Tres eunucos se acercaron llevando unas cestas de comida.
El guardia encargado de la vigilancia, que llevaba hambriento desde hacía rato, protestó con descontento:
—¿Por qué tardaron tanto? ¿Qué se cree que es la cocina imperial? ¿Acaso quieren matarnos de hambre?
El eunuco que iba al frente, de facciones delicadas, respondió con una sonrisa conciliadora:
—Ay, discúlpenos, por favor. En el camino tuvimos una caída y se nos derramó la comida, así que tuvimos que volver a buscar más.
El guardia, al ver que su aspecto era agradable pero que su ropa y su rostro estaban manchados de tierra —prueba inequívoca de que efectivamente se había caído— dejó de maldecir y, resignado, tomó la cesta y la abrió.
—¿Tan poco es todo? —se quejó el guardia mientras ya metía la mano para coger algo.
El eunuco respondió con tono apenado:
—Es que la de antes se derramó, y en la cocina imperial no había demasiados excedentes por el momento…
Al saber que la ración de ese día era escasa, los guardias que hasta entonces habían permanecido atentos custodiando el pabellón se abalanzaron en masa alrededor de la cesta para disputarse la comida, sin dejar de proferir insultos.
Qi Yu, disfrazado de eunuco, los observaba forcejear y pensó que precisamente necesitaba que se enzarzaran así.
Hizo una seña a Qi Ming y Song Yao, que estaban a su lado, y los tres, aprovechando el momento en que los hambrientos guardias se peleaban por la comida, comenzaron a estudiar la distribución de los centinelas en el pabellón.
A simple vista, cuanta más altura tenía el pabellón, más guardias había; Qi Yu calculó que el príncipe heredero debía estar encerrado en el piso superior.
Temiendo que los guardias de arriba no bajaran las escaleras, Qi Yu alzó la voz fingiendo preocupación:
—¡Dejen de pelear! ¡Todavía hay gente sin comer, la comida se va a acabar!
Cuanto más decía que no pelearan, con más ahínco se disputaban los guardias la comida.
Por fin los centinelas del piso superior también bajaron, y los recién llegados se mostraron muy descontentos: todos trabajaban para el emperador, ¿por qué unos podían comer hasta saciarse y otros no?
La comida fue devorada en un abrir y cerrar de ojos, y pronto los guardias que habían comido comenzaron a sentirse mareados y aturdidos.
Qi Yu sonrió con picardía. El gran héroe Song, en su incursión nocturna al palacio, había llevado somnífero; no podía ser más oportuno.
Qi Yu había sido quien, arremangándose, había echado el somnífero personalmente en la comida; Qi Ming, al ver por primera vez a su hermano menor maquinando algo así, se sintió incómodo, pero no tuvo el corazón para regañarlo, así que se limitó a fulminar con la mirada a Song Yao. Song Yao, que tenía muy poca vergüenza, pensó que no era para tanto llevar somnífero siendo un experto en artes marciales; la vez pasada no lo había llevado y había salido perdiendo, así que esta vez, por supuesto, lo había traído.
Los guardias del pabellón cayeron aturdidos en gran número, y aunque pudieran despertarse pronto, seguirían atontados un buen rato; no se recuperarían tan rápidamente.
Qi Yu y los otros dos subieron corriendo las escaleras, pero en esa planta aún había varias celdas cerradas con llave.
Song Yao alzó una ceja:
—¿Las abrimos una por una para revisar?
Qi Yu respondió con seguridad:
—No hace falta. Tiene que ser la del fondo.
Song Jun no permitiría que el prisionero fuera encontrado con facilidad; por muchas celdas que hubiera, siempre estaría en la más profunda.
La puerta de la última celda era de hierro macizo, con un grueso candado de bronce, pero ellos no tenían llave; y aunque los guardias habían caído desplomados, no se les había ocurrido registrarles a todos.
Qi Ming iba a bajar de nuevo para buscarla, pero Song Yao exclamó en voz alta:
—¡Déjenme a mí!
La espada de Song Yao era un arma preciada que cortaba el hierro como si fuera barro; con un golpe seco y limpio, sin hacer ruido, partió el candado.
Qi Ming empujó la puerta de la celda con violencia.
Temiendo que su hermano menor pudiera correr peligro si entraba a ciegas, Qi Ming lo protegió con su cuerpo y, con sangre fría, recorrió el lugar con la mirada.
La celda era extrañamente oscura; incluso con la puerta abierta y la tenue luz del exterior filtrándose, apenas se distinguía nada.
Qi Yu también había hecho sus preparativos para aquella misión: sacó una perla luminosa de su bolsillo y la colgó en la punta de la espada de Song Yao.
Gracias al resplandor de la perla, los tres descubrieron que la habitación estaba forrada con varias capas de tela negra, de modo que no entraba ni un rayo de luz del exterior.
En el suelo había un poste de madera, y alrededor del poste, cadenas de hierro sujetaban a una persona inmóvil.
—¿A Jun, eres tú?—susurró Qi Yu con ternura.
Las cadenas alrededor del poste se movieron ligeramente, y un par de ojos enrojecidos se abrieron lentamente.
Qi Yu soltó el brazo de Qi Ming y corrió hacia allí, quitándole la capucha a aquella persona.
El rostro pálido de Murong Jun apareció ante sus ojos.
Las lágrimas brotaron de inmediato de los ojos de Qi Yu, y con el corazón encogido acarició su rostro manchado de sangre y suciedad.
Song Yao cortó las ataduras que lo sujetaban y lo tendió en el suelo.
Murong Jun tenía múltiples heridas en el cuerpo; la ropa interior estaba tan teñida de sangre que había perdido su color original. Las heridas, grandes y pequeñas, no habían sido curadas y seguían supurando sangre. Aunque Song Jun no lo matara por el momento, con esas heridas, probablemente no viviría mucho tiempo.
Ya no había tiempo para vendar las heridas. Qi Yu sacó varias píldoras de su pecho.
Eran fármacos preparados para curar lesiones graves. Murong Jun, cuando Qi Yu estaba embarazado, ya había reparado y ampliado el Pabellón de la Brisa Clara, con la idea de mudarse allí junto con el pequeño príncipe cuando creciera un poco más. Las pertenencias originales del pabellón también habían sido trasladadas al almacén del Palacio Ruizhu durante las obras; estas píldoras eran las que Murong Jun había guardado para emergencias cuando aún era príncipe heredero.
Qi Yu acercó la pastilla a los labios de Murong Jun, pero justo cuando iba a tocarlo, Murong Jun giró el cuerpo para esquivarlo, y lo miró con una frialdad glacial.
Qi Yu no entendía su actitud indiferente y recelosa; quizás el príncipe, después de tanto tiempo encerrado, estaba desorientado. Pero aquel no era momento para preguntas; Qi Yu, más preocupado por sus heridas, sin reparar en más, masticó la píldora él mismo y la acercó de nuevo a la boca de Murong Jun, quien esta vez la tomó a duras penas.
Qi Yu también repartió el resto de las píldoras entre Song Yao y Qi Ming. Llevar a una persona gravemente herida fuera de allí sería difícil y seguramente terminarían en una pelea; era mejor que cada uno guardara algunas para protegerse.
Song Yao y Qi Ming no rechazaron el ofrecimiento.
Murong Jun no había dicho ni una palabra. Qi Yu lo ayudó a levantarse, pero en cuanto le sujetó el brazo, Murong Jun de repente extendió la palma y lo empujó suavemente.
Qi Yu trastabilló y casi perdió el equilibrio. Desconcertado preguntó: —Ah Jun, ¿qué te pasa?
Qi Ming se adelantó a sujetar a Qi Yu. El semblante de Murong Jun cambió de repente; con la punta del pie recogió del suelo una cadena de hierro, la agarró con la mano y, usándola como arma, se la lanzó a Qi Ming.
Qi Ming:¡¡!!
¿Es que el Emperador había perdido la razón?
Aunque Murong Jun estaba gravemente herido, luchaba como si no le importara su propia vida. Qi Ming, que no podía atacar por consideración a su identidad, pronto se encontró en desventaja.
—¡Hermano mayor, A Jun, deténganse ya!
Qi Yu estaba desesperado. ¿Cómo podían ponerse a pelear aquí?
—Algo no va bien con él…
Song Yao notó que algo estaba mal. Se interpuso entre los dos con su espada y junto con Qi Ming inmovilizó a Murong Jun.
Qi Yu también lo vio: el Príncipe Heredero parecía haber perdido el conocimiento. Las venas de las sienes le latían visiblemente, los ojos completamente inyectados en sangre; atacaba a cualquiera que se acercara.
Qi Yu lo llamó una y otra vez; ninguna respuesta.
Song Yao preguntó —¿Qué hacemos? ¿Le habrán dado alguna droga?
Qi Yu se pasó la mano por la cara —Da igual, primero lo sacamos de aquí y luego vemos.
Song Yao asintió. Con un golpe de mano preciso, fuerte y certero en la nuca de Murong Jun, lo dejó inconsciente temporalmente.
Qi Yu sentía el corazón partido, pero el Príncipe Heredero atacaba incluso a ellos; evidentemente ya no distinguía entre amigo y enemigo. Para poder sacarlo de allí, no había otra opción.
Qi Ming cargó a Murong Jun a la espalda y salió de la celda junto a Qi Yu. Song Yao de repente miró alerta hacia la puerta; desde fuera llegaba el sonido de pisadas y el anuncio de la llegada del Emperador.
Qi Yu suspiró en silencio. Después de tanto rodeo, al final tendría que enfrentarse directamente a Song Jun.
Lo que no sabía era que los hombres de confianza de Song Jun le mandaban noticias cada media hora, pero como Qi Yu había echado somnífero en la comida, Song Jun no pudo recibir a tiempo el aviso de sus hombres y supo que algo había salido mal.
Song Jun vino en persona con refuerzos. Aunque no hubiera pasado nada, pensaba de todas formas enviar a Murong Jun al otro mundo.
Cuando llegó al torreón y vio a los guardias tumbados por todas partes, Song Jun montó en cólera. Ordenó apartar a patadas a los guardias que bloqueaban la entrada y rodeó el torreón piso por piso. Qi Yu y los demás estaban arriba; se encontraban en una situación sin salida.
Song Jun vio a Qi Yu entre los que habían irrumpido en el torreón. Una sonrisa fría se dibujó en la comisura de sus labios: —Emperatriz, ante esta situación, tú, que deberías estar en el Pabellón Ruizhu, ¿no te resulta familiar?
Qi Yu sabía perfectamente que Song Jun se refería al día en que cayó desde el pabellón. Ya que estaban cara a cara, Qi Yu tampoco tenía ganas de seguir fingiendo. Respondió sin pelos en la lengua —No imaginaba que a quien se le dió una segunda oportunidad le diera por morder la mano que la concedió.
Song Jun sonrió levemente: —Llevan años criticándome; ya me da igual. Di lo que quieras. Estás rodeada de mis hombres; tú y él no tienen escapatoria.
—Su Majestad, ejecútenlos aquí mismo. No pierdas el tiempo hablando con ellos.
El Príncipe de Fu se abrió paso entre los guardias y miró a Qi Yu con ojos de depredador.
¡El Príncipe de Fu!
Qi Yu, con la mente a toda velocidad, sonrió —Así que te has aliado con el Príncipe de Fu. No me extraña que hayas podido volver. Solo me pregunto qué acuerdo tienen ¿piensas ser el títere del Príncipe de Fu, o cederle directamente el trono? ¿No temes al pájaro que acecha tras la mantis?
—¡Emperatriz!— El Príncipe de Fu dijo con el ceño fruncido: —No sé qué disparates estás diciendo. ¡Deja de sembrar cizaña! ¿Cómo te atreves a aliarte con traidores delante del Emperador? Es un crimen imperdonable. ¡Guardias, apresen a la Emperatriz!
El Príncipe de Fu lo dijo con mucho empuje, pero nadie en la sala se movió. ¡Los guardias de Song Jun no dieron ni un paso!
El Príncipe de Fu palideció de golpe. ¿Qué estaba pasando? ¿No se suponía que esos hombres le eran leales?
Qi Yu se carcajeó: —¿No decía yo lo del pájaro que acecha? Príncipe de Fu, ¿es que no oye bien? Parece que no solo el oído le falla; el cerebro tampoco le funciona demasiado.
—¿Qué significa esto?
El Príncipe de Fu miró a Qi Yu, luego a Song Jun; de repente sintió un presentimiento inquietante.
—¿Todavía no lo entiende? Significa que ya lo han usado bastante y que están a punto de darle una patada y botarlo—. Qi Yu sonreía de la manera más radiante.
Song Jun también esbozó una sonrisa: —La Emperatriz tiene razón. Príncipe de Fu, también es hora de que Zhen(*) ajuste cuentas con usted.
(*) Nota: es el “yo” imperial utilizado exclusivamente por el emperador.
—Guardias—. A esa sola palabra, la respuesta fue inmediata.
El Príncipe de Fu retrocedió un paso involuntariamente. Empezaba a notar que algo iba muy mal.
Song Jun le dijo con frialdad: —Príncipe de Fu, de no ser porque podía resultarme útil, no lo habría dejado llegar hasta hoy. Esa concubina Feng suya lo está esperando bajo tierra.
¿Cómo?
El Príncipe de Fu no podía creerlo. ¿Feng Rulan había muerto a manos de este hombre? ¿Cuándo habían tenido ellos cuentas pendientes? Este hombre… ¿no había venido a buscar su apoyo porque solo tenía la habilidad de cambiar de apariencia y sin él no podría mantenerse en el trono? El trato era que una vez que tomara el poder del Emperador, emitiría un edicto transfiriéndoselo. ¿Acaso, acaso…?
El Príncipe de Fu no lograba entenderlo. Y Song Jun tampoco iba a darle la oportunidad. Ordenó a los guardias que se llevaran al Príncipe de Fu.
Aprovechando que Song Jun y el Príncipe de Fu estaban enzarzados, Qi Yu le dijo en voz baja a Song Yao: —Ve al Pabellón Ruizhu, encuentra al pequeño príncipe y sácalo. No vuelvas bajo ningún concepto., Maestro Song, se lo ruego. Si llego a no volver a buscarlo, el niño queda a su cargo. Recuerde que se llama Murong Xi. Edúquelo bien y no deje que anhele el trono jamás…
—Usted…
Song Yao frunció el ceño. ¿Acaso la emperatriz le estaba confiando su hijo?
Mientras hablaba, los ojos de Qi Yu se humedecieron. Lamentaba no haber podido tener al niño a su lado, pero al mismo tiempo se alegraba de que así tuviera una oportunidad de salvarse. Ya se había enfrentado a Song Jun y no podía garantizar que éste no atentara contra el pequeño; mejor entregárselo a Song Yao para que se lo llevara. Song Yao era un hombre de recto proceder, y en principio debería ser digno de confianza.
Solo que su pobre hijo, con apenas un mes de nacido, tendría que vagar sin rumbo.
Song Yao sintió un nudo en el pecho y respondió con sequedad:
—No hace falta llegar a eso. Rompemos el cerco a golpe de espada y ya está.
Dicho así, pero los tres sabían muy bien que Qi Yu no sabía pelear, y Qi Ming llevaba a un hombre inconsciente a cuestas; era muy difícil que todos pudieran escapar juntos.
Qi Yu se apresuró a decir:
—Song Yao, hazme caso. Con tu habilidad marcial, puedes abrirte paso tú solo; debería ser posible. Song Jun va detrás de mí y del príncipe, no te perseguirá a ti. Cuanto más revuelo haya aquí, con más discreción podrás llevarte al niño. Si te quedas, ¿qué va a ser de él? Y lo más probable es que acabemos todos capturados.
Song Yao comprendió que decía la verdad y aceptó a regañadientes.
Qi Yu se volvió entonces hacia Qi Ming:
—Hermano mayor, yo me encargaré de crear una distracción. Tú debes sacar al príncipe heredero de aquí.
Qi Ming se sobresaltó:
—¿Qué piensas hacer? No puedes…
—Tranquilo, hermano mayor, yo estaré bien —dijo Qi Yu con una sonrisa llena de confianza.
Song Jun ya había dispuesto del Príncipe Fu y dirigió la mirada hacia Qi Yu, también con una sonrisa:
—¿Ya has pensado en una buena estrategia para escapar?
Qi Yu le lanzó una mirada de desprecio:
—No es asunto tuyo.
Song Jun replicó:
—No malgastes tus fuerzas, emperatriz. La persona que tanto te empeñas en salvar ya no es más que un despojo.
—¡Mientes!
Por dentro, Qi Yu no dejaba de repetirse que debía mantener la calma, pero no pudo evitar estallar.
El príncipe ya había sufrido bastante; no soportaba que Song Jun lo vilipendiara además.
Song Jun dijo con parsimonia:
—No miento. En aquel entonces, en el Tribunal del Clan, el Príncipe Fu aprovechó al médico imperial Wang para entretener al viejo príncipe Su y a él. Los hombres de élite que el príncipe Fu había dispuesto solo pudieron enfrentarse a los guardias oscuros que él había llevado durante un breve tiempo. Fui yo quien supo aprovechar ese momento, usando su punto débil para tenderle una trampa y capturarlo. Dicho esto, llevan tanto tiempo casados que quizá todavía no sepas cuál es su punto débil.
¿El punto débil del príncipe?
Qi Yu dio un respingo. No lo sabía, y en ningún momento del libro original se mencionaba.
Justo cuando Song Yao aprovechó el diálogo para lanzarse de repente, saltó e hirió a varios guardias con la intención de abrirse paso.
Song Jun creyó erróneamente que Song Yao abandonaba a Qi Yu, y entre divertido mandó a sus guardias que lo dejaran pasar:
—Déjenlo ir, déjenlo ir… Solo es un experto en artes marciales.
—Emperatriz, ¿qué tal se siente cuando la traicionan?
Song Jun lo provocaba.
Qi Yu, conteniendo la rabia, se negó a mirar hacia la dirección en que Song Yao se alejaba, y fijó la mirada en Song Jun con terquedad:
—No has terminado de hablar.
—Ah —dijo Song Jun—. Casi se me olvida. Para ti, por supuesto, ese hombre es más importante que cualquier amigo del mundo marcial. En cuanto a su punto débil…
Song Jun esbozó una sonrisa perversa:
—Cuando tenía tres años, su padre lo arrojó a un pozo seco. ¿Sabes lo oscuro que estaba ese pozo?
Hizo un gesto con la mano para enfatizar:
—Tan oscuro que no se veía ni la propia mano, una oscuridad que quitaba el aliento. Con tres años, estuvo atrapado en esa negrura, sin moverse siquiera, sin poder hablar… Ahora entiendes qué fue lo que preparé en el Pabellón Chunhui y cómo logré atraparlo, ¿verdad?
—Verlo sumergirse de nuevo en la oscuridad, aunque haya vivido más feliz y plácidamente que yo, ¿qué más da? Todo el dolor que yo he sufrido, tarde o temprano él también lo probará.
—¡Tú!
Qi Yu recordó las gruesas telas negras que forraban la celda. Así era como Song Jun había controlado al príncipe.
Por culpa de aquella experiencia infantil, la personalidad de Murong Jun se había visto profundamente marcada. Aquel pozo seco, aquella oscuridad sin fin, seguían enterrados en su corazón hasta hoy.
¿Qué ocurriría si tuviera que pasar por una desgracia semejante otra vez?
Murong Jun lo sabía, y Song Jun también.
Nadie se conocía mejor a sí mismo que él.
Song Jun, después de haber soportado tantas torturas, había guardado ese punto débil como un secreto a muerte. Murong Jun, en tiempos de bonanza, tampoco habría revelado su propia flaqueza.
Por eso Song Jun sabía que ganaría. Había asumido a su adversario como parte de sí mismo, y solo uno mismo conoce la forma más certera de acabar con su propia vida.
Qi Yu reaccionó y dijo:
—Eres un enfermo…
Song Jun, que no entendía lo que era un enfermo, sonrió:
—Lo que tú digas. A mí ya todo me da igual. Mientras te creías muy listo y te las ingeniabas para enfrentarte a mí, solo estabas alargando su suplicio, manteniéndolo más tiempo en la oscuridad. Te aconsejo que lo abandones; puede que ya haya perdido la razón.
El corazón de Qi Yu se hundió. Recordó cómo hacía un momento Murong Jun atacaba a Qi Ming sin distinguir a nadie. Incluso una persona sana, encerrada mucho tiempo en la oscuridad, acaba derrumbándose; y el príncipe, además, tenía ese trauma psicológico. ¿Acaso de verdad había perdido el juicio?
Qi Yu miró al hombre inconsciente sobre el hombro de Qi Ming y sintió una punzada de dolor.
—¿Por qué hacerle esto? ¿Por qué? —preguntó Qi Yu con lágrimas en los ojos.
—¿Por qué? ¡Qué bien preguntas!
Song Jun chasqueó la lengua con admiración:
—Porque todo lo que él posee debería pertenecerme a mí. Yo lo gané con mi vida, ¡incluido tú!
Song Jun añadió:
—Emperatriz, ¿alguna vez has pensado por qué razón llegaste a este mundo?
Qi Ming no entendía gran parte de aquello, pero Qi Yu sintió un vuelco en el estómago. Recordó que Song Jun ya había dicho algo parecido antes. ¿Acaso Song Jun sabía que él era un transmigrado?
Song Jun dijo:
—Llegaste por mí, no por él.
Apenas terminó de hablar, Murong Jun, que estaba inconsciente sobre el hombro de Qi Ming, despertó y lanzó un grito sordo; sin importarle nada, se abalanzó contra Song Jun con furia.
Qi Ming aprovechó el momento, agarró a Qi Yu y también se lanzó a abrirse paso.
Los guardias de Song Jun se dividieron apresuradamente en dos grupos: uno para proteger a Song Jun y otro para detener a Qi Ming y Qi Yu.
Aunque Murong Jun estaba gravemente herido, había perdido la razón y no temía a la muerte; con un último aliento de vida, obligó a los guardias de Song Jun a retroceder sin cesar, con tal ímpetu que parecía dispuesto a morir junto con Song Jun.
Qi Yu quiso que Qi Ming fuera a ayudar a Murong Jun, pero Qi Ming no podía ocuparse de Murong Jun y de él al mismo tiempo. Qi Yu cerró los ojos y empujó a su hermano hacia el príncipe, esperando que los guardias que quedaban no se ensañaran con un joven indefenso.
Lástima que la realidad siempre fuera más cruel que los deseos. Apenas Qi Ming se alejó, dos guardias, viéndolo solo, alzaron sus espadas y se abalanzaron contra él.
Qi Ming ni siquiera había notado su situación. En ese momento, Murong Jun, que estaba a varias 丈 (zhang*) de distancia y acababa de repeler a los guardias de Song Jun, se detuvo en seco y se lanzó hacia Qi Yu a toda velocidad.
(*NT: …varias丈: a varias zhang de distancia, es decir, a varios metros (unos 3,3 metros por cada zhang).
Qi Yu se sobresaltó. El príncipe había perdido el juicio, ¿acaso iba a blandir la espada contra él?
Murong Jun, sin decir una palabra, arrojó con violencia la espada larga que había arrebatado a un guardia y clavó la hoja en uno de los soldados que interceptaban a Qi Yu.
Qi Yu lo vio caer del cielo, convertido en un muro sólido, abriendo los brazos para protegerlo y abrazarlo con firmeza.
La espada del otro guardia silbó al cortar el aire.
Qi Yu levantó la cabeza y vio al príncipe, fuera de sí, que lo abrazaba y le decía en voz baja:
—Yu’er, no tengas miedo.
𐙚⋆°。⋆♡
Autora tiene algo que decir:
Tranquilos, Song Jun no muere, y el príncipe tampoco.
Y también se explica el motivo por el que el príncipe fue capturado.
Cuando apareció, tanto el príncipe como Yuyu estaban en la cámara oscura, pero no era completamente oscura.
El príncipe le teme a la oscuridad, a esa oscuridad total en la que no se ve nada.
Después de lo que le hizo Song Jun, el príncipe ha mejorado.
Muchas gracias a todos por su apoyo, ¡seguiré esforzándome!
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.