—¿Un nivel S? Imposible. Todos los S que existen están registrados, y ninguno ha sido absorbido por la Mesa Redonda —frunció el ceño Amatullah, desconcertada—. ¿Percibiste algo?
[…]
Frente al ascensor, Bai Sheng recorrió lentamente con la mirada el vacío del búnker subterráneo. Sus ojos, ligeramente almendrados, tenían un aire encantador, pero la línea afilada de las cejas —altas, dominantes— le confería una expresión peligrosa. En cuanto dejaba de sonreír, aquella violencia innata, ese peso invisible que oprimía el aire, se desplegaba sin esfuerzo. Sus pupilas se deslizaron centímetro a centímetro sobre las grietas de los muros y las sombras del túnel.
Sí, había algo.
Un rastro mínimo, fugaz, casi imperceptible… como un hilo de telaraña suspendido en la oscuridad.
Pero el poder de un nivel S no podía ocultarse tan bien. Era como un elefante intentando esconderse en la penumbra: imposible no notarlo.
¿Sería solo una ilusión?
—Acabo de pedir al cuartel que escanee el área —volvió a decir Amatullah a través del comunicador—. Los sensores no detectaron ninguna fluctuación S en el búnker. ¿Quieres que Antonio y yo bajemos a apoyarte?
—…No. No hace falta—. Ante la mirada nerviosa del presidente, Bai Sheng habló al fin, con voz grave—. Voy a enviar al rehén arriba. Cuando llegue a la superficie, activa la Rueda del Altísimo sobre todo el búnker.
—¿Ahora mismo? —Amatullah dudó—. Si la activo, no distingue entre amigo o enemigo. Te alcanzará también a ti. ¿Estás seguro?
El ascensor tenía las puertas destrozadas, pero los cables aún resistían. Bai Sheng sostuvo con firmeza al presidente, que temblaba sin poder sostenerse, le dio unas palmaditas en el hombro para tranquilizarlo y presionó el botón de subida. El estruendo del mecanismo retumbó en el aire mientras la plataforma ascendía lentamente hacia la superficie.
—Estoy seguro —dijo él, dándole la espalda al vacío del búnker—. Empieza ahora.
Arriba, Antonio ayudó al presidente tambaleante a salir del ascensor. Le lanzó a Amatullah una mirada de confirmación y ambos se alejaron rápidamente hacia la zona segura, a cientos de metros de distancia.
—De acuerdo… —susurró Amatulla.
Retrocedió un paso, juntó las palmas y murmuró un conjuro áspero, casi una plegaria dirigida a un dios desconocido. Las corrientes de aire en lo alto comenzaron a estremecerse; incluso la tierra bajo los pies tembló. Entonces, una rueda gigantesca, resplandeciente como el oro fundido, descendió desde el cielo. Su luz cegadora eclipsó al propio sol, bañando el desierto con un fulgor sobrenatural.
La rueda giró con violencia, expandiéndose hasta cubrir por completo el búnker subterráneo.
Era la Rueda del Altísimo —un poder nivel S: juicio colectivo. Bajo su halo, todo ser viviente era sometido a un veredicto final. El asesino era ejecutado de inmediato, sin importar motivos; los demás culpables eran juzgados uno por uno, su condena reducida a la pérdida de años de vida. Todos los hombres nacen con pecado. Por eso, una vez activado, el poder no distingue bandos. Su período de enfriamiento: treinta días.
Dentro del búnker, más de ochenta invasores permanecían atados en el suelo. De pronto, una luz dorada se encendió ante cada uno; líneas de símbolos desconocidos —ninguna lengua humana— comenzaron a girar con velocidad vertiginosa, sumando y restando signos, evaluando con precisión su culpa.
—¿Qué… qué es esto?!
—¡Suéltenme! ¡Déjenme salir!
Sus gritos se perdieron en el estruendo.
El juicio terminó en segundos: una tras otra, jaulas de oro descendieron desde el vacío, golpeando el suelo con estrépito, encerrando a cada invasor.
—¡Aaaah! —gritaron, cuando las llamas divinas brotaron desde las rejas.
Quienes habían matado fueron reducidos a cenizas; los demás envejecieron en cuestión de segundos, viendo horrorizados cómo su piel se arrugaba y su cuerpo se encorvaba, transformándose en ancianos temblorosos.
—¿Bai Sheng? —preguntó Amatullah, con la mano en el suelo tembloroso y el comunicador pegado al oído. —¿Estás bien, Bai Sheng?
En las profundidades, ante sus ojos, líneas de caracteres dorados se desplegaban a una velocidad imposible.
Si la bruja Italdo hubiera estado allí, habría reconocido que todos esos signos repetían una sola palabra:
Matar.
Matar, matar, matar… La sentencia era clara: culpa inconmensurable, ejecución inmediata.
Pilares de luz se formaron a su alrededor, cerrándose en torno a él como barrotes dorados. La figura de Bai Sheng, inmóvil, tenía los ojos oscuros y tranquilos como un abismo.
Y justo en el instante en que la prisión divina estaba por cerrarse del todo, levantó la mano derecha y cortó en diagonal.
Un huracán estalló desde sus pies: pura energía meteórica, feroz, desgarrando el vacío con miles de filos invisibles.
En un parpadeo, el resplandeciente encierro quedó hecho añicos.
El suelo retumbó, las ondas de choque estremecieron el aire, y poco a poco todo volvió al silencio.
En medio del juicio celestial, solo el tirano permanecía ileso: el único terreno que el Altísimo había perdonado.
Un chisporroteo de estática marcó el regreso de la señal.
—¿Estás bien? —preguntó Amatullah.
—Estoy bien —respondió él, apartando con un gesto la humareda—. ¿La Rueda detectó algún nivel S?
El juicio divino no dejaba escapar a nadie: todo ser vivo dentro del radio era examinado.
Ni el mejor hechizo de invisibilidad podría pasar inadvertido ante semejante poder.
—No, todos los invasores fueron sentenciados… excepto tú, claro —dijo Amatullah, y tras una pausa añadió con duda—: ¿No será que sentiste residuos de energía mía, de la vez que bajé al búnker?
[…]
Bai Sheng no respondió. En la oscuridad, entre los gemidos de los condenados, reinaba un silencio profundo.
¿De verdad había sido solo un eco residual?
—El cuartel informa que habrá una rueda de prensa global. Los de la EHPBC se llevaron al inspector Shen al evento y preguntan si quieres unirte en helicóptero —anunció Amatullah.
La ceja de Bai Sheng se alzó de golpe.
—¿Rueda de prensa?
—Ajá. Una decisión de última hora. Cuestiones de burocracia, supongo.
Tenía sentido anunciar al mundo el fin de una crisis internacional, pero nadie lo había notificado con antelación. Bai Sheng giró sobre sus talones, encaminándose al ascensor, mientras sus preguntas se encadenaban una tras otra:
—¿Cuándo? ¿Shen Zhuo está con la EHPBC? ¿Dónde es la conferencia?
El ascensor rugió y comenzó a subir.
Nadie vio que, tras su partida, algo en el extremo más profundo del túnel —en esa oscuridad inmóvil— tembló apenas.
Una vibración diminuta, como una onda que se propaga en el fondo del mar.
Era un espacio plegado.
Se deslizó rápidamente hacia adelante… y desapareció sin dejar rastro.
Dos segundos después, se llevó una mano a la nuca y, rechinando los dientes, se incorporó del suelo.
La grieta que se había abierto al caer ya se había cerrado; a su alrededor solo quedaba una oscuridad densa, el polvo de los años sin aire ni movimiento. El golpe en la cabeza le hacía zumbar los oídos. Estaba a punto de encender una chispa para iluminar el lugar cuando, de pronto, el aire a su costado se agitó.
Era un movimiento casi imperceptible, más leve que el roce de una telaraña.
¡Había alguien allí!
Bai Sheng giró el cuerpo en el acto, esquivando por instinto todos los puntos vitales, y estaba a punto de contraatacar —una embestida directa al corazón del intruso— cuando un dolor punzante le atravesó el brazo.
No era el dolor de una puñalada, ni de un hueso roto, ni de una descarga eléctrica. Durante varios segundos se quedó pasmado, y entonces, con incredulidad creciente, comprendió algo absurdo:
La persona oculta en la oscuridad no lo había atacado… lo estaba mordiendo. Con los dientes.
«¡¿?!»
Su primera reacción fue: ¿acabo de toparme con un zombi? Instintivamente dio un violento manotazo y lanzó al atacante por los aires; el cuerpo chocó con estrépito contra la pared.
Enseguida, una llamarada rugió en su palma, iluminando el entorno con un resplandor abrasador. Vio que se hallaba en una habitación de ladrillo, cerrada por los cuatro lados, sin puertas ni ventanas. En un instante comprendió qué clase de lugar era aquel.
Un espacio plegado.
Un tipo de habilidad espacial muy particular, capaz de existir de forma independiente del usuario. Su estructura era tan compleja que no servía en combate; su única utilidad práctica era una: una prisión.
—Ja… ja, ja ja ja… ja ja ja…
En un rincón de la pared, un anciano enjuto y encorvado se incorporó lentamente del suelo. Sonreía, dejando ver una hilera de dientes afilados y deformes, de los que aún goteaba sangre.
—Tan dulce… tan dulce… —murmuró en inglés con fuerte acento—. El sabor de la carne humana… tan dulce…
Bai Sheng bajó la mirada.
En la parte exterior de su antebrazo la sangre le corría a borbotones; un profundo círculo de marcas de dientes se hundía en su carne.
—Déjame… déjame probar un poco más… —balbuceó el anciano, avanzando tambaleante. En sus ojos turbios brillaba una avidez enfermiza, y lo miraba con un hambre que rozaba la locura—. Solo un bocado más… un bocado…
Bai Sheng lo tomó del cuello y lo estrelló contra la pared con un golpe seco.
—¿Quién te envió? —preguntó con voz grave—. ¿Quién estaba emboscando fuera? ¿Dónde está Shen Zhuo?
Del interior de la garganta del viejo brotaron unos sonidos viscosos, como de algo reptando. Tragaba saliva una y otra vez; su rostro arrugado y distorsionado había perdido toda razón, reducido a un único deseo: devorar.
—Carne… carne… carne humana… —repetía sin cesar.
Agitó las manos en el aire, y Bai Sheng alcanzó a distinguir algo. Frunció el entrecejo.
A la luz temblorosa del fuego, en el dorso de aquella mano se veía una letra roja: S.
¡Era el caníbal mexicano de clase S, aquel que la Inspección Internacional había encarcelado hacía tiempo!
La conferencia de prensa improvisada, la emboscada al convoy blindado, el prisionero que debía seguir recluido en la prisión internacional de Heisenberg y que ahora aparecía allí para atacarlo… Todo encajaba, pieza por pieza, hasta revelar una verdad inimaginable.
—…El traidor es el presidente del Consejo —murmuró Bai Sheng, ronco.
La prisión de Heisenberg: ni siquiera Rong Qi habría podido infiltrarse en esa fortaleza. Solo el presidente de la EHPBC tenía el poder de sacar un recluso de allí sin dejar rastro, y solo él podía filtrar su ubicación a los emboscadores. ¿Quién habría pensado que aquel con la autoridad suprema sería quien traicionara a todos?
Rong Qi, la Mesa Redonda, el presidente de la EHPBC… los tres habían unido fuerzas. Todo el ataque al supuesto meteorito en el norte de África no había tenido otro propósito que separar a Shen Zhuo de su lado.
Sintió algo húmedo en la mano: la saliva del caníbal, que le goteaba sobre la piel. La carne, tan cercana, había terminado de enloquecerlo.
—Dámela… dámela… —gruñía el viejo.
¡Bang!
Bai Sheng, furioso, lo lanzó de nuevo contra la pared. El estruendo sacudió toda la celda; el cuerpo del caníbal cayó hecho trizas en un rincón, con huesos rotos y miembros inútiles.
Si su deducción era correcta, el presidente del Consejo seguía vivo, y su siguiente objetivo sería Cameron. Lo urgente ahora era escapar de esa prisión. Sin perder más tiempo con el caníbal, Bai Sheng examinó las paredes a la luz del fuego… pero, de pronto, su mente se nubló.
El mundo giró. Se sostuvo apenas con una mano contra el muro para no caer.
¿Qué… qué estaba pasando?
Miró con atención. A la luz vacilante de las llamas, vio que la herida de su brazo no solo no cicatrizaba, sino que se había ennegrecido. Un olor a óxido y sangre corrompida empezaba a impregnarse en el aire.
Hilos de un tono negro violáceo se extendían desde la herida hacia arriba, reptando por sus venas como veneno líquido.
Sus pupilas se contrajeron. En un destello de lucidez comprendió la verdad.
El caníbal no lo había mordido solo por hambre.
Le había infectado con una habilidad de nivel S.
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