A finales de agosto, tras el caos global inicial provocado por la reversión del eje temporal, el exhausto Shen Zhuo por fin recibió tres buenas noticias.
La primera: había llegado el cumpleaños de Bai Sheng.
Eso significaba que, tras las reiteradas y severísimas advertencias de Shen Zhuo, la aterradora decoración de corazones rosas pintada en el fuselaje del Gulfstream G600 podía retirarse oficialmente de la historia. Por fin dejaría de desafiar descaradamente la paciencia de Shen Zhuo —y el sentido estético de los servicios de inteligencia de todos los países— a diez mil metros de altura.
La segunda buena noticia: Chu Yan por fin decidió retomar los estudios.
Con poco más de once años, regresó al Instituto Central de Investigación, convirtiéndose en la estudiante de nuevo ingreso más joven de la historia… aunque con un pequeño bug temporal de cinco años de por medio.
Chu Yan había abandonado la escuela porque empatizaba en exceso con los animales de laboratorio, hasta caer en una depresión de la que no lograba salir. Tras la reversión del tiempo, Shen Zhuo le preguntó si deseaba evolucionar de nuevo. La niña lo rechazó con sorprendente lucidez y, siguiendo su consejo, cambió la especialidad de biología por física teórica, con la esperanza de participar algún día en la investigación humana del universo de alta dimensión.
Bai Sheng se sintió profundamente decepcionado por ello. Aunque era un bocazas incorregible, en realidad había albergado la sincera intención de dejarle en herencia todos sus bienes a su hijita. Nunca imaginó que acabaría dedicándose a explorar el universo para beneficio de la humanidad. Ante la firme decisión de su “hija”, al viejo padre solo le quedó investigar primero las salidas laborales y el salario medio de esa carrera.
Tras hacerlo, Bai Sheng regresó con el rostro completamente desencajado. Llamó a su abogado, añadió a Chu Yan a su fideicomiso familiar y luego, con expresión de absoluta incredulidad, le dijo a Shen Zhuo:
—¡Es inaudito que exista una profesión con ingresos tan bajos! A este paso, sospecho que cuando llegue el día de llevarnos flores a la tumba, tendrá que esperar a las rebajas del Doble Once para poder comprar dinero del inframundo.
(NT:“Doble Once” se refiere al 11 de noviembre (11/11), conocido en China como el Día del Soltero (双十一, Shuāng Shíyī), que hoy en día es el mayor evento de rebajas y compras en línea del mundo. El Doble Once es sinónimo de descuentos brutales, compras compulsivas y “aprovechar gangas”).
Shen Zhuo: «…».
La tercera buena noticia fue tan inesperada que incluso Shen Zhuo, al enterarse, se atragantó con el té.
El indomable y aplicado alumno Yang Xiaodao, en el examen de ingreso a secundaria, brilló con luz propia: obtuvo su primer sobresaliente en matemáticas, una nota perfecta, y fue reconocido públicamente como graduado ejemplar de primaria.
El viento primaveral soplaba, los tambores resonaban.
Toda la familia se purificó solemnemente; Chu Yan alzó el boletín de notas como si fuera una reliquia sagrada; Bai Sheng lo enmarcó con devoción y lo colgó en la pared; Shen Zhuo encendió personalmente tres varillas de incienso.
Todos mostraban en el rostro la expresión de quien desea grabar ese instante en la memoria para siempre.
—¡¿Se han vuelto locos?! —estalló Yang Xiaodao—. ¡¿Quieren humillarme, verdad?! ¡Dejen de tomar fotos! Y grabarlo todo en vídeo ¡¿qué significa?!
La primera noche tras regresar cinco años atrás, Shen Zhuo envió a Chen Miao a traer a Yang Xiaodao desde el condado de Pingliang. Gracias a la rápida intervención, esta vez no se repitió la tragedia de su pérdida de control y homicidio involuntario. Los parientes lejanos que lo habían maltratado durante años fueron arrestados; las pruebas eran concluyentes y se los condenó por abuso.
A diferencia de Chu Yan, Shen Zhuo permitió que Yang Xiaodao evolucionara de nuevo de inmediato.
Primero, porque los años de palizas habían provocado daños en sus órganos internos y deformación de la columna; sin evolución, las secuelas habrían sido permanentes.
Segundo, porque la causalidad requería un apoyo de suerte y Yang Xiaodao no tenía objeciones: el lobezno siempre seguía de cerca al lobo alfa, férreo, silencioso, leal hasta el final, una pieza indispensable de la familia.
La segunda evolución de Yang Xiaodao fue ocultada con extremo cuidado por Shen Zhuo. Por suerte, aún era pequeño y esas anomalías sutiles no resultaban fáciles de detectar para los servicios de inteligencia internacionales; de lo contrario, habría estimulado peligrosamente los nervios ya tensos de los gobiernos del mundo.
Bai Sheng, en cambio, estaba encantado con que su hijo hubiera vuelto a evolucionar. Así se lo dijo:
—¡Genial, hijo! Entrena bien esas habilidades. Luego montamos un restaurante familiar: electricidad, agua, gas, aire acondicionado… ¡todo gratis! ¿Cómo no vamos a hacernos ricos de la noche a la mañana?
Yang Xiaodao, lleno de ambición, respondió:
—¡Sí!
—¡Y cuando a tu hermana no le paguen el sueldo en su instituto, podrá venir a comer gratis tres veces al día!
—¡¡Sí!!
Chu Yan:
«… respeten un poco la física teórica».
Antonio, el pequeño rey del mercado de armas sudamericano, guapo, elegante, pecho firme y trasero admirable, era un apasionado de los yates, las fiestas, el buen alcohol, las bellezas… y de cobrar “tasas de protección” recorriendo Sudamérica.
Un tipo que, si se quedaba quieto demasiado tiempo, empezaba a rascarse de puro aburrimiento.
Era impensable que alguien así se quedara tumbado al sol en un yate sin hacer nada. Así que, aprovechando el cumpleaños de su hermano Bai, organizó una fiesta en la playa, eligiendo con exquisito acierto el lugar: la isla de Puluoli, uno de los bastiones de su familia.
¡La isla de Puluoli, marcada por el destino!
Allí se había celebrado en su día la ceremonia del Premio Nobel de la Paz Evolutiva. Los grandes supervisores habían acudido elegantísimos, todos intentando hospedarse en hoteles remotos y destartalados para evitar a sus colegas… solo para acabar chocando unos con otros en el pasillo del mismo hotel.
De aquel incidente se desencadenó una cadena de sucesos irreparables:
Nelson intentó secuestrar a Shen Zhuo y terminó muerto; Rong Qi lo sacó de prisión; Bai Sheng y Shen Zhuo descendieron a la base del meteorito de Sait Katt, solo para descubrir que gran parte del material había sido sustituido… y Antonio estuvo peligrosamente cerca de colgarse del susto.
Por suerte, en la nueva línea temporal, Puluoli no era más que un soleado destino turístico. A finales de agosto, además, estaba en plena temporada alta.
—¡Uuuuhuuuu!
Dos estelas blancas como flechas cruzaron el mar azul. Bai Sheng y Antonio competían en motos acuáticas, tan eufóricos que casi arrojaron al mar a Yue Yang, que pescaba atún rojo desde un barco con determinación solemne.
Desde el bar sonaba música animada; la carne asada chisporroteaba sobre la parrilla. Yang Xiaodao y Chu Yan jugaban al fútbol playa. Shen Zhuo, bajo una sombrilla, vestido con camisa y pantalones cortos de lino blanco, sostenía tranquilamente una cerveza cuando el rugido de una moto acuática se acercó por detrás.
Amatullah apareció, espectacular en bikini, acompañada de Margot.
—¡Yujuu! —exclamaron, llenas de energía. Amatullah se bajó, se pasó la mano por el cabello y, radiante, gritó—: ¡Llevamos rato esperando, preciosos! ¿Qué se bebe aquí? ¡Tráiganme dos cajas de cerveza!
Shen Zhuo sonrió sin decir nada. No muy lejos, un grupo de modelos masculinos de traseros perfectos se abalanzó a atenderlas con entusiasmo.
Esos eran los verdaderos tesoros de Amatulla: Antonio los había seleccionado especialmente para las damas, tras una criba exhaustiva. Abdómenes poco definidos ni siquiera entraban en consideración.
—¡Shen Zhuo!
Un destello describió un arco en el aire. Shen Zhuo alzó la mano y atrapó unas llaves de Ferrari. Amatullah, rodeada de guapos como una reina entre estrellas, rio con voz clara:
—¡Para ti! ¡Ve tú mismo a matricularlo!
Shen Zhuo no pudo evitar reír y le agradeció con un gesto.
Amatullah había demostrado una visión admirable: antes de la reversión del eje temporal, temía no quedar dentro del ojo del huracán, así que obligó a Bai Sheng a memorizar un libro entero con números históricos de la lotería y la evolución del mercado bursátil estadounidense.
Por suerte, Bai Sheng de verdad se había jugado la vida para ayudarla a cargar con todo hasta el final. Tras despertar aturdido después de que el meteorito le golpeara la cabeza, todavía era capaz de recordar la mayoría de los números… y, acto seguido, el sorteo de la lotería Mark Six permitió que Amatullah ganara en el acto cien millones de dólares.
Todos estallaron en vítores, convencidos unánimemente de que aquella batalla decisiva había valido la pena. Amatullah cumplió su promesa con una generosidad arrolladora: al grupo de hermanas les encargó un Lamborghini a cada una; a Shen Zhuo, Bai Sheng, Yue Yang y Antonio, un 812 GTS por cabeza. Además, le dijo a Bai Sheng con entusiasmo que, si volvía a ganar en el próximo sorteo, le regalaría a Shen Zhuo un Rolls-Royce más rosa, con la carrocería pintada con una Hello Kitty vestida con falda de encaje.
—¡Uuuuhuuuu!
Bai Sheng y Antonio regresaron eufóricos en la lancha rápida, cada uno empuñando un enorme mero gigante que habían arrebatado al mar. Yue Yang, el pescador de corazón, montó en cólera y los persiguió en su barco:
—¡Vuelvan ahora mismo! ¡Déjenme hacer una foto primero! ¡Vuelvan!!
Al caer la tarde, encendieron una hoguera en la playa y comenzó la barbacoa. Salvo los dos “cabezas de cebolla”, Yang Xiaodao y Chu Yan, que solo podían beber zumo, todos los adultos tomaron licor fuerte. Incluso Shen Zhuo tenía ya un leve rubor en el rostro; las llamas iluminaban la sonrisa tenue que se dibujaba en sus mejillas.
—Mira, ¿qué tiene de malo trabajar conmigo? —Antonio, medio borracho, pasó un brazo por los hombros de Yue Yang y, arrastrando las palabras, lo aconsejó con fervor—. ¡Tiene un futuro brillante! Ya lo tengo todo planeado: mañana vamos a Colombia a barrer a un par de familias rebeldes, pasado mañana a Venezuela a cargarnos al presidente… el botín es todo nuestro, y yo te garantizo la mitad…
—Déjate de historias —le cortó Yue Yang—. Aún no hemos saldado cuentas por aquella reunión en la que casi te arrancas conmigo por el presupuesto. Lo único bueno que hizo Nelson en su vida fue interponerse antes de que me estrangularas… ¡quita la mano! ¡Ya no tienes ni un punto de credibilidad!
Antonio se tambaleó.
—¡Eh, hermano! ¡Cada cosa a su tiempo…!
Shen Zhuo recordó algo y se volvió hacia Amatullah.
—¿Qué está haciendo ahora Nelson?
Amatullah, una Alfa de manual —ya era una funcionaria dura antes de evolucionar—, encogió los hombros mientras asaba una pierna de cordero.
—Peleándose con tu hermano en la ONU, supongo. Siempre ha tenido detrás al capital financiero. Pero, sinceramente, sin evolución no es rival para un huevo pasado por agua; que lo echen es solo cuestión de tiempo.
Aunque Shen Zhuo había soportado en solitario la presión internacional durante la audiencia, eso no podía mantenerse indefinidamente. Para maniobrar con el poder y resistir a largo plazo, Cameron era imprescindible; en ese terreno casi nadie podía vencerlo.
—He oído que planean establecer una oficina de supervisión en las regiones que conservaron la memoria de la evolución —comentó Amatullah.
Shen Zhuo asintió con un leve murmullo.
—Cinco años de evolución dejaron muchos problemas pendientes: fracturas de clase, tensiones raciales, desequilibrios psicológicos. Todo eso necesita regulación. El plan preliminar es mantener las zonas de supervisión especial durante cinco años, hasta alcanzar el punto temporal previo a la reversión. Después, se restaurará por completo el orden social normal.
Amatullah se acarició la barbilla, pensativa, y al final no pudo evitar preguntar:
—¿De verdad no volverá a caer sobre la Tierra algo como una evolución repentina?
Shen Zhuo sonrió.
A lo lejos, el sol se hundía en el horizonte; la música flotaba en el aire. Un grupo de lugareños cantaba y bailaba, y la cerveza describía arcos espumosos entre la multitud.
—La humanidad nunca ha dejado de evolucionar —dijo Shen Zhuo, alzando una ceja—, pero es un proceso largo, transmitido de generación en generación. Lo de la evolución súbita mejor olvidarlo: no encaja con los valores autóctonos de la Tierra. Si se atreven a volver, invertimos el eje temporal y listo… y de paso te hago ganar dos veces más el premio gordo.
Amatullah rompió a reír.
—…Lo sé, hermano. En el mundo hay muchas flores hermosas; no hace falta colgarse de un solo árbol —Antonio, abrazado a Yue Yang, avanzaba entre la gente. Ambos iban ya bastante bebidos, rozando la fase de confesiones a corazón abierto—. No pasa nada, son jóvenes, yo lo entiendo. Mira hacia delante. Si no funciona, te ayudo a buscar otro. En este mundo hay gente más guapa que el inspector Shen a patadas… ¡Eh, mira ese! ¡Allí, allí!
Ambos miraron al frente.
En un rincón del bufé frío, bajo un árbol, una figura esbelta se recortaba de perfil. Con un cuchillo abría tranquilamente una ostra; su postura era relajada, pero desprendía un aura difícil de describir. Bajo la luz, se insinuaba una mandíbula tan pálida que quitaba el aliento.
Antonio empujó a Yue Yang con entusiasmo.
—¡Vamos, vamos! ¡Ve a pedirle el número! ¡Mi hermano es apuesto, elegante, imponente! ¿A quién no podría conquistar?
—¿Qué comes, cariño? —se oyó entonces.
Bai Sheng, sin el menor pudor, caminó hacia la figura bajo el árbol con el torso desnudo, mostrando unos músculos firmes y hermosos. Se inclinó y, sin pedir permiso, le arrebató la ostra de la mano… y acto seguido le dio un beso.
La figura alzó el rostro, revelando un semblante elegante que hacía palpitar el corazón.
Era Shen Zhuo.
Yue Yang: «…».
Antonio: «…».
—¡Este no cuenta, este no cuenta! —Antonio, presa del pánico, tiró de Yue Yang—. ¡Te busco otro!
—¿Cuántas ostras has comido ya? No comas más —la brisa del atardecer recorrió la playa mientras Shen Zhuo, entre risas y protestas, empujaba a Bai Sheng con el codo, bloqueándole el pecho para que no se acercara—. Una más y esta noche duermes en la habitación de al lado. ¡Suéltame… suéltame!
Bai Sheng estaba claramente pasado de copas. De un tirón, alzó a Shen Zhuo y lo sostuvo en el aire contra una palmera, ignorando cualquier protesta para darle un beso profundo. A la luz de la hoguera, sus facciones brillaban con un fulgor radiante.
—¿Nos escabullimos a la casa? —murmuró contra su cuello, aspirando una y otra vez el aroma de su ropa, sujetándole la barbilla para que no se apartara, mordisqueándole la oreja—. Esta gente hace demasiado ruido… te llevo a descansar. No se atreverán a llamar. Si nos damos prisa, aún llegamos a ver el amanecer…
—¡Solo has bebido un par de tragos! —protestó Shen Zhuo—. ¡No te hagas el loco!
Bai Sheng fue irracional; Shen Zhuo, implacable. Forcejearon un buen rato en un rincón apartado hasta que, con un rasgón seco, la camisa de lino de Shen Zhuo se abrió de arriba abajo. La mano culpable de cierto Bai se quedó rígida, congelada en un punto imposible de describir.
Con las orejas ardiendo, el inspector Shen le propinó sin piedad un codazo. El ser humano más poderoso del planeta se dobló sujetándose el abdomen, aullando, mientras Shen Zhuo subía escaleras arriba, rojo como un tomate, a cambiarse de ropa.
No muy lejos, junto a la parrilla, Chu Yan se afanaba en arrancar a mordiscos la pierna de cordero de Amatullah, sudando y jadeando. Yang Xiaodao no pudo soportarlo más: arrastró un taburete, se puso manos a la obra y pronto el aire se llenó de un aroma irresistible. Amatullah aguardaba al lado, culpable, tragando saliva.
—…¿Y esa chica qué tal? Los de allí jugando al vóley playa tampoco están mal… oh, ese modelo jovencito, tan lleno de vitalidad, tan digno de compasión… —Antonio volvió a pasar con Yue Yang del brazo—. ¿Qué? ¿No te gustan los rubios de ojos claros? ¡Qué exigente eres! Mira a Margot, qué cercana, qué accesible…
Yue Yang: «…».
Margot descansaba en una tumbona bebiendo agua de coco: un modelo le masajeaba los hombros, otro los pies, y un tercero le leía con entusiasmo El principito.
—Así no vas bien, hermano —Antonio suspiró con aire de veterano—. Olvida a ese Shen. En su día yo tuve poder de veto sobre Shenhai… En fin, dejemos el pasado. Cuando veas esta vida libre y feliz, este mundo tan variado, lo entenderás de forma natural. —De pronto se sobresaltó—. ¡Eh, mira ese! ¡Allí, allí!
Miraron de nuevo.
En la playa, una figura estaba de pie a contraluz. Bajo el cabello negro asomaba un cuello pálido; llevaba una camiseta grande, desajustada, y unos pantalones cortos que dejaban al descubierto unas piernas largas y bien delineadas.
Yue Yang seguía algo decaído. Antonio lo empujó con todas sus fuerzas, señalando al cielo y dándose golpes en el pecho.
—¡Vamos! ¿Qué pasa por iniciar una conversación? Con lo que tú tienes, ¿a quién no vas a conquistar? Tranquilo, toda la isla es nuestra. ¡Esta noche hago que todos cooperen! ¡Ve!
En ese momento, el mar salpicó con un chapoteo. Bai Sheng emergió del agua, caminó hacia la orilla empapado, sacudió la cabeza con violencia… y, al llegar frente a la figura a contraluz, le dio un beso.
—¡Cariño, ya se me pasó la borrachera! —anunció con total desparpajo—. Vamos a dar un paseo.
Yue Yang: «…».
Antonio: «…».
La figura se volvió.
Otra vez era Shen Zhuo.
Antonio, fuera de sí, saltó indignado:
—¡Al diablo con todo! ¡Este tampoco cuenta! ¡Repito la jugada! ¡Exijo repetir!
Yue Yang, inexpresivo, le dio una paliza, lo arrojó al mar y, sacudiéndose las manos, se dio la vuelta y se marchó.
En la lejanía del horizonte marino, el resplandor crepuscular teñía el cielo como una herida abierta: grandes extensiones de dorado, verde azulado y azul profundo se superponían en capas, aclarándose y oscureciéndose hasta fundirse con el negro de la noche, desplegándose hacia la vasta bóveda celeste.
Gritaban las aves marinas, subían y bajaban las mareas. Bai Sheng tiraba de la mano de Shen Zhuo, y tras ellos quedaba en la arena una larga estela de huellas sinuosas.
—¿En qué piensas? —preguntó Shen Zhuo con naturalidad.
Bai Sheng sonrió y, de forma inesperada, respondió:
—En mis padres.
Aquel atardecer de verano, después de cenar, los tres habían salido a pasear. Bai Sheng, con seis años, iba detrás sujetando al perro mientras chupaba un helado; delante caminaban sus padres, del brazo. El cielo se incendiaba con los colores del ocaso, la penumbra caía a lo lejos y, en lo alto, la primera estrella asomaba tímidamente. No recordaba qué dijo su madre, solo que reía a carcajadas; su padre la miraba con una sonrisa y, de pronto, sin venir a cuento, soltó:
—Cariño, tus ojos se parecen a las estrellas del cielo.
No recordaba la respuesta de su madre, solo que lo regañó entre risas, dándole un par de golpes, que su padre fingió salir corriendo y que ella mandó al perro a perseguirlo. El paseo arbolado se llenó de carcajadas. Aquel matrimonio de cuarenta y tantos años parecía todavía una pareja de adolescentes despreocupados; los anillos en sus manos reflejaban una luz cálida bajo el sol poniente.
—…Shen Zhuo.
—¿Mm?
El agua del mar, aún templada, les cubría los empeines. Bai Sheng miró a Shen Zhuo con una ternura desbordante y, tras un momento, como empujado por un impulso inexplicable, susurró:
—…Tus ojos se parecen mucho a las estrellas.
Shen Zhuo pareció querer disimularlo, pero la comisura de sus labios se curvó sin remedio. Luego giró la mirada hacia él: su expresión era serena y profunda, como el océano reflejando un cielo colmado de estrellas.
—Gracias por regalarme esas palabras —respondió con suavidad—. Me gustan mucho.
A Bai Sheng se le humedeció la nariz, pero la sonrisa en su rostro se volvió cada vez más luminosa. Extendió los brazos y lo abrazó con fuerza; ambos podían sentir, en el punto donde sus pechos se tocaban, el latido del corazón del otro.
El rumor del mar fue alejándose poco a poco, convertido en un murmullo difuso.
Como si soñara, Bai Sheng vio sonreír también a aquel niño suyo, pequeño, solo y con el rostro cubierto de lágrimas, enterrado en lo más hondo del tiempo. Los viejos nudos se deshicieron al fin; todos los anhelos se vieron colmados.
El vacío más difícil de aceptar de toda una vida quedó por fin rellenado. Años después, sobre las ruinas donde se extinguió el gran incendio, había reconstruido y protegido su propio hogar.
—¿Recuerdas la última vez que vinimos a esta isla? —dijo Bai Sheng, hundiendo el rostro en el hueco del cuello de Shen Zhuo—. Aquella frase que te dije en la habitación del hotel… Dije que quizá te resultaría difícil verme como a una persona amada, pero que para mi tú siempre fuiste mi persona amada, y que siempre lo serías.
Fue la primera gran ruptura entre ellos. Bai Sheng se lanzó de verdad al vacío, desplegando sin rodeos aquella palabra terrible y explosiva: amor. Ambos quedaron hechos jirones.
—Durante mucho tiempo no me atreví ni a imaginar que algún día acabaríamos juntos… Pensé que mi vida se quedaría así para siempre —murmuró—. De verdad creí que solo podía ser así.
Las olas, como montañas de espuma, avanzaban desde todos los puntos. El viento salado silbaba con fuerza.
Shen Zhuo no pudo evitar reír. Tardó mucho en desvanecerse esa sonrisa; luego exhaló un suspiro apenas audible y, como si se rindiera, admitió:
—…Yo también.
La noche descendía, semejante a un enorme telón de terciopelo que cubría el mar infinito. Las aves cruzaban batiendo las alas, lanzando sus llamadas.
Shen Zhuo se separó de Bai Sheng y sacó de entre su ropa una fina cadena. Un anillo sencillo, pulido por el paso del tiempo, se balanceó suavemente, formando pareja perfecta con la alianza que Bai Sheng llevaba en el anular izquierdo.
—Tú también has sido siempre mi amado —dijo con una leve sonrisa, en voz baja—. Desde el principio. Y lo serás siempre.
A lo lejos, el faro se encendió, dibujando las siluetas inseparables del beso. El aliento entrelazado se dejó llevar por el viento hacia el océano sin límites.
—¡Eh! —gritó alguien.
Desde la playa llegó la música. Amatullah agitaba una botella con entusiasmo; había dejado a Yue Yang y a Antonio completamente fuera de combate bajo la mesa. Con la mano en forma de megáfono, gritó:
—¡¿Van a volver o no?! ¡El cordero entero ya casi está listo!
Yang Xiaodao, sudando a mares, arremangado, espolvoreaba pimienta sobre el cordero sin girarse siquiera:
—¡No vuelvan! ¿Para qué? Los adultos no necesitan roer costillas de cordero; con roerse el uno al otro ya van sobrados…
Bai Sheng estalló en carcajadas. Shen Zhuo se llevó la mano a la frente, divertido.
De forma natural, entrelazaron los dedos y caminaron juntos hacia la multitud, bajo un cielo repleto de estrellas. El viento nocturno arrastró las risas hacia la superficie del mar.
A sus espaldas quedaba la larga noche humana, vasta y bulliciosa. Las olas golpeaban la orilla con ternura; la Vía Láctea, como un poema espléndido, giraba lentamente más allá de miles de millones de años luz, atravesando el firmamento.
Los extras se publicarán de forma irregular; primero tengo que volver de un viaje de trabajo.
Hui Tian se ha publicado durante seis meses. Gracias de corazón a todos los lectores que me han acompañado y apoyado a lo largo del camino. Como muestra de agradecimiento, enviaré un pequeño “sobre rojo” a los primeros diez mil comentarios de este capítulo. Me inclino ante ustedes.
En los últimos años he reducido mucho mi producción. Llegada la mediana edad, entre el trabajo, la vida y la familia, las obligaciones no se acaban nunca; a esta edad uno vive girando como un trompo. Además, mi forma de escribir es algo anticuada y no encaja del todo con los hábitos actuales de lectura. La realidad ha demostrado que no puedo cambiarla fácilmente. Que hayan sido tan indulgentes conmigo es algo por lo que estoy profundamente agradecida.
Cada personaje de esta historia ha estado vivo ante mis ojos. Yo los creé, ellos se completaron a sí mismos, y juntos hemos recorrido estos seis meses con ustedes. Gracias también a Shen Zhuo, Bai Sheng, la Bruja, Shui Ronghua (Flor Disuelta en Agua), Chu Yan, Yang Xiaodao, Cameron y a todos los demás. Aunque sus historias se detengan aquí por ahora, sus vidas seguirán vibrantes y plenas en otro plano, formando su propio mundo.
Cuando regrese el mes que viene comenzaré con los extras. Probablemente se centren en la vida doméstica de un universitario joven y un profesor hermoso —también conocidos como Cameron despertándose a medianoche con ganas de darle una bofetada al universitario. Aparecerán muchos personajes. Los extras caerán de forma algo aleatoria, pero haré todo lo posible.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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