Asia, Instituto Central de Investigación.
Yue Yang se incorporó de golpe en la cama del dormitorio.
Afuera, el día era claro y luminoso. La brisa de la tarde agitaba suavemente las cortinas, trayendo consigo las risas y los gritos animados de quienes jugaban a la pelota en el campo deportivo.
…¿Qué día es hoy?
Todo su cuerpo empezó a temblar. Saltó de la cama y se abalanzó sobre el escritorio, tomó el móvil y miró el calendario.
28 de junio.
La fecha se le clavó en los ojos.
Cinco años atrás, el 28 de junio: la noche previa a la caída de la lluvia de meteoritos. Acababa de obtener su doble máster, había sido reclutado de forma especial por las fuerzas armadas y se preparaba para incorporarse al entrenamiento. Como los trámites aún no estaban completos, seguía alojado provisionalmente en el dormitorio del instituto.
La evolución había sido completamente revertida.
¡De verdad habían regresado!
El móvil cayó sobre la mesa con un golpe seco. Yue Yang tensó todos los músculos; su pecho subía y bajaba con violencia. Tras unos segundos interminables, dejó escapar una bocanada de aire cargada de euforia, incredulidad y una emoción casi salvaje. Acto seguido, sin dudarlo ni un instante, empujó la puerta y salió corriendo.
Si no recordaba mal…
Si todo realmente había vuelto a desarrollarse según la trayectoria original…
Un balón de baloncesto de color naranja describió un arco perfecto en el aire y, con un swish limpio, atravesó la red.
Un joven alto, apuesto, de piel clara y complexión atlética aterrizó con firmeza. Sonrió y chocó la mano con sus compañeros mientras, desde un lado, se oían vítores:
—¡Nada mal, Fu Chen!
—¡Buenísima!
Fu Chen regresó a la banda, levantó una botella de agua y se la volcó entera sobre la cabeza. Sacudió el pelo con fuerza; las gotas salieron despedidas, brillando como cristal bajo el sol.
—Oigan, ¿quién va a bajar a buscar al viejo Yue? —dijo riendo mientras se giraba—. En dos días nos vamos al ejército y él sigue encerrado en el dormitorio, trasteando con esos libros suyos. Esta noche invito yo, vamos al hot pot de la puerta de la universidad…
No llegó a terminar la frase.
Desde no muy lejos, una figura salió disparada del edificio del dormitorio y se lanzó hacia él como un torbellino, rodeándolo con un abrazo feroz.
—¿?
Media botella de agua se derramó de golpe. Fu Chen estuvo a punto de perder el equilibrio. Cuando por fin vio quién era, estalló en carcajadas:
—¿Pero qué te pasa, Yue? ¿Tan emocionado estás porque invito yo?
—…Lo siento —murmuró Yue Yang con la voz temblorosa. Una mezcla de culpa y amargura le inundó el pecho, subiéndole hasta la nariz—. Perdón… de verdad. Has vuelto. De verdad han vuelto todos…
Yue Yang rara vez dejaba ver sus emociones, pero en ese instante no pudo contenerse. Se le enrojecieron los ojos. Las voces, los pasos y el bullicio a su alrededor se convirtieron en un zumbido indistinto. Algunos se sorprendían, otros bromeaban; alguien se acercó para darle palmadas burlonas en la espalda. Todo aquel ruido se fundió en un murmullo lejano, salvo la voz divertida de Fu Chen, nítida y clara:
—¿Pedir perdón de qué carajos? ¿Qué te pasa, Da Yang? ¿Perdón por qué…? ¡Mierda, espera! ¡No me digas que otra vez mstaste el acuario entero de mis peces dorados! ¡Suéltame ahora mismo! ¡Explícamelo bien! ¡Esta vez no te perdono ni muerto…!
Las risas estallaron alrededor. Entre empujones y bromas, bajo el sol dorado de pleno verano que se filtraba entre las copas de los árboles y caía en manchas irregulares sobre el borde de la cancha, el grupo se fue alejando.
—…No, no, no pasó eso —dijo Yue Yang, tirando de su amigo mientras se secaba el rostro con fuerza. Tenía los ojos aún rojos y húmedos, pero la voz, ronca, rebosaba alegría—. ¡Vamos! Esta noche invito yo. Hot pot, luego karaoke. ¡Hasta caer borrachos!
Entre gritos y risas, agitando toallas y haciéndose bromas, bajaron del campo deportivo. Fu Chen seguía preguntando, completamente perdido, mientras Yue Yang lo sujetaba con fuerza por los hombros.
Entonces, sin querer, Yue Yang giró la cabeza.
Bajo la sombra lejana de los árboles, una figura esbelta permanecía de pie, en silencio.
Era la joven Shui Ronghua.
Parecía recién salida del laboratorio. Vestía igual que entonces: el cabello negro recogido, las manos hundidas en los bolsillos de la bata blanca, la mirada cargada de una leve tristeza y una soledad profunda.
Yue Yang se quedó inmóvil.
Shui Ronghua forzó una pequeña sonrisa, se dio la vuelta y se alejó. Su figura solitaria se perdió pronto entre las sombras del arbolado.
Aquella voz que siempre había existido en lo más hondo de su mente, que respondía sin falta cada vez que la llamaba, a veces incluso demasiado parlanchina, había desaparecido.
Todo lo que no pertenecía a la Tierra había regresado, al final, a las profundidades del universo.
Ya no tenía que preocuparse porqué Italdo ocupara su cuerpo y saliera a causar problemas; ni porqué se escapara a buscar a Shen Zhuo clamando que quería comerse a alguien; ni por despertarse un día y encontrarse la casa llena de montañas de bolsos Hermès y trajes Chanel.
Todo había vuelto al punto en el que aún no había ocurrido nada.
Había dejado tras de sí tantas risas vivas y recuerdos luminosos, y sin embargo, era como si desde el inicio mismo de la historia nunca hubiera existido.
Shui Ronghua no sabía adónde quería ir.
Ella avanzó despacio por la avenida arbolada. El viento veraniego le rozaba las sienes, trayendo desde el instituto las voces de los estudiantes persiguiéndose y bromeando; en la calzada, los coches tocaban el claxon mientras se alejaban, y bajo los semáforos la multitud iba y venía en un incesante ir y venir.
Este mundo bullicioso había regresado, sin duda, a la forma que ella conocía mejor, a su antiguo aspecto cotidiano; pero sabía que algo había desaparecido. Algo que jamás volvería a ser igual.
Como guiada por un impulso inexplicable, volvió a entrar en aquella estación de metro.
En los tornos no había detectores de habilidades, ni en el andén existían dispositivos de bloqueo de poderes. El tren subterráneo pasó rugiendo, la gente entraba y salía sin cesar. Nadie reparó en la joven doctora sentada en un banco, con la mirada atravesando el vacío, absorta en un punto invisible suspendido en el aire.
Sí —pensó—. Es este andén.
«…Una entidad espiritual desconocida ha aparecido en una estación de metro, ha tomado como rehenes a más de cien pasajeros dentro de un vagón y mantiene un enfrentamiento intenso con el Centro de Inspección. Existe el riesgo de que cometa una masacre en cualquier momento…»
El andén fue evacuado de emergencia. El Centro de Inspección y el instituto movilizaron a su personal como ante un enemigo formidable. Dentro del vagón, más de cien hombres retenidos temblaban de miedo. Shui Ronghua estaba detrás de Shen Zhuo cuando oyó al director Gao leer con voz entrecortada la traducción del detector de radiación extraterrestre:
—E-ella… ella dice que en estado de espíritu su energía es muy débil, que se siente mejor si tiene un cuerpo físico… y que odia profundamente a los hombres, así que… ¡esperen! ¡Dice que le gusta la doctora Shui!
Shui Ronghua se quedó paralizada. Su mirada pasó por encima de Shen Zhuo y se clavó en la puerta abierta del vagón.
Allí no parecía haber nadie, pero ella sabía que en realidad había una bruja aferrada con fuerza a la puerta, como un gato flaco y erizado, alerta y aterrorizado, fingiendo ferocidad mientras se enfrentaba a aquel grupo de personas.
—Forzar la toma de un cuerpo es muy difícil, y ella tampoco quiere hacerlo así, por lo que necesita que alguien se ofrezca voluntariamente…
—Yo… yo me ofrezco —dijo Shui Ronghua, con una voz temblorosa que se le escapó sin pensar.
Entre gritos de protesta procedentes de todas partes, la doctora avanzó, abrió los brazos y se esforzó por hablar con suavidad y sinceridad:
—Yo también… también quiero gustarte. Así que, por favor, no me hagas daño, ¿de acuerdo, Italdo?
Ese fue el primer instante de fusión entre dos almas.
Una unión franca y directa, un lazo profundo que las enlazó hasta casi borrar los límites entre una y otra, como si así pudiera durar para siempre.
Pero no había sido más que un encuentro fortuito entre dos existencias del universo, separadas por años luz.
«Estimados pasajeros, atención por favor. La próxima estación es el Instituto Central de Investigación. Las puertas se abrirán a la derecha. Los pasajeros que deseen descender, prepárense…»
El tren se detuvo con un estruendo junto al andén. Las puertas se abrieron y la multitud empezó a salir rozándose hombro con hombro.
Entre la marea humana apareció una figura discordante. Avanzó despacio, atravesando a la gente. Su cabello rojo y rizado caía como algas marinas; la mitad derecha de su cuerpo dejaba ver una estructura ósea anómala, y en la mitad izquierda del rostro intacto había un rastro de timidez e incomodidad.
Shui Ronghua permanecía sentada en el banco, con la mirada perdida, incapaz de creer lo que veía.
—…Hola, doctora. Soy una entidad espiritual —la voz de la bruja temblaba, con un nudo extraño en la garganta—. Me gustas. No te haré daño. ¿Podrías… acogerme?
Shui Ronghua abrió la boca, pero no logró emitir sonido alguno. Una neblina ardiente le inundó los ojos y le nubló la vista.
Una mano se extendió hacia ella, la palma cubierta de cicatrices, temblando sin control.
—Si aceptas… mi nombre es Italdo.
En el andén abarrotado, de pronto estalló un llanto desgarrador.
La doctora se cubrió el rostro con ambas manos; las lágrimas rodaron a torrentes por sus mejillas. Era como si, tras años de giros del destino, por fin hubiese regresado al punto de partida. La bruja invisible para el mundo la estrechó con fuerza entre sus brazos; sus largos cabellos, empapados en lágrimas, se enredaron y se apoyaron uno contra otro.
En el instante en que Rong Qi fue borrado por la causalidad, todas sus relaciones de primer nivel en la Tierra desaparecieron por completo: aquellos subordinados a los que había resucitado murieron de nuevo, mientras que quienes habían muerto directamente a sus manos pudieron regresar al mundo de los vivos.
Sin embargo, la cadena de consecuencias catastróficas provocadas por la evolución se había prolongado durante cinco años. Al no pertenecer a una causalidad de primer orden, quedaba fuera del alcance de lo que Bai Sheng podía borrar.
Por fortuna, la humanidad contaba con el arma del tiempo.
Invertir el eje temporal equivalía a un amplificador de banda completa de la causalidad. Cuando Shen Zhuo llevó todo el eje del tiempo del universo de vuelta a cinco años atrás, también arrastró consigo el efecto de borrado de la causalidad; en otras palabras, fue como si Rong Qi hubiera sido eliminado por la causalidad en la misma noche en que cayó la lluvia de meteoritos. Los cinco años de historia evolutiva posteriores se desvanecieron de forma natural.
Esta maniobra dejó un único inconveniente: la tormenta temporal fue demasiado violenta, y el ojo del huracán se abrió en exceso.
El ojo, con un radio de varios miles de kilómetros, cubrió toda la ciudad de Shenhai y se extendió hacia el norte de China, afectando incluso a medio distrito central. Tras finalizar la inversión temporal, cientos de millones de personas conservaban aún los recuerdos de aquellos cinco años: la evolución, las habilidades, Rong Qi, la Inspección Internacional. Una inmensa sensación de desconcierto cayó de golpe sobre la población.
En apenas unas horas, las noticias estallaron como una reacción en cadena: hubo conmoción, sospechas, fanatismo… Se desencadenó una tormenta de opinión pública a escala global, prolongada durante años, sin precedentes en la historia.
Pero eso vendría después.
Norteamérica, de madrugada.
En una habitación del último piso de un hospital privado, Bai Sheng abrió por fin los ojos lentamente.
La luz de la luna se filtraba por las cortinas hasta el suelo, derramando un resplandor plateado. La espaciosa habitación había sido parcialmente transformada en una pequeña oficina, con escritorio, sillas y ordenadores. Shen Zhuo estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono. La camisa reglamentaria abotonada hasta la garganta le confería un aire ascético y contenido; las pestañas proyectaban una silueta alargada y afilada.
—…Mantengámoslo por ahora bajo la categoría de histeria colectiva. Haré un informe confidencial al Consejo de Seguridad de la ONU y, más adelante, revelaremos selectivamente parte de los hechos al público…
La luna delineaba el perfil claro y elegante de su rostro. Bai Sheng no podía apartar la vista de él; el corazón le ardía de sentimientos a punto de desbordarse.
—El resto puede decidirse en conjunto con Amatullah y los demás —continuó Shen Zhuo con su tono sereno y firme—. Cuando termine con lo que tengo entre manos, ya pensaré en las relaciones internacionales. Lo dejamos aquí.
Colgó. Bai Sheng lo miró con una intensidad casi voraz y dejó escapar una risa ronca.
—Muy bien, inspector Shen. Tu marido sigue debatiéndose entre la vida y la muerte y tú tan campante, poniéndote a trabajar. ¿No eres un poco despiadado, eh?
Shen Zhuo giró la cabeza hacia él, sin parecer sorprendido. Sonrió levemente, se acercó a la cama y depositó un beso en el centro de su frente.
—No te pases de listo. Ahora eres el único S de grado máximo del mundo, más fuerte que un toro —dijo inclinado sobre él, con una sonrisa suave en los ojos—. Pensaba que si no despertabas esta noche, mañana mandaría que te dieran descargas eléctricas. Menos mal que has sido sensato.
Cuando Shen Zhuo intentó incorporarse, Bai Sheng lo sujetó de repente por la nuca, obligándolo a mantener la postura, con el torso pegado a su pecho.
Sus miradas se encontraron; la respiración se entrelazó. Apenas medio centímetro separaba sus narices; incluso las pestañas del otro se veían con total claridad.
El Bai Sheng de cinco años después apenas difería del actual, pero Shen Zhuo tenía ahora un aire más delicado que en su época de inspector. Sus rasgos eran suaves, profundos, como una pintura a tinta trazada con minuciosidad sobre marfil. Bai Sheng podía imaginarlo perfectamente así: erguido, serio, dominando el aula desde lo alto del estrado, bajo la atención concentrada de cientos de estudiantes. Un pasado al que él no había podido asistir, y que ahora, de pronto, estaba al alcance de su mano.
La satisfacción secreta de la posesión le calentó el corazón. Tras un largo silencio, murmuró para sí:
—Shen Zhuo.
Shen Zhuo arqueó una ceja.
—¿Mmm?
Bai Sheng sonrió, sin apartar los ojos de él.
—Inspector Shen.
A ese maldito Bai siempre le había gustado llamarlo así. Un título que en boca de los demás sonaba reverente, incluso temeroso, pero que dicho por él adquiría un matiz indefinible, mezcla de burla, provocación y cercanía.
Sobre todo cuando, en la cama, excitado hasta el límite y sin salida, lo repetía una y otra vez al oído de Shen Zhuo, forzándolo a responder hasta el borde de la exasperación, como si solo así pudiera aplacar un deseo siempre hambriento.
Shen Zhuo rió en voz baja.
—…¿Qué te pasa? Ya no hay inspector Shen.
Pero Bai Sheng se negó a soltarlo. El pulgar recorría una y otra vez el borde de la oreja de su amado; en sus ojos brillaba una obstinación casi devota. Acentuó cada sílaba:
—Shen… profesor.
Shen Zhuo se arrepintió al instante de haberlo corregido. Aquellas dos palabras, en labios de Bai Sheng, sonaban aún más insinuantes que “inspector Shen”, más íntimas, más cargadas de un deseo difícil de nombrar.
Se llevó una mano a la frente; tenía las mejillas algo calientes.
—¿No puedes comportarte con normalidad? Aún tengo un montón de trabajo esperando ahí fuera…
No pudo terminar la frase.
Bai Sheng alzó el brazo de repente y, con su fuerza abrumadora, lo arrastró y levantó de una vez, dejándolo sobre la cama de hospital. Las zapatillas cayeron al suelo sin ruido y la estructura de la cama emitió un leve crujido al cambiar el peso.
La parte superior de la cama estaba elevada. Shen Zhuo, a horcajadas sobre la cintura de Bai Sheng, lo miraba desde arriba; ambos se observaban en silencio, con la respiración contenida, irregular y profunda, como si tuvieran que esforzarse por mantenerla bajo control.
—Estoy tan feliz… —dijo Bai Sheng en voz baja—. No estaré soñando, ¿verdad?
—…
Shen Zhuo bajó la mirada hacia él. Bajo la luz de la luna, en lo profundo de sus pestañas flotaba una ternura casi imperceptible.
—Pensé que ibas a morir. De camino, mientras conducía para encontrarte, no dejaba de pensar qué tendría que hacer después si morías. Primero debía asegurarme de que la evolución se hubiera revertido por completo, de que Rong Qi hubiese sido borrado definitivamente y no pudiera regresar; luego, dejar todo dispuesto con Amatullah y los demás para el cierre de los asuntos pendientes. Después organizaría una boda solemne. En la ceremonia, los dos niños sostendrían nuestros féretros; el último acto sería enterrar las urnas, para que tus cenizas y las mías quedaran mezcladas para siempre. Claro que también podríamos esparcirlas en el mar —continuó—, dejarnos llevar por las corrientes y contemplar el mundo próspero que vendría después, los cañones y los ríos que nunca tuvimos ocasión de visitar. Y, desde entonces, cada flor que brotara tras la lluvia sería mi forma de rendirte homenaje.
—Qué bonito… —murmuró Bai Sheng, como si temiera despertar algo—. De verdad, no estoy soñando, ¿no?
Sus manos se entrelazaron con fuerza. Las palmas se ajustaron sin reserva, piel contra piel, tan cerca que incluso los latidos parecían tocarse, rápidos y nítidos.
—…No digas tonterías —dijo Shen Zhuo con una sonrisa suave, conteniendo la risa—. Aunque yo muriera, tú tendrías que seguir viviendo. Bastaría con arrojar mis cenizas al mar. Y, desde entonces, cada vez que oigas el goteo bajo el alero tras la lluvia, seré yo pasando frente a la ventana para verte.
Bai Sheng abrió la boca, pero no dijo nada más. Se limitó a mirarlo con una sonrisa, con una luz ardiente y clara brillando en sus ojos.
Shen Zhuo sabía perfectamente lo que aquello significaba.
No era que hubiera cambiado de idea; simplemente había dejado de discutir.
Las cejas de Bai Sheng eran afiladas, decididas, pero la forma de sus ojos tenía de nacimiento un leve aire seductor, como si mirara al mundo con demasiada emoción. Sin embargo, cuando fijaba la vista en Shen Zhuo de ese modo, había en él una alegría incontenible, casi febril, que brotaba desde lo más hondo y se deslizaba por la sangre hasta iluminarle la mirada, imposible de ocultar.
Un impulso inexplicable subió de pronto por la garganta de Shen Zhuo.
—Te amo —dijo en voz baja.
Bai Sheng tardó unos segundos en reaccionar. Se quedó inmóvil, recostado contra la almohada, hasta que de pronto abrió los ojos de par en par.
Era, en realidad, la primera vez que oía a Shen Zhuo pronunciar esas palabras.
Aunque él se las había dicho innumerables veces, nunca había esperado una respuesta verbal. Ni siquiera en la intimidad, cuando solía recurrir a halagos, engaños suaves o cualquier medio posible para arrancarle palabras cariñosas, había intentado forzar esa frase.
Ni siquiera se había atrevido a intentarlo.
Bai Sheng aún era joven; no siempre lograba contenerse del todo. A veces, inevitablemente, imaginaba en secreto cómo sería el momento en que Shen Zhuo, por voluntad propia, pronunciara esas palabras: en qué ocasión, qué escenario. En esas fantasías románticas nunca faltaban flores caras, ceremonias grandiosas, escenas intensas y un él lleno de orgullo y seguridad. Pero jamás imaginó que sería así.
Aquí.
Ahora.
Tan natural.
Tan sencillo.
Porque el sentimiento había llegado a su punto.
—He oído decir a muchos que mi madre fue una mujer extraordinariamente sensata —continuó Shen Zhuo—. Que jamás concedió un ápice de afecto al mundo terrenal y, por eso, nunca conoció el dolor. Durante tantos años, desde que fui estudiante hasta profesor, del instituto a la Inspección, muchos han dicho que me parezco a ella. Pero cuando leía sus manuscritos —prosiguió—, siempre tuve la sensación de que, cuando estaba con mi padre… en realidad se llevaban muy bien.
Con la forma tan contenida que tenía Shen Zhuo de expresar los sentimientos, “llevarse muy bien” equivalía casi a decir que habían sido un matrimonio armonioso y profundamente enamorado.
—…Así que más tarde pensé que quizá los demás, al mirarla desde abajo con admiración, nunca llegaron a comprenderla del todo.
Shen Zhuo se detuvo. Miró a Bai Sheng como si quisiera dibujar con la mirada cada rasgo que conocía de memoria: las cejas, los ojos, el puente de la nariz, los labios finos, incluso el cabello naturalmente rebelde que siempre parecía erizarse. Luego sonrió levemente.
—Creo que ahora empiezo a entender cómo se sentía ella entonces.
Tum, tum.
El corazón golpeaba el pecho con tanta fuerza que parecía querer escapar por la garganta. Tras un largo momento, Bai Sheng logró oír su propia voz, temblorosa:
—Yo…
Bajo la luz de la luna, la mirada de Shen Zhuo era serena y suave.
—Yo también…
Bai Sheng apenas distinguía ya el sonido ronco de su propia voz. La sangre le zumbaba en los oídos hasta que Shen Zhuo bajó la mirada y se inclinó ligeramente. Sus pechos se tocaron, los latidos se superpusieron; los labios y el aliento se entrelazaron.
—…Yo también —repitió Bai Sheng entre los labios, como sumergido en una dulzura ardiente, con el alma entera estremeciéndose—. Desde la primera vez que te vi… siempre… siempre…
Sus narices se rozaron.
—Lo sé —susurró Shen Zhuo.
Las luces de la habitación se apagaron poco a poco.
Dos siluetas, estrechamente unidas, se recostaban sobre la cama del hospital, mejilla con mejilla, cuello con cuello. El aliento compartido ascendía, filtrándose entre las cortinas del ventanal, hasta perderse en la inmensidad del cielo nocturno.
Las estrellas giraban lentamente en sus antiguas órbitas.
El universo, vasto e infinito, se extendía sobre la lejana y amplia tierra de los hombres
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