—¡Alteza!
Apenas el príncipe dio dos pasos, Qi Yu quiso bajarse enseguida. No había reaccionado a tiempo; ¿cómo podía permitir que el príncipe lo llevara a cuestas? ¡Eso no era apropiado!
El príncipe dijo:
—No te muevas, estás herido.
Qi Yu se quedó sin palabras.
Solo se había desgastado los zapatos corriendo y se había rozado los dedos de los pies. Los zapatos de las concubinas eran bonitos pero no servían para correr, y como su piel era fina, los dedos blancos tenían una rozadura que parecía grave. Pero en realidad no era nada; además, en la carrera, Qi Yu ni siquiera había notado el dolor.
Sin embargo, por una herida tan pequeña, el príncipe se había tomado la molestia de vendársela con esmero y cargarlo a la espalda. Con tantos cuidados, Qi Yu se sintió un poco avergonzado.
—No haga eso, se va a cansar. Mejor déjeme bajar, puedo caminar solo.
Con prisas, buscó una excusa que no era tal, y al estar sobre la espalda del príncipe, sintió las miradas brillantes de todos los que estaban abajo. Su hermano lo miraba con cara de incredulidad; Qi Yu, acalorado, deseó que la tierra se lo tragara.
El príncipe solo dijo «no me canso» y lo dejó sin argumentos.
El Palacio Yuxiu se había incendiado, así que no podían volver allí. El príncipe no pensaba devolver a Qi Yu a ese lugar; aún no habían preparado un nuevo palacio y buscar cualquier sitio a la ligera podría resultar inapropiado.
Solo había un lugar adecuado.
El príncipe giró y llevó a Qi Yu hasta el Palacio de la Brisa Clara. Una vez allí, mandó sacar una silla y lo dejó en ella.
El médico Duan, que ya había recibido aviso, salió a recibirlos.
El pie de Qi Yu no tenía importancia, pero insistió en que el médico Duan examinara primero al príncipe, pues nadie, salvo el príncipe, sabía lo que había ocurrido en el Palacio de la Pureza Celestial, si había sufrido alguna herida oculta. La salud del futuro soberano era mucho más importante que la suya.
Afortunadamente, el médico Duan dictaminó que el príncipe solo estaba agotado y necesitaba descansar.
Luego, el médico Duan revisó la herida de Qi Yu. Al ver que tenía el pie vendado, el médico dudó un momento, pero ante las repetidas insinuaciones de Jiang He, dijo con gran falta de sinceridad que el vendaje había sido oportuno, que había que limpiarlo y ponerle ungüento, y también le recomendó a Qi Yu que descansara bien.
Jiang He preparó rápidamente una habitación para dormir, la misma en la que Qi Yu se había recuperado antes.
El príncipe, evidentemente, necesitaba descansar. Qi Yu quiso retirarse, pero el príncipe lo detuvo:
—Quédate aquí, no te vayas.
Como si temiera que se fuera, el príncipe le sujetó una manga, con la actitud de que, si se iba, él no descansaría. Qi Yu, entre risas y lágrimas, pensó que, después de derrotar al emperador, el príncipe se había vuelto más infantil.
Primero quería cargarlo, luego no lo dejaba marchar.
No entendía por qué el príncipe insistía en tenerlo en esa habitación.
Jiang He le dijo en voz baja que no era más que un pequeño detalle, que obedeciera al príncipe.
Qi Yu estuvo de acuerdo; el príncipe estaba tan cansado que con cerrar los ojos se quedaba dormido, y no convenía hacerlo preocupar.
Cuando el príncipe vio que por fin se quedaba, se recostó tranquilo y casi al instante se durmió.
¿Cuánto cansancio acumularía esta persona?
Qi Yu lo miró fijamente. Con la ayuda de su hermano, Jiang He y otros, él ya se sentía agotado; cuanto más el príncipe, que había tramado todo esto y se había enfrentado en soledad al emperador.
Aunque Qi Yu tuviera su “ventaja argumental”, en realidad no había podido ayudar demasiado.
Bueno, tampoco es que no hubiera sido útil.
Con esmero, Qi Yu arregló las sábanas para el príncipe y le masajeó suavemente las sienes.
A veces, cuando él se cansaba mucho y se despertaba, le dolía la cabeza; era un pequeño gesto que el príncipe ni siquiera notaría.
Qi Yu también estaba agotado de tanto ir de un lado a otro; tras un rato de masaje, empezó a bostezar. Pero solo había una cama y no podía acostarse junto al príncipe.
Pensó en buscar una silla para recostarse; pero Jiang He, más previsor, le llevó una camilla blanda para que no durmiera incómodo, y la puso junto a la cama del príncipe. Qi Yu se tumbó allí y se durmió.
Durmió profundamente, y entre sueños oía voces y alboroto a lo lejos.
Soñó que corría una y otra vez entre los palacios, con mucha gente persiguiéndolo; la institutriz Zhang y su hermano habían desaparecido.
Pensó que, aun así, debía ir a buscar al príncipe, pero nunca lograba llegar al Palacio de la Pureza Celestial. Sudoroso y angustiado, se despertó y descubrió que alguien le había cubierto con una colcha de brocado. El príncipe tenía los ojos abiertos, sus negras pupilas lo miraban fijamente; al verlo despierto, se sonrieron el uno al otro. En ambos brotó una alegría de haber sobrevivido a un peligro, pero no sabían cómo expresarla.
Sea como sea, lo importante era que estaban a salvo.
Qi Yu pensó que el príncipe parecía diferente.
Antes era un volcán contenido bajo el hielo; ahora, con su venganza cumplida, parecía más sereno.
No se había convertido en un tirano, y Qi Yu se sintió satisfecho.
—Alteza…
Qi Yu fue el primero en hablar, quiso preguntar qué había sido del emperador, pero su estómago, traicionero, soltó un sonoro gruñido.
Qi Yu sintió que le ardía la cara. ¿Por qué siempre hacía el ridículo delante del príncipe?
Sin embargo, el príncipe no se rió de él; llamó a Jiang He, quien entró con dos eunucos cargando una pequeña mesa de kang (*) que colocaron sobre la camilla de Qi Yu. Sobre la mesa había varios platos de entrantes ligeros para abrir el apetito, dos tazones de gachas de arroz verde, un gran cuenco de caldo de pollo y un plato de bollitos de piel de tofu rellenos. Casualidad que eran todos sus favoritos.
(*)Kang: es una cama-plataforma tradicional china hecha de ladrillo o adobe, calentada por debajo con un sistema de conductos por donde circula el calor del fuego. Es típica del norte de China.
Qi Yu sonrió e hizo una reverencia al príncipe. Como tenía mucha hambre, tomó los palillos de plata con el grabado de carpas jugueteando y se puso a comer con voracidad.
Los platos y las gachas estaban calientes en el fogón; el caldo de pollo, después de hervir mucho tiempo y haberle quitado la grasa, no era nada pesado. Todo esperaba a que él despertara para servirle, a la temperatura justa. Qi Yu se tomó un tazón de gachas, mordisqueó unos bollitos deliciosos y alzó el segundo tazón.
Jiang He, que hacía todo lo posible por pasar desapercibido, se quedó sin palabras.
Angustiado, le hizo varias señas a Qi Yu, pero este no entendió y pensó que al eunuco Jiang se le había contraído un ojo. Cuando Qi Yu vio que en la bandeja había otros palillos de plata, ya casi se había terminado el segundo tazón.
Qi Yu se quedó helado.
Ese otro tazón… ¿era para el príncipe?
Cuando cayó en la cuenta, ya era tarde. Iba a disculparse, pero el príncipe, con una dulzura inusitada, dijo:
—Que comas más está bien. ¿Quieres más?
Qi Yu se tocó la barriga ligeramente hinchada y negó con la cabeza, avergonzado.
Después de comer, Jiang He retiró la mesa. Qi Yu aprovechó para preguntar por el emperador.
En las novelas de corte de la época, matar al padre era algo común; Qi Yu ya se había inclinado a pensar que el príncipe lo había hecho, sobre todo porque todas las pruebas indicaban que el emperador era el responsable de la muerte de la emperatriz Xiaoren. La venganza del príncipe era comprensible.
Pero Murong Jun dijo:
—Merece morir, pero no lo he matado.
No es que al príncipe le faltara mano dura; más bien, al poner la espada en el cuello del emperador, pensó que la muerte sería un castigo demasiado ligero para él.
Haber envenenado lentamente a la emperatriz Xiaoren, haber atentado contra su vida dos veces y, desde pequeño, no sé cuántas veces más; ¿por qué habría de zanjarlo todo con una sola estocada?
Mejor dejarle vivo para que sufriera largo tiempo. Murong Jun sabía que el emperador valoraba el trono por encima de todo y temía perderlo. Quería que el emperador sintiera en carne propia el dolor de ver cómo le arrebataban el poder.
Quería que abdicara en vida y sufriera, no que muriera y acabara descansando en el templo de los antepasados, recibiendo homenajes.
Además, había muchas cosas que hacer. Si las llevaba a cabo como nuevo emperador, se encontraría con trabas; era mejor que el emperador lo hiciera por sí mismo.
Ahora, todo el Palacio de la Pureza Celestial y el resto del palacio estaban bajo el control de Murong Jun. Los encargados de vigilar al emperador eran sus hombres más leales; el príncipe no temía que el emperador pudiera causar problemas, ni siquiera podría mover un dedo.
Ya le había cortado los tendones de brazos y piernas, le había arrancado la lengua y le había dislocado la mandíbula. El emperador no era más que un inútil que babeaba.
Para el exterior, el príncipe había preparado una versión cuidadosamente elaborada.
—Anoche —dijo el príncipe con indiferencia—, unos asesinos entraron en el Palacio de la Pureza Celestial y mi padre, que ya estaba enfermo, resultó gravemente herido. Yo he capturado a los asesinos. Por desgracia, mi padre ha quedado con los tendones destrozados y, en un ataque de ira, ha sufrido un ictus y ha perdido el habla. El tribunal médico ha hecho todo lo posible, pero no ha habido mejoría. Un país no puede estar sin soberano, así que mi padre ha decidido cederme el trono. Durante estos días de grave enfermedad, también ha considerado que en todos estos años de reinado no ha logrado grandes avances militares ni políticos, que ha defraudado a los antepasados y a la emperatriz Xiaoren, y ha resuelto renunciar al título de emperador, sin recibir nunca más ningún título honorífico.
Qi Yu se quedó mudo.
Le había dado un buen susto. Qué duro era el príncipe: dejar con vida al emperador para atormentarlo de por vida, y además despojarlo del título, ¡sin siquiera nombrarlo emperador retirado!
…Qué mano tan cruel, sin duda digna del futuro tirano.
Qi Yu empezó a preocuparse de que su título de concubino también se fuera a esfumar…
Ya que el emperador había sido depuesto, los concubinos varones creados por él ya no tendrían razón de ser, ¿verdad?
Mejor que lo depusieran, así sería más fácil escapar.
En un instante, Qi Yu aceptó su propio destino y preguntó con curiosidad:
—Entonces, si no es emperador retirado, ¿cómo lo llamaremos?
—Emperador depuesto.
El príncipe pronunció las dos palabras con frialdad.
Qi Yu confiaba en los métodos del príncipe, pero le extrañaba cómo iba a conseguir que el emperador se depusiera a sí mismo. ¿No sospecharían las concubinas, la emperatriz, los príncipes y los ministros?
Quería preguntar, pero pensó que era un asunto secreto del príncipe y tal vez no convenía.
Murong Jun, al ver su cara de curiosidad y sus titubeos, lo entendió. Esbozó una sonrisa y lo llevó fuera.
El edicto ya esperaba fuera desde hacía tiempo; el príncipe había ordenado que esperaran para no molestar el descanso de Qi Yu.
El eunuco encargado de leer el edicto, sudando, había esperado un buen rato; por fin, el príncipe salía.
Era un edicto de abdicación que el emperador, con urgencia y desesperación, quería publicar de inmediato. Dado que el emperador había caído enfermo y gravemente herido, el país no podía estar sin soberano, y el príncipe heredero debía ascender al trono cuanto antes.
El edicto, por supuesto, estaba lleno de elogios hacia el príncipe. Como muestra de buena fe, el emperador había enviado el sello imperial, custodiado por dos escuadrones de guardias, y al mismo tiempo se proclamaba oficialmente la abdicación.
Qi Yu sintió aún más curiosidad. El emperador, después de la lección del príncipe, debía de haberse vuelto mucho más dócil. ¿Por qué tanta prisa por abdicar? ¿Acaso el príncipe le había dado alguna pócima?
Murong Jun le susurró unas palabras al oído.
Qi Yu abrió los ojos de par en par, y solo pudo exclamar:
—¡Oh, oh!
La estrategia del príncipe había sido administrarle al emperador el mismo veneno que había matado a la emperatriz Xiaoren, también en dosis diarias. Ordenó que, cada día, delante del emperador, echaran el veneno en un cuenco de sopa y lo obligaran a beberlo. El príncipe planeaba alimentarlo así durante un mes entero; el último día, el médico Duan le daría el antídoto, y al mes siguiente repetirían el ciclo, para que el emperador probara una y otra vez el sabor del miedo.
El emperador sopesó la importancia del trono frente a su propia vida. Después de las puñaladas que le había dado el príncipe, optó sin duda por la vida. Para salvar el pellejo, estaba dispuesto a hacer todo lo que el príncipe le pidiera sin demora; abdicar no le suponía ningún problema, y renunciar al título imperial tampoco le importaba.
Pero el edicto había llegado tarde. Ya en todas partes se sabía que el emperador había cedido el trono al príncipe heredero, y el caos se había desatado.
La emperatriz estaba completamente desconcertada. El emperador había estado enfermo solo unos días, ¿cómo era posible que hubiera resultado gravemente herido y sufriera un ictus? ¿Y que, de repente, cediera el trono, y además a un príncipe que nunca había gozado del favor imperial?
Como no tenía hijos propios, pensó que, al fin y al cabo, el príncipe heredero no era mala opción, mejor que cualquier otro príncipe con madre. La madre del heredero había muerto, así que él seguiría respetándola como la más augusta emperatriz viuda; si hubiera sido otro príncipe, ella podría verse desplazada.
Con estos pensamientos, la emperatriz solo suspiró unas cuantas veces. Como el edicto había sido firmado por el emperador en persona, aunque sorprendida, no le dio muchas vueltas; se arregló y se apresuró a ir al Palacio de la Pureza Celestial a visitar al emperador.
Pero entre las concubinas y los príncipes, el revuelo fue enorme.
Mientras el emperador reinaba, las concubinas aún tenían esperanzas de competir; pero una vez abdicado, ¿qué sentido tenía luchar por ser gran concubina?
Las concubinas con hijos se sintieron un poco más tranquilas, pues al menos tenían un futuro asegurado; las que no tenían descendencia se sintieron vacías.
Los más jóvenes, el cuarto y el quinto príncipe, no se vieron muy afectados; nunca habían tenido opciones al trono, así que les daba igual quién reinara. Pero el tercer príncipe y su madre, la concubina Shu, no estaban nada conformes. El tercer príncipe incluso creía que era imposible; el emperador hacía tiempo que quería deponer al heredero, ¿cómo iba a cederle el trono?
Murong Cong estaba convencido de que el príncipe había manipulado todo. El atentado y el ictus del emperador no eran más que la versión del heredero; su padre probablemente estaba siendo controlado por el príncipe.
El tercer príncipe también se apresuró a llegar al Palacio de la Pureza Celestial. Aunque el edicto se había publicado, el príncipe aún no había ascendido al trono; si podía demostrar que el emperador estaba siendo coaccionado, ¡todavía tendría una oportunidad!
Cuando el tercer príncipe irrumpió en el Palacio de la Pureza Celestial, la emperatriz sostenía al emperador mientras le daba agua; varias concubinas jóvenes, arrodilladas ante él, lloraban. El emperador tenía la boca torcida, babeaba sin cesar y no podía hablar; solo movía la cabeza con furia, pensando que aún no había muerto y aquellas mujeres ya estaban como en un funeral.
El tercer príncipe, al ver al emperador, se arrodilló y preguntó con voz temblorosa:
—Padre imperial, ¿lo han obligado? ¿Ha sido el príncipe heredero quien lo ha dejado así?
El emperador se quedó atónito y negó con desesperación. Todo el palacio estaba lleno de gente del príncipe; si asentía ante el tercer príncipe delante de ellos, ¿no estaría firmando su propia sentencia de muerte?
Ya había renunciado al trono y al título imperial, ¿qué le importaba que el tercer príncipe estuviera descontento? Para desvincularse de él, el emperador tosió con fuerza y, viendo un cuenco de jade sobre la mesa, le hizo señas a la emperatriz. Esta, tras varios intentos, levantó el cuenco.
—¡Hijo indigno, fuera de aquí!
La emperatriz, en nombre del emperador, lo reprendió con voz clara y arrojó el cuenco al suelo, haciéndolo añicos. En el fondo, sentía un placer oculto; llevaba mucho tiempo queriendo darle una lección a la concubina Shu y a su hijo.
Murong Cong quedó profundamente afectado. El emperador había negado rotundamente estar bajo coacción, ¿y ahora qué podía hacer?
Dudó un momento. Había oído que el príncipe se alojaba en el Palacio de la Brisa Clara, y que los ministros y el Ministerio de Ritos ya estaban negociando los preparativos para su ascensión. Si esperaba más, sería demasiado tarde. El tercer príncipe decidió ir inmediatamente al Palacio de la Brisa Clara a confrontar al príncipe.
Desesperado, habría querido volar; pero en el Palacio de la Brisa Clara reinaba una paz y tranquilidad absolutas.
El futuro emperador estaba jugando al ajedrez con Qi Yu.
Qi Yu comprendió por fin por qué el príncipe insistía en tenerlo allí. Fuera, el caos y la inquietud eran generales; solo el palacio del nuevo soberano era un lugar donde nadie se atrevía a molestar.
Qi Yu jugueteaba con unas cuantas piezas de cristal, mirando al príncipe, tan tranquilo, sentado al otro lado. ¿No le preocupaba ascender al trono?
En el libro original, el príncipe ascendía después de la muerte del emperador; entonces tenía que velar el cuerpo, organizar el funeral y estar alerta ante posibles usurpadores; estaba tan ocupado que casi escupía sangre. Pero ahora, como el emperador seguía vivo, el príncipe no tenía tantas preocupaciones.
Si alguien dudaba del edicto, el príncipe lo mandaba directamente a ver al emperador para que este mismo lo explicara. Mientras tanto, esperaba tranquilamente a que el Ministerio de Ritos estableciera el protocolo de la coronación, y se limitaba a echarle un vistazo.
Los ministros ya habían hecho varias reverencias en el Palacio de la Pureza Celestial. El emperador insistía en abdicar; los ministros le habían suplicado una y otra vez, y se habían informado repetidamente de su estado. Ahora, el tribunal médico estaba bajo la dirección del médico Duan, y a quien preguntara, este negaba con la cabeza y suspiraba. Poco a poco, los funcionarios fueron aceptando la situación: el emperador, en ese estado, no podía ni hablar ni escribir, y menos gobernar. Si estaba tan decidido a que el príncipe heredero le sucediera, tanto desde el punto de vista de las leyes como de la política, era lo más adecuado.
Qi Yu había alineado con cuidado cinco piezas de cristal y esbozó una sonrisa pícara al príncipe. Él no sabía jugar al ajedrez, y el cuerpo original tampoco. Había encontrado un tablero en la habitación y, para matar el tiempo, pensó en usarlo para entretenerse.
No sabía cómo había terminado jugando con el príncipe, que no tenía nada mejor que hacer.
Qi Yu, temiendo que el príncipe notara que no sabía jugar, lo convenció rápidamente para jugar al gomoku. Él era un experto y conocía mejor las reglas, así que ganó tres partidas seguidas con facilidad.
—¡Alteza, he vuelto a ganar! —dijo Qi Yu, sonriendo, mientras guardaba las hojas de oro que el príncipe había perdido.
Normalmente, las hojas de oro tenían forma de lingote, pero las que le daba el príncipe eran especiales: tenían la forma de hojas de sicómoro, con las venas grabadas en detalle, y eran tan finas como alas de cigarra.
Qi Yu había ganado tres hojas seguidas y estaba encantado, pero no era bueno ganar siempre; quizás al príncipe le molestara. Así que decidió que debía dejarle ganar, sin que él se diera cuenta.
Tenía cierta astucia y era perspicaz para las estrategias, pero en cuanto intentó perder sin ser notado, se puso más nervioso que cuando ganaba; al poco rato, su rostro lo delataba. Murong Jun, al verlo, ganó sin ninguna dificultad.
Qi Yu se apresuró a devolver una hoja de oro, pero el príncipe la rechazó.
El príncipe dijo:
—Esto ya era mío; devolverlo no tendría gracia. Mejor cambiemos por otra cosa.
—¿…Otra cosa? —preguntó Qi Yu.
El príncipe esbozó una sonrisa:
—Pronto ascenderé al trono. Ya me regalaste un amuleto por mi cumpleaños; ¿por qué no me das algo especial para celebrar la coronación?
Qi Yu lo pensó y encontró razonable la petición.
—Pero es que no tengo nada más que ofrecer —dijo.
El príncipe ya lo había pensado. Ya que iba a ser el soberano, no tenía por qué andarse con rodeos:
—No te preocupes, no te pondré en un aprieto… Antes vi bailar a un gato; esta vez me gustaría ver bailar a un conejo. ¿Qué te parece?
Qi Yu se quedó sin palabras.
¿Acaso el príncipe tenía una afición por el disfraz? ¿Y cómo sabía que él tenía un traje de conejo?
Ya se había disfrazado de gato; un conejo no era gran cosa.
—…De acuerdo —dijo Qi Yu sin dudar.
El príncipe ya había imaginado el resto; con una sonrisa cautivadora y tono sugestivo, dijo:
—Trato hecho. En cuanto ascienda al trono, por la noche vendré a buscarte.
Qi Yu asintió. Si todo salía bien, aprovechando el buen humor del príncipe, podría pedirle que le dejara marchar.
Pero, ¿por qué por la noche? ¿Acaso el disfraz de conejo era demasiado escandaloso?
Qi Yu no lograba encontrarle sentido.
𐙚⋆°。⋆♡
Nota de la autora: ¡Muchas gracias a los ángeles por sus suscripciones y comentarios! Seguiré repartiendo sobres rojos.
¡Hoy el príncipe se esfuerza por conquistar a su dulzura!
¡Muchísimas gracias a todos por su apoyo, seguiré esforzándome!
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