La joven enfermera colgó el interfono de golpe con un “clac”.
Yu Qing se miró a sí mismo por un momento. Quizás negándose a aceptar su propio papel en esta instancia, se dirigió a la enfermera con toda la calma del mundo: —¿Estás segura de que ese paciente de la cama 3601 del que hablas soy yo?
La enfermera lo miró boquiabierta: —¿Y ahora encima te haces el amnésico?
Yu Qing: …
Esa acusación tampoco sonaba mucho mejor, así que Yu Qing lo negó rotundamente: —Claro que no.
La joven enfermera tenía un rostro muy afable, con unos ojos rasgados como hojas de sauce que no transmitían ninguna agresividad. Sin embargo, señalando hacia el pasillo del que Yu Qing acababa de salir, le espetó con gran ímpetu: —¿Acaso no acabas de huir del quirófano? Nuestros seis ojos lo han visto, ¿o me vas a decir que miento? Además, no es la primera vez que te escapas a la mitad; por muy guapo que seas, no puedes aprovecharte de eso. El tratamiento que necesitas…
Antes de que la enfermera terminara de hablar, desde el fondo del pasillo se escuchó el ruido de pasos caóticos y alguien gritó: —¿Se está escapando otra vez? ¡Rápido! ¡Detenedlo!
Al parecer, los médicos que había atado con las correas se habían liberado.
Yu Qing pensó que había sido demasiado blando con ellos; no debió tener compasión solo por ser médicos.
El problema era que estaba demasiado acostumbrado a dar golpes letales.
Si no fuera por miedo a no controlar bien su fuerza y matarlos de un golpe, ya los habría dejado a todos inconscientes.
Yu Qing soltó un “tsk” mentalmente, no perdió más tiempo en discusiones y pulsó el botón del ascensor.
Con un “ding”, las puertas del ascensor se abrieron.
Del control de enfermería salieron corriendo dos jóvenes enfermeras, y por el extremo del pasillo apareció un enjambre de batas blancas. Todos corrían directamente hacia Yu Qing, y justo a sus espaldas estaba el ascensor con las puertas abiertas.
Con el rostro impasible, dio dos pasos hacia atrás, metiéndose justo en la cabina del ascensor.
Al ver esto, a la multitud se le iluminaron los ojos.
—¡Rápido! ¡Al ascensor! ¡Acorralenlo ahí dentro!
—Si entra en el ascensor, no tiene escapatoria.
La turba entró como un maremoto.
La cabina del ascensor era enorme, lo suficientemente grande como para llevar camillas, por lo que cabía toda esa gente de sobra, pero aun así, al entrar todos en tropel, se formó un buen caos.
—¡No empujen, no empujen! ¡Bloqueen la puerta!
—¡Eso, bloqueen la puerta y no podrá escapar!
—La puerta está bien bloqueada.
—Yo… yo lo tengo vigilado… —El médico de bata blanca que hablaba había sido empujado justo frente a Yu Qing. Como era un poco más bajo, su actitud era algo intimidada.
Abrió los brazos en posición defensiva para intentar acorralar a Yu Qing, pero este, con total frialdad, levantó un dedo indicándole que mantuviera la distancia y no lo tocara.
—Tengo fobia a los gérmenes. —Rara vez Yu Qing se describía a sí mismo de una forma tan directa, pero en medio de ese mar de gente, sintió la necesidad de remarcarlo—: Muy, muy severa.
El de la bata blanca: …
Estaba a punto de decir que allí todos tenían algo de fobia a los gérmenes y que no hacía falta recalcar el “muy” dos veces, pero al recordar la destreza con la que Yu Qing los había atado en el quirófano, se rindió: —No te toco, no te toco.
Y por si acaso, empujó un poco hacia atrás a los que estaban detrás de él.
Las pupilas de Yu Qing destellaban con un tenue brillo verdoso. Una mirada tan directa y a tan corta distancia ponía los pelos de punta a cualquiera, sobre todo cuando, de repente, ladeó ligeramente la cabeza.
En ese instante, su aura fantasmal se desató por completo.
El médico se estremeció, apartó rápidamente la mirada y, con voz apresurada, apremió a los de atrás: —¿Han cerrado la puerta ya? ¡Cierrenla rápido! ¡Me estoy cansando de esta postura!
—¡Ya está, ya está!
Una mezcla de voces asintiendo se fundió con el sonido de los botones siendo apretados rápidamente.
En el instante en que las puertas del ascensor se cerraron con un ruido metálico, el médico sintió una levísima ráfaga de viento frío rozándole la oreja.
Volvió a estremecerse, pensando que la temperatura dentro del ascensor estaba demasiado baja.
¡Clanc!
Con el chirrido del metal, la cabina del ascensor comenzó a ascender bruscamente.
El de la bata blanca exhaló por fin un suspiro de alivio, bajó los brazos con los que rodeaba a Yu Qing y se giró para mirar…
El espacio que antes estaba acorralando estaba ahora completamente vacío.
—¡¿Dónde está?!
¡Pues claro que se había escapado!
Yu Qing calculó el momento exacto en que se cerraron las puertas del ascensor y se teletransportó fuera, dejando que la cabina ascendente se llevara a quienes intentaban atraparlo.
En el control de enfermería solo quedaba una joven enfermera haciendo guardia.
Para evitar escuchar más impertinencias, rodeó el control y se teletransportó tres veces seguidas hasta encontrar las escaleras.
Yu Qing bajó directamente al primer piso.
Nada más salir de las escaleras, el bullicio de la gente lo golpeó de frente. A diferencia de la planta de los quirófanos, el vestíbulo del primer piso estaba abarrotado, y tanto ajetreo le resultó un poco abrumador.
Debía ser un edificio principal. Incontables paneles electrónicos indicaban las diferentes áreas y departamentos; una decena de ascensores, algunos transparentes y otros no, subían y bajaban, pero apenas lograban aligerar la multitud.
En el centro del vestíbulo se erigía un inmenso mostrador de información semicircular, donde había al menos 20 personas atendiendo.
A la izquierda del mostrador había una estación de servicio con muchos guías que parecían estudiantes, llevando identificaciones del programa de “trabajo y estudio”.
Y a la derecha había una zona de espera, aunque no estaba claro para quién era.
Yu Qing echó un vistazo rápido y no pudo evitar enviar un mensaje:
«¿En esta instancia siempre hay tanta gente?»
Tantas personas aglomeradas siempre le daban una sensación muy extraña.
A los pocos segundos, el teléfono vibró; eran las respuestas de Mi Xiaobai, dos seguidas:
«¿Hay mucha gente ahí dentro? Desde la calle no se ve, no hay un alma.»
«Solo estoy yo…»
El primer mensaje era normal, pero el segundo, con esos puntos suspensivos, destilaba ese tono arrastrado tan propio de él.
De repente, Yu Qing recordó aquellas quejas falsas que La Impermanencia solía mandarle en el pasado, como «creo que me voy a quedar sin dedo» o «el espíritu latoso me dejó el brazo lleno de cortes sangrientos».
Hacía tanto tiempo que no recibía un mensaje así que sus pasos se detuvieron en seco y se quedó ensimismado por un instante.
Y ese pequeño despiste le hizo reaccionar un poco tarde.
A poca distancia se desató un revuelo de repente. Yu Qing levantó la vista al escuchar el ruido.
Vio a un hombre corpulento de mediana edad, vestido con bata de hospital, intentando salir por la puerta principal, ¡pero en el momento en que se acercó, saltó una alarma!
—Atención, paciente de la cama 2231 de hospitalización, está intentando abandonar el área de movilidad prescrita.
—Atención, paciente de la cama 2231 de hospitalización, está intentando abandonar el área de movilidad prescrita.
Lejos de abrirse, las puertas automáticas de cristal se cerraron herméticamente. La voz de la alarma resonó por todo el vestíbulo y, en un instante, casi todos los presentes giraron la cabeza hacia la puerta.
Las tres enormes pantallas electrónicas suspendidas sobre el vestíbulo cambiaron simultáneamente para mostrar la puerta principal, ofreciendo una toma de 360 grados del bochornoso momento del paciente 2231.
Yu Qing, que estaba a punto de dirigirse hacia allí, frenó en seco, mirando atónito las pantallas sobre su cabeza.
Siete u ocho miembros del personal médico, que a saber de qué departamento salieron, rodearon al paciente de la cama 2231. Entre palabras persuasivas y agarrones, lo arrastraron hasta una habitación de cristal junto al mostrador de información y lo encerraron.
El anuncio de la alarma cambió de inmediato: —Por favor, médico responsable de la cama 2231, acuda al área de espera del vestíbulo del primer piso para recoger a su paciente.
—Por favor, médico responsable de la cama 2231, acuda al área de espera del vestíbulo del primer piso para recoger a su paciente.
…
Y así se repitió varias veces.
Era de las pocas veces en su vida que Yu Qing se sentía genuinamente asustado.
Se quedó allí, atónito e inseguro, mirando las pantallas gigantes con incredulidad, sintiendo que en este hospital todos estaban mal de la cabeza.
Tras presenciar eso, no se acercaría a esa puerta bajo ninguna circunstancia.
Armándose de paciencia, examinó los alrededores y descubrió que en el vestíbulo del primer piso solo había un lugar, muy cercano al exterior, al que incluso alguien en bata de hospital podía entrar libremente sin que saltara ninguna alarma.
Era una tienda de conveniencia a la izquierda de la puerta principal. Era bastante grande y en su fachada de cristal lucía enormes letreros luminosos: “Abierto 24h”, “Tienda sin personal”, “Pago automático”, etc.
No fue hasta que el tercer paciente en pijama de hospital entró tranquilamente, compró algo y salió sin problemas y sin que su cara saliera en la pantalla gigante, que Yu Qing se animó a entrar en la tienda.
Cuando la puerta automática se abrió, sonó un suave “ding dong”.
Al escuchar ese sonido, a Yu Qing le vino a la memoria de repente la tienda de conveniencia que el Tío Yuan había tenido en la planta baja de su apartamento hacía muchos años, cuya puerta hacía exactamente el mismo ruido.
Este tipo de tiendas, situadas en la planta baja de grandes edificios, solían tener una distribución muy similar: tenían dos puertas, una en el lateral que daba al vestíbulo principal y otra que daba a la calle.
Observó cautelosamente unos segundos más y, al ver que ningún paciente se acercaba a la puerta que daba al exterior, dedujo que lo más probable era que se activara la misma alarma.
Lo que no sabía era si Mi Xiaobai podría entrar a la tienda desde fuera.
Pensando en ello, le envió un mensaje:
«¿Ves si hay una tienda de conveniencia en el primer piso? Intenta ver si puedes entrar por ahí.»
La respuesta fue casi instantánea:
«En este lado no hay ninguna. Voy a dar la vuelta para mirar por el otro, espérame.»
La puerta de la tienda no dejaba de hacer “ding dong” y, en un abrir y cerrar de ojos, entraron varios clientes más.
En la tienda también había varias personas, dispersas por los estrechos pasillos, escogiendo lo que querían comprar, separadas por las altas estanterías, escuchándose pero sin verse.
Tal vez porque la distribución era realmente muy parecida, Yu Qing, que en principio no pensaba comprar nada y solo iba a esperar, se adentró sin darse cuenta por los pasillos hasta llegar a las neveras. Al abrir una de ellas, vio que en las dos baldas superiores había agua con sabor a sal marina y ciruela.
Extendió la mano y cogió una lata.
Justo en ese instante, el móvil vibró; todo se parecía demasiado a los recuerdos de hacía muchos años.
Se quedó paralizado un segundo y, casi por inercia, abrió la anilla de la lata con una mano y desbloqueó la pantalla del teléfono con la otra.
Inclinó la cabeza hacia atrás para dar un sorbo a la bebida helada, mientras bajaba la vista hacia la pantalla por el rabillo del ojo.
En el chat apareció un nuevo mensaje, que solo contenía tres palabras:
«Date la vuelta.»
Yu Qing dio un respingo y se giró de golpe.
Vio a alguien apoyado lánguidamente en la estantería de atrás, sonriendo y agitando el móvil.
El chico debía haber corrido alrededor del enorme edificio del hospital, o tal vez se había teletransportado muy rápido, porque su cabello negro estaba un poco revuelto, con el rastro del viento.
Y para su sorpresa, llevaba el conocido pendiente en una oreja. Pero la atención de Yu Qing no se centró en el pendiente recién aparecido, sino en su rostro.
No era el avatar del jugador que se le parecía en un 30%, sino el verdadero rostro de La Impermanencia, el rostro que Yu Qing mejor conocía de todos sus recuerdos…
Su aparición fue tan repentina e inesperada que la expresión de Yu Qing reflejó asombro, y sintió un fuerte vuelco en el pecho.
Por una fracción de segundo, se dio cuenta de repente de que no había vuelto a ver ese rostro desde los 19 años.
Y descubrió que, más allá de la rabia que le había guardado durante todos esos años, en realidad… lo extrañaba un poco.
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