Al escuchar la exclamación de “estamos acabados”, Mi Xiaobai soltó de repente una risa.
Yu Qing: —¿De qué te ríes?
—¿Hmm? —Mi Xiaobai aún mantenía la postura de estar inclinado para escucharle; movió los ojos hacia él y murmuró en voz baja—: ¿Tampoco me dejas reír?
Yu Qing lo miró de reojo.
Ambos se sostuvieron la mirada un buen rato antes de que Mi Xiaobai se enderezara con parsimonia, manteniendo desde entonces una sonrisa en los labios.
El Tío Yuan, que no lograba escuchar lo que decían, ya estaba impaciente, y al ver la expresión de Mi Xiaobai se quedó aún más desconcertado. Aguantó un momento, pero al final no pudo más y preguntó: —¿De qué están hablando ustedes dos tan juntitos?
Yu Qing: —¿Quién está juntito a quién?
El Tío Yuan puso cara de “¿Acaso no es así?” y empezó a soltar sus “lógicas” suposiciones: —Ehm… no se estarán riendo de mí, ¿verdad?
—Por supuesto que no —respondió Yu Qing. Al girarse y ver que Mi Xiaobai aún conservaba la sonrisa en los labios y en los ojos, le dijo al Tío Yuan con expresión impasible—: Se está riendo de mí.
…
A Mi Xiaobai se le borró la sonrisa al instante.
Como su cambio de expresión fue tan brusco, al Tío Yuan se le llenó la cara de arrugas al sonreír: —Hay que ver, los jóvenes de hoy son de lo más graciosos. Se enfadan en un abrir y cerrar de ojos, como si fuera magia. ¡Qué vivacidad!
Tras decir eso, el rincón escondido de la tienda se sumió de repente en un silencio sepulcral.
Sintiendo que el ambiente se había vuelto raro, el Tío Yuan levantó la cabeza intrigado, solo para encontrarse con que los dos jóvenes lo miraban con suma perplejidad, como si acabara de decir la mayor blasfemia del siglo.
Especialmente Mi Xiaobai.
El Tío Yuan parpadeó varias veces y, con tono paternal, le explicó a Mi Xiaobai: —No, no, sí te estaba haciendo un cumplido.
Y como si fuera algo muy serio, empezó a enumerar con los dedos de forma solemne: —Mírate: eres joven, tienes tus trucos, eres avispado y tienes mucha vivacidad.
Mi Xiaobai arqueó una ceja.
El Tío Yuan: …
¿A qué viene esa ceja alzada de repente?
El viejo empezó a murmurar por lo bajo. Estaba claro que le sacaba una buena diferencia de edad, pero quién sabe por qué, al ser mirado de esa forma, empezó a sentirse culpable sin motivo aparente.
Incluso un poco acobardado.
Mi Xiaobai lo observó un instante, luego inclinó la cabeza y le susurró a Yu Qing: —Parece que este mayordomo de verdad ha perdido la memoria. Si no, con lo cobarde que es y el pánico que me tiene, ni aunque estuvieras a su lado respaldándolo, se atrevería a decir algo así.
Yu Qing no tenía ni idea de cuándo se suponía que le había dado alas al Tío Yuan para decir disparates.
Pero estaba totalmente de acuerdo con el resto de lo que había dicho Mi Xiaobai.
Si cualquier persona en sus cabales de la ciudad isleña escuchara eso, seguro se le pondría la piel de gallina; ¡a quién se le ocurriría decirle a La Impermanencia a la cara que es “avispado”!
Y encima “con vivacidad”, un adjetivo cuanto menos inusual.
Jamás a nadie se le había ocurrido usar una palabra tan… peculiar para describirlo.
Yu Qing miró a Mi Xiaobai de soslayo: —Así que sabías que te tenía pánico.
¿Y aun así te pasabas la vida soltando frases crípticas para asustarle? ¡Qué pedazo de cabrón!
Mi Xiaobai soltó una carcajada descarada: —Con cómo tartamudea y tiembla a mi lado, tan obvio, tampoco es que esté ciego.
Mientras hablaba, echó un vistazo en dirección a Yuan y notó cómo el viejo iba estirando cada vez más el cuello y las orejas hacia donde estaba Yu Qing.
—¡Qué viejo tan chismoso! —chasqueó la lengua Mi Xiaobai. Giró la cabeza y, usando un tono justo lo bastante alto para que el Tío Yuan lo oyera, le soltó a Yu Qing con su característico tono arrastrado de queja—: Las orejas casi le pasan por encima tuyo para meterse en mi cara. ¿Qué tal si cambiamos de sitio y dejamos que se siente en medio para que nos oiga bien? ¿Qué te parece?
Yu Qing: …
El viejo, que escuchó la frase perfectamente: …
El Tío Yuan soltó un par de risitas nerviosas y, de forma disimulada, retiró sus orejas estiradas.
Tal vez por la situación tan incómoda, se lo pensó dos veces, pero al final intentó defenderse con tono lastimero: —No es que yo quiera espiar por espiar, es que nada más decir que no los conozco de nada, se ponen a murmurar entre ustedes dos veces seguidas. ¡Pues claro que me entra la curiosidad! Es lógico pensar que están hablando de mí.
Ese razonamiento tenía su lógica.
Al ver que los jóvenes no tenían intención de reprochárselo, el Tío Yuan respiró aliviado y, para no perder la iniciativa, preguntó: —Así que sigo teniendo mucha curiosidad, ¿quiénes son y por qué me conocen y saben que me apellido Yuan?
Yu Qing se lo pensó un instante y, al darse cuenta de que no se podía explicar en dos frases, decidió que era mejor no explicar nada.
En cambio, le preguntó al Tío Yuan: —¿Te acuerdas de cómo llegaste aquí?
Por ejemplo, si de repente vio una luz azul y una pantalla holográfica le avisó que un amigo lo invitaba a entrar en una instancia.
El Tío Yuan parpadeó: —¡Claro que me acuerdo, por supuesto que me acuerdo! ¿Cómo iba a olvidar algo así?
Yu Qing soltó un ligero suspiro de alivio y asintió con calma: —Bien.
Aunque este mayordomo era de los que se preocupaban por todo, también era cierto que solía meter la pata con frecuencia. Por eso, Yu Qing no le pedía mucho; con que recordara algo, ya era ganancia.
Pero justo cuando empezaba a relajarse, escuchó al Tío Yuan decir con toda naturalidad: —Fue porque el cuerpo se me estropeó y, como me negaba a cooperar, me trajeron a la fuerza para internarme.
Yu Qing: ¿?
—Espera un momento —Yu Qing estaba perplejo—. ¿Qué estás diciendo?
El Tío Yuan se quedó paralizado: —¿Qué pasa? ¿Hay algún problema con lo que acabo de decir?
¡Claro que lo había!
—¿Por qué te ingresaron? —Yu Qing fijó su mirada en él; el Tío Yuan, sintiéndose cada vez más inseguro bajo su escrutinio, respondió: —Pues mira, si he acabado en el hospital, ¿por qué iba a ser? Obviamente, porque estoy mal de salud.
Yu Qing se quedó pensativo un momento y, con mirada profunda, le preguntó: —¿Has notado algún cambio en tu teléfono?
Al ver la mirada de Yu Qing, el Tío Yuan ya no se atrevió a responder a la ligera, sino que tanteó el terreno: —Ehm… ¿Y qué tipo de cambio crees que debería haber?
Yu Qing recordó el teléfono de jugador de Mi Xiaobai; en él se mostraba la interfaz del jugador con su nivel, barra de salud, nivel de afinidad, además del canal del equipo, el canal mundial, la lista de amigos…
Y claro, un marco de teléfono horroroso.
Pero como le daba pereza explicar todo eso detalle a detalle, simplemente extendió la mano hacia el Tío Yuan: —¿Me lo dejas ver un momento, si no te importa?
—¿Te refieres al móvil? —El Tío Yuan hizo una mueca de tristeza, como si hubiera perdido un tesoro—: Ahora mismo no puedo sacarlo. Esta mañana se me mojó sin querer, y con las prisas apreté unos botones a lo loco y le quemé la tarjeta madre, así que no enciende.
Yu Qing: …
El Tío Yuan insistió con sinceridad: —Es la verdad, no es una excusa barata que me acabo de inventar.
Yu Qing: …
Sabía que era verdad.
Porque este mayordomo chismoso era pésimo para mentir, no podía guardarse nada.
Yu Qing giró la cabeza para mirar a Mi Xiaobai, su rostro se había vuelto completamente inexpresivo.
Tras toda esta charla, sentía que la situación ya había superado el nivel de un simple “estamos acabados”.
En la tienda de conveniencia había una mesa alargada y estrecha para que los clientes comieran comida caliente. Como estaba en una esquina, casi nadie la usaba. Pero precisamente por estar ahí, tapaba un poco la vista, y junto a las sillas apiladas, formaba una barricada que dificultaba ver qué pasaba allí desde fuera de la tienda.
A pesar de eso, el Tío Yuan seguía tenso como un arco a punto de disparar.
De repente, se escuchó un ruido de pasos apresurados en el exterior; parecía que había bastante gente buscando algo desesperadamente.
El Tío Yuan, que hace un segundo estaba charlando, dio un respingo y empezó a asomarse sigilosamente hacia fuera.
Preocupado porque su escondite no fuera lo suficientemente seguro, se fue deslizando poco a poco hasta acurrucarse junto a la mesa.
En los pocos segundos que Yu Qing dejó de mirarlo, el viejo ya se había escondido debajo de la mesa, hecho un ovillo como una codorniz incubando sus huevos.
El bullicio en el vestíbulo del hospital no había cesado ni un instante; la gente iba y venía a toda prisa. Yu Qing echó un vistazo hacia afuera y no pudo evitar preguntar de nuevo: —¿De quién demonios te escondes?
—De los médicos, ¿de quién va a ser? —respondió el Tío Yuan acurrucado, abrazándose las rodillas con fuerza—. Dijeron que me iban a meter un tubo.
Yu Qing asintió, pensando: Con razón.
Aunque, como dios fantasmal, nunca tendría que pasar por algo así, en el pasado, al ayudar a sus fieles, a menudo tenía que cruzar hospitales de la ciudad isleña, por lo que había presenciado bastantes escenas médicas.
No solo intubaciones y extubaciones, también había visto la extracción y sustitución de todo tipo de órganos.
Algunos pacientes, al estar bajo los efectos de la anestesia, no sentían dolor, pero esa misma falta de sensibilidad les provocaba la sensación de estar a merced del cirujano. Sumado a la sangre y los restos que solían salpicar, no era precisamente un espectáculo agradable a la vista, y era de esperar que no se sintieran bien al despertar.
Por no hablar de que en algunos procedimientos los pacientes debían estar despiertos, lo que solía generar reacciones muy fuertes.
Yu Qing conocía bastante bien al Tío Yuan:
El mayordomo se cuidaba más que a nada en el mundo. Según sus propias palabras, cuando tenía la tienda, si se hacía un cortecito en el dedo con el borde de una bolsa, se ponía tres capas de desinfectante y vendas, incapaz de tolerar el más mínimo dolor.
Que ahora se escondiera aterrado por miedo a que le metieran un tubo era de lo más normal.
—¿Sonda gástrica o en el cuello? —preguntó Yu Qing.
—Ninguna de las dos… —El Tío Yuan negó con la cabeza apesadumbrado.
—¿Entonces?
El Tío Yuan se quedó en silencio; con la cara verde, se tapó la entrepierna.
Yu Qing: ¿?
—Daba mucho miedo, y encima ni me iban a poner anestesia, querían hacerlo conmigo despierto —dijo el Tío Yuan con cara de funeral.
Yu Qing: ¿¿??
Mi Xiaobai, a su lado, soltó un ligero «Mmm» y comentó: —Visto así, parece que haberme quedado en la calle no es tan mala suerte después de todo.
El viejo estuvo a punto de echarse a llorar.
El Tío Yuan tenía la costumbre de fingir que lloraba sin derramar una sola lágrima, pero esta vez se notaba que estaba a punto de sufrir un colapso nervioso real.
Mientras hablaban, la puerta automática de cristal de la tienda empezó a hacer un ruido entrecortado: “Ding, ding, ding, ding dong”.
Desde donde estaba, Mi Xiaobai tenía una visión directa de la puerta; soltó un sutil «Ah…» y, con voz que solo Yu Qing y el Tío Yuan podían oír, describió la escena con total serenidad: —Acaban de entrar cinco médicos y están mirando para todos lados. Oye, viejo, asómate a ver si son los que te buscan.
El Tío Yuan, agazapado debajo de la mesa con cara de terror, se negó en redondo: —¡No miro, no miro! ¿Y si saco la cabeza y me cruzo con su mirada? ¿Qué hago entonces?
Al decir esto, intentó hacerse un ovillo aún más pequeño, pero el espacio era tan reducido que ya no tenía dónde esconderse.
Esa esquina estaba en diagonal con respecto a la puerta; para llegar hasta allí, los médicos tendrían que cruzar seis pasillos.
Pero en un abrir y cerrar de ojos, los batas blancas ya iban por el segundo pasillo, mirando hacia todos lados.
El Tío Yuan se abrazó las piernas, a punto de echarse a llorar.
Aunque el viejo mayordomo no lo reconociera por el efecto de la instancia, Yu Qing jamás lo dejaría a su suerte.
Principalmente porque daba mucha pena verlo así.
Yu Qing miró de reojo a los médicos que se acercaban y le dijo al que estaba debajo de la mesa: —Sal de ahí, no pienso agacharme para sacarte a rastras.
El Tío Yuan temblaba tanto que le fallaba la voz: —¿A-ahhh~?
Mi Xiaobai, que estaba a punto de dar un paso para seguirlos, fue detenido por Yu Qing: —Tú quédate, no quiero salir en la pantalla gigante.
Mi Xiaobai se dio cuenta al instante; en efecto, no podía acompañar a Yu Qing y al viejo al interior del hospital. Si los tres chocaban contra la puerta de cristal y hacían saltar la alarma, y sus caras acababan en la pantalla panorámica… eso sí que sería el fin del mundo.
A saber qué pasaría con los demás, pero a los que estuvieran mirando la pantalla les daría un ataque.
Y él sería el primero en sufrir las consecuencias.
Después de todo, un Hua Pi enfadado daba mucho, mucho miedo.
Yu Qing lo miró de reojo, lo soltó y se dio la vuelta para agarrar al Tío Yuan. De pronto, sintió que alguien le sujetaba los dedos antes de que pudiera apartar la mano por completo.
Se giró y escuchó a Mi Xiaobai acercarse para susurrarle al oído: —Encontraré la forma de ir a buscarte lo antes posible.
Los batas blancas ya habían pasado por el cuarto pasillo y probablemente se habían fijado en su rincón, porque le echaron una mirada a Yu Qing y Mi Xiaobai. Sin embargo, al verlos tan juntos, y el instante en que Mi Xiaobai se inclinó para susurrar, pareciendo un abrazo íntimo, apartaron la mirada rápidamente.
Pero un segundo después, notaron que algo no cuadraba y se giraron de golpe…
Y vieron que, en un abrir y cerrar de ojos, los dos llamativos jóvenes del rincón habían desaparecido.
Como si nunca hubieran estado allí.
¡!!!
—Oye, ¡¿dónde se han metido?!
—¿Para dónde han ido los dos que estaban apoyados en la mesa? ¡¿Alguien lo ha visto?!
Nadie había visto absolutamente nada.
Para cuando reaccionaron, Yu Qing ya había aparecido con el Tío Yuan a rastras frente a los ascensores, muy lejos de allí. Como si lo hubiera calculado todo al milímetro, el ascensor que tenían delante se abrió con un “ding”.
Los que estaban cerca del ascensor ni siquiera se enteraron de lo ocurrido; solo sintieron una ráfaga de viento a su lado, y las puertas que se acababan de abrir se cerraron de golpe con un “clanc” y el ascensor empezó a subir a toda velocidad sin detenerse un solo segundo.
Los transeúntes: ¿?
La subida fue tan brusca y rápida que parecía el lanzamiento de un cohete. El Tío Yuan, mareado, cayó al suelo con un golpe seco y se quedó allí sentado, aturdido y sin reaccionar.
Después de un rato, el ascensor empezó a frenar.
El Tío Yuan, con la boca abierta, lo miró fijamente y le soltó otra vez la misma pregunta: —Dios mío, ¿tú quién demonios eres?
Sin esperar respuesta, hizo la segunda pregunta más apremiante: —¿Y a dónde vamos ahora?
—¿No querías esconderte de los médicos? —respondió Yu Qing con frialdad.
Como era alto y esbelto, se mantenía firme en el ascensor en movimiento como si nada, haciendo que el Tío Yuan, incapaz de levantarse del suelo, pareciera aún más frágil.
—¡Pues claro que quiero esconderme! —El Tío Yuan tenía la mirada perdida—. ¿Y qué?
Yu Qing lo miró de reojo: —¿Acaso no sabes que cuando te escondes hay que ir cambiando de sitio?
El Tío Yuan seguía sin entender: —Claro que lo sé.
Yu Qing: —¿Y por qué no te movías?
El viejo solo se había quedado atrapado debajo de la mesa de la tienda, dejando su suerte a merced del destino.
El Tío Yuan por fin entendió la jugada; se quedó con la boca abierta un rato y de repente soltó un largo «¡Aaaah!»: —O sea, ¿que querías llevarme a otro sitio para esconderme?
Yu Qing: —¿Si no a qué?
El mayordomo, que ya no reconocía a Yu Qing, de pronto soltó una carcajada. Sus marcadas arrugas y patas de gallo le dieron un aire casi entrañable: —Pues entonces eres un buen tipo.
Yu Qing se quedó sin palabras.
El ascensor hizo un “ding” al llegar a la planta que había pulsado al azar.
Cuando las puertas metálicas empezaron a abrirse, el Tío Yuan soltó un comentario que le borró a Yu Qing toda expresión de la cara: —¿Crees que yo no quería ir a otro lado? Aquí no puedes ir a la planta que te dé la gana, tienes que ir a la de tu habitación asignada. Yo solo puedo ir a la mía, al primer piso, y, muy de vez en cuando, me dan permiso para subir un momento a la planta de quirófanos o de laboratorios para alguna prueba.
Yu Qing: —¿Y si vas a las demás?
—¿A las demás? Si el ascensor para en otra planta y sales cruzando esa línea amarilla del suelo —el Tío Yuan señaló la línea—, ¡tu cara sale en pantalla gigante en el primer piso para que te vea todo el mundo!
…
Yu Qing no se lo podía creer.
Con rostro inexpresivo, dio un paso atrás hasta el fondo del ascensor. Miró cómo el Tío Yuan, sentado en el suelo, se daba una palmada en los muslos y abría las manos: —¿Por qué crees que bajaba todos los días a la tienda de abajo? ¡Porque no quería que mi cara saliera en la pantalla para todo el mundo!
Las puertas del ascensor volvieron a cerrarse con un “clanc”, y en el espejo del interior se reflejó el sutil blanqueo de ojos del señor Hua Pi.
El Tío Yuan se echó a reír al verlo, intentando consolarlo: —Tranquilo, tranquilo, en cuanto se vayan vuelvo a la tienda a esconderme. ¿Y tú? ¿Tú eres de…?
En el fondo, le parecía que Yu Qing no tenía nada de humano, pero como era un miedica, no se atrevía a indagar mucho más; así que intentó obviar todo lo raro que acababa de pasar y prefirió pensar que era otro paciente del hospital.
Sin embargo, a Yu Qing no se le veía ningún síntoma de enfermedad. Lo único que remotamente podría encajar era su extrema palidez.
—Tú debes ser de… ¿Hematología? —aventuró el Tío Yuan—. Tampoco, porque te he visto hablando con tu amigo antes y tenías muy buen color.
Yu Qing: ¿?
Estaba claro que el anciano, al no reconocerle, se atrevía a decir cualquier barbaridad sin filtros.
El Tío Yuan le dio mil vueltas y, al no sacar nada en claro, le propuso: —Oye, que nos hayamos cruzado abajo no deja de ser una casualidad. Si te aburres mucho en tu habitación, bájate a la tienda a buscarme, que casi siempre estoy por allí.
Se pasó la mano por el pelo y le dijo a Yu Qing: —Tengo un montón de chismes para pasar el rato.
Tras arreglarse un poco, el Tío Yuan se agarró al pasamanos del ascensor y se puso en pie. Pasó el dedo por los botones y le preguntó a Yu Qing: —¿Y tú en qué planta estás?
Yu Qing recordó las palabras de la enfermera chismosa de la estación, que le había llamado paciente de la cama 3601. Una combinación bastante obvia: la primera parte era la planta, la segunda la cama.
Así que contestó: —En la 36.
El dedo del Tío Yuan se quedó paralizado sobre los botones, y se giró con la cara desencajada: —¿En la qué?
Yu Qing: —La 36, ¿qué pasa?
En ese momento, el teléfono le vibró; era un mensaje de Mi Xiaobai. Yu Qing lo abrió y respondió sin darle mayor importancia.
Al terminar, notó que el Tío Yuan se había quedado mudo.
Extrañado, levantó la vista y descubrió al Tío Yuan mirándolo fijamente con un brillo casi frenético en los ojos.
No sabría cómo describirlo; era como si en ese momento no estuviera viendo a una persona, sino a un lingote de oro andante.
Yu Qing: ¿?
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.