba lentamente.
Shenhai, las afueras.
El fuego crepitaba en la chimenea, y el viento nocturno golpeaba las ventanas con un ulular constante.
La villa construida en la ladera estaba en silencio. Las cortinas de terciopelo bloqueaban la oscuridad infinita, y la alfombra del dormitorio principal era gruesa y suave bajo los pies.
Bai Sheng vertió un poco de whisky en un vaso de cristal y lo dejó sobre la mesa. Los cubos de hielo tintinearon con un sonido limpio y frío.
—El estado mental es muy inestable —dijo al teléfono, alzando la vista hacia la cama.
La luz era tenue. Entre las sábanas desordenadas, Shen Zhuo dormía profundamente, el ceño aún fruncido, como si su subconsciente luchara contra algo en un sueño imposible.
Bai Sheng lo había traído personalmente desde Myanmar. No lo entregó al Departamento de Inspección, ni siquiera entró a la ciudad de Shenhai. Lo alojó en aquella villa vacacional de las afueras, alegando que la seguridad del inspector Shen era prioritaria y debía permanecer bajo el más alto nivel de protección.
Afuera, el viento silbaba entre los árboles; un sonido lejano, como el de un tren o una sirena, cruzó el valle.
—No dejas que nadie se acerque —se quejó una voz femenina al otro lado de la línea, la bruja de Italdo—. Y por teléfono no puedo evaluar su estado. Dime, ¿tiene fiebre?
—No —respondió Bai Sheng, rozando con los nudillos la nariz de Shen Zhuo con un gesto casi tierno.
—¿Y el pulso?
—Un poco acelerado.
—Entonces no hay problema. Debe ser una reacción residual del fármaco neurológico y del ataque mental —dijo la bruja con desdén—. Según mis amplios conocimientos en el campo de las habilidades psíquicas, aunque hayas borrado el Fatal Strike de ese pequeño bastardo de Su Jiqiao, los efectos secundarios pueden durar horas o incluso días. El dolor y los residuos mentales quedan fuera del primer nivel de causalidad…
La voz resonaba desde el teléfono, y Shen Zhuo se movió levemente entre sueños.
Bai Sheng se levantó. Como una pantera silenciosa, salió del dormitorio.
Su reflejo apareció en el espejo del salón: llevaba solo unos pantalones ligeros, el torso desnudo, marcado por líneas definidas de músculos y una cintura estrecha. Descalzo, cruzó la alfombra hacia la ventana.
—Qué pena —decía la bruja—. Si hubiera entrado antes en el periodo de sumisión, nada de esto habría pasado. Los feromonas de doble tipo S neutralizan los efectos psíquicos. Pero claro, alguien insistió en hacerse el duro y “guardar las formas”… En fin, supongo que el dinero que gasté en esos preservativos fue un desperdicio. ¡Ay! ¡Deja de pegarme, Shui Ronghua, si no dije nada malo!
Bai Sheng soltó una breve risa, grave y profunda, con un brillo indescifrable en los ojos.
Detrás del cristal, la noche se extendía inmensa. En su cuello quedaba, aún visible, la marca seca de una mordida.
—Señor Bai —intervino otra voz por el teléfono, la de Shui Ronghua, seria y profesional—. La Oficina Internacional de Inspección ha enviado un informe. Dicen que el subinspector Bo Kun de Myanmar murió en el laberinto por causas desconocidas, y su cuerpo ha desaparecido. Preguntan si usted tiene alguna pista sobre su paradero.
Bai Sheng arqueó una ceja, repitiendo en voz baja:
—¿Pista?
—Dicen que hubo testigos en el lugar —comentó Shui Ronghua, encogiéndose de hombros—. Vieron cómo, tras descifrar el laberinto, diste la vuelta especialmente para recoger el cadáver del subinspector Bo Kun. Después desapareciste sin dejar rastro, así que la Dirección General quiere saber qué fue exactamente lo que pasó. Al fin y al cabo, era un subinspector. Hay que dar una explicación oficial —añadió con resignación—. Además, necesitan practicarle una autopsia para determinar la causa de su muerte…
—No lo sé —respondió Bai Sheng con desidia—. ¿Yo me llevé el cuerpo? No lo recuerdo en absoluto. Seguro que el testigo se confundió.
En realidad, antes de salir del laberinto, Bai Sheng sí había planeado llevarse consigo el cadáver del birmano, sin apartarse de él ni un instante. Pero entonces tuvo que actuar de inmediato para encontrar a Shen Zhuo, y Cameron también estaba presente, así que no tuvo tiempo de ocuparse del cuerpo.
Eso, sin embargo, no significaba que lo hubiera olvidado.
Tan pronto como se disolvió el laberinto, Bai Sheng regresó al punto medio de la montaña y halló el cadáver destrozado del birmano. Lo arrojó al valle y, sin escatimar fuerzas, usó la ley de causalidad para borrarlo por completo, sin dejar ni una célula.
—¿Era necesario usar la ley de causalidad, señor Bai? —preguntó Chu Yan, aún sin entender—. El gobierno birmano querrá confirmar la causa de su muerte. ¿De qué murió exactamente?
El viento agitó el cabello de Bai Sheng. Sus ojos eran ilegibles, pero en el fondo brillaba el resplandor helado de la ley de causalidad.
—Mm —murmuró, con una respuesta que no respondía nada—. Supongo que murió por una causa que nadie debe conocer.
—No recuerdo nada, lo lamento, no puedo ayudarles —dijo Bai Sheng, recostado con languidez junto a los ventanales de la villa—. Quizá algún animal salvaje del bosque se lo comió. Qué pena.
Shui Ronghua soltó una risa amarga.
—De acuerdo. Entonces responderé a la Dirección que lamentamos la muerte del subinspector Bokun y que, por desgracia, no podemos ser de más ayuda… ¡Itardo! ¡¿Qué haces?! ¡No le des ideas absurdas!
La bruja Italdo le arrebató de nuevo el micrófono.
—¡Márcalo! ¡Haz que entre en el período de sumisión! ¿Acaso quieres que se repita la tragedia de un doble S a punto de perder su territorio? ¿No te gustaría que ese tal Shen fuera inmune de una vez por todas a cualquier otro S de este mundo?
—Si Shen Zhuo se entera, nuestros bonos del próximo trimestre se irán al diablo… —murmuró Shui Ronghua, empujando a la bruja para apartarla—. En fin, señor Bai, si el estado del inspector Shen sufre alguna alteración, puede venir a vernos en cualquier momento. Los recursos médicos de la División están disponibles las veinticuatro horas, ¿de acuerdo?
Bai Sheng sonrió, sin comprometerse con una palabra y colgó el teléfono.
Se volvió y empujó la puerta del dormitorio principal. La cama estaba vacía.
El murmullo del agua llegaba desde el baño.
Descalzo, pisó la alfombra sin hacer ruido, y presionó con suavidad el pomo de la puerta.
La ducha estaba abierta al máximo. Una densa neblina de vapor lo envolvió al entrar.
Shen Zhuo se hallaba encogido en un rincón del baño. Sus dedos se hundían con fuerza en el cabello oscuro; los nudillos, tensos y pálidos, resaltaban bajo la piel. En la palma, la mitad inferior de su rostro mostraba un cansancio extremo.
Parecía buscar instintivamente algún tipo de consuelo bajo el agua caliente, pero era inútil. La mezcla de fármacos químicos y ataque psíquico había dejado tras de sí secuelas dolorosas: flotaba entre la confusión y el mareo. La camisa empapada se le adhería al cuerpo, y la línea de la garganta y las clavículas se perdía bajo el cuello de la prenda.
Contra las baldosas de mármol negro, su piel adquiría un blanco gélido, casi hiriente a la vista.
—¿Qué te pasa? —preguntó Bai Sheng, arrodillándose ante él sin importarle que el agua de la ducha le empapara los pantalones. Con cinco dedos le sujetó el mentón, obligándolo a mirarlo—.
—¿Todavía no recuerdas quién soy?
—… —Shen Zhuo jadeaba; su mirada dispersa apenas lograba enfocarse, llena de extrañeza y rechazo, y trató instintivamente de apartar la cabeza.
—Pobre… —murmuró Bai Sheng.
Entonces se inclinó de pronto y capturó aquellos labios húmedos y entreabiertos.
El agua caía a plomo. Shen Zhuo alzó la mano para empujarlo con todas sus fuerzas, pero la palma de Bai Sheng se aferró con firmeza a su nuca. El beso fue una embestida feroz, una auténtica voracidad que parecía querer exprimir hasta el último rastro de aire de sus pulmones, hasta que Shen Zhuo fue empujado hacia atrás y su espalda chocó con fuerza contra la pared de mármol.
—… ¡No…!
Por fin logró articular una palabra, liberándose a la fuerza, con la vista nublada por la falta de oxígeno. Bai Sheng, en cambio, se pasó la lengua con calma por los labios, sacó una navaja automática del bolsillo del pantalón y, con un chasquido metálico, hizo saltar la hoja fría.
A continuación se cortó la palma de la mano con un gesto seco; la sangre brotó de inmediato.
Con una mano le forzó la boca a Shen Zhuo y, sin atender a su resistencia, le hizo tragar la sangre, hasta que engulló varios sorbos.
La información feromonal doble S, poderosa y rotunda, le inundó la garganta con un único mensaje: apaciguar, reprimir, forzar la sumisión.
Los efectos secundarios del ataque psíquico no pudieron competir con ello. En apenas unos minutos, el dolor lacerante en su cabeza se disipó, el mareo se redujo drásticamente y la lucidez comenzó a regresar, poco a poco, a la mente de Shen Zhuo.
Aunque solo fuera un alivio temporal.
—Tú… —respiró con dificultad, recobrando la conciencia como quien despierta de un sueño—. …Bai Sheng…
—Shhh —Bai Sheng alzó un dedo, llevándolo a los labios en un gesto de silencio.
Sobre sus cabezas, la ducha seguía derramándose sin tregua; el vapor caliente lo envolvía todo. Ambos estaban completamente empapados. Las gotas resbalaban desde el cabello revuelto de Bai Sheng hasta sus hombros, descendían por los surcos definidos de su abdomen y se perdían bajo la cintura floja del pantalón. Las líneas musculares eran afiladas y hermosas, como las de una fiera perezosa.
—No tengas miedo. El cadáver de ese birmano ya lo he hecho desaparecer. Nadie ha notado nada extraño.
Bai Sheng apoyó una rodilla en el suelo de mármol; aquella postura casi aplastaba a Shen Zhuo contra el rincón del baño. Su voz era grave, peligrosa.
—Nadie ha descubierto que murió por la reacción adversa del fármaco evolutivo HRG. Igual que nadie sabe que el topo que filtró el avance del proyecto HRG hace tres años no fue Su Jijiao ni Fu Chen…
—…fuiste tú.
En el espacio estrecho y opresivo, Shen Zhuo quedó inmóvil. El último rastro de color se borró de su rostro.
El vapor tibio parecía haberse congelado sobre su piel en una capa frágil y transparente. No se sabía cuánto tiempo pasó hasta que, entre el estruendo del agua, se oyó por fin su voz ronca:
—… ¿Cómo lo adivinaste?
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