Aquella noche había sido muy caótica y todo había pasado muy rápido, así que Mi Xiaobai nunca llegó a ver bien el rostro de la persona que lo escondió detrás de la puerta. Pero sí se fijó en que su mano llevaba la pulsera típica de los pacientes ingresados.
Esas pulseras tenían etiquetas diferentes según el departamento, e incluso distinguían entre pacientes normales y los que estaban en estado crítico.
En los tres días que había pasado en aquel hospital, se había dedicado a escabullirse por las noches, así que había visto pulseras de un sinfín de departamentos.
Por eso, reconoció a simple vista que la pulsera del muchacho que lo había arrastrado hacia la habitación pertenecía a Cirugía Cardiovascular, y además tenía un borde rojo en un lateral.
Era un rojo tan intenso como el de una rosa, y en aquel lugar, ese color significaba “estado crítico”.
Y los pacientes en estado crítico de Cirugía Cardiovascular casi siempre eran aquellos que necesitaban un trasplante.
Mi Xiaobai se quedó mirando aquella etiqueta, pensativo.
Gracias a la ayuda de ese muchacho, logró evadir a la gente y esconderse de los que le buscaban. No fue hasta que se alejó rápidamente de aquella planta que se dio cuenta de que se había olvidado de darle las gracias.
La verdad es que en la ciudad isleña rara vez se encontraba en situaciones que requirieran hacerlo. Las pocas veces que decía “gracias”, normalmente se enfrentaba a las muecas de terror de un fantasma salvaje a punto de desintegrarse o a un rostro distorsionado por el pánico.
Por eso, en lo de “dar las gracias”, no tenía ninguna experiencia ni sabía muy bien cómo medir sus palabras.
En la madrugada de aquel día, sintió que su tiempo de verdad se estaba agotando, así que decidió que era hora de marcharse de allí y volver a la ciudad isleña.
Pero antes de irse, se coló sigilosamente en una zona muy particular del hospital.
De todos modos, aquel cuerpo que tenía en el mundo exterior era solo un recipiente temporal. En cuanto regresara a la ciudad isleña, ya no le serviría de nada.
Así que pensó que sería mejor darle algún uso, y dejarlo como un regalo de agradecimiento por aquel fugaz encuentro.
El escenario de este sueño era tan realista como el anterior.
La única diferencia era que esta vez no estaba el “doctor Wu” intentando guiar a Yu Qing. Y aunque el Dios de los Paseos Nocturnos era quien había tocado el carillón, parecía que no estaba participando directamente.
O quizás sí que estaba por allí, camuflado entre la marea de gente de la primera planta, haciendo el papel de un transeúnte cualquiera.
Mientras Mi Xiaobai escribía en el celular todos aquellos recuerdos del pasado, Yu Qing ya estaba subiendo por el hospital.
Cuando estuvo ingresado allí, era muy pequeño.
Y como luego el lugar había sido reformado por completo, lo que más recordaba era cómo se había vuelto todo mucho más estricto después: los detectores de seguridad en cada planta que impedían pasar de una a otra, la docena de ascensores de cristal subiendo y bajando sin parar y, sobre todo, aquella famosa planta 36, totalmente aislada del resto de las habitaciones.
En cuanto a cómo era el hospital diez años atrás, hacía mucho que nadie hablaba de ello.
Incluso aquel inmenso rosal que florecía frente al edificio, para la gente de fuera de la ciudad isleña era simplemente algo bonito, pero no les parecía nada fuera de lo común. No simbolizaba ni la vida ni la muerte; era solo una flor más que se veía a menudo en decoraciones y ramos en cualquier festividad.
Yu Qing creía que sus recuerdos de aquel lugar serían igual de borrosos.
Pero al leer las palabras que Mi Xiaobai escribía en la pantalla del celular, se dio cuenta de que en realidad lo recordaba todo con una claridad asombrosa.
Se acordaba perfectamente de casi todos los pasillos, y no le costó nada encontrar aquel que tenía la larga tira de luces en la pared, ni tampoco el cuarto de limpieza lleno de armarios y equipos.
«Regresé a la ciudad isleña aquella misma mañana; creo que les dejé un buen desastre montado aquí.»
Escribió Mi Xiaobai en la pantalla.
Porque en el mismo instante en que regresó a la ciudad isleña, su ciclo de diez años llegó a su fin.
Y ni siquiera le dio tiempo a averiguar cuánta diferencia había entre el paso del tiempo dentro y fuera de la isla antes de que todo terminara.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró de nuevo en aquella pequeña habitación que tanto conocía.
En los años siguientes, no volvió a toparse con niños pequeños que llegaran a la ciudad isleña cogidos de la mano y se fueran casi al instante, como si solo rozaran el agua.
El mundo pareció volver a la normalidad y funcionó en paz durante muchísimo tiempo.
Y aquel hospital con su gran rosal, junto con todo lo que allí había sucedido, tras un largo letargo, se convirtió en una historia más de uno de sus ciclos de diez años pasados.
«Lo que pasó aquí después, o cómo lo resolvieron…»
«No tengo ni idea.»
El cursor parpadeaba suavemente en la pantalla. Yu Qing guardó silencio un momento y dijo: —Yo sé un poco de eso.
Aquélla noche, la caótica persecución en el hospital no dio ningún resultado.
Las cámaras de seguridad solo mostraban ruido o estaban completamente en negro; ni una sola había logrado activar la visión nocturna, así que no grabaron absolutamente nada.
Y para colmo, las pocas pistas que quedaron apuntaban hacia el mismísimo hijo del gran jefe de la empresa, lo cual era un completo absurdo.
Nadie se podía creer que un niño hubiera causado semejante alboroto, así que al final, el asunto simplemente quedó en la nada.
La verdad es que los daños que sufrió el hospital aquel día fueron cuantiosos: no solo se destrozaron equipos importantísimos, sino que también desaparecieron un par de pacientes. Sin embargo, esta última parte se encubrió a la perfección y nunca salió a la luz; ni siquiera Yu Qing, que estaba ingresado allí en ese momento, se enteró de lo ocurrido.
Los pacientes desaparecidos eran huérfanos de los que no se sabía nada, así que su existencia pasaba desapercibida, y al desaparecer tampoco dejaron rastro.
Bastaba con poner un recuadro negro alrededor de sus nombres en los historiales médicos para indicar que habían fallecido por complicaciones graves de su enfermedad, y asunto arreglado.
Pero entre esos nombres encuadrados, había uno que destacaba un poco más: tenía un pequeño asterisco al lado.
Tiempo después, cuando un empleado del archivo estaba organizando los expedientes, vio el nombre marcado con el asterisco y le preguntó a la enfermera que había hecho el registro: —¿Qué significa este asterisco al lado de “Mi Xiaobai”?
—Ah, recuerdo a ese niño. Fue una pena; no llevaba ni un par de días ingresado cuando falleció. Todavía no habíamos terminado de tramitar las ayudas sociales, así que en la contabilidad aún figura que debe dinero.
El del archivo pulsó sobre el asterisco, y al ver la cifra de la deuda, se quedó de piedra: —¡Dios santo! ¡¿Qué le hicieron, cobrarle hasta el aire?! ¡¿Cómo puede deber tanto?!
La enfermera le respondió sin darle importancia: —¡Por las cápsulas de tratamiento! Pasar una noche en ellas ya es carísimo, y encima estuvo más de una noche. Cuando llegó, sus órganos estaban fallando; le metieron de todo para intentar salvarlo.
—Sé que las cápsulas cuestan un ojo de la cara, pero nadie paga eso de su bolsillo.
—Ya te he dicho que ni siquiera nos dio tiempo a tramitar las ayudas.
El del archivo chasqueó la lengua un par de veces y negó con la cabeza: —Bueno, da igual, si ya no está, ese dinero no se va a cobrar nunca de verdad.
Y tras decir eso, hizo clic en “Archivar”.
Desde aquel momento, ese nombre se perdió en un mar de papeles.
Aunque la investigación del hospital aquella noche no llegó a nada, el estruendo de las alarmas en cada planta y las luces encendidas por todas partes llamaron la atención de mucha gente.
Como los pacientes ingresados tenían un aburrimiento mortal, solían pasar el rato chismeando y comentando cualquier cosa.
Alguien comentó: —Dicen que los que iban persiguiéndolo llegaron hasta la planta de las habitaciones VIP y de repente pararon de buscar. Está clarísimo quién fue el que armó el escándalo.
Por supuesto, la mayoría de la gente sabía que un lío de semejante magnitud no podía tener nada que ver con el joven que vivía en la habitación VIP.
Pero a las personas siempre se les quedan más grabadas en la memoria las cosas exageradas y que no tienen sentido.
Así fue como, tiempo después, cuando el hospital se reformó, se amplió y cambió por completo de aspecto, trasladando las habitaciones VIP hasta el último piso para crear la famosa planta 36…
Cuando los pacientes del hospital de la zona central hablaban en voz baja y mencionaban al que vivía en el último piso, siempre había alguien que sacaba a relucir aquel rumor que quién sabe dónde había escuchado, diciendo que era un rebelde, un revoltoso y que no hacía caso a nadie.
Pero nada de eso le importaba a Yu Qing.
Iba mirando la hora en las pantallas informativas de cada planta, abriéndose paso entre la multitud y caminando apresuradamente hacia un lugar específico. Al doblar una esquina, la corriente de aire que cruzaba el pasillo llegó a levantarle el bajo de la chaqueta.
Mirando las palabras en la pantalla del celular, le preguntó a Mi Xiaobai: —La mañana que te fuiste del hospital, ¿a dónde fuiste?
Todo lo que ocurría en este sueño era la viva representación de la memoria y la experiencia de Mi Xiaobai de aquel entonces.
Y el momento exacto en el que se encontraban era esa misma mañana, poco antes de que regresara a la ciudad isleña.
Mi Xiaobai observó cómo Yu Qing caminaba con paso rápido pero seguro hacia un punto en concreto. Apretó los dedos con los que sostenía el celular, con tanta fuerza que se le quedaron blancos.
Aquella palidez se reflejaba de vez en cuando en el metal o en los espejos por los que pasaban, y solo desde ciertos ángulos muy concretos se podía ver el hermoso tatuaje en el dorso de su dedo meñique.
Mi Xiaobai bajó la mirada hacia ese punto de rojo intenso y, tras un largo rato, escribió en la pantalla:
«Fui a dejarle un pequeño regalo de agradecimiento a aquella rosa.»
Yu Qing insistió: —¿Y qué era ese regalo?
Sin esperar la respuesta de Mi Xiaobai, Yu Qing ya había llegado a su destino.
Era una gran puerta metálica en el segundo sótano del hospital. Con solo pararse frente a ella, ya se podía sentir el aire helado que emanaba de su interior.
Era el lugar del hospital con los controles de acceso más estrictos, y en el cartel electrónico de arriba se mostraban claramente las distintas secciones de seguridad.
Había secciones para muestras de sangre y también para órganos.
Yu Qing se detuvo frente a esa puerta, parpadeó levemente y se quedó mirándola.
Después de un largo silencio, le dijo a Mi Xiaobai: —Dejaste un corazón para mí, ¿verdad?
…
Así es.
Mi Xiaobai, observando su perfil, le dio una respuesta que Yu Qing aún no podía escuchar.
La puerta metálica emitió un suave pitido y se abrió lentamente.
En esa escena que recreaba los recuerdos del pasado, el joven que solo había estado en el hospital durante tres fugaces días salió por la puerta.
No vio a Yu Qing, que estaba a escasos centímetros, ni tampoco sintió la presencia de la persona en la que se convertiría años después y que estaba junto a él.
No era más que una sombra del pasado, completamente ajeno a las miradas de los que observaban.
Tras dejar su regalo de agradecimiento, el joven sonrió levemente, se arrancó la pulsera de paciente de la muñeca y la tiró en el contenedor de residuos de la esquina. Echó un último vistazo al hospital, se dio la vuelta y se marchó.
Tal y como había escrito Mi Xiaobai, regresó a la ciudad isleña y nunca más volvió a pisar aquel lugar.
«La verdad es que, pensándolo ahora, fue una locura.»
«Ni siquiera supe si al final te trasplantaron ese corazón a ti.»
Sí, claro que sí.
Yu Qing observó cómo las palabras iban apareciendo poco a poco en la pantalla, y recordó una escena de hacía muchos años…
Aquel joven que se había escondido detrás de la puerta nunca más volvió a aparecer.
En cambio, poco después, el médico le dio la noticia de que habían encontrado un donante muy compatible y que, con los nuevos equipos del hospital, la operación tenía grandes posibilidades de éxito.
Cuando salió del quirófano, era una tarde soleada y preciosa. A diferencia del constante sonido de la lluvia en la ciudad isleña, aquella tarde era muy, muy tranquila.
Tan tranquila que, por primera vez, pudo escuchar con claridad el latido de su propio corazón.
Solo que en aquel entonces, él no lo sabía.
Aquel era el regalo de agradecimiento que el viento de la ciudad isleña le había traído a una rosa:
El sonido de tu corazón, latiendo en mi pecho.
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