El palacio de verano, al fin y al cabo, no era el palacio imperial. Además, se había construido principalmente para entrenar a los guardias secretos; el palacio de verano era un añadido, y no había dado tiempo a preparar mucho personal de servicio. Para Murong Jun, eso sí era hacer pasar penurias a su Tian Tian.
Nada de falditas de piel ni de cavernícolas; el “salvaje” se había convertido en el señor de la montaña y Tian Tian en su señora. Qi Yu sonrió con magnanimidad:
—Está bien, puedo cuidar de mí mismo y también de ti.
En el palacio de verano había varios médicos competentes, y lo primero que hicieron fue tomar el pulso a Murong Jun y a Zixiu.
Las heridas de Murong Jun mejoraban, pero el estado de Zixiu era grave. Los médicos no se atrevían a decir que no tenía salvación, pero tampoco podían dar una explicación clara. La mayor parte del tiempo, Qi Ming canalizaba su energía para proteger el corazón de Zixiu, y solo cuando necesitaba descansar lo encomendaba a otros guardias secretos con mil precauciones. Dormía apenas una o dos horas y volvía a cuidar de Zixiu.
Qi Yu, como señora de la montaña, ayudó a Murong Jun a gestionar los asuntos más urgentes, y el funcionamiento del palacio de verano empezó a encarrilarse.
Cuando se planeó este lugar, se hizo para mantenerlo separado del palacio imperial. Todo su funcionamiento no tenía relación con la corte; ni siquiera aparecía en los registros del Ministerio de Hacienda. Se llevaba una contabilidad aparte, guardada únicamente dentro del palacio de verano. Tenía incluso varias propiedades y tiendas que financiaban los gastos del palacio y el entrenamiento de los guardias secretos. Era un sistema hermético y autosuficiente.
Se puede decir que Song Jun no podría encontrar este lugar.
—A-Jun, ¿cuándo mandaste construir esto?
Aunque Murong Jun decía que era una humillación para él, la decoración de la habitación de Qi Yu no se diferenciaba mucho de la del palacio; solo que había menos sirvientes. La montaña era tranquila, fresca en verano y cálida en invierno; a la señora de la montaña le gustaba bastante.
Murong Jun sonrió:
—Todo es gracias a ti.
Cuando Qi Yu estaba embarazado, Murong Jun había ordenado reparar el Palacio de la Brisa Pura, y aprovechando esa obra, construyó también este lugar.
Como en su harén solo había una emperatriz, y la chineaba sin medida, no parecía exagerado que hiciera grandes obras para ella. Los ministros ya estaban acostumbrados, y además el emperador usaba su tesoro privado, su propio dinero, así que no podían intervenir. Comparado con el emperador depuesto, que tenía muchas concubinas y gastaba más que el emperador con su emperatriz, y que a veces incluso metía mano al erario público, los ministros pensaban que el emperador actual era mucho mejor. Así que nadie le presentó una queja, y el palacio de verano se construyó sin que nadie se enterara.
—Ya veo… Entonces, ¿qué piensas hacer después? —preguntó Qi Yu.
Qi Yu pensaba que Murong Jun querría reorganizar sus fuerzas y enfrentarse a Song Jun cuanto antes.
Pero desde que supo que Song Jun era él mismo, Murong Jun ya no tenía tanta prisa. Dijo:
—Primero curaré las heridas y luego iré a la casa de los Song.
Qi Yu: ¿¿??
Murong Jun continuó:
—Le pregunté a Qi Ming; Zixiu está así por usar el método secreto de los Song. He pensado que debería ir a preguntar a los Song; quizá tengan alguna manera de salvarlo.
—¿De verdad podría tener remedio? —los ojos de Qi Yu se iluminaron—. Pero si existe, ¿por qué Zixiu no lo sabe?
Murong Jun respondió:
—Este método fue creado por los Song; quien lo creó debe saberlo.
—Sería bueno ir a preguntar…
Qi Yu también quería que Zixiu se recuperara pronto.
Murong Jun añadió:
—Y está Xi’er. Lo confiaste a Song Yao, fue una buena decisión.
Qi Yu: —…
Qi Yu se dio una palmada en la frente. ¡Cierto! ¡Su hijo! ¡Seguía con el tonto de Song Yao!!
Había confiado al pequeño príncipe a Song Yao porque confiaba en su integridad. Además, el niño tenía lazos de sangre con la familia Song; Song Yao seguro que lo llevaría a la casa de los Song, y la familia Song lo protegería. Song Jun nunca imaginaría que se lo había dejado a Song Yao; y aunque lo imaginara, Song Jun no se enfrentaría directamente a la familia Song, que era su propia familia materna. Si ni siquiera la familia Song podía proteger al pequeño príncipe, ningún otro lugar podría.
Así que su hijo estaba completamente a salvo en la casa de los Song. Qi Yu no se preocupaba; hasta ahora habían estado viajando sin un lugar fijo y no podían ir a buscarlo. Pero ahora ya era momento de considerarlo.
Qi Yu, lleno de alegría, preguntó:
—¿Aprovechamos para ir a buscar a nuestro hijo?
Murong Jun asintió, y Qi Yu acordó con él partir al día siguiente.
No había prisa por recoger al niño, pero Zixiu no podía esperar más. Aunque el príncipe no lo había dicho, seguro que también estaba preocupado por Zixiu.
Qi Yu se lo comunicó a Qi Ming, quien le dio las gracias efusivamente. El pulso de Zixiu se había debilitado aún más, y Qi Ming pensó en llevarlo directamente para que, si fuera necesario, pudieran atenderlo de inmediato.
Murong Jun, por supuesto, no puso objeción.
En la primera noche en la montaña, los grillos cantaban sin cesar. Qi Yu, que no estaba acostumbrado, se daba vueltas en la cama sin poder dormir, emocionado por la próxima visita a la familia Song.
Murong Jun tampoco dormía; sus miradas se encontraron.
Qi Yu parpadeó, y le vino una ocurrencia. Se acercó con picardía, besó a Murong Jun en los labios y se apartó rápidamente.
Cuando estaba en los últimos meses de embarazo, se aprovechaba de su barriga para evitar el coito, y a menudo se burlaba de él con esas tretas.
Murong Jun sonrió, alzó la mano y atrapó a ese travieso que siempre lo provocaba.
Se acercaron el uno al otro, el aliento cálido se mezcló, y no pudieron evitar besarse.
Llevaban casi medio año sin intimar, y después de aquella breve separación, Qi Yu lo deseaba con toda su alma; su aliento ardía como llamas. Pero sabía que debía contenerse. El príncipe aún no se había curado; los médicos del palacio de verano habían sido claros: solo calma, nada de excesos.
Así que Qi Yu retiró sus labios, se envolvió en el edredón de brocado, dio la espalda a Murong Jun y se puso a contar ovejas en silencio.
Murong Jun esperó un rato, y al ver que no volvía, lo abrazó junto con el edredón, lo giró y besó con dulzura sus ojos, su nariz y luego sus labios.
Qi Yu olvidó de inmediato lo de contar ovejas. Pensó que, si no podía tener excesos, al menos podía disfrutar de los besos.
Pero subestimó lo pegajosos que eran el uno con el otro. Apenas se besaron, se fundieron como si no pudieran separarse. Qi Yu casi se ahoga en su aliento y, por inercia, iba a corresponderle, pero cuando Murong Jun le rozó la cintura, Qi Yu reaccionó, negó con la cabeza y lo apartó atropelladamente.
—¡No, no se puede!
Qi Yu puso cara de desgracia. También él quería desbocarse, lo soñaba, pero no podía; el príncipe aún estaba herido.
—¿No me deseas? —preguntó Murong Jun con cierto tono de queja.
—No es que no te desee, ¡es que las heridas se te van a abrir!
Qi Yu se esforzó por alcanzar con el pie el edredón que había apartado de una patada y se enrolló de nuevo en él.
Murong Jun dijo:
—El médico solo dijo que no hagamos movimientos bruscos, no que no podamos hacerlo.
Qi Yu lo fulminó con la mirada:
—Eso es un movimiento brusco.
Pero sus ojos, cargados de pasión, no inspiraban la menor credibilidad.
—No se abrirán… te lo prometo.
Murong Jun abrazó a Qi Yu, que parecía un bollito envuelto, y le susurró al oído:
—Te prometo que no haré fuerza… ¿Y si lo haces tú mismo, Yu’er?
Qi Yu se sonrojó hasta las orejas, y se mordió los labios una y otra vez.
¿Qué hacer? Lo deseaba con todas sus fuerzas… Y no es que no supiera cómo hacerlo “él mismo”.
Había oído que aguantar siempre era malo para la salud.
Si seguía aguantando, acabaría enfermando.
Qi Yu dudó un buen rato, pero al final el deseo pudo más. Con movimientos suaves, desabrochó la túnica de Murong Jun y, al ver las vendas cruzadas sobre su pecho, recordó aquel día en que Murong Jun estaba delante de él y él no había sido capaz de reconocerlo…
—¿Todavía te duele?
Qi Yu acarició suavemente las vendas; aquellas heridas parecían estar también en su propio cuerpo, y le dolían profundamente.
—Ya pasó —dijo Murong Jun.
Esas cicatrices también eran las palabras de amor inmutables entre ellos.
Qi Yu alargó el cuello y, a imitación de Murong Jun, besó sus ojos y sus labios con devoción.
—Yo lo hago… tú… ten cuidado —murmuró Qi Yu, sonrojado.
Qi Yu puso todo el cuidado posible, pero a la mañana siguiente, las heridas de Murong Jun se habían abierto de nuevo. Llamaron al médico, y cuando este los miró con ojos inquisitivos, Qi Yu sintió tal vergüenza que quiso esconderse.
Murong Jun, imperturbable, dijo:
—Fue un descuido, no tiene nada que ver con él.
El médico asintió rápidamente para no desmentirlo. Qi Yu torció la boca; más valía no haber aclarado nada.
Le vendaron de nuevo, y Murong Jun pareció recuperar el vigor. No retrasaron el viaje a la familia Song, pero cuando Qi Yu montó a caballo, notó que le temblaban un poco las piernas; no sabía si era él quien ayudaba al príncipe o el príncipe quien lo ayudaba a él.
La familia Song residía en un valle de terreno accidentado. No era cómodo ir en carruaje desde el palacio de verano, así que Qi Ming cargó a Zixiu y montó a caballo; Qi Yu compartió la montura con Murong Jun.
Recordaba que en la novela original no se mencionaba la ubicación exacta de la familia Song. Según decían, sin un guía de la familia era difícil encontrar el camino, pero al ver a Murong Jun tan seguro y sin detenerse, parecía que sabía bien cómo llegar.
—A-Jun, ¿por qué nunca habías ido a ver a la familia Song antes? —preguntó Qi Yu.
Murong Jun respondió:
—Mi madre tuvo una fuerte disputa con mi abuelo materno. Luego, sintiéndose en deuda con él, me pidió que no volviera.
Qi Yu suspiró. En el libro original, Murong Jun nunca había puesto un pie en la casa de los Song en toda su vida.
Pero esta vez, por Zixiu, no podían preocuparse tanto.
Palacio imperial.
Song Jun observaba con ira los informes secretos sobre su escritorio. Los guardias arrodillados temblaban de miedo, empapados en sudor.
Desde que se separó de aquel grupo, todo le había salido mal.
Cuando recordó que el pequeño príncipe, que la emperatriz había “olvidado” en el Palacio Ruizhu, podía servirle como rehén, y fue a comprobarlo, descubrió que el supuesto pequeño príncipe no era más que una almohada envuelta en un pañal. Tampoco encontraron rastro del pequeño príncipe en el palacio.
No era de extrañar que la emperatriz se hubiera atrevido a escapar sola del palacio; no tenía preocupaciones. Pero, ¿cuándo y cómo había logrado sacar al pequeño príncipe?
Song Jun no podía imaginarlo. Recordaba claramente que la noche anterior, cuando había ido a verlo, había visto la cara dormida del pequeño príncipe con sus propios ojos. Preguntó a los sirvientes del Palacio Ruizhu, y todos dijeron que estos días la emperatriz cuidaba personalmente del pequeño príncipe, aunque apenas se oían llantos. Song Jun supo entonces que había caído en la trampa de la emperatriz: ella lo había hecho ver al pequeño príncipe a propósito, para que a partir de entonces, cuando viera un bulto bajo el edredón, diera por sentado que el niño estaba durmiendo.
Furioso, Song Jun mandó cerrar el Palacio Ruizhu y prohibió que nadie se acercara.
Pero como “él” antes se llevaba muy bien con la emperatriz, cerrar el palacio de repente levantó muchas preguntas. Para no despertar sospechas, Song Jun difundió que el pequeño príncipe estaba gravemente enfermo y que la emperatriz lo cuidaba, y que nadie podía acercarse.
La desaparición del pequeño príncipe le hizo caer en la cuenta de que aquel grupo probablemente solo había estado fanfarroneando. Song Jun envió un gran número de hombres a investigar; lo único que averiguaron fue que habían comprado algunas medicinas, y cuando por fin localizaron la casa oculta, ¡ya no había nadie!
Song Jun llegó con las manos vacías y el semblante sombrío.
Según el informe de los guardias, las puertas y ventanas de la casa oculta estaban untadas con veneno, y también había veneno en el incensario. Era la misma táctica que él había usado en la ciudad de Qianye. Song Jun sintió que le ardía la cara; la emperatriz le estaba devolviendo el golpe.
Buscó por todas partes el paradero de la emperatriz y los demás, pero parecían haber desaparecido. Ni siquiera sabía si seguían en la ciudad imperial.
La residencia del duque Chengen, la del duque de Tang, la tienda de ropa hecha, la posada Qianye… no dejó ningún lugar sin registrar, todos estaban vacíos. Incluso fue él mismo a la residencia de la princesa Chang de Yi An.
—A-Jun, ¿qué te pasa?
La princesa Chang de Yi An notaba al emperador muy extraño últimamente. El pequeño príncipe estaba enfermo, pero no llamaba a los médicos imperiales más experimentados, solo dejaba que la emperatriz lo cuidara, y lo peor era que no permitía que nadie fuera a visitarlo. La princesa Chang se llevaba bien con la emperatriz, y le preocupaba que el emperador y la emperatriz estuvieran peleados, o que el emperador hubiera abandonado a la emperatriz.
La princesa Chang le dijo con sinceridad:
—Conozco bien el carácter de la emperatriz. Si has hecho algo mal, discúlpate pronto, seguro que te perdonará.
Song Jun: —…
La princesa Chang de Yi An era la hermana mayor a quien Song Jun respetaba. En su mundo original, ella ya había muerto; no podía gritarle. Aguantó estoicamente un largo sermón sobre lo importante que era querer a la esposa (al parecer, inculcado por la emperatriz), sobre el perdón y las disculpas. Song Jun, que en realidad ya era casi un solterón empedernido, sentía que se le revolvía el estómago.
𐙚⋆°。⋆♡
La autora dice:
La historia terminará la semana que viene, un beso a todos.
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