¿De dónde sale tanta iluminación? Y qué teatrito.
Yu Qing miraba de reojo al hombrecito de La Impermanencia en la esquina superior derecha, criticándolo en silencio.
Parecía que exageraba y magnificaba algunas de las características de la gente. Y de por sí, la forma de hablar de La Impermanencia ya tenía un toque burlón y exagerado.
Aunque, la verdad, era un poco divertido.
Al ver al hombrecito con la cabeza gacha y el ánimo por los suelos, Yu Qing recordó cuando le pidió ayuda a Meng Po para separar un poco el alma de cierto individuo y meterla en un muñequito de fieltro. Como era tan suave y agradable al tacto, no paraba de pellizcarlo.
En ese momento sintió algo parecido; le entraron ganas de darle un toquecito al hombrecito, pero no dejó que se notara en su rostro.
Tampoco es que sintiera una necesidad imperiosa de hacerlo; al fin y al cabo, aún no se le había pasado el enojo.
Con solo ver ese pequeño marco circular, recordaba la ventana de cristal abierta del apartamento en el último piso de la ciudad isleña, y su estrecho alféizar.
Por supuesto que recordaba la imagen de La Impermanencia agachado en el alféizar, sonriendo. Pero también recordaba el final de aquella ilusión fabricada: cómo él, con la moneda de oro en la mano, saltó por la ventana, y cómo la barca de madera del barquero del Río del Inframundo lo alejó de la ciudad isleña.
Todo aquello, sin excepción, había sido planeado por Mi Xiaobai.
Todo había sido una trampa de aquel mentiroso.
Y encima, el muy mentiroso le había dicho: Cuando vuelvas a la ciudad isleña, seguramente ya te habrás olvidado…
Por supuesto que lo olvidaría.
Si fuera una persona normal, en el instante en que lo sacaran de la ciudad isleña, olvidaría a todas las personas y todo lo que había pasado allí. Aunque le quedara algún recuerdo vago, solo lo vería como un sueño que pasa rápido por la mente.
Todas esas marcas del pasado que creía haber grabado a fuego en su memoria acabarían convirtiéndose en burbujas ilusorias, igual que el propio La Impermanencia en aquel sueño que había creado.
Racionalmente, Yu Qing entendía por qué Mi Xiaobai lo había hecho. Pero cuando se trataba de él, parecía perder la razón.
Por eso estaba realmente enojado.
El hombrecito de La Impermanencia estuvo un buen rato abatido antes de volver a ponerse en pie, apoyándose en el pequeño marco circular.
Yu Qing observó de reojo al hombrecito y volvió a hablar: —Y además…
El hombrecito de pelo blanco colgaba del marco circular con la cabeza gacha.
Al escuchar la voz de Yu Qing, levantó la cabeza de inmediato y lo miró fijamente, sin pestañear.
Yu Qing preguntó: —¿Quién es el pequeño Hua Pi?
Quería decir Hua Pi a secas, y quitar el “pequeño”. Era un apodo que La Impermanencia soltaba con mucha soltura y que él ya estaba acostumbrado a escuchar. Pero que lo dijera él mismo le resultaba un tanto incómodo.
Pero para mentir hay que ser meticuloso; si repites algo, tienes que hacerlo palabra por palabra.
A Yu Qing no se le daba bien; todos esos trucos los había aprendido de cierto mentiroso y tampoco sabía si funcionarían.
Por el momento parecía que sí…
Porque la cabeza que el hombrecito de La Impermanencia acababa de levantar volvió a caer abatida con un golpe sordo.
Pasaron unos segundos y, de repente, de la cabeza del hombrecito empezaron a caer gotitas de sangre al suelo, formando un pequeño charco: “Plip, plop”.
Yu Qing: …
Como Mi Xiaobai no podía ver lo mismo que Yu Qing, seguramente aún no sabía de la existencia del “hombrecito de La Impermanencia”.
Se quedó en silencio durante un buen rato, y luego volvió a escribir una frase en el espejo cubierto de vaho, con un tono suave y conciliador:
«No pasa nada, no pasa nada si no te acuerdas.»
Esa frase desapareció rápidamente y escribió otra, insistiendo obstinadamente en su primera pregunta:
«Pero aún no me has dicho por qué estás aquí.»
«Tú deberías…»
«Pareces tener solo diecisiete o dieciocho años.»
«¿Por qué has aparecido aquí tan pronto?»
—¿Y por qué no iba a poder? —respondió Yu Qing—. Simplemente he iniciado sesión en este juego.
Pasó un rato hasta que apareció una nueva frase en el espejo:
«Ah… claro.»
Yu Qing incluso podía imaginar su tono de voz al soltar esa risita, tan nítido como si lo tuviera al lado.
Hasta podía imaginarse el drama que solía montar hace tiempo, usando un tono exagerado para hacerse la víctima y engañarle: Ah… es verdad. Aunque la ciudad isleña es la tierra de los muertos, por ahora, también se puede entrar a través del juego. Se me había olvidado por completo. Qué desastre. Aunque no me duele nada, me parece que estoy enfermo, mi pequeño Hua Pi.
Las letras del espejo se borraron rápidamente para dar paso a unas nuevas. El contenido se parecía a lo que Yu Qing había imaginado, pero no era exactamente igual:
«Casi se me olvida que también se puede venir aquí a través del juego.»
«Debe de ser porque últimamente no ando muy lúcido.»
El hombrecito de La Impermanencia en la esquina superior derecha parecía estar ilustrando lo que él escribía. Tras gotear sangre un rato, empezaron a salirle símbolos de “zZZ” de la cabeza, como si se hubiera quedado dormido ahí colgado.
—¿Qué quieres decir con que últimamente no andas muy lúcido? —Yu Qing frunció levemente el ceño—. Y además, ¿por qué hablas conmigo a través del espejo? ¿Dónde estás?
El vaho del espejo ya era muy fino, así que las nuevas letras no se veían tan claras como al principio, pero su contenido hizo que a Yu Qing se le cortara la respiración:
«En realidad estoy justo a tu lado, solo que de momento no puedes verme.»
«Aún necesito algo de tiempo.»
Yu Qing se giró bruscamente y escudriñó la penumbra. Una luz tenue y difusa iluminaba las motas de polvo suspendidas en el vacío.
—¿Qué quieres decir con que necesitas algo de tiempo? —preguntó Yu Qing—. ¿Por qué te has quedado así?
Tras decir esto, la respuesta en el espejo fue:
«Parece que estás preocupado.»
Yu Qing: —No lo estoy.
Hizo una pausa y añadió: —Lo pregunto por curiosidad, no te conozco de nada.
El hombrecito de La Impermanencia colgado del marco circular se balanceó como impulsado por el viento; los símbolos de “zZZ” se detuvieron en seco y empezó a gotear sangre al suelo otra vez, “plip, plop”.
Pero mientras goteaba, pareció recordar algo y se bajó del marco circular.
Por haber estado colgado tanto rato, el pelo blanco lo tenía un poco revuelto. Sus ojos, tapados por el pelo, reflejaron la luz de neón de quién sabe dónde y, al igual que los de su cuerpo real de espíritu maligno, brillaron de repente mientras observaba a Yu Qing.
Daba la ilusión de que Mi Xiaobai también lo estaba mirando, y a Yu Qing le pareció sentir vagamente su presencia.
Antes de que pudiera volver a hablar, Mi Xiaobai escribió en el espejo:
«Me acaba de surgir una duda, tengo mucha curiosidad.»
Yu Qing: ¿?
Yu Qing: —Dime.
«Como has entrado por el juego, ¿has tenido que elegir a un dios para venerar?»
Yu Qing: —¿Y?
«¿A cuál estás venerando?»
«¿Ya has desbloqueado el vínculo y el nivel de afinidad? Qué rápido.»
Yu Qing negó por inercia con su habitual terquedad: —No.
Las palabras en el espejo se detuvieron un momento, como si la persona que escribía lo estuviera observando o pensando.
Por un instante, a Yu Qing le pareció incluso escuchar la suave respiración del dios fantasmal La Impermanencia. Esa presencia pasó de estar a centímetros a estar a un par de pasos de distancia…
Al parecer, Mi Xiaobai se acercó de nuevo al espejo y, poco después, aparecieron nuevas palabras.
«Ah… Pensé que ya habías desbloqueado el nivel de afinidad y que tendrías a un pequeño hombrecito saltando por ahí.»
Yu Qing siguió negándolo en redondo: —No hay nada de eso.
«Bueno, de acuerdo… entonces…»
«¿Hay algo en la esquina superior derecha de tu visión que te llame la atención?»
«Parece que no paras de mirar hacia allí.»
Yu Qing: …
Como estaba fingiendo que no recordaba nada de aquel lugar, lógicamente no podía admitir que veneraba a La Impermanencia. Y tampoco era tan narcisista como para dar el nombre de “Hua Pi”; la sola idea de venerarse a sí mismo era rarísima.
Así que se inventó un nombre para salir del paso: —Al Dios de los Paseos Nocturnos.
El espejo: …
En la esquina superior derecha, un rayo cayó sobre la cabeza del hombrecito de La Impermanencia; el fondo del marco circular se volvió negro de golpe, y el hombrecito se transformó en un fantasma tétrico y oscuro.
«¿A quién?»
Yu Qing respondió con voz firme: —Al Dios de los Paseos Nocturnos.
En el espejo fue apareciendo lentamente un signo de interrogación.
En otro espacio, el Dios de los Paseos Nocturnos, que había sido arrastrado inexplicablemente a la instancia 【La Impermanencia】, estaba apoyado de lado en su enorme motocicleta; estornudó tres o cuatro veces seguidas, seguro de que alguien lo estaba maldiciendo a sus espaldas. Con el casco en la mano, se preguntó indignado: —¿Me han traído aquí para encerrarme o qué?
Miró a su alrededor; todo estaba a oscuras, no había nadie ni nada. Si gritaba, solo le devolvía un eco lúgubre y espeluznante.
No sabía qué iba a pasar después, pero de momento sentía que estar encerrado así era peor que si le dieran una paliza de muerte.
¿Me odia tanto? pensó el Dios de los Paseos Nocturnos, desesperado, tirándose del pelo.
Se quedó sentado allí, secándose, sintiendo que le iba a salir moho. Al final no aguantó más y sacó el celular; su teléfono habitual se había transformado en el de un jugador, con un borde brillante de color rosa fluorescente que le cegaba la vista.
La pantalla era muy simple; solo había unas pocas aplicaciones. Una para mostrar información personal, otra para chatear y otra como un inventario para guardar objetos.
El chat estaba dividido en el canal mundial, el del grupo y el de amigos.
Sin embargo, el canal mundial estaba muerto; nadie decía nada.
El canal del grupo no mostraba toda la información; el circulito de carga se pasaba horas girando y no paraba de saltar un mensaje que decía: Conexión temporalmente no disponible.
El Dios de los Paseos Nocturnos soltó un bufido: —Todo esto es karma.
Hasta el mensaje de la interfaz era igualito al de la ilusión creada para Hua Pi; si no fuera porque sabía a ciencia cierta que él era el Dios de los Paseos Nocturnos, casi sospecharía que Hua Pi también había aprendido a crear ilusiones.
Por suerte, esa “conexión temporalmente no disponible” no duró mucho, y en el canal del grupo fueron apareciendo nombres a cuentagotas, como si los estuvieran exprimiendo de un tubo de pasta de dientes.
El primer nombre que apareció fue “Wu Jiaren”.
A mucha honra, era el suyo.
No estaba muy acostumbrado a ese nombre, porque siempre daba pie a malentendidos, pero este dichoso juego se negaba a censurárselo con asteriscos.
El segundo nombre del grupo fue un par de símbolos de lo más simples: “- -“.
Cuando el terror de los fantasmas de La Impermanencia le pidió que le fabricara un sueño, ya se lo olió… Aunque costara imaginar cómo demonios se apañarían dos terrores de fantasmas si se juntaban. Pero ese nombre, a leguas, era a juego con el “^ ^”.
Él nunca se pondría esas cosas con sus amigos.
Mucho rato después, apareció el tercer nombre en el grupo: “Tres K”.
Este tercer compañero también parecía estar perdido y no tenía ni idea de por qué lo habían metido en la instancia de 【La Impermanencia】.
Al parecer, este “Tres K” también estaba revisando el chat del grupo para ver quiénes eran sus compañeros. Y dejó el siguiente mensaje: @Wu Jiaren, ¿eres chica?
El Dios de los Paseos Nocturnos rodó los ojos hacia el cielo, soltó un largo suspiro y maldijo entre dientes: —Ya lo sabía yo.
A lo largo de su vida, cada vez que en alguna situación solo se veía su nombre, la mayoría de la gente daba por hecho que era mujer, ¡y hasta algún pervertido suicida se había atrevido a coquetearle con comentarios inapropiados!
Obviamente, al final esos pervertidos acababan muertos de miedo. Pero para evitar que la situación se repitiera, casi siempre se ponían asteriscos en el nombre.
Al menos ese “Tres K” no parecía el típico pervertido al que se le iluminan los ojos al ver a una chica; simplemente había preguntado en el canal: Por favor, ¿les han cargado los nombres de los otros compañeros? ¿Por qué a mí me va tan lento esto? Va tan mal que por un momento pensé que volvía a haber fantasmas, jajaja.
Ese “volvía” tenía lo suyo; parecía indicar que este “Tres K” solía tener muy mala suerte. Y ese “jajaja” forzado delataba que estaba intentando aparentar tranquilidad, pero en el fondo debía de ser un cobarde.
Y justo daba la casualidad de que el Dios de los Paseos Nocturnos estaba muy aburrido.
Así que se lo pensó un poco y le respondió con tres simples mensajes por el grupo:
Wu Jiaren: Jajaja
Wu Jiaren: Jajaja
Wu Jiaren: Jajaja
Tres K: ……………………
Tras eso, “Tres K” no dio señales de vida en mucho rato; no se sabía si se había vuelto loco del susto.
Al Dios de los Paseos Nocturnos le entró un poco de arrepentimiento por haber ahuyentado a su único compañero de juegos. Se lo pensó de nuevo e intentó arreglarlo:
Wu Jiaren: Lo siento, es que el juego se me quedó congelado.
“Tres K” seguía sin responder; a lo mejor se había desmayado del susto y aún no había despertado, o tal vez había escarmentado y no se atrevía a hablar.
Ya que había roto el hielo en el grupo, decidió poner a prueba otra teoría…
Y si aquel Hua Pi, tan frío como el hielo, tras salir de la ciudad isleña y volver a entrar, ¿hubiera cambiado de actitud y ahora estuviera más dispuesto a hablar?
Con atrevimiento, se animó a mencionar a “- -” en el canal del grupo:
Wu Jiaren: ¡Te lo suplico, si me vas a matar o a dar una paliza, al menos que sea rápido! @- –
Wu Jiaren: ¿Qué es este lugar tan raro? ¿Acaso La Impermanencia es tan asocial como para que el escenario de su instancia sea todo negro y no se vea ni un rayo de luz?
Wu Jiaren: Ah, parece que hay un espejo por aquí. Bueno, no importa, el caso es que no hay nadie; parece que estoy en una casita.
Wu Jiaren: Tu objetivo principal es darle una paliza a La Impermanencia, ¿verdad? ¿Ya lo has encontrado? @- –
Wu Jiaren: ¿No me digas que se fueron los dos juntos por su lado y a mí me han desterrado a Siberia? @- –
El Dios de los Paseos Nocturnos estaba a punto de enviar otro mensaje, cuando el resucitado “Tres K” por fin soltó una frase: Creo que yo también estoy en Siberia.
Claro que aquello no era Siberia; como bien había descrito el Dios de los Paseos Nocturnos, se trataba simplemente de una casita muy oscura.
Que, casualmente, se parecía mucho a la que estaba viendo Yu Qing.
En circunstancias normales, esa casita debería estar vacía. De hecho, durante la mayor parte de la interminable historia de la ciudad isleña, había estado vacía.
Solo cada diez años más o menos, una conciencia errante llegaba perezosamente a este lugar para descansar un rato.
A veces se quedaba medio año, a veces un año, a veces más. Y cuando se sentía recuperado, elegía un día cualquiera para marcharse, como el viento que entra y sale fugazmente de la ciudad isleña.
Esta casita era como un lugar de renacimiento.
Cada vez que esa conciencia llegaba, lo hacía como un alma errante; al irse, ya tenía la apariencia de un joven de quince o dieciséis años.
En la ciudad isleña, muchos murmuraban sobre él; le llamaban “La Impermanencia”.
Mi Xiaobai nunca se lo había contado a Yu Qing… de hecho, aún no había tenido tiempo de decírselo: desde su primer recuerdo, él ya pertenecía a la ciudad isleña.
A diferencia de los que llegaban a la ciudad isleña después de morir y bebían la sopa de fideos de Meng Po para olvidar su vida pasada, él había nacido en la ciudad isleña.
Esta ciudad, donde la lluvia torrencial nunca cesaba, era, en palabras del mundo exterior, su hogar.
Era difícil explicar cómo había aparecido, de la misma manera que nadie podía explicar cuándo había empezado a caer la lluvia o de dónde soplaba el viento en esa ciudad.
Si había que señalar un origen, era esa casita oscura.
La primera vez que abrió los ojos fue en una habitación como esta, como la efímera que despierta repentinamente en la mañana del Despertar de los Insectos1.
La primera vez que La Impermanencia despertó, tenía la apariencia de un joven de quince años.
A diferencia de más adelante, cuando recién abrió los ojos, era en realidad un espíritu maligno; solo tenía el pelo blanco y un don innato para oír las voces de todos los fantasmas de la ciudad isleña, un murmullo constante que, al igual que la lluvia de aquel lugar, no cesaba ni de día ni de noche.
Más adelante se deshizo de su aura fantasmal y tomó su forma de pelo negro.
La primera noche que salió de la casita, se topó de bruces con un grupo de fantasmas salvajes que habían huido del centro a las montañas y le cortaron el paso.
Aquel grupo de fantasmas no tenía muy buena vista; le tomaron por un muchacho cualquiera que se había fugado de casa y se había perdido en el campo sin capacidad para defenderse. Aunque desprendía un leve rastro de aura fantasmal, en el fondo parecía un humano normal y corriente.
Y así, los fantasmas salvajes se abalanzaron sobre él en manada, ansiosos por darse un festín con su carne, su sangre y su alma.
Aquel día, ese oscuro y solitario sendero de montaña sin nombre sufría los embates de una lluvia torrencial que, al arrastrar el barro húmedo, fue abriendo zanja tras zanja.
Sin embargo, el agua que corría por las zanjas era roja, acumulada por la sangre que manaba de un pequeño charco cercano.
Aquel grupo de fantasmas salvajes ya tenía experiencia atacando a la gente, pero era la primera vez que veían a alguien que sangraba como si no tuviera fin, hasta formar un charco de sangre tan estremecedor.
Y mientras ellos seguían amorrados bebiendo sangre, aquel joven, tendido en el charco, se levantó lentamente, estirando los músculos y frotándose el cuello.
Se limpió la sangre del cuello con el dorso de la mano, bajó la vista hacia las espantosas heridas cruzadas que tenía por todo el cuerpo, agarró a uno de los fantasmas salvajes por la garganta, lo levantó casi en vilo y le preguntó con voz un poco ronca: —¿Cuáles son los mordiscos que tú me has dado? ¿Los has contado?
El fantasma, aterrorizado por la imponente aura fantasmal del joven, se quedó mudo. No obstante, al ver una oportunidad, intentó forcejear para contraatacar.
Al final, el joven le pisó la cara, hundiéndosela en el barro, y el fantasma tuvo que ver, impotente, cómo despedazaba su alma trozo a trozo.
Mientras el joven, convertido en un espíritu maligno, lo desgarraba, iba contando los pedazos en voz baja. Al final, dirigiéndose al fantasma que gritaba de agonía, le dijo: —Haces mucho ruido, cállate un momento. Creo que te he devuelto los 21 mordiscos exactos, pero no estoy seguro. ¿Tú los has contado?
El fantasma salvaje: …
Estaba a punto de volverse loco del miedo; en todo el tiempo que llevaba vagando, nunca había visto un espíritu maligno de ese calibre.
El joven esperó un instante y, al ver que no respondía, perdió la paciencia y dijo sin darle importancia: —Si no los has contado, no importa. Tampoco es que tengas oportunidad de corregirme, así que lo dejaremos así.
Con esa actitud tan indiferente, el joven apretó los dedos; el fantasma, ya despedazado, se desintegró en cenizas en un instante, y su agónico chillido atravesó el descampado.
Los demás fantasmas salvajes se dispersaron despavoridos, pero de nada les sirvió.
El joven los fue arrastrando de vuelta uno a uno, y los aniquiló a todos. Solo uno de ellos, el más cobarde y que salió corriendo el primero, logró escapar momentáneamente.
Antes de alejarse, alcanzó a oír vagamente a uno de sus compañeros llorando y suplicándole al joven: —¡Me equivoqué, me arrepiento! ¡No debí atacarte! ¡Por favor, te lo ruego, te lo ruego! Desahógate conmigo, muérdeme y hazme trizas, ¡pero no me desintegres por completo! Si me desintegras, desapareceré para siempre. ¡Por favor, purifícame! Cuando se te pase el enojo, envíame al más allá, ¿sí?
El joven lo miró y, con tono indiferente, respondió: —¿Y para qué iba a morderte? Tienes pinta de saber pésimo. Mejor quédate quieto, obedece y no hagas ruido. Seré rápido y así sufrirás menos, ¿qué te parece?
El fantasma: …
Al final, entre aullidos, el fantasma preguntó: —¡¿Pero tú quién eres?!
El joven pareció pensárselo y, finalmente, dio un nombre: —La Impermanencia.
Poco después, el fantasma salvaje que había logrado huir temporalmente no pudo librarse de su destino. Aquel espíritu maligno adolescente llamado “La Impermanencia” lo persiguió como su propia sombra, y durante varios días lo trató literalmente como a un juguete: atrapándolo, soltándolo y sometiéndolo a todo tipo de torturas.
Finalmente, el fantasma murió a las puertas de un viejo templecito en ruinas.
El templecito estaba a las afueras de la ciudad. El fantasma había pasado por allí antes y recordaba que la estatua divina que albergaba se había desmoronado hacía mucho tiempo y había desaparecido, dejando solo la base de piedra vacía.
Pero esta vez, antes de que su alma se desintegrara por completo, vio con asombro que sobre la arruinada base de piedra del templo había aparecido, quién sabe cuándo, una nueva estatua divina.
Parecía un dios medio agachado en la cornisa de un alto edificio, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza ligeramente inclinada, contemplando el mar de luces de neón de la ciudad isleña.
La capucha del dios le cubría parte del rostro, pero la mitad inferior que quedaba a la vista era idéntica a la del joven que lo estaba matando.
Los primeros rumores sobre La Impermanencia nacieron precisamente de los relatos de aquel fantasma salvaje a la fuga.
Con el paso de los años, las versiones fueron cambiando y multiplicándose.
Mucho, mucho tiempo después, se hizo de conocimiento público en la ciudad isleña que el dios La Impermanencia poseía dos formas: la humana y la fantasmal; y que no solo se encargaba de enviar almas al más allá, sino también de aniquilarlas.
Enviarlas al más allá era introducirlas en el ciclo de la reencarnación, tal vez dándoles la oportunidad de volver a tener forma humana en el futuro. Pero aniquilarlas implicaba reducirlas a cenizas y dispersarlas en el viento, sin dejar rastro de ellas. Ese era el peor destino y el peor castigo posible.
En este mundo, las buenas personas suelen reflexionar y nunca están del todo seguras de ser intachables y puras; mientras que las malas personas carecen de autocrítica y siempre encuentran excusas y razones para cada una de sus malas acciones.
Por eso, cuando un alma solitaria caía en manos de La Impermanencia, siempre le quedaba la duda de si su destino sería bueno o malo.
Y con el paso del tiempo, a la leyenda de La Impermanencia se le añadió una nueva característica: la de ser impredecible y de humor cambiante.
Otros también decían que La Impermanencia era muy apuesto, y que incluso cuando estaba asesinando a alguien a sangre fría, no perdía la sonrisa; lo que hacía imposible saber qué estaba pensando o si sus palabras eran ciertas o falsas.
Los primeros rumores afirmaban que La Impermanencia tenía el aspecto de un adolescente de quince o dieciséis años. Años más tarde, los rumores cambiaron y empezaron a describirlo como un joven veinteañero.
Y unos años más tarde, alguien que se cruzó con él por casualidad diría: —No, no, sigue teniendo la misma cara de muchacho de quince o dieciséis años.
También había quienes decían que, cada década más o menos, La Impermanencia desaparecía durante una temporada y nadie sabía dónde encontrarlo, volviéndolo aún más escurridizo.
Con tanto tiempo pasado y tantas versiones circulando, la verdad se volvió indescifrable. De esta forma, La Impermanencia se convirtió en un enigma para la ciudad isleña, objeto de todo tipo de especulaciones.
Pero en realidad, todas las versiones eran ciertas.
La efímera nace por la mañana y muere al anochecer, y las pompas de jabón que soplan los niños solo existen un instante.
Y La Impermanencia se parecía mucho a ambas.
Su constante cercanía con la muerte y sus continuos cambios entre su forma humana y la de espíritu maligno hacían de su existencia algo muy singular.
En cada ciclo solo vivía diez años: empezaba con quince y terminaba con veinticinco. Era tan fugaz como una burbuja flotando por la ventana.
Pero cada vez, su “alma volvía a su hogar”, a esa pequeña casa, para recuperarse y comenzar un nuevo ciclo vital.
Igual que la maleza de su patio, brotaba en primavera y se marchitaba en otoño, en un ciclo eterno.
Por eso, al mismo tiempo, su existencia era tan larga.
Una vida repetitiva así resultaba en el fondo muy solitaria, y a lo largo de tantos ciclos, su carácter y su forma de ser siempre se quedaban estancados en esa franja de los 15 a los 25 años.
Se aburría y apenas había cosas que le interesaran.
Hasta aquel húmedo y sofocante comienzo de verano, cuando dirigió una mirada fugaz al alto edificio en el centro de la ciudad.
Aquel dios fantasmal llamado “Hua Pi”, que también había comenzado su ciclo en los inevitables 15 años, de pie junto a aquel enorme ventanal de cristal, parecía albergar la misma profunda soledad.
En ese momento, al otro lado de la calle, unos niños jugaban y soplaban burbujas con un juguete.
Los neones de la ciudad isleña se reflejaban en ellas, creando un hermoso juego de luces y colores.
Él pensó que la boquilla del juguete de los niños no paraba de echar burbujas, en un flujo constante e interminable. Había tantas burbujas reflejando la luz, y aunque la gran mayoría desaparecía en un abrir y cerrar de ojos, seguro que habría… al menos una, un poco especial, que volaría un poquito más alto.
Que volaría hacia la ventana de aquel alto edificio.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.