Mucho, mucho tiempo atrás.
—¡Devuélvemelo! ¡Eso era de mis padres!
En un callejón trasero y apartado estalló de pronto un grito furioso. Varios gamberros no lograron sujetarlo: el pequeño Bai Sheng, de nueve años, se liberó a la fuerza y se lanzó hacia delante, como un lobezno enfurecido, derribando al cabecilla de pelo teñido de amarillo. En el forcejeo, una fila de cubos de basura se volcó con estrépito.
—¿¡Qué haces!?
—¡Este mocoso se ha vuelto loco!
—¡Maldito, quieres morir!
Los matones que se dedicaban a cortar el paso para robar no esperaban que aquel niño reaccionara con semejante ferocidad. Tomados por sorpresa, estallaron de furia y se lanzaron sobre él para molerlo a golpes. Pero en un abrir y cerrar de ojos, el pequeño Bai Sheng consiguió forzar los dedos del rubio, arrancarle de las manos lo que llevaba y recuperar aquello que antes colgaba de su cuello: un cordón de cuero negro del que pendían dos alianzas de oro mate, ya gastadas por el tiempo.
—¡Maldita sea, mátenlo!
—¡Mátenlo!
Puños y suelas cayeron como una lluvia torrencial. El pequeño Bai Sheng se cubrió la cabeza sin emitir un solo sonido, aferrando con tanta fuerza las dos alianzas que los tendones se le marcaron bajo la piel. Solo cuando uno de los matones se agachó y tiró con violencia del cordón de cuero, giró la cabeza de pronto, rápido como un relámpago, sin dudarlo un instante, y le clavó los dientes en el brazo.
—¡AAAAH!
Aquella mordida no tenía nada de humana. La sangre prácticamente salió a borbotones. El matón lanzó un alarido desgarrador y, en medio del caos, se oyó un sonido seco, un desgarro húmedo de carne rasgada: Bai Sheng le arrancó de un mordisco un trozo del brazo.
—¿Quién va a matar a quién?
El pequeño Bai Sheng escupió la carne ensangrentada. Sus ojos, brillantes de forma escalofriante entre la sangre que le cubría el rostro, incluso parecían sonreír con una crueldad helada.
—Te pregunto quién va a matar a quién.
Bajó la cabeza y embistió con todas sus fuerzas el vientre del matón, lanzándolo de lleno contra un contenedor de basura. El estruendo resonó por todo el callejón. Los demás se abalanzaron sobre él, pero nadie esperaba que aquel niño de nueve años se moviera como un pequeño demonio cubierto de sangre: rodando por el suelo bajo una tormenta de golpes, agarró una botella de cerveza del montón de basura y la estrelló con un estallido brutal contra la cara de uno de ellos. La sangre saltó en todas direcciones. En el mismo movimiento, se dio la vuelta, se sentó a horcajadas sobre el rubio de antes y le clavó las uñas, con saña, directamente en los globos oculares.
Gritos, aullidos, insultos, maldiciones… El alboroto terminó por atraer la atención. Desde la entrada del callejón llegaron pasos apresurados:
—¡Allí!
—¡Lo encontramos!
—¡Quietos!
Los guardaespaldas de la familia Bai habían llegado por fin.
Los matones salieron huyendo despavoridos. Los guardaespaldas se lanzaron tras ellos como flechas. El rubio, el cabecilla, luchaba desesperadamente por zafarse, pero no conseguía quitarse de encima al pequeño Bai Sheng. Preso del terror, solo sentía cómo aquellas uñas afiladas se le hundían cada vez más en las cuencas de los ojos, mientras un líquido caliente le corría sin parar por la cara hasta gotear en el suelo.
—¡Joven amo! ¡Joven amo, ¿está bien?!
—¡Rápido, sujétenlo!
—¡Que no se escapen!…
Algunos guardaespaldas intentaron separar a Bai Sheng, pero fue inútil.
En esos breves segundos, el dolor, el miedo y la oscuridad engulleron al rubio. Entre espasmos y alaridos, oyó la voz del niño resonar junto a su oído, palabra por palabra, adherida como una maldición impregnada de odio infinito:
—Nadie se los llevará…
Ellos no volverán a abandonarme.
De noche, en la mansión de la familia Bai.
—Entonces lancé un puñetazo volador, luego una patada voladora… ¡ja! ¡ja! ¡ha! ¡hey! Así y luego así y luego asá… ¡y los dejé llorando y huyendo como ratas!
El pequeño Bai Sheng llevaba la cabeza vendada y un brazo escayolado. Gesticulaba sin parar, girando, esquivando y atacando como un general imparable en plena campaña militar. Las alianzas de oro mate que había recuperado ese mismo día colgaban de su cuello y relucían con un leve destello al moverse.
—¡Bien!
—¡Impresionante!
—¡El joven amo es increíble!
El mayordomo y los criados aplaudían y vitoreaban. El presidente Bai, entre divertido y preocupado, negó con la cabeza.
—¿No es ya muy tarde? Cuidado con ese brazo. ¿Qué esperan para llevar al joven amo a dormir?
La niñera se apresuró a llevárselo entre mimos y ruegos. Bai Sheng, aún con ganas de más, posó con aire triunfal. Bajo una ovación ensordecedora, se retiró con paso orgulloso, colgando el brazo escayolado, rumbo a su habitación.
—…Lo de hoy no puede quedarse así. Voy a llegar hasta el fondo. No voy a dejar escapar a ni uno solo de esos matones.
Desde lejos, llegó la voz del presidente Bai, baja y tensa, cargada de furia contenida.
—Y despidan a todos los guardaespaldas que acompañaban hoy a Bai Sheng al colegio. Sustitúyanlos por otros nuevos. A partir de ahora, seré yo mismo quien supervise personalmente la ida y la vuelta del niño.
Clic.
La puerta se cerró suavemente y el dormitorio se hundió en la noche infinita. Tras las gruesas cortinas se filtraba apenas un rastro de luz lunar.
El marco de fotos sobre la mesilla emergía vagamente de la oscuridad. En la imagen, una familia de tres aparecía estrechamente unida: el matrimonio abrazaba al hijo pequeño en el centro, los ojos curvados en sonrisas de media luna.
Bai Sheng permanecía sentado en el borde de la cama, inmóvil, sin expresión alguna. Las largas pestañas caían sobre sus ojos apagados; parecía una pequeña estatua a la que se le hubiera extinguido el calor.
Tras un largo rato, inhaló en silencio. Se quitó del cuello el cordón de cuero y cerró la mano en torno a las dos alianzas aún tibias, apretándolas como si estuviera pronunciando un juramento, con tanta fuerza que el metal se le clavó contra los huesos de la palma.
Despojado de la fanfarronería y la valentía teatral, en su rostro infantil apareció una soledad grave, impropia de su edad.
—Yo los protegeré —susurró.
Con el pulgar cubierto de tiritas acarició durante un instante los rostros risueños de sus padres en la fotografía. Luego dejó con cuidado las alianzas frente al marco.
—No permitiré que nadie vuelva a arrebatalos de mi lado.
Hace mucho tiempo.
Nueva York, de noche.
La música ensordecedora del club quedaba atrapada tras la puerta. El callejón trasero se extendía largo y sinuoso, con ecos apagados de percusión resonando todavía sobre sus cabezas.
A los diecinueve años, Bai Sheng caminaba con los ojos cerrados, tambaleándose. Las mejillas, enrojecidas por una embriaguez ligera, apoyaba todo su peso en el compañero que lo sostenía, mientras escuchaba las quejas cruzadas a su alrededor.
—¿De verdad es la primera vez que bebe?
—Les dije que no deberían haberlo forzado.
—¿Qué hacemos ahora, volvemos a la universidad?
—¿A estas horas? Nos pillarán seguro…
Bai Sheng mantenía la cabeza baja, sin decir nada. Se mordía la comisura de los labios para no sonreír.
Estaba borracho, sí, pero no hasta perder la conciencia. Fingir aquel estado no era más que una excusa para regresar cuanto antes a la residencia y librarse de seguir de juerga con Joseph y los demás.
El callejón trasero del bar estaba desierto y oscuro. Al doblar la esquina, el grupo se encontró de frente con varios matones tatuados, de pelo teñido y cigarrillo en la boca. Parecían los dueños del barrio. Los observaban fijamente, cada uno con un arma en la mano.
—¿Q-qué quieren?
—¡No se acerquen!
Los universitarios no tuvieron tiempo de retroceder. El camino por detrás ya estaba bloqueado. Unos cuantos sacaron navajas automáticas y las agitaron con gesto amenazador.
—Menos tonterías. Saquen lo que valga dinero. Los relojes. Quítenlos.
Todos eran estudiantes de élite, procedentes de familias acomodadas. El pánico los dejó paralizados. Los gritos se sucedieron sin control. Joseph, histérico, empezó a moverse sin rumbo y estuvo a punto de lanzarse directamente contra una hoja brillante, hasta que Bai Sheng lo agarró de golpe.
—¡Cuidado!
Apoyándose en la pared, Bai Sheng logró estabilizarse y evaluó la situación de un vistazo.
Joseph, frágil como era, no servía para nada. El otro chico blanco temblaba de pies a cabeza. Peor aún, iban con dos chicas. Enfrente había al menos ocho o nueve matones: palancas, navajas… quién sabía si incluso armas de fuego. La única buena noticia era que tenían un objetivo claro: dinero.
—Tranquilos… tranquilos. No hagan locuras.
El alcohol ralentizaba sus movimientos, pero aún hablaba con claridad. Con una mano empujó a las chicas detrás de él; con la otra sacó todo el efectivo de la cartera y se quitó del pulso el reloj de alto valor.
—No hagan daño a nadie. Take it easy… we good?
Los matones le arrancaron el reloj de la mano, eufóricos, celebrándolo a gritos. Les hicieron señas para que se largaran.
Bai Sheng indicó de inmediato a las chicas que se marcharan. Justo entonces, un hombre negro se fijó en el cordón de cuero que asomaba por su cuello.
—¡Eh! ¡Alto! ¿Qué es eso?
Bai Sheng se detuvo en seco. Su expresión cambió.
—Vaya… anillos de oro.
La codicia brilló en los ojos del matón. Sin pensarlo, alargó la mano para arrebatárselos.
—Dámelos.
¡Clac!
Un sonido seco y claro. Bai Sheng había atrapado la muñeca del hombre con una fuerza férrea.
Joseph se quedó petrificado. Los demás también se detuvieron, sorprendidos. Bai Sheng alzó la mirada; sus pupilas negras se clavaron en las del matón.
—Suéltalo. No lo toques.
—¿Qué has dicho?
—¿Quieres morir, mocoso?
—¡Danos el oro! ¡Dámelo!
Los insultos estallaron a la vez. Varias manos se lanzaron a arrancar el cordón de cuero de su cuello. Joseph temblaba tanto que no podía emitir sonido alguno. En ese instante de tensión extrema, los músculos del antebrazo de Bai Sheng se tensaron como piedra.
Le dio una única orden, breve y tajante:
—Corre.
—¿Qué…?
¡Crac!
El sonido limpio de un hueso al romperse resonó en el aire.
Bai Sheng le partió la muñeca al matón sin esfuerzo, atrapó al vuelo la navaja que cayó y, en un movimiento preciso, la hundió en el bajo vientre del hombre.
El grito desgarrador explotó en el callejón.
Los matones jamás imaginaron que aquel asiático dócil y cooperativo estallaría de pronto en violencia. Tras un segundo de incredulidad, la furia los consumió y se abalanzaron todos a la vez.
El estrecho callejón se convirtió en un campo de Asura. Todos gritaban y corrían, todos se lanzaban golpes y patadas. El primero en abalanzarse fue un hombre negro que le asestó un puñetazo en las costillas a Bai Sheng; no llegó a lanzar el segundo: le atraparon el brazo, un giro seco, y el chasquido de la articulación dislocándose llegó al mismo tiempo que el dolor fulminante. El hombre gritó y se dobló sobre sí mismo. Al mismo tiempo, alguien por detrás le rodeó el cuello a Bai Sheng; él apretó los dientes y lo lanzó por encima del hombro contra el suelo. El puño de hierro descendió directo al rostro: ¡bang!, la nariz se partió; otro golpe destrozó la mandíbula; el tercero, con los nudillos como acero fundido, se hundió brutalmente en la cuenca del ojo, con el sonido nítido del globo ocular siendo aplastado.
El alarido del matón fue inhumano. En el caos, alguien, fuera de sí, se lanzó y clavó un cuchillo en la escápula de Bai Sheng.
La sangre brotó a chorros.
—¡M-mataron a alguien! —gritó alguien.
Joseph se estremeció como electrocutado, dio media vuelta y salió huyendo entre tropiezos y alaridos—. ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Están matando a alguien!
Bai Sheng, cubierto de sangre hasta medio cuerpo, alargó la mano hacia atrás, arrancó el cuchillo de su propio hombro y, sin dudarlo, lo hundió bajo las costillas del agresor. Giró la hoja media vuelta y la sacó de un tirón, arrancando con ella sangre y carne en una salpicadura brutal.
Era frío. Era despiadado.
La sangre le corría desde la sien, deslizándose por el arco pronunciado de la ceja. En el fondo de sus ojos brillaba una luz gélida y aterradora.
Como una bestia feroz, reprimida durante años, despertada al fin por la matanza: herida, cubierta de cicatrices, alzando la cabeza para lanzar un aullido al cielo y mostrar al mundo sus colmillos.
—¡S-solo es uno! ¡No tengan miedo! —los matones estaban fuera de sí—. ¡No tengan miedo! ¡Todos vayan por él!
En la oscuridad, incontables puños, patadas y cuchillos se abalanzaron sobre él. Pero todo el estruendo, los gritos y el frenesí se disolvieron en un fondo silencioso, transformándose en un vacío inmenso.
Como si hubiera perdido toda sensación del dolor, como si ni siquiera notara la sangre caliente manando a borbotones.
Solo la furia y el odio lo devoraban todo.
Bai Sheng agarró del pelo a uno de los matones; sin importarle que los nudillos ya mostraran hueso, le estampó la cabeza contra la pared una y otra vez, con una violencia desatada. Fragmentos de ladrillo roto y líquido cefalorraquídeo salpicaron por igual. El cómplice que tenía al lado enloqueció y descargó una barra de hierro contra la espalda de Bai Sheng, golpe tras golpe, con un sonido sordo. Bai Sheng se giró de repente, arrebató la barra y la descargó de frente con una rapidez feroz, haciendo que los ojos del otro se le salieran de las órbitas. Acto seguido, lanzó una patada de un peso devastador que lo envió volando varios metros, escupiendo sangre, y en la caída derribó a otros tres o cuatro compañeros.
En este mundo, él ya no tenía nada.
Los lazos de sangre habían sido arrancados a la fuerza. Nadie iba a tenderle la mano. Nadie lo acompañaría en el camino.
Pero no importaba.
Con él solo bastaba.
Un plaf húmedo: el cuchillo volvió a hundirse en la carne. Bajo las costillas, primero frío, luego ardiente. ¡La sangre volvió a brotar a chorros!
—¡M-mátenlo, mátenlo!
Esa puñalada debía de haber alcanzado la cavidad abdominal; cualquier otro habría caído en el acto. Pero Bai Sheng llevaba entrenando boxeo desde niño: la densidad muscular y su resistencia no tenían nada que ver con la de una persona corriente. Ni siquiera el dolor extremo ralentizó sus movimientos. Al contrario: agarró al agresor por inercia, tiró de él hacia delante y le estampó un cabezazo que le destrozó el puente de la nariz.
Mientras el hombre caía entre gritos, varios matones más se le echaron encima. En ese instante fugaz, la cuerda de cuero del cuello de Bai Sheng se rompió, y con ella salieron despedidos dos anillos.
Una estela de luz cruzó el aire. Las pupilas de Bai Sheng se contrajeron de golpe.
El tiempo pareció congelarse en ese preciso instante; todo se volvió cámara lenta, hasta que una mano se alargó desde delante y atrapó con exactitud la cuerda de cuero suspendida en el aire.
Varios matones gritaron a la vez:
—¿Quién eres?
—¡Eh, tú, quieto!
Siguiendo la línea de la mirada de Bai Sheng, bajo la farola del cruce al final del callejón, había una persona vestida completamente de negro. Parecía no haber esperado encontrarse con una escena así; miró con sorpresa las dos anillas caídas del cielo que sostenía en la palma.
Estaba a contraluz. Su figura era delgada, casi frágil; no se le distinguía bien el rostro, pero en un vistazo apresurado se notaba que era un joven oriental, de temperamento tranquilo, probablemente un estudiante universitario de la zona.
—¡Corre! —rugió Bai Sheng sin pensarlo—. ¡Llévate mis cosas y corre! ¡Ve a llamar a alguien!
La frase despertó a los presentes. Un matón con la cara cubierta de sangre enloqueció del todo; sacó de golpe una pistola artesanal del interior de la chaqueta y la apuntó al joven mientras gritaba:
—¡Dame eso! ¡Saca el dinero! ¡Cierra la boca y lárgate, hijo de puta!
La situación cambió en un instante.
El joven alzó la vista y el negro abismo del cañón se reflejó en sus pupilas.
La sangre nublaba gran parte de la visión de Bai Sheng; no vio cómo el joven fruncía levemente el ceño, ni el matiz extraño que cruzó por sus ojos.
—¿No has oído? ¡Dámelo! ¡Saca el dinero! ¡Maldito bastar…!
Todo ocurrió en un parpadeo.
El joven levantó la mano: el dedo corazón atrapó el gatillo al instante, el índice golpeó con precisión milimétrica, y el cargador salió disparado. Él lo recogió con total calma en la palma. La secuencia fue más rápida que un relámpago. Antes de que el insulto terminara de salir, giró usando el arma como eje, apoyó el costado de la pistola contra su propia mandíbula y descargó un tajo con la palma en el codo del matón. El arma salió volando.
—¡Aaah!
El matón lanzó un grito desgarrador; el brazo se le quedó entumecido y, sin poder reaccionar, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. Al mismo tiempo, ¡clac!, un sonido seco y nítido: el joven atrapó la pistola en el aire, encajó el cargador con destreza y montó el arma, llevando la bala a la recámara.
¡Bang!
Disparó al cielo. El estruendo fue como un trueno en terreno llano, y todos los matones palidecieron al instante.
—Súeltenlo y lárguense —ordenó el joven, apuntándolos con el arma, la voz firme y serena—. Ahora mismo.
—… —los matones se incorporaron con torpeza. El que llevaba el brazo tatuado hasta el hombro balbuceó, tembloroso—. T-tú… ¿de qué banda eres? ¿Sabes siquiera que este territorio es de…?
La respuesta del joven fue apretar el gatillo.
¡Bang!
La bala pasó rozándole la oreja. El del brazo tatuado gritó de puro terror. Ya nadie se atrevió a insistir: todos huyeron a trompicones fuera del callejón, maldiciendo entre dientes mientras escapaban despavoridos, hasta desaparecer en la carretera nocturna.
Plaf.
Con un golpe sordo, Bai Sheng se dejó caer contra la pared y terminó deslizándose hasta sentarse en el suelo.
El dolor devastador de las vísceras gravemente dañadas y de los huesos rotos regresó de golpe a sus sentidos. Se llevó una mano al costado herido; la sangre empapó enseguida el espacio entre sus dedos. A lo lejos, desde varios barrios más allá, se oía el ulular de las sirenas.
Joseph y los demás habían salido corriendo a llamar a la policía. Ahora, por fin, llegaban con su retraso habitual.
El joven arrojó el arma a un lado y se acercó. Se detuvo frente a él, mirándolo desde arriba.
La pérdida masiva de sangre le nublaba la vista a Bai Sheng; incluso levantar la cabeza le costaba horrores. Apenas alcanzaba a distinguir el perfil del joven, delineado por la luz a contraluz, una silueta de líneas hermosas. Entonces lo oyó preguntar en chino:
—¿Estás bien?
Bai Sheng intentó responder, pero un sabor metálico le subió por la garganta. Lo intentó varias veces sin lograr emitir sonido alguno, hasta que al fin consiguió escupir unas palabras entrecortadas:
—… Devuélveme mis cosas.
—Estás sangrando.
Bai Sheng repitió, con voz ronca:
—Devuélveme mis cosas.
La respiración áspera, como la de una bestia herida, resonó en el callejón. Tras un largo silencio, el joven apartó la mirada y bajó los ojos hacia las dos alianzas antiguas, una grande y otra pequeña, que sostenía en la mano. Sus ojos recorrieron los arañazos dejados por el tiempo y la inscripción grabada en el interior del metal.
—No merece la pena pagar la vida de un vivo por algo que dejaron los muertos —dijo por fin, y lanzó suavemente de vuelta la cuerda de cuero—. No lo vale.
Bai Sheng alzó la mano y atrapó las dos alianzas. El metal duro se le clavó en la palma.
Con la nuca apoyada en el muro de ladrillo, levantó la vista hacia el joven. Su rostro, apuesto y salvaje, cubierto de sangre, se curvó en una sonrisa tenue, cansada.
—Pero es lo último que me queda en esta vida…
—No se lo daré a nadie.
A lo lejos, las luces de Nueva York brillaban con su bullicio y su lujo. El callejón, en cambio, estaba frío y ruinoso, cubierto de huellas y destrozos. El viento nocturno traía consigo el olor metálico de la sangre enfriándose.
El joven exhaló despacio. Fue un suspiro silencioso.
Luego se arrodilló sobre una rodilla, se quitó la chaqueta y la presionó con fuerza contra la herida del abdomen de Bai Sheng. Sus movimientos eran expertos, firmes, sin admitir réplica, forzando a la sangre a retroceder bajo la presión. Al cruzarse, Bai Sheng percibió el aroma limpio y tenue que desprendía su cuello.
Fue solo un instante. Los faros de un coche pasaron veloces a lo lejos, iluminando fugazmente las pestañas bajas del joven.
—La policía ya viene. No me conviene quedarme para lo que sigue —dijo—. Ocúpate tú del resto.
Pero justo cuando estaba a punto de incorporarse, una mano se cerró de repente sobre su muñeca.
—¿Tú también eres estudiante por aquí? —preguntó Bai Sheng.
—…
—¿Cómo te llamas? —insistió—. ¿Cómo puedo encontrarte en el futuro?
El joven no respondió. Simplemente retiró la muñeca de su agarre, con una fuerza suave pero imposible de contradecir.
—En la vida, nueve de cada diez cosas no salen como uno espera. En el futuro conocerás a más personas, vivirás más experiencias y establecerás más vínculos con este mundo; así que no dictes sentencias ahora —dijo.
Se puso en pie, con un tono tranquilo y amable:
—Adiós.
Las luces rojas y azules de la policía se acercaban desde la distancia. El chirrido de los frenos se sucedió uno tras otro; las camillas bajaron de los vehículos, y las voces de la radio policial se mezclaron con las pisadas apresuradas del personal médico. Cintas blancas y azules acordonaron el callejón. Entre la multitud se oían los sollozos de alivio de Joseph y los demás.
Bai Sheng yacía sobre la camilla, con la cabeza girada, la vista enturbiada por la sangre, mirando hacia lo lejos.
La silueta del joven se adentraba en la oscuridad del callejón, perdiéndose poco a poco entre las luces dispersas de la noche.
No dejó tras de sí rastro alguno.
Dos meses después.
Pista de tenis de la universidad.
¡Paf! La pelota amarilla botó justo sobre la línea y sentenció el partido con un espléndido ace.
Los espectadores de las primeras filas se pusieron en pie para aplaudir. Bai Sheng recogió una toalla y se secó el sudor, se acercó a estrechar la mano del rival derrotado y regresó a la grada para guardar la raqueta.
El hábito adquirido en esos dos meses se había convertido en instinto: al levantar la cabeza para beber agua, barrió la multitud con la mirada… pero, una vez más, no encontró aquella figura.
Una punzada de decepción, casi imperceptible, le cruzó el pecho.
—Eh, ¿ya estás del todo bien? —Un amigo le dio una palmada en la espalda—. ¿Por qué vienes últimamente tan a menudo a jugar a nuestra universidad? ¿Tan aburrido estás?
Bai Sheng negó con una sonrisa breve y guardó la botella en la mochila. Sus dedos rozaron una tela blanda.
—Era la chaqueta negra que el joven le había lanzado aquella noche antes de marcharse. Estaba doblada con cuidado; la sangre se había lavado por completo, y con ella también se había desvanecido el aroma limpio y tenue que quedaba en el cuello.
Por mucho que lo intentara, ya no podía recuperar ni una pizca de aquel rastro fugaz.
—… Oye —dijo de pronto.
—¿Qué pasa?
Bai Sheng dudó un momento antes de hablar:
—En vuestra universidad quizá haya alguien… no sé si lo has visto. Debería ser también estudiante extranjero, más o menos de esta altura, delgado, habla poco…
El amigo lo miró desconcertado.
—¿Pero qué clase de descripción es esa? ¿Cómo se llama? ¿De dónde es?
Bai Sheng se quedó sin palabras.
—¿Dónde lo conociste? En nuestra universidad hay pocos chinos; si das más detalles igual lo conozco —el amigo le pasó un brazo por los hombros, entusiasmado—. O descríbeme cómo es, ¿qué acento tiene al hablar?
—Bajo las farolas nocturnas a contraluz, el callejón sucio y destrozado; aquella figura erguida en medio de un charco de sangre, la luz delineando una mandíbula pálida y fría… y, aun así, por más que lo intentara, no lograba ver con claridad ese rostro imperturbable.
—No lo sé —murmuró Bai Sheng.
Cerró los ojos y exhaló profundamente; la última nota de su aliento se disipó, melancólica, en el viento.
—Es como si… solo hubiera sido un sueño.
Al mismo tiempo, en la distancia, en el edificio de investigación.
En una oficina en lo alto.
Shen Zhuo estaba de pie frente a la ventana. El cristal reflejaba su rostro pálido; en sus pupilas oscuras se dibujaba la pista de tenis no muy lejos, hasta que el jugador al que observaba saltó con fuerza y remató el partido con un ace seco y letal.
El público de la primera fila se levantó para aplaudir. El vencedor salió de la pista para guardar la raqueta y beber agua, intercambió unas palabras con un amigo y, poco después, se colgó la mochila al hombro y abandonó el recinto en solitario.
La bestia acorralada, herida hasta los huesos en aquel callejón nocturno meses atrás, había desaparecido sin dejar rastro alguno; en su apariencia ya no quedaba ni la menor huella de aquello.
Shen Zhuo apartó la mirada.
—¿El profesor Shen también ve los partidos del equipo de tenis? —la voz del ayudante sonó animada a su espalda—. Nuestro programa de tenis es muy famoso; ya he conseguido entradas para la liga universitaria del mes que viene… Eh, ¿el estudiante que acaba de ganar no es de nuestro equipo, verdad? Qué cara tan desconocida…
Shen Zhuo se apartó de la ventana, cerró el portátil y lo guardó en el maletín.
—Este edificio es un poco ruidoso —dijo.
¿Ruidoso?
¿El profesor Shen, director del HRG y líder del proyecto de genética evolutiva, fichado por la universidad a precio de oro, diciendo que su despacho era ruidoso?
Shen Zhuo salió de la oficina con el portátil en la mano. El ayudante dio un respingo y salió corriendo tras él, gesticulando con entusiasmo durante todo el pasillo:
—Entonces… ¿y si le pido a la universidad que nos cambie de despacho? ¿El gran despacho del último piso del edificio de biología le parecería bien? ¡Puedo usar el presupuesto para comprar un sofá nuevo! Y una cafetera… ¡y también un horno! ¡Profesor, espere! ¡Profesor Shen…!
La tarde se extendía bajo un cielo despejado. La luz del sol atravesaba las copas de los árboles; el viento del pleno verano, cargado de olor a tierra, soplaba con fuerza hacia el horizonte.
Bai Sheng se detuvo junto a la puerta del coche. Con un gesto despreocupado lanzó al aire la cuerda de cuero y volvió a atraparla, observando cómo los anillos de oro mate caían, pesados, sobre su palma.
—… En la vida, nueve de cada diez cosas no salen como uno espera. En el futuro conocerás a más personas, vivirás más experiencias y establecerás más vínculos con este mundo… así que no dictes sentencias ahora.
¿Había sido una sentencia precipitada?
Bai Sheng esbozó una sonrisa irónica, se colgó de nuevo los anillos al cuello y los ocultó bajo el cuello de la camisa.
Tal vez haya personas en este mundo destinadas a aparecer una sola vez: irrumpen con estrépito, se marchan sin dejar huella y, al final, no son más que un cruce fugaz de sueños, una flor caída arrastrada por la corriente.
Probablemente no volverían a encontrarse.
El viento templado del Atlántico cruzó el estrecho y se adentró en el continente, arrastrando consigo una acidez juvenil y secreta, llevándose con él el verano precipitado de los diecinueve años de Bai Sheng.
El tiempo pasó. El viento siguió rugiendo. La luz y las sombras se deslizaron como agua que se escurre entre los dedos.
. ݁₊ ⊹ . ݁ ⟡ ݁ . ⊹ ₊ ݁.
Ocho años después, al otro lado del océano.
Shenhai.
—… El conflicto entre humanos y evolucionados nunca ha tenido un final feliz. El precio de una evolución repentina siempre recae sobre los civiles, y para ellos es una catástrofe devastadora…
—Pero yo solo quería seguirle a usted, inspector Shen. Desde la primera vez que vi su foto en el periódico, cuando aún era estudiante, pensé lo mismo.
Bajo la iluminación deslumbrante del hotel, Bai Sheng bloqueó la salida del vestíbulo, con los brazos cruzados sobre el pecho, sonriendo mientras observaba al gran inspector de la ciudad de Shenhai, cuyo rostro estaba sombrío como el hielo.
—Seguirle ha sido siempre el sueño de mi vida.
A su espalda, el humo de la refriega aún no se había disipado. No muy lejos, los inspectores iban y venían, y la sangre de aquellos evolucionados implicados en el tráfico ilegal de fuentes evolutivas seguía manchando el suelo devastado.
A tan corta distancia, Shen Zhuo entrecerró ligeramente los ojos.
Aquel joven evolucionado de nivel S, poderoso hasta la arrogancia, se superponía de forma sutil con una imagen lejana: una bestia acorralada, deshecha y desesperada, en un callejón nocturno de hacía muchos años.
Pero eso quedaba demasiado atrás.
El recuerdo brilló un instante, como un destello sobre la superficie del mar, y enseguida se hundió en las profundidades, imposible de atrapar.
—No es necesario, señor Bai —respondió Shen Zhuo con serenidad—. En adelante, le ruego que no vuelva a entrometerse en mis asuntos personales.
Se cruzaron de largo. Shen Zhuo se dirigió al ascensor.
Bai Sheng giró la cabeza para mirarlo.
Entre el bullicio y la quietud de las luces nocturnas, el inspector de Shenhai avanzaba a grandes pasos hacia la distancia. Desde el interior de su uniforme se escapó una fragancia tenue y limpia que el viento llevó hasta la nariz de Bai Sheng, despertando una sensación extrañamente familiar, como si alguien hubiera pasado un paño sobre un espejo cubierto de polvo, haciendo temblar de pronto un recuerdo oculto en lo más hondo.
Bai Sheng se quedó inmóvil.
… No podía ser, ¿verdad?
Pensó sin darse cuenta.
Las luces y las sombras dividían el mundo en dos. Ambos se alejaban, cada uno en un lado distinto de aquella frontera entre el esplendor y la penumbra, cada vez más lejos…
El viento atravesó los huecos secretos del alma como una marea creciente, arrasando con años de tiempo acumulado.
Nadie lo supo jamás, cuando los años se disiparon.
Que una vez, fugazmente, sus caminos se habían cruzado.
Gracias por haber llegado hasta aquí. Gracias por haber compartido la emoción de la historia, las relaciones de los personajes y sus aventuras.
Perdón por los posibles errores de novata. Si algo creen que se podría mejorar, me lo hacen saber, por favor.
Gracias a Hualianxo por empezar y acabar la edición de esta historia… tardamos nuestro tiempo pero creo que valió la pena.
Y de nuevo mil gracias por todo… y hasta la próxima, ¡espero!
Saludos 🍓⋆。‧˚ʚ🌹ɞ˚‧。⋆
Impresiones sobre el capítulo completo.
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