Las campanas de la iglesia repicaron, y un reluciente Mercedes-Benz S negro, de carrocería alargada, se detuvo al borde de la calle.
Los peatones cruzaban la plaza con prisa; nadie notó cómo una sombra oscura se condensaba lentamente en el aire, hilando sus trazos hasta formar una silueta humanoide, suspendida en silencio sobre el techo del coche.
Un instante después, la sombra se inclinó y se deslizó al interior del vehículo, fusionándose con el cuerpo inmóvil del “recipiente” que yacía en el asiento trasero, los ojos cerrados.
Rong Qi se movió levemente, abrió los ojos y exhaló un suspiro suave.
—¡Señor Rong! —exclamaron al unísono Noda Yoko y varios subordinados dentro del coche, incapaces de ocultar su sorpresa y alivio.
Meses atrás, en Basilea, Suiza, Rong Qi se había enfrentado directamente a Bai Sheng. Aquel valioso cuerpo-contenedor había sido borrado por la ley de la causalidad hasta quedar reducido a una sola mano. Más tarde, el miembro amputado fue sumergido en una solución de meteorito y, tras un largo proceso de regeneración, había conseguido reconstruirse por completo hacía apenas unos días, lo suficiente para permitir que la entidad mental volviera a poseerlo.
Rong Qi bajó la mirada hacia sus manos. Los largos dedos se cerraron con fuerza… y luego se aflojaron lentamente.
A simple vista parecía totalmente recuperado, pero él sabía que la resurrección total tenía un precio: su poder se había visto inevitablemente debilitado.
Si volvía a encontrarse con la ley de causalidad, las consecuencias serían impensables.
Ya no es el recipiente más fuerte de la Tierra, pensó Rong Qi, observando sus propias manos con frialdad.
Necesitaba aquel nuevo cuerpo con genes de tipo devorador.
—Señor Rong —dijo Noda Yoko, mirando la hora—, ¿cómo va la situación en Birmania? ¿El tal Su habrá terminado la misión y traído al inspector Shen de vuelta a la base? ¿Quiere que llame para hacer algunos preparativos…?
—No hace falta —respondió Rong Qi con calma.
Bajo las miradas desconcertadas de sus subordinados, solo negó levemente con la cabeza.
—Su Jiqiao no traerá de vuelta a Shen Zhuo. Ya ha fracasado.
—¿Q-qué? —Noda Yoko se quedó atónita.
¿Acaso el Fatal Strike de Su Jiqiao no se había activado con éxito? ¿O Shen Zhuo había vuelto a escapar?
En un instante, varias conjeturas cruzaron las mentes de todos, pero Rong Qi no ofreció más explicaciones. La luz del día se filtraba por la ventanilla, iluminándole el rostro. En el fondo de sus ojos brillaba una chispa de significado indescifrable. Tras un momento de silencio, habló con ligereza, como si cambiara de tema.
—Dime, ¿qué clase de persona crees que es Su Jiqiao?
—Pues… —Noda Yoko vaciló un instante antes de responder con cautela—, me resulta desagradable. Siempre lleva esa sonrisa falsa, disfruta molestando a los demás con malicia… da la sensación de ser una serpiente venenosa, hipócrita y de sangre fría.
—Es un loco —dijo Rong Qi con serenidad. —Desde el punto de vista de la psicología humana, es un narcisista patológico de nacimiento. Si no hubiera conocido a Shen Zhuo, quizá habría sido un maestro en el arte de manipular la mente. Una lástima.
No se sabía qué recordó en ese momento, pero su mirada cambió apenas perceptiblemente. Luego murmuró, con voz baja y distante:
—La luna inalcanzable solo conduce a los locos que la persiguen hacia el infierno.
—Gracias por su colaboración, director Fu.
Cinco años atrás, a la salida del laboratorio del instituto, el joven Shen Zhuo tenía una mano metida en el bolsillo de la bata blanca mientras estrechaba la de Fu Chen con la otra. Su tono era educado, distante.
—Si no surge nada más, no será necesario que venga al laboratorio estos días. Si lo necesitamos, nos pondremos en contacto con usted.
Soltó la mano y estaba a punto de marcharse cuando Fu Chen habló con suavidad:
—¡Director Shen!
Shen Zhuo solo giró ligeramente la cabeza.
—Mañana por la noche la Oficina Central de Supervisión saldrá a cenar. ¿Nos haría el honor de acompañarnos?
El único clase S de toda Asia, una figura de alto rango y enorme prestigio, hacía aquella invitación con una cortesía casi humilde. Sus ojos negros y apuestos miraban a Shen Zhuo con una sinceridad ferviente.
—… —La mirada de Shen Zhuo descendió hasta su brazo izquierdo, aún al descubierto. Acababan de extraerle 800 cc de sangre y alrededor del punto de punción la piel estaba amoratada.
Alzó la vista y lo miró sin disimular su frialdad utilitaria.
—Este tipo de cosas conviene decirlas antes de sacar la sangre. Así las probabilidades aumentan.
La puerta metálica se cerró a su espalda, dejando tras de sí una rendija de luz blanca y glacial.
Aunque todos sabían desde hacía tiempo lo despiadado que podía ser Shen Zhuo al usar a los demás, seguía siendo capaz de rebajar el listón una y otra vez. No dejaba de resultar desalentador.
Fu Chen permaneció quieto unos instantes. Recordó al pequeño que, en su memoria, se encogía sollozando en una esquina del nivel de seguridad, y no pudo evitar sacudir la cabeza con una sonrisa baja.
—…¿Cómo has acabado convirtiéndote en esto?
A lo lejos, el cielo azul se abría inmenso y el bullicio del campus universitario llegaba llevado por el viento.
Fu Chen se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras. Al pasar por el rellano, una cristalera de suelo a techo llamó su atención. No sabía por qué, pero se detuvo y observó el reflejo de “Fu Chen” en el vidrio, pensativo.
Los seres humanos parecían juzgar sus simpatías y rechazos basándose, ante todo, en la apariencia. Esa era una de las conclusiones a las que había llegado la entidad mental extraterrestre número 001 tras años de observación en la Tierra.
Meses atrás, había descendido al planeta junto al meteorito y, en la premura, eligió poseer a ese S de nombre Fu Chen porque no tenía otra opción. Apoderarse a la fuerza del cuerpo de un clase S era extremadamente arriesgado: un pequeño error bastaba para que la entidad mental quedara gravemente dañada. En aquel momento, en Asia solo existían dos S: además de Fu Chen, estaba Bai Sheng, pero era demasiado joven; necesitaba aún varios años para alcanzar su pico de poder y no mostraba ningún Fatal Strike de valor. En comparación, la cruz directa e inversa de Fu Chen era muchísimo más poderosa. Y, para colmo, durante su evolución había sufrido una fiebre alta que le nubló la mente, lo que le ofreció la oportunidad perfecta.
Por eso, la entidad mental extraterrestre número 001 nunca había llegado a plantearse una cuestión.
Tal vez a Shen Zhuo no le gustaba ese cuerpo que había robado.
El ser humano era una forma de inteligencia inferior incapaz de existir sin un soporte material, y por eso la apariencia externa tenía un peso enorme en términos sociales. Quizá ni siquiera Shen Zhuo estaba libre de ese instinto.
—…
La entidad 001 contempló largo rato el rostro reflejado en el cristal. De pronto se separó del cuerpo y quedó suspendida en el aire, examinando con una mirada crítica y escrutadora aquella carcasa llamada Fu Chen.
Apuesto, afable, joven; cejas y rasgos limpios, piel clara; transmitía cercanía, pero ninguna agresividad.
—No hay motivo —meditó la entidad 001—. No hay motivo para que esta apariencia provoque rechazo en Shen Zhuo.
Unos pasos resonaron en el pasillo. Alguien se acercaba.
A ojos de cualquier observador, la escena debía de parecer extraña: el director Fu plantado frente al cristal, inmóvil, absorto en sus pensamientos. La entidad 001 estaba a punto de regresar al cuerpo cuando la figura que llegaba apareció ya en el recodo del pasillo y, al levantar la vista, se quedó petrificada.
—…¿Qué demonios es eso? —murmuró, incrédulo, clavando los ojos en la sombra.
La entidad 001 también se sobresaltó. No esperaba que alguien pudiera verla directamente y, en seguida, reconoció quién era.
El joven prodigio que se había incorporado hacía poco a la Oficina Central de Supervisión: Su Jiqiao.
Un evolucionado mental de clase A. Con razón.
La sombra se precipitó de nuevo dentro del cuerpo. “Fu Chen” volvió a la vida, se giró desde la cristalera y miró a Su Jiqiao desde lo alto, como si todo lo ocurrido no hubiera sido más que una ilusión del otro. Su tono era impecablemente cortés, sin rastro alguno de intención homicida.
—¿Se le ofrece algo?
—… —Su Jiqiao negó despacio con la cabeza y retrocedió medio paso. En apenas unos segundos, como si de pronto hubiera recibido una revelación fulminante, lo comprendió todo.
—Usted no es el director Fu… —su voz temblaba por la conmoción—. ¿Qué demonios es usted, en realidad?
Fue la primera vez que Su Jiqiao vio a la entidad mental número 001, el que más tarde sería conocido como Rong Qi.
El destino cerraba sus anillos uno tras otro; las semillas habían sido sembradas desde el principio.
Los investigadores del HRG que habían sido aniquilados dieciocho años atrás no murieron realmente. Dejaron tras de sí fragmentos crípticos de palabras y material genético que, tras innumerables rodeos, volvieron a reunirse. Con la segunda generación del HRG como eje, el ciclo regresó de nuevo a su punto de partida.
—…La relación entre el hermano Fu y el senior Shen es realmente buena, da mucha envidia.
—¿El senior Shen ha venido a la Oficina de Supervisión a esperar al hermano Fu? Qué íntimos están, jajaja… Hasta me dan un poco de celos.
—La última vez que salimos a cenar, ¿por qué no vino, senior? El hermano Fu es muy popular, ¿sabe? Si no le resulta conveniente salir, puedo ir a recogerlo yo mismo…
—No sé por qué el senior Shen parece no simpatizar conmigo. ¿Será que hay algo que no esté haciendo bien?
Al principio, aquellas aproximaciones aún conservaban un aire de tanteo calculado; pero con el tiempo empezaron a mostrar signos cada vez más claros de no detenerse ante nada. Entre el ir y venir de la gente, con corrientes subterráneas agitándose en silencio, innumerables enfrentamientos directos terminaban siempre igual: con Shen Zhuo marchándose con un gesto de desprecio, dejando atrás a un Su Jiqiao aparentemente frágil, clavado en el sitio, con palabras a medio decir. Nadie lograba entender por qué aquel director Shen, famoso por su carácter implacable, parecía tenerle tanta aversión a Su Jiqiao.
Solo Fu Chen conocía la verdad.
Cada vez que Shen Zhuo se daba la vuelta sin pronunciar una sola palabra, en el instante mismo de su partida, la frustración, la ansiedad y el deseo que anidaban en lo más hondo de la mirada de Su Jiqiao se intensificaban un poco más, como una chispa destinada a convertirse, tarde o temprano, en un incendio voraz.
Desear sin obtener, hasta caer en la locura.
Quien pretende poseer la luna en exclusiva solo puede acabar completamente enloquecido.
Hasta la víspera de la misión a Qinghai, tres años atrás.
—…Mira, Shen Zhuo, hace ya tanto tiempo que nos conocemos… y tú sabes bien cuál es la intención de arriba. El mes que viene, cuando regresemos de la base de Qinghai, ¿crees que podría… que podría pedirte…?
Aquella noche, bajo las farolas, el director Fu, de aspecto amable y apuesto, intentó insinuarse con extremo cuidado. No llegó a terminar la frase: el sonido abrupto de una bocina irrumpió a su espalda.
¡Bip, bip!
—¡Son las diez! —asomó la cabeza Su Jiqiao por la ventanilla, mirando a ambos con naturalidad—. ¿El instituto aún no ha cerrado?
La mirada de Shen Zhuo pasó por encima del hombro de Fu Chen y se detuvo un instante en Su Jiqiao. Luego bajó los ojos y se dio la vuelta.
—Vaya, director Fu. Yo también debo regresar al laboratorio.
Fu Chen no tuvo más remedio que quedarse donde estaba, viendo cómo aquella figura esbelta y recta se perdía paso a paso en la espesura de la noche.
Aquella fue, en realidad, la ocasión en que “Fu Chen” estuvo más cerca de pedirle matrimonio a Shen Zhuo mientras aún vivía.
Y, sin embargo, por pura coincidencia, Su Jiqiao lo interrumpió en el momento justo.
De regreso, ya entrada la noche, Su Jiqiao conducía en silencio, mientras Fu Chen se reclinaba en el asiento trasero sin decir palabra. Ambos conocían perfectamente los secretos del otro, y durante todo el trayecto nadie abrió la boca. No fue hasta que el coche se detuvo lentamente frente a la Oficina Central de Supervisión cuando, en el retrovisor, aparecieron los ojos sonrientes de Su Jiqiao, como si nada hubiera ocurrido momentos antes.
—He oído que la intención de arriba es estrechar aún más la cooperación entre la Oficina de Supervisión y el instituto —comentó con una sonrisa—. ¿All regresar de Qinghai, planea pedirle matrimonio al senior Shen, hermano Fu?
Fu Chen retiró por fin la mirada y se encontró con los ojos de Su Jiqiao reflejados en el espejo.
—Así es —respondió con calma—. ¿Tienes alguna opinión al respecto?
—Ah, no, no —Su Jiqiao agitó las manos, risueño—. Solo me preguntaba si el senior Shen aceptaría.
—¿Y por qué no habría de hacerlo? —replicó Fu Chen con serenidad.
Una presión inexplicable descendió de pronto, densa y aplastante, solidificando el aire del coche centímetro a centímetro.
El canto lejano de los insectos nocturnos se volvió de pronto nítido y ensordecedor.
—…
Su Jiqiao giró finalmente la cabeza. No quedaba rastro alguno de sonrisa en su rostro. Clavó los ojos en Fu Chen, sentado en el asiento trasero.
—Hay algo que aún no te he contado. He encontrado el “contenedor” del que hablabas.
El cuerpo de Fu Chen se tensó de golpe.
—¿Te atreves a apostar, Fu Chen? —la voz de Su Jiqiao era suave, pero en el fondo de sus pupilas ardían dos fuegos espectrales: celos y resentimiento nacidos del alma—. ¿Apostamos a que Shen Zhuo aceptará tu propuesta, se enamorará profundamente de ti, se someterá por completo y te entregará con sus propias manos los resultados del HRG que tanto anhelas? ¿O a que finges tu muerte, abandonas este cuerpo llamado Fu Chen y te trasladas al contenedor que llevas años buscando y que por fin has recuperado, obteniendo así la habilidad inmortal más poderosa y un dominio absoluto sobre tu especie? Juguemos una partida —continuó—. Pero no olvides algo. La luna no ilumina a los débiles. Solo el más fuerte puede hacerla suya.
Fu Chen nunca llegó a pronunciar aquella propuesta ante Shen Zhuo.
Porque Su Jiqiao era un jugador consumido por los celos, dispuesto a perderlo todo. Frente a Shen Zhuo no tenía fichas, y ni siquiera se atrevía a mirar sus propias cartas. Por eso volcó la mesa antes de tiempo y dejó que aquella peligrosa fuente de evolución estallara en plena noche, poniendo fin a todo lo que había sido “Fu Chen”.
—Al final conseguiste evolucionar por segunda vez hasta clase S… pero aun así, nunca lograste entrar en su mirada.
En el amplio asiento trasero, Rong Qi cerró suavemente los ojos, ocultando la lástima y el desprecio que se agitaban en el fondo de su mirada.
—Y hasta el día de hoy, incluso al borde de la muerte, jamás te concederá una sola mirada.
A lo lejos, las campanas de la iglesia volvieron a resonar.
—Señor Rong —le recordó en voz baja Yoko Noda.
Rong Qi abrió los ojos. Su expresión era serena, imperturbable. Se limitó a asentir levemente.
Uno de los subordinados abrió la puerta del coche. Rong Qi, acompañado por varios hombres, cruzó la plaza y avanzó hacia la iglesia bajo la luz aún incierta del amanecer.
Las pesadas puertas se abrieron de golpe. Tras atravesar filas y filas de bancos vacíos, al fondo, bajo una enorme cruz, la inmaculada imagen de la Virgen se alzaba en lo alto, contemplando el mundo desde las alturas. Una docena larga de telépatas aguardaba ya, de pie, con las manos recogidas y expresión solemne.
—Señor Rong.
—¡Señor Rong!
…
En el centro del espacio abierto, un hombre de mediana edad, pelirrojo y de nariz aguileña, yacía desplomado en el suelo. Cualquiera que siguiera mínimamente las noticias internacionales lo reconocería al instante: era el todopoderoso presidente del Consejo del EHPBC de las Naciones Unidas. Sin embargo, aquel rostro habitual de portadas y titulares ya no conservaba ni rastro de dignidad; el terror lo hacía temblar sin control.
—¿Tú… tú por qué… por qué me has secuestrado…?
—No lo he secuestrado, señor presidente.
Rong Qi se agachó frente a él. La camisa y los pantalones negros, de corte impecable, delineaban una figura alta y esbelta; incluso aquel gesto tenía algo de elegante.
—Lamento este encuentro tan abrupto. Solo deseo conversar con usted tranquilamente.
—¿Con… conversar?! —el presidente pareció ver al mismísimo demonio; apoyándose en manos y pies, retrocedió como pudo—. ¿Tú… tú qué quieres hablar?!
Rong Qi alzó una mano, indicándole que no se alarmara, y fijó la mirada en aquel alto cargo de la ONU reducido a la humillación más absoluta.
—Quiero proponerle un trato muy justo. Si hoy desea salir de aquí con vida, creo que no tiene ningún motivo para rechazarlo.
Las montañas interminables se deslizaban a toda velocidad a ambos lados de las ventanillas del todoterreno.
Gracias a la habilidad de velocidad, el vehículo avanzaba como una flecha rompiendo el mar, silbando sobre barrancos y desfiladeros a tal rapidez que el ojo humano apenas podía seguirlo.
En el asiento trasero, Shen Zhuo se balanceaba ligeramente con los vaivenes. Su conciencia estaba embotada; las densas pestañas proyectaban una sombra sobre su rostro pálido y demacrado.
A su lado, Su Jiqiao lo observaba fijamente. Aquella mirada era tan intensa que resultaba inquietante, como la de un coleccionista que por fin había obtenido un tesoro único en el mundo; en el fondo de sus ojos brillaba una luz cortante, casi febril.
Su comportamiento, claramente anómalo, puso nerviosos a los demás telépatas del coche. Se intercambiaron miradas en silencio; a todos les recorría un escalofrío.
—¿Cuánto falta? —preguntó en voz baja uno de los hombres del asiento del copiloto.
El conductor también estaba tenso.
—Poco. Vamos por una ruta clandestina que nos facilitó un contrabandista local. A esta velocidad, en menos de media hora cruzaremos la frontera.
El copiloto asintió. No pudo evitar echar otro vistazo hacia atrás y justo alcanzó a ver cómo Su Jiqiao levantaba la mano para apartar con infinita ternura un mechón de cabello de la sien de Shen Zhuo. Se le erizó la piel.
…Este S tiene algo mal en la cabeza, ¿no? Y pensándolo bien, el inspector Shen también es digno de lástima. Cualquier persona normal tendría el cerebro destrozado tras recibir dos ataques mentales de clase S. Pero, claro, ¿quién le mandó negarse a someterse voluntariamente al señor Rong?
Bah, cuando regresemos, el señor Rong sabrá cómo ponerle freno a ese Su…
Mientras divagaba, el copiloto miró la hora y, poco a poco, empezó a tranquilizarse.
En ese mismo instante…
¡BANG!
Un golpe brutal cayó sobre el techo del coche.
El conductor se sobresaltó; el vehículo estuvo a punto de derrapar y salirse del camino de montaña. Todos palidecieron al mirar hacia arriba.
—¿Qué fue eso?
—¿Qué está pasando?
Un presentimiento funesto les subió de golpe a la cabeza. El conductor, con la voz temblorosa, balbuceó:
—¿No será… no será que…?
Su Jiqiao alzó la cabeza de repente. Sus pupilas se dilataron violentamente.
Sobre el techo azotado por el viento, Bai Sheng se incorporó con calma y chasqueó los dedos con una mano.
¡Chas!
Un solo sonido seco.
El todoterreno, que avanzaba a cuatrocientos kilómetros por hora, se detuvo en seco bajo una fuerza invisible. No hubo transición alguna entre el vértigo y la quietud absoluta. La inercia terrorífica arrancó gritos a todos los ocupantes.
—Devuélvanme a mi persona…
Desde lo alto, como un tirano descendido al mundo, aquella voz firme resonó helada en los oídos de todos:
—La recompensa es que hoy cada uno de ustedes podrá conservar el cuerpo entero.
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