Murong Jun dudó si estaba soñando, y quiso tocar ese bulto para comprobar si era real.
Desde que lo había dejado ir, se encerró dos días. Cuando recobró la conciencia, el Palacio de la Pureza Celestial estaba hecho un desastre. El ministro de Obras pidió permiso para restaurarlo, pero Murong Jun, apático, no tenía ánimo para eso. Solo en el Palacio de las Perlas y los Rui encontraba un momento de paz.
Pero en el Palacio de las Perlas y los Rui, el rastro del joven era demasiado escaso.
Ya había tenido varias alucinaciones, siempre desaparecían cuando, sin poder evitarlo, intentaba tocarlas; no eran más que anhelos de su corazón.
Pero esta vez, la ilusión era tan vívida que Murong Jun podía ver la respiración pausada del joven, el leve movimiento de sus fosas nasales, y que ya no llevaba la gasa en el rostro.
Tras pensarlo, decidió no deshacer aquella ilusión demasiado real, solo para poder mirarla un rato más.
Pero al poco, el bulto ilusorio arrugó la nariz, quizás incómodo en la silla, y, aún con los ojos cerrados y envuelto en la colcha, se inclinó hacia adelante.
Murong Jun, sobresaltado, lo sujetó sin dudar.
Y así, el bulto cayó en sus brazos. Murong Jun se quedó sin palabras.
En cuanto lo tuvo en brazos, notó algo extraño: el peso era real, el aliento era real. Por muy lento que fuera, Murong Jun comprendió que era él mismo. Miró al joven con incredulidad.
El joven, envuelto en la colcha, tenía el rostro sonrosado por el sueño, y en una mejilla se veía una cicatriz de color rosa pálido, como una flor floreciendo en sus brazos.
Murong Jun acarició suavemente su rostro; el calor de sus dedos le confirmaba que aquello no era un sueño, y su corazón volvió a tambalearse.
Pero entonces recordó las palabras del joven: “no lo quiero”. Los ojos de Murong Jun se enrojecieron ligeramente; negó con la cabeza, ahuyentando toda esperanza, y se concentró en llevar al bulto hasta la cama y dejarlo con cuidado.
Pero el bulto dormido era travieso; en cuanto tocó el lecho, rodó medio giro y ocupó la mayor parte de la cama.
Murong Jun se quedó sin palabras.
Se sentó un poco más lejos y observó al bulto. En menos de un rato, el bulto ya había dado varias vueltas, hasta que, sin querer, rodó hasta quedar junto a Murong Jun.
Murong Jun: ¡¡¡!!!
El bulto, quizás soñando algo, se aferró al borde de su túnica y la pegó a su rostro, gimoteando con voz de llanto: “príncipe”.
Murong Jun sabía que a menudo se olvidaba de cambiar el tratamiento y no le importaba. Quiso soltar su túnica y alejarse, pero aquellas dos palabras le impidieron ser duro. Se tumbó junto al joven, lo rodeó ligeramente con el brazo y, aunque pensó en robarle un beso, tras dudar, finalmente depositó un beso en su frente.
El bulto, apoyado en su hombro, pareció dormir más tranquilo y dejó de moverse. Murong Jun lo cuidó toda la noche; al amanecer, las pestañas del joven temblaron. Sabiendo que iba a despertar y sin saber cómo explicarse, Murong Jun cerró los ojos antes que él, fingiendo dormir.
Qi Yu siempre tenía un poco de mal humor al despertar; le costaba levantarse, a menos que él mismo quisiera. Desde que había salido del palacio, dormía poco; era la primera vez en días que descansaba tan profundamente. La residencia del general era segura, pero en su subconsciente sentía que le faltaba algo.
Por suerte había vuelto, y había comprendido a tiempo lo que le faltaba.
Había ido a esperar a alguien, pero se había dormido hasta el amanecer. Qi Yu, con pereza, se restregó contra la colcha y, al incorporarse, descubrió a alguien a su lado.
Qi Yu: ¡¡¡!!!
Se quedó rígido. Recordaba haber dormido en una silla; ¿cómo había ido a parar a la cama? De repente, tuvo un mal presentimiento.
¿Acaso no sería demasiado melodramático? El joven miró de reojo con cautela.
Y entonces, su corazón dio un vuelco.
El hombre que dormía a su lado tenía el rostro que mejor conocía: ojos cerrados, labios entreabiertos, cejas relajadas.
Era el príncipe…
Aunque se sorprendió, tras esos pocos días de separación, ver aquel rostro le produjo más alegría que otra cosa.
No sabía cómo había llegado el príncipe hasta la cama, pero si era él, mejor que cualquier otro.
Consolándose a sí mismo, Qi Yu se envolvió en la colcha y se arrastró hacia el príncipe.
Parecía que aún no se había despertado. Qi Yu, acercándose, recorrió sus cejas y sus labios, y de repente recordó que lo había besado.
Se sonrojó. ¿Qué le pasaba? Parecía que le gustaban los besos.
Ya que el príncipe dormía, ¿por qué no probar de nuevo? Quería confirmar sus sentimientos.
…¡Dicho y hecho!
Rápido y ligero, el joven se acercó, y con sigilo dio un besito furtivo en los labios de Murong Jun.
Murong Jun se quedó sin palabras.
Esa pequeña dulzura fue como una chispa que incendió la pradera. Murong Jun contuvo con todas sus fuerzas el impulso de abrazarlo, y esperó con paciencia.
Aún no sabía qué pretendía el joven, y temía asustarlo de nuevo, como la última vez.
Qi Yu, tras robar un beso a escondidas, chasqueó los labios. No había logrado saborear la sensación de la vez anterior; quizás había sido porque no había puesto suficiente fuerza, o porque había durado muy poco.
Decidió besarlo de nuevo, y otra vez se inclinó rápidamente.
De repente, sintió que un par de brazos lo rodeaban con fuerza a través de la colcha.
Qi Yu levantó la cabeza y se encontró con un par de brillantes ojos negros que lo miraban fijamente.
—¡Príncipe heredero, usted fingía estar dormido!
Al darse cuenta de que todo lo que había hecho había sido descubierto, Qi Yu sintió una mezcla de enfado y vergüenza.
Murong Jun, fingiendo no notar el tono acusador, dijo con alegría:
—Yu’er, me has besado.
Qi Yu se sonrojó y se tapó la boca, como si hubiera cometido un delito:
—¡No es cierto, yo no he sido! Solo fue un roce accidental…
Murong Jun sonrió:
—¿Dos veces fueron accidentales?
Precisamente porque lo había besado dos veces, se atrevió a abrazarlo de nuevo.
Qi Yu se quedó sin palabras.
Pensando en lo difícil que habían sido aquellos días, aunque le daba un poco de vergüenza, ya no quería andarse con rodeos.
—Bien, está bien… te diré la verdad. Ya sé lo que te pasó antes, y no podía dejar de pensar en ti…
—Entonces, ¿lo que hiciste fue por lástima?
Murong Jun seguía sonriendo, pero su sonrisa se había desvanecido un poco.
Qi Yu notó su evidente decepción y negó con la cabeza:
—No, no es lástima. Es que yo…
El joven, con las manos apoyadas en las rodillas, las frotó nerviosamente, y levantó sus ojos brillantes para mirar a Murong Jun:
—Lo que quiero decir es que… quizás también me gustas… Yo…
Llegó al límite, no pudo seguir hablando, y se quedó mirando el rostro del otro.
Recordó los días en la residencia del general, cuando nada le llamaba la atención.
Sobre todo, ahora que conocía la infancia de Murong Jun, sabía todo lo que él había sufrido y todo lo que había hecho por él; no podía endurecer su corazón y fingir que no había pasado nada.
No podía engañarse a sí mismo, ni podía olvidarlo.
Si realmente no sintiera nada, ¿cómo era posible que no dejara de pensar en él todos esos días? Y cuando pensaba en él, no era una figura abstracta hecha de palabras, sino su rostro real.
Su tiempo fuera del palacio no había sido en vano; al menos, aunque tarde, había descubierto que probablemente también le gustaba.
La razón por la que lo había negado tan rotundamente era, por un lado, que no había comprendido sus propios sentimientos a tiempo, y por otro, que la actitud de Murong Jun lo había tomado por sorpresa. Aunque Qi Yu había leído muchas novelas y se las daba de conocer de todo, su experiencia real en relaciones era nula. Que de repente eligieran su tablilla y quisieran que compartiera el lecho asustaría a cualquiera, y la reacción natural era negarlo y huir.
La huida de Qi Yu consistía en convencerse a sí mismo de que solo era el cariño por un personaje, no por una persona real, intentando confundir sus propios sentimientos.
Pero esa excusa tan pobre podía engañarlo un rato, no para siempre, y menos a su propio corazón.
Su corazón, desde que salió del palacio, se había sentido vacío. Cuanto más tiempo pasaba fuera, más se llenaba de arrepentimiento. Diez días fuera se le hicieron eternos, y al undécimo día, ya no pudo soportarlo más.
Prefirió arriesgarse a enfadar a Qi Ming y renunciar a la libertad que tanto le había costado conseguir, y volver al palacio solo para ver a Murong Jun. Quería intentar estar con él, aunque fuera objeto de burlas; quería aclarar sus sentimientos, y levantarse del lugar donde había caído.
—…En resumen, eso es todo. Me arrepiento —dijo, después de contar sus sentimientos, y miró a Murong Jun de reojo; parecía que no se iba a reír de él.
Murong Jun, conteniendo la esperanza que brotaba en su pecho, dijo con indiferencia:
—Entonces, ¿ya lo has confirmado?
Qi Yu, sonrojado, no se atrevía a mirarlo a los ojos, pero su mirada se posó en los labios brillantes del otro.
—Todavía… me falta un poco.
En realidad, ya estaba casi seguro; si pudiera besarlo un par de veces más, quizás lo estaría del todo. Cuando sus labios se tocaban, sentía una emoción, algo hermoso y ardiente, pero demasiado breve.
—¿Cuánto… te falta?
Murong Jun, como si se sintiera animado, se inclinó con cautela, listo para detenerse si el joven se asustaba de nuevo. Pero mientras él se acercaba, Qi Yu también avanzaba, hasta que estuvieron tan cerca que podían sentir el aliento del otro. Después de varios besos robados, por primera vez cerraron los ojos al unísono, y con la misma seriedad, trazaron los labios del otro.
Ese beso no era de deseo, sino para confirmar sus sentimientos, pero su corazón parecía a punto de saltar del pecho.
Cuando se separaron, ambos intentaban recuperar el aliento.
—…¿Y ahora? —preguntó Murong Jun.
El cariño en el corazón de Qi Yu brotó como burbujas, una tras otra. Quería reír a carcajadas, pero también sentía vergüenza. Tras pensarlo, dijo con recato:
—Parece que un poco.
—Aunque sea un poco, es algo.
Murong Jun corrigió con descontento, pero al instante, con una alegría y un orgullo que casi ardían, tomó las manos del joven.
—Yu’er también me quiere. No puedes negarlo.
Ya no era una pregunta, sino una afirmación. En la mente de Murong Jun, el gusto era el gusto, y punto.
Qi Yu, sonrojado, murmuró algo y bajó la cabeza para sonreír a escondidas.
También sintió que aquellas manos eran secas y cálidas; parecía que realmente se había enamorado.
La sensación de los besos era tan maravillosa que no pudieron evitar besarse varias veces más. A veces era Qi Yu quien tomaba la iniciativa, y al ver los profundos ojos de fénix del otro, no podía evitar inclinarse. Otras veces era el otro quien lo perseguía, tomándole las manos con fuerza, sin querer soltarlo, como si ambos quisieran recuperar el tiempo perdido.
Pero quizás besaron demasiado, y sin darse cuenta, la cosa empezó a desviarse. Cuando Qi Yu se dio cuenta de que ambos se estaban dejando llevar, se detuvo a tiempo:
—¡Príncipe heredero, espere!
¿Y ahora qué?
Murong Jun lo miró con gran “insatisfacción”.
Qi Yu, sonrojado hasta las orejas, preguntó:
—Usted… ¿siempre ha sido así?
Murong Jun: ¿¿¿?
—Apenas hemos dicho que nos gustamos —prosiguió Qi Yu—, y ya quiere compartir el lecho. ¿No es un poco precipitado?
Ni siquiera se habían dado la mano dos veces, y ya querían ir a la cama; Qi Yu lo encontraba un poco frívolo y, además, le daba un poco de pánico.
Murong Jun se quedó sin palabras.
—¿Por qué estaría mal? —preguntó—. ¿No debería ser así?
Murong Jun era el emperador; los emperadores siempre llamaban a quien les gustaba, y cuanto más los llamaban, más evidente era el cariño. Pero con su dulzura, había dado un paso más, el de la declaración, y para él eso ya era suficiente.
Ya que a su dulzura también le gustaba, tocaba tomar la ofensiva, asegurar el estatus cuanto antes, y después llamarlo a diario para que compartiera el lecho.
Qi Yu se quedó sin palabras.
—¡Espere, no puede! —dijo, apartándolo—. ¿Podría esperar un poco más?
Se dio cuenta de que el príncipe no sabía cómo se cortejaba.
Normalmente, cuando a uno le gusta alguien, se le toma la mano, se sale a pasear, se deja que la relación se caliente poco a poco antes de pasar a algo más íntimo. No digamos uno o dos años, pero al menos dos o tres meses. ¿No era demasiado pronto para ir directo a eso?
—¿Acaso usted no sabe lo que es el romance? —dijo Qi Yu sin querer.
—¿Romance? —Murong Jun lo miró como si estuviera loco, y tras un momento, con expresión compleja, dijo—. Yo solo sé lo que es la ola*.
(Nota de traducción: El juego de palabras original es intraducible de manera exacta. En chino, “浪漫” significa “romance”, pero “浪” por sí solo significa “ola/libertino/licencioso” entonces podemos decir que su majestad sabe ser un libertino😂)
𐙚⋆°。⋆♡
Nota de la autora: Perdón a todos, esto es muy difícil de escribir.
Lamento el retraso.
¡Muchísimas gracias a todos por su apoyo, seguiré esforzándome!
Impresiones sobre el capítulo completo.
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