¿El corazón?
A Yu Qing, la verdad, no le sorprendió en absoluto. Al fin y al cabo, su pecho estaba vacío; lo raro hubiera sido que las pruebas dieran un resultado normal.
Lo único que le extrañaba era que el papel que le había asignado la instancia coincidiera tanto con su propia situación.
Y cuando escuchó a Shan Bei pronunciar la palabra “corazón”, le pareció percibir el olor a alcohol etílico y a medicamentos inyectables flotando en el aire. Incluso creyó oír el leve “bip, bip” de los monitores funcionando en la quietud de la noche.
Ese es un sonido muy característico de las habitaciones de los hospitales, un sonido intermitente que no resulta molesto, sino que hace que la noche parezca aún más larga, monótona y silenciosa.
Y también el tono tranquilizador del médico: —Esta nueva tecnología de reemplazo es muchísimo mejor que la de la generación anterior, dura mucho más. Con un mantenimiento regular, te puede asegurar una circulación sanguínea perfecta durante treinta años sin ningún problema.
—Tampoco es que se vaya a estropear al cumplir los treinta años exactos, sino que cuando se acerque la fecha, habrá que hacerte una revisión muy completa para comprobar cómo funciona. Y dependiendo de los resultados, ya veremos si hay que ajustar el mantenimiento o si, por el contrario, toca reemplazarlo.
—Pero para eso aún falta muchísimo.
—Ahora mismo lo único que tienes que hacer es poner de tu parte y colaborar, y todo irá bien. Tenemos casos de éxito rotundo con pacientes mucho más jóvenes que tú y en un estado muchísimo peor, pacientes que prácticamente estaban desahuciados y a los que hemos logrado salvar.
—Últimamente, ¿ha vuelto a sentir dolor?
Una voz distante respondía: —Sí.
—¿Durante mucho tiempo?
—Mucho.
—Mmm… dolor fantasma. Es una reacción muy común en los trasplantes de órganos. Aparte de los mareos y esa sensación de ahogo de vez en cuando, ¿ha notado algo más?
—Sí.
—¿Cómo qué?
—Que aquí dentro no hay nada, no noto los latidos del corazón.
…
Yu Qing se quedó un poco abstraído.
Como había vestido tantas pieles de sus fieles y había vivido tantas experiencias ajenas y caóticas, a veces tenía esos “flashbacks” con recuerdos o conversaciones que no tenían nada que ver con él.
Pero esta vez era distinto.
Esto no le parecía ajeno.
De pronto, Yu Qing le preguntó a Shan Bei: —¿Y no hay informes más completos? Sería ideal ver todo el historial médico.
Shan Bei negó con la cabeza: —Eso sí que no lo tengo. Yo solo vengo a hacer prácticas con el doctor para que me convaliden unos créditos en verano. ¿Cómo me van a dar a mí todo tu historial médico?
Y menos aún siendo quien eres, con lo que manda tu familia en este hospital. Shan Bei se guardó sus quejas y se limitó a decir: —De todas formas, el doctor es el que tiene los datos más completos.
El doctor Wu: …
Yu Qing levantó la vista hacia el jovencísimo doctor Wu y vio cómo este, tras ajustarse las gafas, señalaba a Shan Bei con el dedo índice y soltaba una risa irónica: —Tú, muchachito, cuando terminemos la ronda de hoy, te vienes a mi despacho.
Shan Bei, que era un cobarde pero muy sincero, bajó la mirada al suelo; con esas enormes ojeras, parecía un pobre desgraciado y víctima de una injusticia.
El doctor Wu se giró entonces hacia Yu Qing y le preguntó: —¿De verdad quieres ver todos esos informes tuyos? En mi teléfono también tengo solo un resumen; si quieres verlos completos, tenemos que bajar a mi despacho.
Yu Qing soltó un escueto «Mmm».
El doctor Wu, señalándolo con el dedo, se dirigió al Viejo Chen, a la tía Luo y al resto: —Que conste que han sido testigos. Es él quien insiste en verlos. Cuando informen a la familia, déjenlo muy claro; no vaya a ser que el director me eche la bronca. Con tanto paciente VIP, uno ya no sabe a quién contentar.
La tía Luo frunció el ceño en señal de desacuerdo y, en un intento de proteger a Yu Qing, replicó: —Pero… ¿Cómo le va a enseñar eso así como así? Los médicos a veces escriben las cosas de una forma tan exagerada que cualquiera que lea esos informes, incluso sin estar enfermo, se llevaría un buen susto. ¡Y con más razón él!
Yu Qing le dirigió una mirada de soslayo.
La tía Luo se tapó la boca rápidamente al darse cuenta de lo que había soltado: ¿Cómo que “con más razón él”?
Con la más habladora del grupo silenciada y arrinconada, el Viejo Chen se masajeaba la frente, sin saber cómo arreglar el entuerto.
El doctor Wu zanjó el asunto: —Lo normal sería no enseñarle nada, y el propio director me lo dejó muy claro. Yo tampoco quiero buscarme problemas. Pero si no se los enseño, se niega a colaborar. Si ustedes consiguen que se acueste en la camilla sin rechistar, les aseguro que haré lo que me pidan.
La tía Luo miró a Yu Qing con cara de preocupación.
Y, por supuesto, Yu Qing no tenía la más mínima intención de tumbarse dócilmente en la camilla de operaciones.
Estaría loco para dejar que le metieran bisturís y agujas sin saber qué estaba pasando.
La tía Luo, al ver que el “joven amo” giraba la cara y no decía ni pío, supo que ya no había vuelta de hoja.
El despacho del doctor Wu estaba solo dos pisos más abajo del de Yu Qing, en la planta 34.
Era obvio que le había concedido un permiso temporal, ya que al salir del ascensor no se activó la alarma de “paciente a la fuga” que había mencionado el Tío Yuan.
Yu Qing echó un vistazo a su alrededor sin cambiar de expresión y le preguntó al doctor Wu: —¿Qué hay en la planta 35?
Suponía que los despachos de los médicos especialistas debían estar lo más cerca posible de los pacientes para poder atender cualquier emergencia, pero el del doctor Wu estaba un piso por debajo de la planta 36.
—También son habitaciones VIP —explicó el doctor Wu—. De las normales.
—Normales… —Yu Qing comprendió la diferencia de inmediato—, entonces la mía no lo es.
Tal vez por ser tan joven, el doctor Wu no tenía pelos en la lengua: —Esa planta, a menos que el paciente sea de suma importancia, no se abre así como así. Aunque a ti te la tengamos reservada todo el año, siempre hay que dejar habitaciones libres por si acaso aparece algún otro pez gordo al que no podamos negarle la entrada.
—Además, a muchos pacientes les da mala espina el número 4. Para evitar problemas y que nadie se ponga nervioso, nos han asignado a los médicos todas las plantas que lo llevan. No hay consultas ni habitaciones en esos pisos, pero vamos, que nosotros también somos un poco supersticiosos, ¿a quién no le gusta sentirse seguro?
Efectivamente, en toda la planta solo había despachos, cada uno con su placa identificativa en la puerta.
El doctor Wu condujo a Yu Qing por el pasillo hasta detenerse frente a la última habitación. En la puerta colgaba un cartel que decía “Jefe de Departamento”, y justo delante del cartel había media manzana roja de plástico, seguramente como amuleto para contrarrestar la mala suerte del número 4.
Y debajo del cargo, figuraba el nombre del doctor Wu… Bueno, supuestamente era su nombre, pero estaba incompleto. Decía: “Wu “.
Yu Qing: ¿?
Eso de usar asteriscos era algo habitual en el canal del grupo o del mundo en el móvil de Mi Xiaobai, sobre todo cuando su compañero “Sushi” empezaba a hablar sin filtros.
Pero era la primera vez que Yu Qing veía algo así en el nombre de un médico, así que no pudo evitar quedarse mirándolo un rato.
Antes de que pudiera preguntar nada, el doctor Wu, como si ya hubiera respondido a esa pregunta mil veces, dijo con tono resignado: —No lo mires y tampoco me preguntes qué letras faltan, porque no te lo voy a decir. Precisamente porque no quiero decirlo es por lo que he puesto esos asteriscos.
Yu Qing no insistió; al apartar la mirada, su expresión volvió a ser tan gélida como de costumbre.
En realidad, tampoco le importaba demasiado. Para él, cualquier nombre que empezara por el sonido “wu” solo le recordaría a una persona capaz de captar su atención: “Wu Chang” (La Impermanencia).
El doctor Wu se colocó frente a la puerta; el escáner biométrico emitió un “bip” y la puerta se abrió automáticamente.
Yu Qing entró tras él, y un inconfundible olor a maquinaria neurotecnológica mezclado con alcohol etílico inundó sus fosas nasales.
Había varias pantallas holográficas flotando en silencio; algunas mostraban datos y otras, pruebas de imagen de pacientes.
El doctor Wu abrió rápidamente tres pantallas con el historial clínico y los datos, y señalándolas, le dijo: —Aquí tienes todos los informes de tus visitas anuales. Tienes vídeos enteros de tu último trasplante de corazón, y los detalles del mantenimiento periódico y de las revisiones, además de las otras cirugías reparadoras.
—La verdad es que, en condiciones normales, incluso con la tecnología anterior, ese corazón artificial te habría durado quince años funcionando a la perfección, y tirando por lo bajo.
—Pero tu caso es un poco particular. No fue un trasplante por enfermedad, sino por una ausencia congénita. Una persona normal no habría podido sobrevivir a eso. Así que el desgaste del dispositivo en tu cuerpo es mucho mayor que en otros pacientes.
—Por eso has estado sufriendo tantos mareos y colapsos estos últimos años.
El rítmico «bip, bip» de las máquinas en el despacho provocó en Yu Qing un instante de abstracción.
Entre ese aturdimiento, la voz del doctor Wu se fue volviendo más lejana y borrosa: —¿Últimamente has vuelto a sentir dolor?
Yu Qing se quedó paralizado y escuchó su propia voz responder con calma: —Sí.
—¿Durante mucho tiempo?
—Mucho.
—Aparte del dolor constante y de algún que otro desmayo, ¿has notado alguna otra molestia?
—Mmm.
—¿Como cuál?
—Que no siento que el corazón me lata.
De repente, un recuerdo se abrió paso en la mente de Yu Qing. Era muy pequeño, no sabía dónde ni por qué, pero alguien susurraba sobre él: “No llora, no ríe, es como si no tuviera sentimientos, como si estuviera hueco por dentro”.
Y él, con la mirada baja, se tocaba el pecho, sin percibir ningún latido.
…
—En realidad, eso que sientes es un tipo de dolor fantasma. Es una reacción provocada por la falta de riego sanguíneo y el rechazo psicológico. Aparte del dolor crónico, es normal sentir ese vacío interior.
—Si se agrava, puede incluso llegar a causar alucinaciones visuales y auditivas.
La voz del médico hizo una pausa y continuó: —En tu caso, la situación ya es bastante crítica, así que el trasplante es de extrema urgencia.
—Si lo que te frena es el miedo a que la operación salga mal, puedes estar tranquilo. Nuestra tecnología está muy avanzada. Si colaboras y vienes a las revisiones, no habrá ningún problema.
—Ya hemos tenido casos de éxito total. Es verdad que no era del corazón, pero teníamos pacientes en un estado mucho peor que el tuyo y que también eran muy jóvenes, algunos casi desahuciados, y los hemos sacado adelante.
El médico señaló una de las pantallas.
Todavía un poco aturdido por los recuerdos superpuestos, Yu Qing levantó la mirada y observó el historial de pacientes anteriores que aparecía en la pantalla.
La lista era larguísima e incluía fotos y nombres de los pacientes. Como el médico no tenía intención de enseñarle nada en detalle, la cerró rápidamente con un gesto de la mano.
Fue visto y no visto.
Para una persona normal, habría sido imposible leer los nombres o el texto a esa velocidad. Pero Yu Qing tenía un ojo clínico para los rasgos faciales, así que en ese instante fugaz captó a alguien que le resultaba familiar.
Y le resultaba familiar porque había visto ese rostro brevemente en la instancia de la Montaña Pan, en la cara de su compañero Sushi.
En aquel momento, el compañero “Bean” había señalado aquella cara diciendo: “Se parece bastante a cómo es Qi en la vida real”.
Y Yu Qing logró ver el nombre de ese paciente: Meng Qi.
Tanto el recuerdo fugaz como el paciente llamado Meng Qi hicieron que la extrañeza de aquella instancia sobrepasara cualquier límite lógico para Yu Qing.
…
¿Era esto realmente una instancia?
Yu Qing sacó el móvil con la intención de hablar con quien estaba a sus espaldas. Pero al girarse, por el rabillo del ojo notó que no había nadie.
Ese alguien que le había seguido todo el rato y que solo él podía ver, había desaparecido sin darse cuenta.
En ese preciso instante, sintió un vuelco en su pecho vacío.
Yu Qing ya no se molestó en teclear ni le importó lo que pensara el doctor Wu o cualquier otra persona. Se giró bruscamente y, en voz baja, llamó: —¿Mi Xiaobai?
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